Perdidos en la nieve (2)

  12 Julio 2013 Durmiendo con su enemigo 

perdidos-en-la-nieve-1Rodar una película de género bélico sobre algún episodio aislado contextualizado en la Segunda Guerra Mundial en pleno siglo XXI se trata, desde luego, de un ejercicio tan a contracorriente como decididamente arriesgado.

Desde que la contienda finalizara en 1945 la historia del cine se ha visto inundada y trufada e multitud de proyectos donde se analizaba todo lo acontecido desde los más diversos puntos de vista y ámbitos posibles, exprimiendo de esta manera el cruento hecho histórico hasta la extenuación y el progresivo desgaste (algo así como lo que le ha ocurrido al western, del que parece quedar muy poco que contar).

Ahora llega a nuestras pantallas en régimen de coproducción anglo-noruego-alemana esta Perdidos en la nieve (Into the white, 2012), que nos explica a modo de relato de supervivencia las peripecias que pasan un grupo de soldados de bandos opuestos cuando sus respectivos aviones son derribados en el fragor de la batalla y deben compartir refugio para no perecer en medio del desolado y muy nevado paisaje noruego donde han ido a parar sus huesos.

Una vez instalados en el lugar situado en medio de la nada donde encuentran refugio, la convivencia entre seres que estaban destinados a aniquilarse entre ellos derivará en constantes disputas en los que unos y otros harán por alcanzar el liderazgo, hasta que llegará un momento en el que, o bien por un ejercicio de reflexión y sentido común, o bien por un usual estado del conocido como Síndrome de Estocolmo, acabarán por enterrar sus desavenencias y se dedicarán a combatir codo con codo las adversidades que se les vayan presentando (enfermedades, falta de recursos alimenticios…).

El desinformado espectador que piense que va a asistir a la proyección de una película de guerra al uso, con sus batallas, ráfagas de metralleta, combates cuerpo a cuerpo y demás hazañas bélicas queda advertido de que se va a topar de bruces con un drama humano en el que por encima de todo priman las relaciones individuales y el espíritu de camaradería entre contendientes de uno y otro bando.

El director del film, el noruego Peter Naess, de amplia formación teatral (en 2007 fue nombrado director del prestigioso Nuevo Teatro de Oslo), y  de quien hasta ahora tan sólo se había estrenado en nuestro país en 2001 la exitosa comedia Elling (película con la que consiguió que un estudio de cine como la 20th Century se fijara en él y le firmó un contrato por tres películas, de las que hasta la fecha tan sólo ha rodado una en 2005, la olvidable Locos de amor, también conocida como Mozart y la ballena), se mueve mucho mejor en espacios acotados que en exteriores, así que sin enseñarnos en ningún momento la manera en la que se ha producido el derribo de ambos aviones, con celeridad pasmosa traslada la peripecia a un espacio interior, concretamente a una cabaña deshabitada. Su intención con esta medida introspectiva no es otra que poder lucirse tanto en los diálogos como en el drama de situación, territorio que le es mucho más conocido y en el que puede rendir con mejores expectativas.

Aquí el objetivo marcado desde un principio es demostrar que la condición humana está por encima de cualquier ideología impuesta, venga de donde venga, y que ante una situación límite como la que viven los protagonistas, ni patrias ni banderas van a servirles para poder salvar su vida, sino que tendrán que ingeniárselas mediante la pericia y el ingenio propio (como por ejemplo imantar una brújula gracias a un pañuelo de seda, aprender a cazar en las circunstancias más inhóspitas, e incluso utilizar incunables como Mi lucha, escrito por el mismísimo Adolf Hitler, como sustituto del inexistente papel higiénico o para avivar una hoguera).

Entre el elenco actoral, compuesto durante gran parte del metraje (exceptuando el tramo final en el que también aparecen algunos personajes más, aunque sin relevancia) por dos actores británicos y tres alemanes, nos hará gracia advertir la presencia de Rupert Grint, quien se hizo mundialmente popular como Ron Weasley, el amigo inseparable de Harry Potter en la popular saga de mismo título.

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Merecerían un artículo aparte los diversos y variopintos caminos cinematográficos que van tomando los jóvenes integrantes de las adaptaciones al cine del boom literario escrito por la autora británica J. K. Rowling: mientras Daniel Ratcliffe, su indiscutible protagonista va alternando los títulos exitosos (La mujer de negro) con algunos batacazos de crítica y público (sobre todo en lo que se refiere a sus apariciones teatrales), su compañera Emma Watson se está labrando un porvenir mucho más que prometedor, y ya la hemos podido ver en films tan recomendables como Las ventajas de ser un marginado o Mi semana con Marilyn.

Pero volviendo al film que nos ocupa, junto a Rupert Grint, hallamos también la participación de otros intérpretes contrastados como son Florian Lukas (North Face; Good bye, Lenin!); el emergente David Kross (El lector; War Horse) o el menos conocido Lachlan Nieber (popular gracias a series televisivas como Downton Abbey).

Un film que se visiona con agrado, aunque su atrayente punto de partida va perdiendo fuerza a medida que el desarrollo de la trama no se desvía ni un ápice del manual que se suele utilizar para películas de este estilo. Así encontramos situaciones al límite que se repiten en demasiadas ocasiones, alguna cruel e inesperada escena que hará removerse en sus asientos a más de uno, pero que quien se ha criado viendo los westerns de los de toda la vida sabrá reconocer en títulos clásicos anteriores; mucho buenrollismo que acaba por empalagar un tanto el conjunto (los personajes comen juntos, se emborrachan juntos, mean juntos, cantan juntos, etc).

El director muestra brío a la hora de posicionar a sus piezas de ajedrez pero a partir de ahí  mueve sus piezas con parquedad y cierta desgana, perdiendo así la oportunidad de profundizar un poco más en las motivaciones y sensibilidades de unos hombres que se encuentran en situación límite y hostil.

Ideal para disfrutar en plena canícula gracias a esos paisajes nevados espectaculares con los que consigues evadirte de los sofocones de la época desde los títulos de crédito.

Escribe Francisco Nieto

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