10.000 Km (3)

  15 Mayo 2014

Fragmentos de un amor fragmentado

10000-km-4El 17º Festival de Cine de Málaga ha premiado con la Biznaga de Oro a la mejor película a 10.000 Km (Long Distance) la ópera prima de ficción de Carlos Marques-Marcet, un joven realizador, guionista y editor barcelonés con un sólido bagaje como cineasta.

Como director ha realizado hasta la fecha diez cortometrajes —A munt i a val (2006), Udols (2008), I’ll be alone (2010)… y The Yelow Ribbon (2012)— con los que ha obtenido prestigiosos premios (DGA Student Award, Premio INJUVE, Frankenheimer Award), además de un largometraje documental, De Pizarros y Atahualpas (2009), aún no estrenado en España, sobre las contradicciones del Perú actual.

El éxito de la película en Málaga ha sorprendido al propio director, que también ha conseguido cuatro galardones más: mejor dirección, mejor guionista novel (compartido con Clara Roquet, co-autora del guión), mejor actriz (Natalia Tena) y el premio de la crítica.

El reconocimiento obtenido no se le ha subido a la cabeza y confiesa que nunca ha esperado ganarse la vida como director, por eso le gustaría seguir combinando esta faceta con la del montaje. Él mismo se define como montador, labor en la que tiene, tanto en cine como televisión, una amplia trayectoria profesional; a destacar, su trabajo en títulos como Caracremada (Festival de Venecia 2010) o I Felt Like Love (Festival de Sundance 2013).

Carlos vive actualmente entre Barcelona y Los Ángeles, desde que hace cinco años y medio se marchara a Estados Unidos con una beca de la fundación La Caixa para cursar un master de dirección en la facultad de cine y televisión de UCLA. También es miembro fundador de La Panda Productions, una cooperativa audiovisual formada por once cineastas españoles —directores, productores, guionistas, editores y directores de fotografía— afincados en la ciudad californiana.

Los celos, la rutina, el tedio, la infidelidad, la violencia, la incomunicación… son algunas de las causas que frustran las relaciones sentimentales. Un tema recurrente en el cine del que algunos autores, como Woody Allen, han hecho una de las constantes de su filmografía. Para ahondar en este tema aconsejamos una inmersión en el Rashomon nº 82 de Encadenados que dedicó un amplio estudio a las crisis de pareja en la historia del cine a través del análisis de algunos títulos emblemáticos de distintos directores.

Realizada íntegramente en Barcelona, 10.000Km es una película catalana, rodada en castellano, con aspecto indie y vocación internacional, que añade algún ingrediente más al complicado universo de las relaciones de pareja explorando la posibilidad/capacidad del amor para sobrevivir a la distancia que separa a los amantes.

La película

Sinopsis: Alex y Sergi son una joven y sólida pareja que convive desde hace siete años en Barcelona. Están enamorados y planean formar una familia cuando a ella le conceden una beca anual para desarrollar un proyecto artístico en Los Ángeles. Ambos intentan sobrellevar la separación durante ese tiempo con las nuevas tecnologías como intermediarias. Sin embargo, que lo consigan o no dependerá de algo más que la distancia.

Idea

El cine copia la vida, muchas veces incluso la propia, por eso 10.000 Km además de hablar de un problema muy actual como es la separación coyuntural de una pareja por motivos profesionales, se hace con conocimiento de causa, porque aunque no es autobiográfica sí parte de una vivencia real.

La idea de la película surgió de la experiencia personal del director —cuando a los 25 años se marchó de Barcelona para estudiar cine a L. A. dejando aquí a sus seres queridos—, de la sensación desquiciante de querer mantener dos vidas en la distancia y no vivir plenamente ninguna porque la mediación tecnológica, en este tipo de circunstancias, agudiza, en vez de mitigar, el sentimiento de ausencia.

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Estructura

Como “fragmentos de un amor fragmentado”, define el director su película, que tiene una estructura narrativa consecuente, formalmente, con su desarrollo dramático. Está articulada en tres actos/partes, con tres maneras de contar, conceptual, técnica y expresivamente muy diferentes, reflejo sintáctico de la relación semántica que se desarrolla entre los protagonistas.

El primer tramo presenta a la pareja y la (aparente) idílica relación que comparten, su complicidad, su rutina diaria y sus proyectos de futuro —como ser padres—, después de siete años de convivencia.  

La historia tiene un arranque potente, un primer plano que nos introduce de sopetón en el momento más íntimo y secreto de su relación, sin posibilidad de mirar a otro lado. El director busca, así, de forma inmediata y contundente, la mirada transparente y seria, sin pizca de morbo, de un espectador que se implique en la peripecia existencial de sus personajes, apostando por un tratamiento formal continuo y con vocación impresionista en la que la planificación fluya con la misma naturalidad que su vida: un plano secuencia de veintitrés minutos, rodados en continuidad (1) donde tiempo y espacio coinciden en una puesta en escena muy teatral, pero con una planificación puramente cinematográfica.

Rodada en un piso real (la casa del productor Tono Folguera), no en un plató, durante tres días y con más de quince tomas realizadas, esta secuencia inicial articula con naturalidad, interpretación, planificación, iluminación y montaje en un todo armónico. Los personajes deambulan por el espacio cerrado del piso-escenario en una coreografía perfecta de movimientos precisos, pero naturales, a los que la cámara se adapta con versátil morosidad creando una composición fluida y orgánica a la que la mirada del espectador se acomoda con facilidad.

Cuando se plantea el conflicto que da lugar al cambio de situación de la pareja, el largo plano- secuencia inicial termina, la continuidad desaparece y se instala la ruptura espacio-temporal y la heterodoxia que presidirá todo el segundo acto. Este tramo, de ochenta minutos, apuesta por una planificación fragmentaria e irregular, interrumpida por continuas intromisiones e interferencias narrativas, expresivas, tecnológicas o puramente artísticas en consonancia con la fisura sentimental que la distancia emocional y física provoca en la pareja.

Son estas interferencias, fruto de la utilización de las nuevas tecnologías, y las posibilidades que aportan, las que dan a esta parte central de la película su carácter experimental y creativo, donde los distintos elementos que confluyen (intertítulos, videochat, fotografías, Google Maps, video-móvil, filmaciones, Facebook, e-mails, WhatsApp…) se incardinan con naturalidad en el discurso general, conformándole.

El último acto es también fragmentario, pero sin más injerencias técnicas o expresivas que las derivadas de la pura ortodoxia cinematográfica. La pareja se vuelve a encontrar cara a cara 201 días después de su separación en una secuencia de trece minutos cargada de fríos reproches y mucho dolor. Los 10.000 Km a los que ambos se encuentran en ese momento son puramente emocionales, una distancia que parece insalvable a pesar de su amor. Alcohol, risas, sexo entre lágrimas y…  ¿posible happy end? El último plano y la canción de los créditos finales nos dan la respuesta (2).

Teatro filmado, video-arte y cine-cine, tres concepciones, tres fragmentos diferentes que podrían funcionar como tres películas independientes y autónomas, pero que en sucesión conforman un todo significativo coherente con el desarrollo dramático. Pura arquitectura deconstructiva que forma, transforma y reforma el concepto de unidad estructural sin perder el equilibrio compositivo.

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Proyecto artístico de Alex

El director dedica al proyecto de Alexandra en Los Ángeles una atención especial en la película, para conferirle carácter de autenticidad. Era importante para él que esto fuera así, en parte porque de la coherencia de ese proyecto deriva la credibilidad del desenlace de la película.

El proyecto artístico de Alex —realizado en colaboración con dos amigos, el fotógrafo Aleix Plademunt y el escritor Borja Bagunyá—, está construido para parecer tan interesante y tan real que cualquier espectador, aunque no esté versado en el tema, pueda comprender por qué ella no puede ni debe renunciar a la perspectiva profesional de futuro que se le abre. Las fotografías de la ciudad o de objetos electrónicos, el estudio sobre las antenas-árboles o la filmación por L. A. son reales, auténticas.

Esta última, realizada desde un coche por las calles de la ciudad, fue grabada por el propio director, en 16 mm., sin intenciones previas al respecto, pero que luego decidió incorporar a la película en un montaje comparativo a pantalla partida, con el mismo recorrido realizado a través de Google Maps.

El resultado es una creación audiovisual, de minuto y medio escaso, sintácticamente sencillo, que como elemento del conjunto resulta interesante, pero que como segmento autónomo tiene entidad propia. Constituye un fragmento documental, además de visualmente plástico  conceptualmente significativo porque compara dos formar de captar la realidad (analógica vs. digital), dos formas de mirar, dos cadencias… dos concepciones de la vida, en definitiva; metacine cotidiano, lo llama el director, que remite a las filmaciones de los pioneros, cuando las imágenes de cualquier ciudad captadas por una cámara eran para cualquier espectador una ventana al mundo.  

La otra aportación creativa son las fotografías que Alex hace de la ciudad. Empieza haciendo fotos freaks —según las define ella misma— de tipo publicitario (donuts gigante, dinosaurio, gallo) o curioso como el Binoculars Building de Google en L. A. y termina centrándose en las antenas camufladas en árboles y posteriormente en la serie de fotos de estudio de cámaras web con las que hace un estético mosaico gigante. La calidad real y conceptual de estos trabajos, además de su proceso (vemos a Alex trabajando en ellos, escaneando con el software SilverFast SE, tomando fotos con la cámara de placas…) es fundamental para dar credibilidad al talento de la protagonista y a su necesidad de seguir persiguiendo su sueño: trabajar en lo que realmente le gusta.  

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Distancia y  tecnología

La película hace de estas dos variables, tan actuales, motivo de reflexión, enfocadas sus consecuencias, especialmente, hacia las relaciones de pareja.

Marcharse fuera, juntos o por separado, es habitual hoy en nuestro país para quienes aspiran a conseguir un futuro mejor; es lo que desea Alex, y la oportunidad se la brindan lejos. No hay crítica social en esta particular situación, sólo intención de reflejar la realidad de una generación que, por unas u otras razones, tiene que emigrar (hay un diálogo entre ellos en el que hablan de todos los amigos que viven fuera de España), bien por dinero o como —lo es para ella— una opción de desarrollo personal y profesional.  

La distancia es, inicialmente, una situación coyuntural para ambos, que intentan mitigar con la tecnología como intermediaria. Las primeras semanas de separación son difíciles; viven enclaustrados en sus respectivos pisos, se echan de menos y el ordenador se convierte en una prolongación de su mirada, de su tacto, de su deseo… de su necesidad de estar juntos; se duermen y se despiertan junto a él haciendo de su presencia constante, y del videochat por extensión, el tercer miembro de su relación.

El que parecía el aliado perfecto de su relación pasado un tiempo revela también sus trampas, sus deficiencias, su incapacidad para prolongar los sentidos o sustituir la presencia del otro si no es por una imagen mediatizada e incompleta, efímera. Un intermediario cuya mirada estrábica y tramposa no coincide con la de sus usuarios, mientras la vida fluye en derredor suyo (fuera de campo) sin posibilidad de sentirla.

A partir del tercer mes, Alex empieza a trabajar en su proyecto, a relacionarse con otras personas, a colgar en Facebook sus impresiones de la ciudad y las fotos con sus nuevos amigos. El ordenador empieza a convertirse más en herramienta de trabajo que en elemento de comunicación entre ellos. Cuando lo utilizan la conexión se interrumpe  (pixelaciones, frame-stop, desincronización imagen-sonido…), el discurso se fragmenta y, poco a poco, va siendo sustituido por medios más distantes como el e-mail o del whats app, donde la necesidad de mirar al otro ya ha desaparecido y la sinceridad absoluta también (escena en la que Sergi escribe y reescribe, una y otra vez, un correo a Alex intentando expresar lo que realmente siente, para finalmente optar por lo más correcto).

Inocuas en principio, distancia y tecnología, dependen del contexto de la pareja y de su proyección de continuidad para viciar su relación. A lo largo del proceso vemos que conjugadas funcionan como aliadas para Alex, que encuentra en ellas el motivo de su proyecto creativo y el enfoque que quiere dar a su vida; pero negativas para Sergi que ve cómo ambas se lo aniquilan.

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Guión, personajes e interpretación

El trayecto para sacar adelante la película ha sido arduo, especialmente la fase de guionización, la cual le ha llevado a Carlos más de tres años, de escrituras, reescrituras y revisiones hasta dar con la versión definitiva, escrita en colaboración con Clara Roquet. Pensado para que las situaciones resulten naturales y coherentes (no necesariamente verosímiles), el director ha contado también con la participación de dos actores excelentes, poco conocidos en las lides cinematográficas en castellano: Natalia Tena y David Verdaguer.

Natalia es una actriz británica de ascendencia española que ha trabajado en el cine internacional pero nunca antes en España. En los últimos años ha participado en las cuatro últimas películas de la saga Harry Potter (3) y Bel Ami (2012) —donde interpretaba unas picantes escenas junto a Robert Pattinson—, pero es mundialmente conocida por su papel de Osha en la serie Juego de Tronos.   

David ha hecho su carrera, hasta la fecha, en la televisión, el teatro y el cine, donde ha intervenido en papeles secundarios (Tres días con la familia, 2009, y El sexo de los ángeles, 2011). Había realizado un corto previamente con Carlos y este decidió contar con él para 10.000 Km, después llegó Natalia y la compenetración entre ambos fue absoluta.

Aunque prepararon el papel en poco tiempo, la química entre ellos es evidente. La experiencia teatral de ambos ha sido fundamental para afrontar con solvencia la credibilidad de su relación, sobre todo en el plano-secuencia inicial, donde es fundamental transmitir el amor y la complicidad (miradas, movimientos, gestos…) que existe entre ellos después de siete años de convivencia; de hecho, algunos diálogos, como consta en los créditos, son aportaciones suyas. Juego, sentido del humor, enfado, reconciliación… de todo hay en esta relación consolidada, hasta su propia canción (4), algo, quizás tópico, pero que funciona perfectamente como elemento dramático en dos momentos importantes de la película.     

La historia partía de “las dudas e incertidumbres, los problemas derivados de la incomunicación, las dificultades surgidas de los sacrificios y la desorientación de toda una generación en plena crisis”, reflexiones personales que, según el director, fueron asentándose en su cabeza y configurando los personajes de la película: Alex y Sergi, dos personalidades bien perfiladas que parecen complementarse.

Ambos son artistas (músico y fotógrafa) pero sobreviven de la docencia en aparente, convencional y tranquila armonía pensando incluso en ser padres. De repente, lo que parecía confluencia de intereses deviene divergencia cuando a Alex le conceden una beca en el extranjero. En ese momento, se evidencia la diferencia de prioridades de ambos: Alex antepone su realización profesional, Sergi no. Él se conforma con aprobar unas oposiciones de profesor de música. Ella desea algo más que sobrevivir dando clases de inglés para siempre; por eso, cuando se presenta la ocasión no puede dejar pasar “el último tren”, como llama a esta oportunidad. Lo que no sabe entonces es lo lejos que la llevará, aunque tampoco le importa porque con lo que disfruta es con el viaje.

El director identifica a Alex con el personaje de Ulises, la viajera inquieta que se entretiene en el camino, demorando su llegada a esa Ítaca idílica donde Sergi-Penélope esperan su regreso. Sólo que el final no coincide, Alex, apenas, acaba de comenzar su aventura.

La distancia geográfica sólo hace aflorar las diferencias latentes que ya existían, de las cuales  deja constancia el primer plano de la película. Ella es la que está encima, la que controla el tiempo y el modo de su placer, la que lo demora, mientras él se precipita en el suyo (una situación que se repite cuando intentan mantener sexo a través de la red); él es el que hace planes de futuro por los dos, el que desea tener un hijo en ese momento mientras ella escucha y asiente, sin parecer realmente convencida.  

No es cuestión de sentimientos, sino de tiempos, de perspectivas…, de proyecto de vida conjunta y cuando éste falta el amor no parece suficiente. Sin culpables. La imagen que ilustra el cartel de la película, extraída de un fotograma de la misma, es muy explícita al respecto: una pareja frente a frente cuyas miradas no confluyen.

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Resumiendo

10.000 Km es una película austera, sencilla, pero no convencional, con poca parafernalia y mucha sinceridad, que sabe identificarse con una generación en continuo cambio. Un experimento cinematográfico conceptualmente interesante que hace una disección profunda e intensa del amor a distancia con la intermediación tecnológica como aliada técnica, narrativa y expresiva utilizada para dar contundencia a una mirada reflexiva, fragmentaria y creativa que interpela con rotundidad a un espectador inquieto.

Escribe Purilia


Notas

(1) En esta secuencia hay un guiño no sabemos si intencionado o casual a la maniera de rodar de Hitchcock en La soga (1948) cuando aproximadamente hacía la mitad de la toma Alex extiende una sábana que ocupa todo el plano para al dejarla caer seguir la escena. La vocación semántica de continuidad de la secuencia no hubiera cambiado de realizar un corte ahí. O quizás sí.

(2) Veinte años, bolero cantado por María Teresa Vera y Rafael Zequeira.

Qué te importa que te ame/si tú no me quieres ya, /el amor que ya ha pasado/ no se debe recordar.
Fui la ilusión de tu vida/ un día lejano ya, / hoy represento el pasado, / no me puedo conformar.
Si las cosas que uno quiere/ se pudieran alcanzar/ tú me quisieras lo mismo/que veinte años atrás.
Con que tristeza miramos/un amor que se nos va, /es un pedazo del alma /que se arranca sin piedad.

(3) Harry Potter y la Orden del Fenix (2007), Harry Potter y el misterio del príncipe (2009) y Harry Potter y las reliquias de la muerte, Parte 1 (2010) y Parte 2 (2011) interpretando al personaje de Nymphadora Tonks.

(4) Nothing matters when we’re dancing de Stephin Merrit, interpretada por The Magnetic Fields.

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