Annabelle (3)

  21 Octubre 2014

Veo, veo…

annabelle-1James Wan lo ha vuelto a conseguir.

Tras crear una saga como Saw, que cambió en gran medida la percepción del gore en las salas cinematográficas (aunque luego la saga se deterioró hasta límites lamentables), ha seguido narrando historias fantásticas con un pulso notable, como Insidious o Expediente Warren, de la que precisamente esta Annabelle es lo que los americanos llaman un spin-off, es decir, una película propia para alguno de sus personajes.

Y en este caso el personaje es la muñeca del prólogo de aquel film que triunfó el pasado año en nuestros cines.

Annabelle es una rareza en el cine actual porque es una película basada en la capacidad de sugerencia y en desmontar las expectativas del espectador, que en cada plano sostenido o en cada travelling de acercamiento sobre la muñeca está esperando que ésta hable, guiñe un ojo o gire la cabeza...

Movimiento que nunca llegamos a ver.

Pero ¿está viva? ¿Esa gota de sangre que cayó sobre su ojo ha generado una maldición? ¿O todo transcurre en la mente de un personaje torturado por haber sido acuchillado poco antes del nacimiento de su hija?

Elementos que recuerdan al crimen de los Manson y a la muerte de Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski. Por algo la película transcurre precisamente a finales de los sesenta. Cuando se produjeron estos crímenes por todos conocidos. Un dato real que pretende apuntalar la “realidad” de la maldición de la muñeca Annabelle.

Nada es casual en este film.

Y tampoco nada es absolutamente cierto... siembra dudas.

Nada más y nada menos.

James Wan lo ha vuelto a conseguir: nos deja pegados a la butaca.

Wan y el hijo de Rosemary

Que un director nacido en Malasia sea uno de los grandes responsables del cine actual de terror en Hollywood resulta como mínimo curioso.

Wan rodó un corto en 2003 que arrasó allá donde se proyectó. Y decidió estirar la anécdota, manteniendo el título, para convertirla en su primer largometraje: Saw (2004).

Desde entonces, con diez títulos dirigidos en otros tantos años y diversas labores en otros títulos (productor, argumento, guionista) ha logrado convertirse en una referencia y, lo que es más complicado, es respetado por público y cierto sector de la crítica, por su coherencia temática y unos planteamientos de puesta en escena alejados de lo gratuito.

A James Wan le interesan las historias inquietantes, con cierto poso clásico, donde el espectador debe aportar su propia lectura de las imágenes. No es que huya del gore (como la propia Saw, aunque realmente la primera película muestra muy poco, más bien sugiere), pero prefiere moverse en el territorio de la sorpresa narrativa y de cierta ambigüedad, lo que convierte sus títulos en experiencias incómodas para el espectador, como demuestran Silencio desde el mal (2007), Insidiuos (2010), Expediente Warren (The conjuring, 2013) o Insidious 2 (2013).

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Hablamos de un modesto pero eficaz artesano a la antigua usanza, que sabe cómo mantener el secreto de sus producciones para crear expectativas y aprovechar sus éxitos para desarrollar secuelas —algo que se negó a hacer con Saw y, tras ver cómo se deterioró la serie ha corregido con el tiempo, apuntándose a las nuevas entregas de sus últimos éxitos—.

Y que sabe enlazar sus películas con temas de actualidad, o con situaciones reales, que, nuevamente hagan dudar al espectador.

Un ejemplo, la trama de Annabelle se sitúa a finales de los 60, cuando Charles Manson y Helter Skelter —la canción de The Beatles que inspiró a Manson su crimen— eran nombres que todos tenían en mente, sobre todo tras la matanza de Sharon Tate, esposa embarazada de Roman Polanski que murió junto a un grupo de amigos a manos de una secta de enloquecidos adoradores del Diablo.

En este entorno viven los protagonistas de este film, una joven pareja que a través de la televisión se entera de lo que han hecho Manson y su gente, algo que sin duda deja huella… sobre todo si ella está embarazada.

La elección apuesta por una época en que las bandas satánicas estaban en pleno apogeo, quizá por su incapacidad para discernir realidad y ficción debido al consumo sistemático de todo tipo de sustancias.

Y no es el consumo algo que nuestra protagonista practique, pero esa lucha entre la realidad y lo que quizá sólo está en su mente es la clave del film…

James Wan lo expone de manera convincente acudiendo también a la memoria del espectador: pareja joven, él un próspero profesional, ella con pocos amigos en su nueva vivienda, una vecina que ayuda o quizá esconde algo, las dudas sobre ciertos detalles que apuntan al satanismo…

¿Alguien ha pensado ya en La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1970) el film que sembró en Hollywood las dudas antes que las certezas y el éxito de público que fue una de las bases del nuevo terror de los años 70?

Tras una secuencia breve extraída de Expediente Warren (la entrevista del matrimonio Warren a tres jóvenes que habían estado con una muñeca encantada, Annabelle), un largo prólogo sirve para conocer a la pareja protagonista, con ella embarazada, buenos cristianos que van a misa, amigos de sus vecinos, él médico, ella trabaja en casa, cosiendo, quizá también diseña, él le regala una muñeca para la niña que está en camino, o quizá para la madre que es una gran coleccionista…

Una familia feliz hasta que una noche alguien asalta su vivienda (no daremos más detalles, tranquilos, no conviene desvelar algunas sorpresas), ella recibe golpes y una puñalada en el estómago, el asaltante muere abrazando la muñeca, que quedará marcada con la sangre de la víctima y con un extraño símbolo escrito con sangre, ¿quizá una maldición?

También la madre quedará marcada, aunque su bebé se salva. Tras un periodo de reposo el bebé nacerá sano… aunque para entonces quizá la madre ya esté definitivamente marcada por aquella noche.

La difícil relación entre la madre, su hija recién nacida y cierto temor hacia la muñeca será el eje de la trama el resto del film: ¿realmente la muñeca cobra vida? ¿Está maldita? ¿Es fruto de una invocación del Mal?

¿O estamos ante el trauma de una madre que ha estado a punto de perder a su hija, tras ser apuñalada aquella fatídica noche?

El difícil equilibrio se mantiene con elegancia y el espectador acaba por entrar en un juego de dudas y ausencia de certezas en el que siempre es manejado… y sus expectativas casi nunca se cumplen.

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Un pequeño círculo de amigos

Dos nombres de confianza ha elegido James Wan para llevar adelante esta secuela no sólo de Expediente Warren sino también del estilo impuesto por el malayo: el músico Joseph Bishara y el director de fotografía John R. Leonetti, aquí convertido ya en director por derecho propio.

Para sembrar la inquietud, Leonetti (director de fotografía en los últimos títulos de Wan: Silencio desde el mal, Insidious, Expediente Warren e Insidious 2) utiliza notable capacidad la planificación, no abusa de los sustos, construye las escenas dedicándoles el tiempo necesario para que el espectador se prepare, imagine, intente adelantarse… y casi nunca acierte.

Así encontramos multitud de travellings acercándose a la muñeca, subrayados con una música tenebrosa pero no chirriante, que encaja como un guante con las imágenes, gentileza del otro amigo de Wan: Joseph Bishara, compositor que se dio a conocer con la serie de televisión Masters of Horror y que ha colaborado con Wan en sus tres últimos títulos: Insidious, Expediente Warren e Insidious 2.

Imágenes que invitan a pensar que la Annabelle se va a mover, va a hablar, quizá nos guiñe un ojo… pero nunca llegamos a tener a certeza de que eso se produzca.

Nosotros nunca lo vemos.

Otra cosa es lo que vea o imagine ver la protagonista.

Sólo sugerencias y un clima angustioso, mantenido con sobriedad y sin necesidad de efectos especiales gratuitos… y eso que para maquillar al mismísimo Demonio de la función el director ha contado con la colaboración de los míticos Greg Nicotero y Howard Berger, las dos últimas letras de la legendaria KNB Effects Group (junto a Kurtzman), magos del maquillaje del cine de terror en los 80 y 90.

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En una época de obviedades y explicaciones, donde todo se muestra y nada se sugiere, encontrarse con un título como Annabelle casi es un anacronismo: ni cambios de plano rápidos, ni zooms torpes, ni innecesaria cámara a mano, ni diálogos explicativos para idiotas, ni canciones de relleno (aquí sólo se utiliza una de la época por necesidades del guión, para ambientar una escena en que el tocadiscos se pone en marcha solo)…

Un tempo adecuado para presentar a los personajes, una implicación de la iglesia planteada sin aspavientos (aunque desde luego no muy políticamente correcta), un mar de dudas para el espectador, que se mueve inquieto en la butaca si tener claro a qué agarrarse.

No es perfecta, ni mucho menos.

Le falta el talento de Roman Polanski para trascender la anécdota y hablarnos de una época y de una sociedad, y no alcanza la maestría de John Carpenter para crear un ambiente terrorífico.

Pero es un film honrado con el espectador, que se sigue con interés, con alguna escena de brillante resolución (la larguísima huida de la madre del sótano, con un ascensor que se niega a subir y alguien acechando en la sombra cada vez que se abre la puerta) y un tono general que te mantiene pegado a la butaca…

Eso sí, Annabelle defraudará las expectativas de quienes acuden al cine a atiborrarse de palomitas mientras comentan con los compañeros de butaca cada matanza. No es un festival de sangre, vísceras y otras evidencias. De hecho es un film que se sigue en silencio, que no permite hablar, que exige mirar, que inquieta…

No es poco para los tiempos que corren y, vista la tendencia de su productora, lo lógico será que pronto tengamos en nuestras salas una cita anual con nuevas secuelas de la muñeca Annabelle, compitiendo con los nuevos capítulos de Insidious y de Expediente Warren.

Aunque, lástima, Wan ya ha aceptado un nuevo reto: está rodando Fast and Furious 7… la peli que se lleva adelante sin Paul Walker, el protagonista de la saga, ya fallecido. ¿Logrará superar este nuevo desafío o será engullido por la maquinaria hollywoodense como tantos otros?

Escribe Mr. Kaplan

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