The Duke of Burgundy (3)

  11 Agosto 2016

La vida imaginada

the duke of burgundy-1Una, en apariencia, cándida mujer, trabaja como criada para una, en apariencia, despótica señora. Pero todo es aparente, nada es lo que parece, o quizá sí. La realidad y la ficción tienen sus contornos difusos, intercambian elementos, se desdibujan.

Ahí nos remite esta fascinante película. Pero antes de llegar a su rincón más oculto el espectador ha tenido que transitar por numerosas capas y esforzarse por no quedar atrapado en alguna de ellas, bajo pena de no calibrar la profundidad que atesora.

Nos aborda en primer lugar una historia, una más, de lesbianismo aderezado esta vez con rituales sadomasoquistas. Quien desee permanecer en las coordenadas del morbo puede intentar refugiarse en esta lectura superficial, aunque no lo va a tener fácil, por cuanto la película no se recrea en las imágenes sexuales e invita constantemente a trascender lo específico de esa relación para cuestionar su sentido más radical, lo que significa interactuar con otro. Pronto nos damos cuenta que el vínculo sexual establecido entre las protagonistas es una mera excusa para reflexionar sobre la naturaleza de lo que las une, más aún, escapando a lo particular, sobre las claves que determinan la estructura de cualquier relación.

Y aquí es donde comenzamos a encontrar los momentos gloriosos que este bello filme contiene. Toda relación, viene a decirnos, es una relación de dominio, y sostenerla implica aceptar esa disposición y ejecutar los roles que de ella se derivan.

Sin embargo lo interesante reside en la complejidad que ese reparto de papeles lleva consigo. Lejos de cualquier maniqueísmo la película no transita un camino previamente diseñado sobre el que cada personaje represente, de manera unívoca, uno de los polos (fuerza-debilidad, amo-criado) que estructuran la dualidad, sino que va presentando la sutil ambivalencia de ambas posiciones, el intercambio constante entre ellas y la necesidad mutua que asiste a ambas. En algún momento The Duke of Burgundy trae a la mente El sirviente, no por su aspecto formal, obviamente, sino por el problema que plantea, pero hay que decir que la película de Losey resulta en comparación mucho más lineal, menos abierta que la que nos ocupa.

Así pues nos encontraremos llevados continuamente a replantearnos la asignación de caracteres que conseguimos ir otorgando a cada una de las mujeres sobre las que se construye la historia. Y ello se consigue en ocasiones de manera magistral. Tras mostrarnos el primer planteamiento de la situación, y no salidos aún de nuestro asombro, un papel con las instrucciones a seguir invierte por completo el sentido de lo contemplado.

A partir de ese momento parece que todo se repite, pero ya nada es igual. El rostro de Cynthia (maravillosa Sidse Babett Knudsen) recoge, casi de forma imperceptible, la debilidad que en la secuencia anterior le era ajena. Sin que ocurra nada, ese simple papel transforma la mirada del espectador y le lleva a construir una historia diferente, una caracterización de los personajes distinta. No andamos lejos de la esencia del arte cinematográfico.

Pero no se trata de una mera inversión. No es, sin más, una transferencia de poder de una mujer a otra. Lo más interesante de la película está en mostrar cómo ese poder acaba repartido, y cómo la víctima domina también al dominador.

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Otra escena magnífica es aquella en la que Evelyn necesita destacar en el ámbito en el que Cynthia es una especialista, planteando en la conferencia preguntas fuera de lugar. Su impostada arrogancia delata la importancia que para ella tiene el reconocimiento de su amante, y al mismo tiempo el sentimiento de inferioridad respecto a ella que le embarga. Por otra parte la actitud de Cynthia, punto de llegada de un cansancio que progresivamente, y con la misma sutileza con la que toda la película está hecha, se va mostrando, es algo así como la aceptación de alguien que en cierto modo resulta ajeno, pero al que aun así se le tolera para mantener una situación que no se quiere perder.

Desde la conciencia de su superioridad intelectual, y de la importancia que eso tiene para su amante, Cynthia acepta las reglas que la otra impone como un peaje que está obligada a pagar, un peaje incómodo, pero que al mismo tiempo puede cancelar condenando a Evelyn, si así lo hiciera, al desamparo absoluto.

Cada una de ellas está atrapada por la otra. Las colecciones de mariposas muertas que las envuelven, la casa como fortaleza de la que parece que no se puede escapar, la exuberante naturaleza que amenaza con apropiarse de todo, la sociedad a la que pertenecen, a la manera de una secta absorbente, todo ello no insinúa una diferenciación en los papeles jugados por cada una de ellas, sino que, por el contrario, las subsume en un mismo ámbito, las iguala. El juego de dominio y sumisión no reparte sus roles de manera rígida, sino que crea un magma del que los jugadores beben de manera indistinta. La libertad, la decisión, están excluidas para todos los participantes.

Esta relación de poder entre las dos mujeres está delatando algo más profundo que la mutua dependencia, que la sumisión recíproca entre amo y esclavo. Está señalando que la verdadera subordinación no se produce respecto al otro, sino respecto a uno mismo. En realidad Cynthia no se somete a Evelyn, sino a sus sentimientos hacia ella. No es que reconozca en su amante una fuerza, una calidad que la subyugue y le haga imposible desprenderse de su magnetismo, sino que es esclava de su enamoramiento, y es éste y no las características de la amada quien la mantiene presa. No importa que la profesora esté cansada de la situación, que desprecie en silencio las ocurrencias de su pupila (ese inodoro humano que adivinamos tan absurdo y cuya descripción se niega a escuchar, además de no compartir el interés por adquirirlo). Al final continuará con el juego porque no es capaz de vencer su inclinación. Esa es su verdadera dominadora.

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Las relaciones de poder y su compleja distribución constituyen por lo tanto una de las vigas maestras de la película. Pero con ello tampoco agotamos su caudal. Nos lanza un último (o penúltimo) desafío. Nos invita a reflexionar sobre la complicada interacción entre la realidad y la apariencia y su trascendencia para la vida. Toda la relación entre las protagonistas parece descansar sobre la ficción que han construido. En algunos momentos las vemos abandonar ese juego, mostrarse tal cual son. Serían los momentos de intimidad en los que el tono entre ellas cambia. Sin embargo no está claro que con ello aflore la verdadera realidad. En cierto modo esos momentos resultan tan irreales como los otros, los que necesitan un papel con las instrucciones a seguir. El sadomasoquismo se impone cada vez más sobre esas apacibles treguas, las interrumpe, las devalúa. Su vida común, a fin de cuentas, se construye sobre la relación de dominio que han inventado, y por tanto es la que encierra lo más verdadero que posee, pasando a adquirir un tono artificial lo que se sustrae a sus reglas.

Esta confusión de planos adquiere su punto culminante en el momento en el que el juego se hace real, es decir, cuando la palabra de socorro deja de tener valor, porque en la realidad no existen palabras de socorro. En ese momento la ficción se desmorona en la medida en que se torna plenamente consciente de sí misma. Hastiada de la situación que está viviendo, Cynthia hace aflorar la auténtica realidad, propicia que ambas se enfrenten a ella. Y, ante el desmoronamiento que su aceptación implicaría, reculan. No es posible vivir en el mundo, nos viene a decir la película. Inventamos ficciones y es en ellas donde nos instalamos. Hay que protegerse de la realidad, hay que disponer de una palabra que salve. En la medida en que se es capaz de hacerlo la existencia es asumible. Otra cosa resultaría insoportable.

Y así, al final, todo retorna a su lugar. O no. Porque todo es un poco más triste. La conciencia de la falsificación es un oneroso tributo cuyo pago no nos deja indemnes. Pero la vida se vive como se puede.

La factura formal de la película resulta acorde con la visión que hemos ido desgranando. El director utiliza elementos poco realistas para señalar la esencia de lo real. Crea un mundo casi onírico que apunta a lo más verdadero que nos constituye, repitiendo así el juego sobre el que el relato se construye. Quizá el recurso al sueño o a la imaginación de las protagonistas que nos presenta al final resulte innecesario, puesto que con los matices que van salpicando su vida cotidiana basta para profundizar en esta compleja historia. Pero ello no desmerece la calidad del conjunto.

Peter Strickland, el autor de esta magnífica obra, ha irrumpido en el panorama cinematográfico actual con una fuerza arrolladora. Esta es su tercera película y la primera que podemos ver en las salas comerciales. Hasta ahora solo los festivales nos habían acercado su trabajo, pero los ecos que de ellos nos llegaban eran irresistibles. Y en absoluto nos ha defraudado.

La segunda de sus creaciones, que anuncia ya su llegada a los cines, sería imperdonable perdérsela.

Escribe Marcial Moreno  

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