La reconstrucción (3)

  14 Febrero 2015

Colapso emocional

la-reconstruccion-1Tras transitar por los territorios de la comedia en sus anteriores producciones —No sos vos, soy yo (2004), Un novio para mi madre (2008)— Juan Taratuto ingresa en el  ámbito del drama intimista con esta película que se dio a conocer en la Seminci de 2013.

En la primera secuencia, el sonido del viento envuelve un paisaje estepario, donde la hierba quemada por el frío y el hielo se interrumpe por el asfalto, que dibuja líneas de carreteras y caminos sin fin ni destino alguno. La Patagonia argentina se muestra en  su inmensa aspereza como el medio inhóspito y hostil en que transcurre la vida de Eduardo (Diego Peretti), un competente técnico de las instalaciones petrolíferas de la ciudad de Río Grande, casi en el fin del mundo, en la Tierra del Fuego.

Durante los primeros veinte minutos la pantalla se llena del sonido de las ruedas del todoterreno en que viaja el protagonista y de los primeros planos de su rostro. Su aguileño perfil, adusto y seco, parece esculpido por el silencio interior que impregna  su gesto pétreo e impenetrable, casi una mueca de ira contenida, de tensión acumulada.

La primera parte del filme plantea el enigma de un personaje que, con  la economía de recursos cinematográficos propia de un relato sobrio que pretende ser también inquietante, nos cuenta una historia sencilla de una forma también sencilla. Estas secuencias, esencialmente descriptivas, se desenvuelven entre los silencios del protagonista, itinerante en un viaje solitario y desganado.

Los pocos diálogos que se producen entre Eduardo y sus compañeros de profesión apenas se entienden. Son secos, con las palabras amontonadas en caóticas e incomprensibles cadenas de sonidos que se parecen más a los gruñidos que al lenguaje humano. La escasa acción de estas escenas está cargada de tal precipitación y violencia que todo lo que rodea al protagonista parece estar a punto de derrumbarse. La grosería y la hosquedad de actos y gestos cumple la función descriptiva de Eduardo como un ser aislado y solitario, que rechaza con agresiva destemplanza el contacto con aquellos que, a su pesar, se cruzan en su camino.

A medida que transcurre el tiempo, el personaje se va definiendo como alguien asfixiado por la frustración y la rabia. Intuimos que tras la furia exterior se esconde el dolor interior, y tras la  los arrebatos de ira, la soledad de la pérdida, el sufrimiento por la ausencia. Esta circunstancia, cuya causa ignoramos, nos permite fijarnos más en el personaje y en sus conflictos que en el discurrir de los acontecimientos.

La percepción de la expresión casi salvaje de los violentos e incontinentes sentimientos de Eduardo, sitúa al espectador en una disyuntiva parecida al oxímoron, entre la empatía y la repulsión. Pues el personaje se muestra en su huraña condición, sumido en un abandono que es tanto físico como emocional.

Por un lado está la suciedad de las manos y de la ropa, la grasa del pelo, el hogar lleno de mugre, el colchón sin sábanas, la comida basura, el engullir y deglutir automático, brusco, robótico. Por otro, la mirada concentrada y vacía, los ojos opacos, ciegos y pétreos como un muro, como la coraza que aísla y aleja la posibilidad de cualquier comunicación, de cualquier impulso que no sea el de la oscuridad, la amargura y la depresión. Y también está el cuarto, cerrado con llaves que encierran los recuerdos del pasado, como metáfora de los conflictos sentimentales que no se quieren mirar, reconocer o aceptar.

Una vez que el retrato psicológico del personaje se ha materializado, éste ya esta listo para empezar a cambiar, transformarse y vivir en la historia. El detonante para el  acceso del protagonista a una zona de reflexión asociada a la tristeza, será un acontecimiento que le obligará a desviarse de las conductas que ha mantenido hasta el momento.

la-reconstruccion-2

La ayuda solicitada por un amigo, la obligación de mezclarse con los miembros de una familia compuesta por un matrimonio normal (Alfredo Casero, Claudia Fontán) y sus hijas adolescentes (María Casali, Eugenia Aguilar), funcionarán como estímulos, muy leves y lentos, para que, poco a poco, Eduardo se inicie en el reconocimiento y la contemplación de sí mismo, en la apertura y aceptación  de nuevos universos vitales.

En esta segunda parte de la historia es donde el guión y la película se hacen más inconsistentes. Por un lado, el director no se ha resistido a un cierre con final feliz ni al mensaje de que la salvación de uno mismo está en la salvación de los otros. Con este principio filosófico y moral tan alejado del infierno sartriano, el relato se aleja de la verosimilitud exigida por la profundidad del análisis psicológico y existencial del personaje, para  proponer una conclusión fácil, trillada y tópica.

La calidad del filme desciende considerablemente en  estas últimas secuencias, algunas de las cuales son de una torpeza incomprensible en la construcción de un relato que ha comenzado como discurso narrativo duro y contenido para derivar en melodrama sentimentaloide. Nos referimos a la escena de la ducha con el agua cayendo por las espaldas enjabonadas de Eduardo mientras la mano flotante de Andrea (Claudia Fontán) acaricia sus hombros. La limpieza del cuerpo como imagen de la limpieza del alma es tan vulgar que casi asusta.

A estas alturas ya estamos al tanto de las causas del retraimiento del personaje, pues lo vemos sonriente, sereno y optimista, superada aquella terrible y desesperada    etapa de su vida anterior. Pero no vamos a contarlo, claro. En fin, que nadie es perfecto. O según como se mire, la perfección es la muerte, que diría algún personaje de J. Banville.

Escribe Gloria Benito

la-reconstruccion-3