The imitation game (Descifrando Enigma) (4)

  21 Febrero 2015

 

Los usos de la Razón

the-imitation-game-00Con ocasión del celebrado centenario del nacimiento del matemático, lógico y filósofo británico Alan Turing en 1912 y su prematuro fallecimiento en 1954, se estrena Descifrando Enigma, casi como último y merecidísimo homenaje a un genio cuya figura se alza imponente no sólo por la relevancia de sus aportaciones intelectuales, sino por la impronta de su trágico destino.

Quizá debiera llamar la atención que se celebren los dos años del dilatado intervalo entre tales efemérides, cuando a otros personajes no menos relevantes, como Darwin sólo se le dedicó el año en que coincidió su segundo centenario con la publicación de su obra magna; pero a todo aquél que siga con interés la actualidad política y académica no debe extrañarle lo más mínimo: Alan Turing no sólo fue uno de los padres de la computación, ciencia aplicada por excelencia que ha alcanzado un notable desarrollo en el siglo XXI, sino que además su historia vital se constituye en un ejemplo de la ambivalencia moral del siglo XX y sus paradójicas consecuencias: Alan Turing fue condenado por inmoral por la misma nación que lo había condecorado como héroe nacional tras ayudar a vencer la Segunda Guerra Mundial, y “perdonado” hace apenas un año por la Reina Isabel de Inglaterra cuando la ignominia de su condena sobrepasaba con mucho las celebraciones de su victoria sobre los nazis.

Porque Descifrando Enigma (cuyo título original inglés, The imitation game, el juego de la imitación, parece a todas luces más adecuado) no es a pesar de su apariencia, un biopic al uso, sino una película moral; una poliédrica y generalmente acertada reflexión sobre la razón práctica, que no elude ninguno de los otros usos de la razón, a saber: la razón técnica, la teórica y la denominada Razón de Estado.  

Para dar forma a esta acrisolada variedad de enfoques, el realizador Mortem Tyldum se ha situado en una época tormentosa, en la que las convicciones teóricas y éticas del ser humano se vieron enfrentadas a sus propias contradicciones, y allá donde los más seguros de sí mismos acabaron por reconocer que sus viejos modelos ejemplarizantes tenían los pies de barro.

Esta época, que se originó con el surgimiento de los fascismos y acabó con la guerra fría, se vivió como crisis de la todavía vigente moral victoriana en el Reino Unido y como desenmascaramiento del falso dilema de civilización frente a barbarie en la Alemania nazi.

El realizador noruego se ha servido a su vez de la figura de Turing, uno de los genios llamados a revolucionar una de las ciencias que también había entrado en una profunda crisis de fundamentos —la matemática— y que puso al servicio de la revolución moral, sin pedirlo y sin quererlo, las desdichas de su atribulada vida.

El mérito de Tyldum y su guionista Graham Moore (inspirado en el libro de Andrew Hodges) ha sido el de construir una obra muy equilibrada en sus distintos niveles narrativos: todo aquél que se deje guiar por el engañoso título español de la película, encontrará efectivamente un pormenorizado relato de cómo la inteligencia militar (valga el oxímoron) británica descifró, con ayuda de la inteligencia a secas, los códigos secretos de los nazis, que mantenían en la mas impenetrable oscuridad las maniobras navales de los alemanes.

the-imitation-game-0Toda vez que se ha permitido algunas licencias —no sólo Turing construyó el computador que rompió el cifrado, y la importancia de los criptoanalistas polacos es mayor de lo que se sugiere—, la película cumple con su función de relato de espías que trabajan contrarreloj y que precisan tanto de la astucia y la tecnología como de la suerte para vencer al enemigo.

Pero si alguien se atreve a profundizar sólo un poco más, se dará cuenta de que la razón analítica y técnica, puesta al servicio de la empresa militar, no es la única protagonista del filme; las implicaciones morales del trabajo de los intelectuales tienen también un papel relevante en la arquitectura de la misma.

Por un lado, el hecho de romper el código Enigma  puso a los criptoanalistas frente a un debate moral de primer orden, que se refleja en uno de los momentos cumbre de la película y que el crítico no debe atreverse a desvelar. Pero ese no es el primero ni el único dilema al que debieron enfrentarse: poner todo su trabajo intelectual al servicio de una nación beligerante, aunque sea la suya, implicaba aceptar las reglas de un juego en el que no cabían reglas, como lo era el de la guerra.

Los grandes descubrimientos y aportaciones teóricas y tecnológicas del grupo de Betchley Park, cuyos integrantes protagonizan el filme, no fueron un fin en sí mismos ni estuvieron puestos en última instancia al servicio de la sabiduría humana, sino al imperativo de ganar la guerra y garantizar la seguridad y la paz, aunque fuera a través del secreto y la mentira.

El hecho de que se permitiese e incluso se conminase a realizar u ocultar acciones de dudosa moralidad, de que se olvidase o justificase la responsabilidad de las mismas y que todo ello quedara subsanado y cubierto por la todopoderosa Razón de Estado o el principio utilitarista del mayor bien para el mayor número, puede ser discutible y hasta disculpable, y los acomodados críticos y guardianes de la pureza ética que no se vieron en tales tesituras harían bien en ser prudentes en sus juicios.

Pero la inevitable paradoja surge cuando esta moral pragmática, esta ética de la responsabilidad, se enfrenta como en un espejo a la moral pública que sanciona los comportamientos privados. Esto es, a la doble moral victoriana que podía tolerar una hipocresía patente pero nunca un reconocimiento explícito de las preferencias sexuales que atentaran contra el impuesto buen gusto. En tiempos de paz, la propia moral era una manera de iniciar una guerra contra sí mismo.

Así, la película muestra de un modo sutil este juego entre la doble, triple y nula moral de los distintos personajes en conflicto. Mark Strong, ese formidable rostro impenetrable, magnífico en su papel de Stewart Menzies, el jefe del MI6 británico, es el representante de la última. La triple moral sería la de la lucha entre los valores propios, el imperativo de vencer la guerra y la necesidad de cometer actos inmorales para lograrlo, aunque luego esos actos fueran travestidos de heroísmo: todo aquél que asumiera que su consecución era digna de reconocimiento y halago, caería presa de la misma.

Ha de decirse que ni el mismo Turing, protagonista principal de la ruptura de los códigos, quiso para sí esos honores. La discusión que mantiene con el agente de policía que descubre sus inclinaciones homosexuales —una escena que se constituye en un hábil y simplificado remedo del desafío de Turing, esa prueba que debiera superar toda máquina supuestamente pensante— deja bien a las claras que el hecho de cumplir con su deber para con la patria no fue en absoluto moralmente satisfactorio. 

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La pregunta que cabría hacerse es si hay algún personaje íntegro en la película. La respuesta es aparentemente sencilla, quizá insatisfactoria, pero real como la vida misma. No lo hay.

Es cierto que el personaje de Joan Clarke —interpretado por la magnífica y mesurada Keira Knightley, una actriz que ha evolucionado de un modo notabilísimo en sus registros— parece ser el único ser humano que muestra respuestas emocionales y empatía frente al sufrimiento de los soldados, que desfilan lisiados frente a la ventana de la habitación en que se encuentra con Turing y Menzies, pero no lo es menos que esa irrupción emotiva no llega a vencer su compromiso profesional, su obediencia debida.

Nadie piense que la película plantea estos conflictos en términos de moralina: la descarnada y acuciante situación que vivía el Reino Unido, sometido a un bloqueo naval, y sosteniendo con sangre, sudor y lágrimas el frente occidental mientras sufría en la metrópoli los bombardeos del Tercer Reich, casi disculpaba la recurrencia al criterio utilitarista. El planteamiento que The imitation game hace de la situación es ajustado al ambiente bélico y político y apenas se permite algún apunte lacrimógeno, como la  implicación de algún familiar de los integrantes del grupo de Betchley en una catástrofe, pero a pesar de las licencias dramáticas que se suponen a una película mainstream, el tono general no es moralizante: es de verdadero y doloroso drama y dilema moral.

El último de los niveles de análisis de la película queda reflejado en la peripecia vital de Turing, y ha de decirse que a pesar de despertar recelos iniciales —el retrato que de Turing hace Benedict Cumberbatch no se ajusta a la realidad del personaje histórico, que sí parecía gozar de un humor refinado y cierto don de gentes, a pesar de su inicial timidez— su caracterización es más que notable; Cumberbatch da vida a un personaje tierno y atormentado, que en ocasiones recuerda al compuesto por Russell Crowe en Una mente maravillosa, pero que sin duda está dotado de una mayor profundidad y no necesita recurrir a un trastorno mental para generar simpatías.

El último tramo de la película es absolutamente suyo, aunque debiera decirse que tiene una estupenda réplica en Knightley —un personaje histórico que también ha sido “retocado” en aras del dramatismo, pero que guarda una aceptable fidelidad al original— y sobre todo, que su personaje se apuntala en la caracterización que del joven Turing hace el neófito Alex Lawther: hay un plano sostenido en el que el niño Turing recibe una noticia terrible, que pone los pelos de punta, y que es motivo suficiente para no perderle la pista a este actor.

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Por último, se habla mucho y no hemos dejado de hacerlo en esta crítica, de las licencias históricas, románticas y épicas que se permite la película. Es cierto que hay algunas que pueden escandalizar a algún purista, pero asumido su carácter de relato moral y no de biopic hagiográfico, la pregunta es si el relato cumple con las características de obra acabada, coherente y efectiva, y la respuesta es que sí.

The imitation game mantiene un acertado equilibrio entre lo que se le exige a una película de espías, un drama bélico y moderadamente romántico y un análisis de la sociedad de su tiempo y los desafíos morales a los que el ser humano se enfrenta —y generalmente pierde— a lo largo de la historia.

Sólo en última instancia es un biopic, y en ese sentido pueden reprochársele algunas inexactitudes y alguna excesiva caricaturización de personajes que no fueron en absoluto como la película muestra, como el árido personaje de Charles Dance.

No sé si cabe sacrificar la verdad en aras de la elegancia dramática, sólo puedo decir que, a pesar de todo, The imitation game es uno de los mejores homenajes que podían hacerse a la figura de Alan Turing.

Quizá gracias a estas licencias dramáticas alguien estuviese dispuesto a asumir que no cabe perdonar a Turing, sino solicitar humildemente su perdón y el de tantos otros que sufrieron trato semejante, aunque la humildad deba provenir de una reina.  

Escribe Ángel Vallejo

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