Dos días, una noche (3)

  25 Octubre 2014

Crisis solidaria

dos-dias-una-noche-1Lo manifiesto así porque no creo que sean palabras antagónicas. Antes al contrario, diría que hasta se complementan. Y esta última película de Jean-Pierre y Luc Dardenne parece demostrarlo. Sí, parece, porque la duda generada por las relaciones de Sandra con sus compañeros de trabajo, pidiéndoles que la ayuden, es todo un síntoma del realismo cotidiano que no se somete a nadie.

Dicho de otra manera: cómo enfrentarnos a un futuro que se ha vuelto esquivo en estos tiempos de tantísimos frágiles trabajos, casi como sus sueldos, y en el que dependemos de los demás tanto, o más, que de uno mismo. De ahí que la solidaridad exista, y se practique en tiempo de crisis, pero siempre que no nos afecte a nosotros mismos directamente.

Dos días, una noche, a pesar de su a veces forzado minimalismo, sí va diseccionando a una sociedad muy apegada a sus formas e intereses propios, antes que enfrentarse a situaciones de quienes no tiene trabajo, o están a punto de perderlo, o se hallan consumidas por su incapacidad para afrontar un futuro que les pueda hacer sonreír de nuevo, al tener su sustento y cobijo asegurados.

Con dos Palma de Oro en sus vidas (Festival de Cannes en 2002, por Rosetta; y en 2005, por El niño), los hermanos Dardenne aspiraban, qué duda cabe, a una tercera por Dos días, una noche, que presentaron este año. No lo consiguieron. Aparte el cierto minimalismo antes citado, está como una pequeña complacencia de imagen al presentar los sinsabores de su protagonista: un academicismo impropio de los Dardenne.

Por supuesto que paliado por el realismo, del que hacen gala siempre, al analizar los pros y los contras de que Sandra consiga seguir trabajando, a costa de que sus compañeros no obtengan un sobresueldo, que obtendrían si ella no es admitida en la empresa de nuevo. Estos diálogos son lo más acertado, contundente y veraz, porque escarban en la naturaleza humana con una sencillez tan precisa y cotidiana como la vida misma.

De eso se trata: de vivir, de convivir con la familia, con el entorno; con todas y cada una de las necesidades que se nos presentan cada día y que debemos solventar. De nada vale que hayamos estado indispuestos, decaídos, angustiados. Si se trata de mantener el trabajo, ahora mismo, en cualquier lugar y circunstancia, no podemos bajar la guardia, ni enfermar, ni compadecerte de los demás.

Para llegar a estas conclusiones, tan actuales y veraces que no podemos por menos de hacerlas nuestras, los Dardenne han contado para el personaje de Sandra, con la más que necesaria y sugerente colaboración de Marion Cotillard, que ha devengado en imprescindible. Sin ella, Dos días, una noche hubiese destilado un tufillo a guión y diálogos casi forzados, porque su rostro, sus actitudes, sus palabras, todo auténtico en sus expresiones, tal vez nos parecerían falsos.

No debemos olvidar que la Cotillard recibió el Oscar por su incorporación de Edith Piaf en La vida en rosa, en 2008, así como el Bafta, el Globo de Oro y el César de ese año. Sin haber llegado a los 40, ha sabido combinar muy bien, casi desde el principio, ser una estrella y una actriz. La recordamos especialmente con Woody Allen en 2011, Medianoche en París, donde hacía gala de una gran naturalidad al incorporar a Adriana, la que se relacionó con Modigliani, Braque, Picasso y Hemingway.

Para ir poniendo el punto final, recordamos que en 1996 Jean-Pierre y Luc Dardenne consiguieron la Espiga de Oro, en la Seminci de Valladolid, por La promesa, su tercer largometraje. Sin olvidar la excelente, realista y conmovedora El niño de la bicicleta, que realizaron en 2011.

Y en la edición de la Seminci de este 2014 su Dos días, una noche abrió la semana vallisoletana. Los Dardenne han declarado, últimamente, que “la solidaridad en la época actual es algo casi utópico”.

Es consecuente que, tal vez por eso, hayan realizado, para comprensión de propios y extraños, de éstos y aquéllos, su más que notable y hasta necesaria Dos días, una noche.

Escribe Carlos Losada

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