Gru 2: Mi villano favorito (2)

  23 Septiembre 2013

¡Viva el mal, viva el capital! 

gru-2-1Los espíritus políticamente correctos podrían sentirse un tanto molestos con el visionado de una saga como la de Gru, el villano profesional que cegado por la luz que irradiaba la infancia decidió abandonar sin despeinarse —entre otras cosas por ser calvo— su vocación de malvado por la de niñera.

Digo esto principalmente porque el escarnio basado en tópicos étnicos al que somete algunos personajes se convierte en leitmotiv de la segunda entrega; no es el único aviso para espíritus sensibles: un gran número de personajes femeninos aparecen como floreros descerebrados y el maltrato animal ofrece alguno de los gags más logrados de la película.

No obstante, sería demasiado retorcido pretender que la saga Gru adolece de una moralidad desaseada: quizá lo que sucede es que no deja títere con cabeza y que para el sarcasmo tanto le valen tirios como troyanos. Lo que habría que calibrar es si realmente consigue hilar trazos de humor lo bastante finos como para pasar por alto los toques de brocha gorda, y considerar estos últimos como un residuo del cartoon animado que las más de las veces disfrutamos sin tanto melindre en nuestra infancia.

La respuesta es que Gru 2 se sobrepone a medias de sus excesos en ese sentido. Puede constatarse una pérdida de calidad con respecto a la primera entrega, donde la idea principal ya resultaba tan chocante que daba para una tesis: la vida corriente de un supervillano que se empeñaba en robar la luna, amparado por una organización financiada por la banca del crimen que dedicaba sus inversiones a tales empeños.

A la feliz idea de cambiar de acera con respecto al protagonismo antiheroico, se sumaba la habilidad para contar un historia clásica de elementos malignos —es un decir— en cuyo nefando origen se hallaba, como casi siempre, un trauma infantil. La primera Gru hizo de la inversión de roles un arte: molaba contaminar, robar y aparcar indebidamente. Pero esas aparentes transgresiones de la norma eran un mero trampantojo para dejar en evidencia el mal absoluto: el sistema bancario, que junto al pijerío nerd dominaba las élites sociales y neointelectuales.

Gru 2 tenía muy difícil superar a su antecesora: debía crear una imaginería a la altura de los minions y salvar la arquitectura previa para seguir cosechando elogios respecto de su originalidad; pero en la primera parte quedó claro que el protagonista había renunciado al mal y a la villanía para convertirse en padre de familia. ¿Cómo salvar ese escollo? Sencillamente aumentando la dosis de lo ya visto.

En el haber de Gru 2 debe anotarse el renovado protagonismo de los minions y su transformación en pequeños Mister Hyde. Así mismo, la evolución del padre de pequeñas infantes en sobreprotector de problemáticas adolescentes; pero sobre todo, el cambiar de ámbito para encarnación del mal, ahora reflejado en una especie de centro comercial transmutado en catedral de lo hortera, donde seres acomplejados por la decadencia física y mental hacen su agosto a costa de gente con sus mismos complejos.

Pero siempre hay un debe, y el de la segunda entrega de Gru no es poco abultado. Su desarrollo adolece de la prodigalidad en la presentación de personajes de la primera, aunque El Macho deja momentos gloriosos. La apuesta por fiar a los minions el grueso de los gags deja un regusto a futuro spin off que puede dar al traste con los verdaderos hallazgos de la serie, y por último, para no ser excesivamente severos, deberíamos decir que el empeño por hacer de la familia el centro de la vida de Gru, ha diluido muchísimo su entrega a la megalomanía descacharrante, que bien llevada, tanto da se prodigue en torno al bien o el mal.

Gru es un personaje dado al colosalismo, por eso aborrece de las convenciones sociales y de las relaciones humanas; domesticarlo es un crimen parejo a robar la luna, pero sin tanta gracia. Quizá fuera bueno recuperar un poco de su mal genio para que todos nos encontráramos de mejor humor contemplándolo.

Escribe Ángel Vallejo  

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