Matterhorn (5)

  24 Mayo 2014

Aprendiendo…

matterhorn-1A conocerse a uno mismo, a las personas que nos rodean, y sus sentimientos, comportamientos, conocimientos; y a la libertad, la tolerancia, la soledad, el amor… Y así dar sentido a comprendernos y aceptarnos, para hacer lo propio con los demás, aunque no sepamos bien cuánto tiempo nos puede llevar y qué coste podría suponernos.

Podemos interpretar, de este modo, las ideas e intenciones de Diederik Ebbinge en esta excelente, fundamental película de nuestro tiempo, que ancla sus raíces en la austeridad de la estructura secuencial y en una ironía, sutil y socarrona, que se desliza a lo largo y ancho de imágenes, tan precisas como elocuentes, para desentrañar las pautas del comportamiento humano y saber cómo y por qué actuamos de ésta y no de aquélla manera.

La historia comienza con la llegada de un autobús, con el protagonista Fred (un elocuente y matizado Ton Kas), a una pequeña comunidad, en medio de cualquier lugar, que gira en torno al Pastor calvinista y su cónclave, y la música que acompaña es el Erbarme Dich, momento maravilloso, inspirado, de la Pasión según san Mateo de Bach, y cuya letra es más que adecuada a esta Matterhorn, símbolo de las montañas suizas.

No podemos por menos de citar cómo empieza la letra, que esclarece mejor las intenciones de Ebbinge sobre la estructura patriarcal, a medias entre religiosa y humana, de esos pastores que se creen en posesión de la verdad —debimos escribirla con mayúsculas—, para así pretender dominarlo todo: “Apiádate de mí, Señor, enjuaga mi llanto. Mira cómo mi corazón y mis ojos lloran por ti amargamente…”.

Y seguiremos oyéndolo, junto con más Bach, salvo en dos o tres ocasiones puntuales. Una de ellas es tan opuesta que el contraste lo dice todo, pues se complementan, como intuimos por la actitud de Fred, ya vencidos sus temores, aprendiendo que enfrentándose a la realidad se termina ganando. Se tarta de This is my Life, canción emblemtática en más de un sentido.

Porque el relato va mostrando lo que ocurre en dicha sociedad hipócrita y resabiada, sobre todo cuando aparece Theo (un expresivo, contundente, René van’t Hof), al que protege y cobija Fred, para escarmio y escándalo de todos, y que terminan formando un tándem insólito que divierte a niños y a muchos mayores sin prejuicios. Como expresó su director: quería hablar de “liberación” y no de “religión”.

No, no vamos a destriparles el argumento; aunque sí mostramos algunas pautas, para hacer que esta película sea tan necesaria como imprescindible, al comprobar cómo la conducta humana, y sus arquetipos, naufragan cuando no se asientan en la sinceridad de nuestras ideas, impresiones, sentimientos, y sí cuando intentan plegarse a una realidad que quieren imponernos, desnaturalizando así la forma de ser y expresarse de cada uno.

Diederik Ebbinge nació en 1969, estudió en la Akademia voor Kleinkunst, de Ámsterdam. Formó una compañía de teatro popular, De Vliegende Panters, junto a otros compañeros de estudios. Actor y guionista en cine y televisión, realizó dos cortometrajes —Naakt en 2006, y Succes en 2008— siendo Matterhorn su primer largo. O sea, que hay experiencia y conocimiento para contarnos una historia universal, que a todos concierne, y no la concreta de un determinado país, aunque situada en una comunidad pequeña y aislada.

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Matizamos que su fotografía, de Dennis Wielaert, es tan apropiada que hasta nos sugiere como una intemporalidad de lo que ocurre. O sea, lo que deseaba Ebbinge: la historia es universal, puede pasar en cualquier momento y que algunas costumbres, como la de Fred cenando siempre a las seis de la tarde, al fondo el retrato de su mujer y su hijo, que nos pone sobre aviso, es una manera eficaz de dar con el tono para que prenda en nuestra sensibilidad.

En el cine de Ebbinge hay influencias de Kaurismäki, sí; y añadiríamos que también de Michael Haneke en su manera de mostrar sin juzgar, al estilo de La cinta blanca, una de las películas más sobresalientes de los últimos tiempos. Esto no hace más que confirmar, por si nos quedaban dudas, la importancia de Matterhorn en los tiempos y condiciones actuales, pues es un toque de atención para que no bajemos la guardia ante la hipocresía dominante.

Matterhorn ha recibido el premio Pilar Miró, como obra de realizador novel, en la Seminci de Valladolid, en Octubre de 2013. El premio de crítica y público en el festival de Moscú en 2013 (a pesar, o tal vez, por mostrar sin tapujos la homosexualidad) y el del público en Róterdam, también en 2013. Y aún sin ellos, viéndola sabemos que el cine y nosotros hemos salido beneficiados por su valentía y sinceridad.

Así pues Matterhorn, como un símbolo, pues es una montaña muy erguida, con sus nieves, sus aristas —donde buscó refugio la mujer de Fred, como él mismo lo hará, en otro sentido—, tiene su humor, sus variadas lecturas, y que bien merece toda nuestra atención, y presencia en los cines, para degustarla como se merece. Nadie saldrá indiferente de su visionado, pues nos llevará a seguir aprendiendo.

Escribe Carlos Losada

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