HÉROES (4)

  06 Noviembre 2010

Esos días azules

Héroes, de Pau FreixasMálaga y San Sebastián habían dado reciente cuenta de la ovación del público de Héroes, una película que resultará amable a cualquier espectador al que le guste gozar de la risa, del llanto y del sano ejercicio de la retrospección vital sin resquemores a través de una pequeña historia bien contada y aderezada con un entusiasmo grande y honesto.

Con su tercer largometraje, Pau Freixas (Cactus, Cámara Oscura) compone una oda a ese argumento universal que siempre gozó de una atmósfera muy propia en el cine: el fin de la infancia. Matar a un ruiseñor, La noche del cazador, Capitanes intrépidos, El limpiabotas y tantas otras piezas maestras nos contaron que la última niñez es aquello que sucede sin que reparemos en ello, hasta el día en que decidimos reconstruir la atmósfera de un instante para atrapar su sol y el salpiqueo de su agua.

La aventura de Xavi, Cristo, Colo, Rot y Ekaitz, intenta revivir ése momento decisivo y mágico, dejándonos como legado vitalicio la importancia de las últimas ilusiones que se tienen cuando todavía no se sabe que se está a punto de crecer. En ese último verano que siempre llega de repente y sin avisar.

Hablemos de heroísmo

Cuando se observa la infancia sin miedos, y así lo hace Pau Freixas, la anécdota se convierte en épica. El niño es un héroe porque su naturaleza así se lo dicta: todo, por pequeño que sea, debe ser vivido a lo grande. Él, mejor que nadie, convierte las vivencias universales en gestas únicas, como viene siendo el rol del héroe desde Homero.

Los niños de Héroes viven y sueñan, y entre tanto planean ganar una carrera de coches que les brinde la oportunidad de poseer la renta anual de la magnífica cabaña del valle en el que juegan. La atmósfera se articula a partir de esa magnificación de la vivencia espontánea, de convertir el sopor de la siesta estival en la leyenda del árbol del ahorcado, de los indios y vaqueros y de los piratas. Todo aquello a lo que sonreímos quienes correteábamos al aire libre en los 80, cuando las videoconsolas y la red social eran quimeras que empezábamos a acariciar sin demasiado interés. Cuando los preadolescentes no iban al instituto, sino al cole, y no eran preadolescentes, sino niños.

Como en todas las grandes películas sobre la infancia, los adultos son puros figurantes o simples arquetipos (la madre, el padrastro, la maestra gruñona). Emma Suárez y Lluís Homar dan empaque a ese entorno de presencias y de rostros, pero en el mundo regido por los instantes mágicos la gente de mediana edad desaparece.

Sólo los abuelos son capaces de volver en la complicidad de ésa sabiduría tan intuitiva que sólo pertenece a los niños y a los ancianos. Anna Lizarán y Constantino Romero —sorprendente en su cameo— son apacibles guiños a esos tipos clásicos —el Chanquete de Antonio Mercero, la Lillian Gish de La noche del cazador—, que rescatan el gurú desinteresado y cómplice que nos acompañó en ésas aventuras con la discreta misión de proteger la infancia ante todo, y proyectarla como una linterna mágica que quizás sea un faro al final del camino.

Como en todas las grandes películas sobre la infancia, los adultos son puros figurantes o simples arquetipos

Prohibido llorar

El director, que asegura tener en ello un verdadero pulso con el cine español, declara su total ausencia de pudor a la hora de jugar con las emociones. Héroes es una película emotiva, sobre unos años en los que cualquier cosa es posible, en la que se domina el tiempo, en la que todo ocurre según un ritmo único y particular, y es en la observación de ése tempo y de su rotura donde nace la verdadera película.

Podríamos decir que la fórmula funciona porque va dirigida a un público concreto y que es en el dominio del terreno donde nace la buena comunicación de la errática vida estival y del paso por el primer amor. Personalmente, no creo que Héroes conozca ni pretenda un límite de público. Es, sin fisuras, una película sincera. Y aquí hay que mencionar un competente elenco infantil.

Pocas cosas en cine han sido tan difíciles como llevarse al espectador al mundo de la credulidad ilimitada de la mano de un niño. Hitchcock lo sabía y decidió borrar la infancia de su obra. Quizás por eso cueste tanto encontrar a buenos directores de niños. Héroes lo hace, asumiendo el riesgo de un elenco protagonista íntegramente infantil, quizás con las mismas emociones de Spielberg, pero sin ninguno de sus efectos especiales.

Creo que Pau Freixas ha hecho una película de personajes, y sostiene su clima tierno y digno en un seguimiento sin condiciones de cinco actores que no por ser locos y bajitos dejan de llevarnos a donde quieren. Es en los gestos de los cinco tiernos debutantes donde reside la magnitud de la franqueza que la historia decide tomar, y también lo que sitúa a las celebridades en un adecuado segundo lugar.

Dramáticamente, ésta película tildada por algunos de lacrimógena —deberíamos retroceder al origen de éste moderno rechazo burgués al drama— no decepciona. Más allá de su amable melancolía hacia los años 80 (de Verano azul a los hits de Los 40 principales, ninguna referencia estorba), Héroes es el ejercicio de verse adulto y no gustarse, y sentirse apartado de lo grande porque la vida está hecha para héroes, no para cobardes, y mirar atrás también significa recordar la magnitud que tuvieron el gozo y la derrota durante aquéllos maravillosos años.

Con su tercer largometraje, Pau Freixas (Cactus, Cámara Oscura) compone una oda a ese argumento universal que siempre gozó de una atmósfera muy propia en el cine: el fin de la infancia

Lo grandes que fueron las presencias y lo arrebatador de las ausencias. Nada desdeñable reto reflexivo para que le demos alguna que otra vuelta, en estos tiempos de vínculos desgastados y pánico materialista. De magnificación del día a día y desvirtuación de la memoria.

Luminosa y peterpanesca, Eva Santolaria; pusilánime y derrotado, Álex Brendemühl. Poco sincero, en definitiva, el juicio de reducir la cinta de Freixas a un buen giro de guión a su debido tiempo y a un cierre potente pero de moraleja ternurona.

Preciosa, pero tópica”, decía la señora que me precedía a la salida del cine, acompañando el rechazo hacia su kleenex demostrablemente húmedo de emoción. Si hay tópicos en Héroes, son tópicos universales. Pesa la necesidad de recordar; la nostalgia por ésas atmósferas improvisadas de juegos e incipiente publicidad de diseño, la melancolía de la estética polaroid y, sobre todo, por la convivencia en las comunidades estivales todavía no masificadas.

Dichosos, quienes lo vivimos, porque volvemos sin esfuerzo a ese día a día sin tecnología. Al azul del mar y al verde de los pinos que vistos desde bocabajo parecen musgos mutantes de Tolkien o de Michael Ende. Cabe la bicicleta como vehículo-compañero (que por supuesto, tiene nombre propio) y la imaginación que suple todo lo demás con creces. La mirada que recuerda no lo hace desde la sobresaturación de una dirección artística barroca, al estilo de las series televisivas retro, sino a la manera de Proust, desde la memoria fotográfica hacia ciertos detalles de una época vivida con entusiasmo e inocencia. Obviamente añorada con intensidad.

Dramáticamente, ésta película tildada por algunos de lacrimógena —deberíamos retroceder al origen de éste moderno rechazo burgués al drama— no decepciona

Aquéllos maravillosos años

Todo en Héroes resulta familiar, tanto que quizás en ello nazca el pudor de que, al salir del cine, los transeúntes nos vean con cara de haber desenfundado las emociones. Como si no supiéramos que a menudo nos metemos en una sala oscura para intentar recordar que, desde Chaplin, sabemos que el buen narrador audiovisual debe saber hacer reír y llorar, respectivamente y a su debido tiempo.

El entusiasmo, la fantasía, la magia y la tremenda pérdida son las sensaciones que atraviesan ésta atmósfera serena y espontánea donde el camino a la inocencia perdida se abre como verdadera reflexión de una obra sincera y sin pretensiones. Destacan la música de Arnau Bataller y la fotografía de Julián Elizalde, que nos introducen sin que nos enteremos a la retrospectiva de aquéllos maravillosos años.

La ternura de Héroes me recordó que venimos de vivencias anteriores al minimalismo nórdico, al deshielo de la modernidad y a la suspensión emotiva de Bergman y Antonioni. Venimos de las orillas del mediterráneo y de las particulares aventis que éstas nos brindaron.

Recordé con especial ahínco los últimos versos que fueron encontrados en el bolsillo de la gabardina de Antonio Machado cuando murió en el exilio: “Estos días azules y éste sol de la infancia”. Melancólicas imágenes de un poema inconcluso que probablemente hubiese sido su pieza cumbre.

Los amigos de infancia no son quizás los más constantes, pero conocieron con nosotros ese tiempo en que las emociones eran salvajes y se cincelaban tal como se descubrían, con toda la potencia de la experiencia iniciática. “Quisiera que Héroes animara a mucha gente a volver a llamarlos”, dice Freixas. Yo llamé a más de uno. Héroes o ni-nis, todos recordaron conmigo el último verano, e incluso el nombre cursilón de mi bicicleta BH.

Espero que todos vayan al cine. Y a ellos estas líneas azules. 

Escribe Marga Carnicé

 Título  Héroes
 Título original  Héroes
 Director  Pau Freixas
 País y año  España, 2010
 Duración  105 minutos
 Guión  Albert Espinosa, Pau Freixas
 Fotografía  Julián Elizalde
 Distribución  Alta Films
 Intérpretes  Marc Balaguer, Àlex Brendemühl, Nerea Camacho, Hèctor Claramunt, Lluís Homar, Anna Lizaran, Àlex Monner, Constantino Romero, Ferran Rull, Eva Santolaria
 Fecha estreno  22/10/2010
 Página web  http://www.altafilms.com/