El vendedor (3)

  16 Julio 2013 Un fragmento de existencia 

el-vendedor-1Avalada por una serie de premios y menciones obtenidos en diferentes festivales cinematográficos internacionales (Premio del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Bombay; nominada en 2011 al Gran Premio del Jurado del Festival de Cine de Sundance), se estrena en España la primera película realizada por el director y guionista canadiense (francófono) Sébastien Pilote, con un retraso de dos años.

Quizás la concesión del Premio SACD al mejor guión en el Festival de Cannes de este año a su segunda película: Le démantèlement, haya coadyuvado a su distribución comercial en las pantallas españolas, aunque sea a costa de proyectarla en blu-ray. En cualquier caso, hay que congratularse, pues El vendedor es una película diminuta en sus pretensiones, una pequeña piedra lanzada sobre una superficie estática, de la que consigue extraer amplias ondas expansivas.

Adscrita a ese tipo de cine en el que se ve crecer la hierba, tal y como afirmaba Gene Hackman en aquella película de Arthur Penn (La noche se mueve, 1974), en este caso concreto lo que vemos crecer es la nieve que se acumula, constante y monótona, sobre la gélida geografía que sirve de escenario al minúsculo relato de la vida del personaje que da título a la película: un vendedor de coches, un comercial, de sesenta y siete años, viudo, con una hija y un nieto, al que encarna con una sobriedad y una sinceridad apabullante el actor Gilbert Sicotte, con cuyo derrotero vital el director nos obliga, sin ningún tipo de coacción, a identificarnos, a pesar del frío manto de la enunciación con que recubre el director canadiense su rutinaria cotidianidad.

Porque en este antirrelato no pasa prácticamente nada, porque pasa soterradamente la vida, una vida particular y concreta, de una persona anónima, de un ser cualquiera, capaz de encarnar a través de su personaje, tan real, tan cercano, nuestra vida, la de cualquiera de los espectadores. Este austero y parco vendedor de coches, alejado del modelo de charlatán de feria, de vendedor de humo o de mantas, se apodera de paulatinamente de nuestra atención, a través de sus gestos, de su mirada, de sus sobrias y comedidas palabras.

La radiografía del personaje bascula entre su entorno familiar y su entorno laboral, aunque en verdad para él no exista distinción entre uno y otro. Su modo de ser se vierte en ambos ámbitos con igual sinceridad, con igual dosis de verdad. En cierto modo, su trabajo es su vida, es una prolongación más de su idiosincrasia, de su contenida familiaridad y afecto, con el que regala y embauca, mejor, convence, a sus clientes, con los que es capaz de desarrollar una relación que trascienda lo meramente profesional.

Su rutina diaria centra los primeros cincuenta minutos de la película, rozando en ocasiones un posible desfallecimiento en el ritmo anticlimático que marca la narración, por una sobreexposición reiterativa de su rutina, pero que deviene necesaria para lograr ese ritmo mediante el cual se remarca una especie de eterno retorno que se convierte en ritmo vital, existencial.

La focalización que impone el director trascurre en paralelo a un trasfondo social que actúa como telón de fondo, en este caso evidenciar los efectos de la crisis económica mundial, de su incidencia particular y concreta sobre la pequeña población donde se inscribe el personaje y su familia.

De hecho, la estructura de la película viene pautada por una información numérica sobreimpresa en la pantalla, mediante la cual se nos informa de los días que la fábrica de papel permanece cerrada, industria que da trabajo y razón de ser a la mayoría de la población y respecto a la cual pivota la economía local.

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El filme empieza en el día doscientos cuarenta desde el cierre provisional y se extienda hasta el día doscientos cincuenta y seis, en el que se anuncia el cierre definitivo y permanente. A lo largo de estos dieciséis días se suceden los hechos, con una introducción (un accidente de tráfico ocasionado por el atropellamiento de un alce) que se convertirá en clausura dramática, y cuyas consecuencias empezamos a atisbar en el último tercio de la película.

El día doscientos cincuenta y seis representará la clausura de la fábrica y el desencadenante en paralelo de unos hechos trágicos a nivel personal para el protagonista.

Subrepticiamente, el discurso individual y el social han ido de la mano gracias al guión, ambos expresados en un tono menor, imperceptible, pero fuertemente vinculados, sin subrayados ni énfasis. La fortaleza vital, mínima pero sólida, del vendedor se resquebrajará, a la par que se  resquebraja la ilusión de reapertura de la fábrica, que la más dura y cruda de las realidades económicas y emocionales se ciernen sobre la población.

Eso sí, sin aspavientos, en una retórica de tono menor, casi inaudible, pero de un silencio estrepitoso. Tras el estallido, la catástrofe individual y colectiva, la vida continúa. El gélido invierno deja paso a la primavera, igual que el dolor no impide a nuestro vendedor seguir desempeñando meritoriamente su labor profesional, más allá del profundo desgarro interior que lo corroe, más allá del vacío existencial que lo habita, de ese gesto de consuelo con que su joven compañero le da ánimos, sin palabras, mientras la simple llegada de un convoy repleto de nuevos vehículos al concesionario simboliza la renovación estacional y anímica, ante la cual nuestro vendedor se retrae en un primer momento de duda, para finalmente encaminar sus pasos hacia donde se dirigen sus compañeros vendedores, a rendirle pleitesía a ese cargamento de nuevos coches, de nueva savia.

Un debut prometedor, pues, el de Sébastien Pilote, basado en una sencillez formal, en un estilo que bascula entre el retrato documental y casi antropológico, de su protagonista y de la comunidad en la que se inserta, que sabe dosificar las ondas emocionales, los minúsculos detalles que conforman la urdimbre de eso que llamamos vida, lo nimio y trivial sobre la que se asienta, lo importante de los detalles sin importancia, de la irrupción del azar en nuestros pequeños reinos cotidianos y de su inesperada destrucción y reconstrucción.

Un fragmento de sincera existencia.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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