El mensajero (2)

  19 Julio 2013

La Roca no quiere ser un vegetal 

el-mensajero-1Que un actor con una capacidad interpretativa similar a la de Sylvester Stallone intente hacer una película seria casi siempre supone presentar un producto con ínfulas de calidad, pero en el que en el fondo todo se resuelve por la vía de siempre: a tortazo limpio.

Que además el título esté (presuntamente) basado en hechos reales es la excusa perfecta para salir corriendo nada más ver el cartel.

Que el cartel muestre al armario Dwayne La Roca Johnson (recordemos: se dedicó a la lucha libre antes de ser… ¿actor?) en una pose habitual en su cine, preparado para abofetear al que se le ponga delante, no es sino la confirmación de lo que todos temíamos: más de lo mismo.

Y sin embargo esta vez todas esas pistas inducen al error. Y este cronista es el primero en entonar el mea culpa.

Ni estamos ante una película “de Dwayne La Roca Johnson” ni se trata de un film despreciable, todo lo contrario: sorprende su medida puesta en escena, resulta inesperada la falta de momentos de acción donde La Roca reparta estopa a todo el que se acerque y, lo más inesperado, no es que sea un buen actor, pero al menos no estropea cada plano en el que aparece, como sucede con matones como Stallone o Schwarzenegger cada vez que intentan hacer un cine serio o, sencillamente, una comedia: ¿alguien recuerda sus interpretaciones en títulos como Poli de guardería, Junior y Oscar, presuntas comedias urdidas por expertos en la materia como Ivan Reitman o John Landis?

El mensajero (Snitch en el original) parte de una premisa basada en un hecho real: un jovenzuelo ignorante atrapado en una red de traficantes de tres al cuarto por la denuncia falsa de un amigo. Una ley norteamericana favorece este tipo de denuncias con reducciones de condena, por lo que cualquiera puede tender una trampa a un amiguete para quitarse unos años de presidio.

Y ese adolescente, que acaba en la cárcel por no acceder a denunciar —aunque sea de forma fraudulenta— a cualquier otro con tal de reducir su propia condena, es el hijo de un empresario del transporte, un hombre honrado, que cuida a sus trabajadores, que intenta sacar a flote su empresa de camiones y que, ante todo, está dispuesto a cualquier cosa con tal de reducir la condena de su hijo.

Incluso a pactar con una fiscal también algo tramposa (atentos a la presencia de Susan Sarandon: una guinda al pastel nada desdeñable) la posibilidad de servir de transportista para una carga especial, primero de drogas, luego de dinero, con destino a la frontera mejicana, lo que supone entrar en contacto con un peligroso líder del cártel que opera en la zona. Si sus servicios permiten detener a capo mafioso, su hijo verá su condena reducida.

La película narra, con buen pulso y sin escenas espectaculares innecesarias, cómo este hombre honrado —con pinta de matón de barrio pero sin ninguna habilidad reconocida en el uso de los puños o de las armas— se infiltra en la organización, ayuda a transportar drogas y dinero, se siente utilizado por mafiosos y también por los que se supone que están en el lado correcto de la ley…

Hasta que dice basta y decide actuar por su propia iniciativa.

Con un canto evidente al individualismo, pero sin caer en la mitificación del americano medio, con alguna escena de acción resuelta con eficacia, pero sin la habitual dosis de testosterona propia del cine de acción palomitero, El mensajero es un título que sorprende por el control con el que está narrada la acción, el ajustado guión y la verosimilitud de todo lo que se narra…

¡Si uno hasta llega a olvidarse que Dwayne Johnson es el mismo armario que aparece en títulos infames como Fast & Furious 6!

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De todo ello seguramente tiene buena parte de culpa el director, un casi desconocido entre nosotros Ric Roman Waugh que, además de haber escrito el guión de El mensajero, cuenta en currículum con un título como Felon (2008) donde, curiosamente, también narraba la odisea de un padre de familia que descubre el mundo de los bajos fondos de forma totalmente accidental (en este caso es encerrado por matar a un ladrón que se había colado en su domicilio).

Tanta similitud casi podría apuntar a la presencia de un hombre con cierta personalidad en las historias que narra, además de esa ajustada forma de definir personajes: la fiscal, el ex convicto que ayuda al protagonista a contactar con los traficantes, el policía que sigue de cerca las peripecias del protagonista, vagamente inspirado incluso en la indumentaria en el Serpico de Al Pacino…

Y sí, al final hay una larga persecución con camiones, un final feliz para el intrépido empresario que logra sacar de la cárcel a su hijo, una cierta apología del americano medio íntegro, una tibia denuncia de las manipulaciones del poder y una resolución más o menos acorde con los cánones del cine más comercial.

Es el peaje que hay que pagar por ver a Dwayne Johnson esforzándose por dejar de ser La Roca e intentar convertirse en actor.

Aunque seguramente su apuesta es imprescindible para que Ric Roman Waugh haya logrado sacar adelante su propuesta: no sólo aparece como coproductor del film, sino que su presencia como protagonista habrá sido clave para que el producto contara con el visto bueno de unos inversores que, curiosamente, están vinculados a Abu Dhabi…

¿Una futura potencia mundial del cine? El tiempo lo dirá.

De momento, conformémonos con disfrutar de un cine hecho con honradez, quizá con una historia que nos resulta familiar (aquí esta situación dramática ya tiene nombre propio: Padre Coraje), pero muy alejada de los excesos del cine palomitero veraniego que nos está tocando soportar.

No es un gran título, pero se deja ver. Lo que no es poco en estos tiempos.

Escribe Mr. Kaplan

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