La mejor oferta (4)

  13 Julio 2013 La vida es una obra de arte 

la-mejor-oferta-0Desde siempre se considera el cine como la forma más cercana a la representación de los sueños: nos mete delante del fluir de las imágenes, dándonos la posibilidad de contemplarlas hasta que nos quedemos con el recuerdo de la imagen más impactante alrededor de la cual construimos el significado del sueño mismo.

Nuestra obsesión para encontrar una lógica y un significado racional a lo que pasa delante de nuestros ojos siempre nos lleva a creer que todo sucede por una razón y que todo tiene un porqué controlable por nuestra inteligencia.

Pero la inteligencia no es sólo razón, sino también intuición e imaginación.

Estos son los dos principios que el arte evoca y admira desde siempre y que el cine utiliza para enseñarnos historias y provocarnos emociones.

Estas emociones emergen y se desarrollan gracias a nuestros cinco sentidos, realizando una increíble explosión de sensaciones que nos permiten capturar todo lo que nos rodea.

La mejor oferta es el filme de los sentidos: la vista y el tacto son los instrumentos para contemplar la belleza artística y alejarse de la escuálida realidad humana. Toda esta  fascinación obsesiva por el arte y la perfección es el marco que decora esta enigmática e interesante película de Giuseppe Tornatore, maestro indiscutible del cine italiano e internacional.

A través de una constante contemplación e interesante observación de obras de arte, desde las pinturas antiguas hasta las esculturas, la cámara se convierte en el ojo atento que busca la belleza, allí donde es dominable y valorable, allí donde toda la linealidad perfecta de una historia se mancha de humanidad hasta su punto más pérfido y esquivo.

Sinopsis

Virgil Oldman es un viejo anticuario y subastador que lleva una vida en el lujo de su demora, alejado del resto de la gente en su completa soledad. Nunca ha conocido el amor y se consola admirando su amplia colección de retratos femeninos de gran valor que consigue gracias a la confianza con un amigo que siempre se presenta a sus subastas para lanzar la mejor oferta y así hacerle obtener estas magníficas pinturas.

Un día una mujer le llama para que evalúe toda su herencia y Virgil se quedará completamente atraído por el misterio que ella esconde.

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¿Realidad o ficción?

Desde las brumas del tiempo, los hombres más simples hasta los filósofos se han preguntado cuál es la línea que separa la realidad de la ficción, qué es lo que nos demuestra que algo es falso y no verdadero o viceversa.

Como hemos dicho anteriormente, confiar en la lógica y en los sentidos nos garantiza la credibilidad. Pero evidentemente esto no basta.

No acaso el protagonista de esta historia, Virgil, una guía artística dantesca que nos lleva hacia el camino del paraíso de la perfección. Pero, justo como el gran Virgil de la Divina Comedia, él tampoco consigue aguantar el amor divino (artístico en el caso de la película) y se queda en el limbo de una perene espera hasta encontrar una mujer con la que descubre por primera vez el amor carnal y pasional.

Tornatore, como Dante, nos acompaña en un viaje de descubrimiento emocional, de arte y sentimiento, pero en forma de enigma psicológico que atrae y sorprende continuamente, dejándonos con una gran expectación, que no decepciona.

La antítesis del verdadero-falso se plasma en una metáfora de vida que el espectador descubre a través del arte: un falsario siempre puede reproducir una obra de arte perfectamente, pero para hacerlo pecará de la adjunta de un particular que, aunque sea mínimo, esconderá su traza. Un falso, entonces, siempre contiene algo de auténtico y el concepto vale también al revés.

¿Qué es la autenticidad? Virgil pasa su vida dedicándose al arte, haciendo de manera que sus ojos escruten la belleza y la evalúen, desconfiando de las opiniones de los demás. Su misoginia y misantropía, aparentemente despreciables, pueden revelarse la única salvación: en el momento en el que él se deja llevar por los sentimientos descubrirá la cruda realidad, fuera de los museos-casas que frecuenta donde el tiempo congela la perfección, eternamente.

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La mujer de la que se enamora es una Beatriz etérea y conservada en el museo de la ficción, que espera salir desde un bar de enfrente donde la simple actitud de la gente observa y espía en su innata imperfección.

Esta imperfección humana se expresa a través de la vista y del tacto que sobreviven al arte pero engañan y disimulan la realidad, así como el oído que confunde y acierta a la vez: ¿pueden los sentidos garantizarnos la autenticidad? Nada puede. Este concepto es la gran contradicción humana contra la que paradójicamente luchamos durante toda nuestra vida: buscamos nuestra identidad más verdadera, pero llevamos máscaras diferentes según las situaciones. El falso y el verdadero se confunden y se mezclan en una única identidad que nunca seremos capaces de separar, aunque lo intentemos.

La curiosidad que Virgil demuestra por unas piezas que encuentra en la casa de la misteriosa mujer hace que recomponga todo el puzle del que está hecha su vida, que no es otra cosa sino un aparato movido por una cadena de mecanismos que al final nos descubre como humanos.

Tornatore, ya autor de La desconocida (de la cual encontramos trazas estilísticas aquí), pinta la frágil belleza de la vida con maestría, con una fotografía que gustamos con los ojos y con una música que crea un suspense ligero y acre. La cámara sugiere, nunca revela, y nos da pistas para resolver y evaluar la obra más difícil: la vida.

Aunque nos encontremos delante del más horrible de los engaños, nos agarramos a los momentos que nos han parecido más verdaderos, aunque sean sólo recuerdos siempre, inconscientemente plasmados por nuestra imaginación. Nuestra obsesión por la verdad nos hace percibir lo que queremos percibir, desconfiando de otros caminos.

Por eso la vida es como una obra de arte: la creamos constantemente con millares de pinceladas de instantes perfectos e imperfectos, sin darnos cuenta de que lo que surge es el fruto de nuestras imperceptibles conexiones con el mundo. Lo que queda, al final, es un artefacto de ruedas mecánicas que se mueven a ritmo de un reloj que escande el tiempo de nuestra vida, donde siempre estamos en espera de algo que llamamos ilusión.

Escribe Serena Russo

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