Langosta (1)

  17 Diciembre 2015

Ocurrencias

langosta-1Habrá quien lo llame alegoría o metáfora del mundo y la vida, aunque otros lo llamarían, sin más, ocurrencia. Todos tendrían razón, pues no en vano la imaginación es necesaria tanto para construir metáforas como para alimentar las ocurrencias, aunque serían los últimos quienes más se acercarían a la realidad de esta película. Y es que, mientras las metáforas, si son acertadas, redefinen la realidad, arrojan una nueva luz sobre ella, las ocurrencias, una vez superada la sorpresa inicial que generan, se convierten en cáscaras vacías, inertes, que dejan incólume aquello sobre lo que se posaron.

Incitan además, y esto es aún más grave, a una relectura del pasado. Lanzan un manto de sospecha sobre algún deslumbramiento que puede revelarse como mero fuego de artificio, el que pone fin a la fiesta momentos antes de que todo vuelva a su lugar.

Esto es Langosta. Y esto son, nos tememos, las anteriores películas de Yorgos Lanthimos que se han estrenado entre nosotros, Canino y Alps. Su cine se basa en arrojar una mirada insólita a la realidad, hasta hacer de la originalidad una marca de estilo. Pero al hacer esto lo original deviene corriente, con lo cual pierde su esencia, queda desactivado. En esta película, aún sin negar la relativa conmoción que en un primer momento se produce, acaba imponiéndose la reiteración del procedimiento, tras el cual poco hay a lo que podamos aferrarnos.

Algo queda. La pretensión de conectarnos con problemas eternos, con esencias imperecederas, quizá más identificables aquí que en las obras anteriores, aunque más allá de esa voluntad lo referido no pueda superar los lugares comunes que le son propios, lejos por tanto de cualquier tratamiento que trascienda la los límites de su superficie.

Se habla de la soledad, de las dificultades en las relaciones humanas, pero no se alcanza a ver el propósito último tras ese discurso. Como enunciado puede valer, pero de nada sirve si se queda ahí, si no hay una propuesta que diga algo. Lo que se llamaría una tesis que, aunque no hiciera cambiar el rumbo del conocimiento o del arte, al menos se posicionara.

Pero aquí el único posicionamiento parece ser el del alambicado entramado que el director ha construido para contar… casi nada. Nada que no estuviéramos cansados de escuchar. Y en ese ímpetu de originalidad, no queda más remedio, se cae en una dinámica que, a fuer de mantener la propuesta, acaba transformándose en monótona. Cuando el referente se desdibuja la tramoya se resquebraja.

Parece osado incluso pedir coherencia, por cuanto las lagunas, abundantes, no desentonarían en una lógica que no es la naturalista. Sin embargo cierta lógica narrativa sí que sería exigible, y así quizá pudiéramos entender por qué aquellos que no encuentran pareja  y pueden acabar convertidos en animales (a elección del afectado) no utilizan los medios más elementales para escapar a esa condena. O tal vez los objetivos de esa guerrilla de solteros no resultarían tan confusos. Cuando estos y otros aspectos de semejante índole se desdeñan la película no puede sino acabar deshaciéndose por sus costuras.

Se podría, en un intento por justificar el producto, apelar al surrealismo, pero sería tomar su nombre en vano. El surrealismo aspiraba a subvertir la realidad, y no, como aquí ocurre, a encontrar un nuevo modo de representarla. La película no puede eludir la sensación de que está contando algo reconocible, con ínfulas de importante, sirviéndose de medios que pretenden ser novedosos. Y en ese sentido sigue siendo deudora de una estética realista. Como ya decía Buñuel, mientras no haya muertos las revueltas no superan los límites del teatro. Y el teatro no es más que una evasión momentánea tras la cual se vuelve a la calidez del hogar. Aquí no cabe hacer recuento de víctimas.

Sirva Buñuel para calibrar la distancia de sus propuestas respecto a una obra como ésta. En El discreto encanto de la burguesía unos desorientados burgueses caminan sin rumbo por una carretera en una actitud que resulta inquietante. La escena, en apariencia simple, convoca una multitud de interpretaciones y aporta no menos sugerencias. Lanthimos también hace andar en alguna ocasión a los protagonistas por los márgenes de alguna carretera, pero su capacidad para inquietar es nula. No se puede aventurar a ciencia cierta una correlación entre esos momentos de las dos películas. No sabemos si el director griego tenía en mente la obra del aragonés cuando pensó en la suya, pero en cualquier caso la potencia narrativa de esta y otras escenas no resisten la comparación.

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Cuando la película deriva en una historia de amor se pone ella misma el listón muy alto. Parece que pretende apuntar a algún tipo de emoción cuando durante todo su desarrollo ésta ha estado por completo ausente. En ese mundo de zombis que relata (sin contrapartida, pues tanto lo son quienes están a las órdenes de un gobierno nunca identificado ni en sus rostros ni en las razones de sus decisiones como sus opositores) el tratamiento gélido de las relaciones es la constante. Si en la resolución se pretende romper esa costra (una concesión más a lo establecido) sin renunciar al estilo hace falta alguna dosis mayor de talento.

Ni siquiera podríamos hablar de un ejercicio de estilo cinematográfico. A lo largo de la película se acumulan mecanismos que apuntan en determinadas direcciones, pero que adolecen de coherencia. Podemos hablar de la música. El cuarto movimiento del extraordinario Cuarteto nº 8 de Shostakovich es utilizado a modo de catalizador de la tensión que se pretende desplegar. Pero esa tensión acaba siendo producida tan sólo por la música, sin que las imágenes acompañen adecuadamente. La música, aquí y en otros momentos, intenta resolver lo que la propia imagen no es capaz de ofrecer.

Lo mismo cabe decir respecto a la planificación. Y para ello también nos servirá una comparación. Este mismo año hemos tenido ocasión de disfrutar Una paloma que se posó… del sueco Roy Andersson. Partiendo de propósitos similares la diferencia en el rigor a la hora de narrar entre una y otra es abisal. La película sueca construía, con una disciplina milimétrica, con una coherencia exquisita, la totalidad del relato, mientras que Langosta acumula recursos sin una línea conductora clara. Su estilo se sustenta sobre todo en los giros del guion, y a ellos hay que remitirlo, sin que añada una coherencia visual firme.

Mucho nos tememos que estamos ante una de esas películas que no resisten un segundo visionado, que una vez descubiertos sus mecanismos se desmoronan sin remedio. Y lo peor es cuando esto se convierte en estrategia, cuando se quiere hacer de ello una poética que adolece de  un diseño, de entrada, defectuoso.

Escribe Marcial Moreno  

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