La educación prohibida (1)

  15 Septiembre 2012

Interesada, incierta, inoportuna... indeseable 

la-educacion-prohibida-1Un fenómeno recorre la red: se trata de la primera película/documental realizada en coproducción por un gran número de participantes, y bajo el régimen de copyleft, es decir, de distribución libre y gratuita.

Hasta el momento, parece haber sido reproducida en YouTube varios millones de veces, y aunque eso no quiere decir que exactamente los mismos millones de personas la hayan visto —teniendo en cuenta que hace menos de un mes de su estreno— sí es posible colegir que ha tenido un éxito apabullante.

La película a su vez, se ha estrenado en salas de todo el mundo, por lo general en ámbitos educativos como colegios, facultades o asociaciones culturales, pero también de un modo en principio desinteresado en algunos de los espacios habituales de los circuitos comerciales.

El objeto de todo esto no parece ser otro que el de llegar al mayor número de gente posible, independientemente del beneficio económico que ello genere: según lo que expresan sus responsables, no se trataría tanto de ganar dinero o alcanzar un éxito comercial cuanto de cambiar el paradigma educativo de las sociedades actuales para hacerlas más libres y humanas.

Sin embargo, una mirada adecuada sobre sus verdaderas intenciones, nos ayudará a entender que el beneficio económico no se deriva de la recuperación del coste de la película, sino precisamente de la consecución del objetivo de la difusión máxima y del supuesto cambio de paradigma: La educación prohibida es un artefacto propagandístico de la peor ralea, de oscurísimas intenciones, y cuyo verdadero objetivo es fomentar el desapego de la población hacia la educación pública, universal y gratuita, y así derivar a los desencantados hacia la educación privada de élite, con el consiguiente beneficio económico que ello supone.

¿Qué minucia supondría recuperar el coste de un documental, en comparación con la enorme inyección económica que se derivaría de convencer siquiera al uno por ciento de los espectadores de que abandonasen la educación pública en favor de la privada que el documental preconiza?

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Propaganda peligrosa

Pero, precisamente por eso, no nos hallamos frente a una simple estrategia publicitaria, en la medida en que no se busca solamente ensalzar las virtudes de un producto, bien o servicio para aumentar su demanda y así obtener un beneficio. Adonde intrínsecamente apunta esa maniobra es a un objetivo político: defender una educación fragmentaria y elitista, basada en el beneficio económico de unos pocos, y en el desprecio educativo de la mayorías.

La educación prohibida se inserta así en un nuevo género cinematográfico, surgido al amparo de la red y que consiste en la desacreditación, disfrazada de crítica, de los dispositivos económicos, políticos y culturales  que componen nuestras sociedades contemporáneas. Loable y necesaria actitud, por otra parte, si no fuera porque para ello se valen de la conspiranoia y la media verdad (cuando no directamente de la mentira) para disfrazar argumentos falaces con el atuendo de afirmaciones históricamente contundentes. A este ámbito pertenecen documentales del tipo Zeitgeist, que han tenido un éxito igual de rotundo y que pueblan el imaginario de los poco informados y de los adictos al audiovisual que apenas han tocado un libro en su vida.

Si bien La educación prohibida no alcanza las cotas de delirio del documental antes mencionado, sí se torna enormemente peligrosa en su visionado para gente que ha sido educada hace más de quince años y que puede guardar una imagen un tanto estereotipada de la escuela postfranquista.

Lo mismo vale para todos aquellos ciudadanos del cono sur, a cuyas latitudes aún pueden asimilarse esos mismos postulados educativos, afortunadamente superados hace años por estos lares. No es de extrañar, por tanto, que La educación prohibida tenga éxito en países con un déficit escolar reciente, y cuyos "paradigmas educativos" perviven aún en el inconsciente colectivo, aunque hayan sido superados en la realidad.

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Pero ¿en qué consiste La educación prohibida?

Detallaré, en lo sucesivo, un breve bosquejo cinematográfico del documental (o quizá fuera más adecuado denominarlo publirreportaje); los que busquen una simple reseña no tienen por qué tragar con mis disquisiciones críticas, así que les adelanto lo fundamental. Para los interesados en un análisis profundo, sería recomendable seguir leyendo más allá del presente apartado.

Técnicamente La educación prohibida es un documental torpe, reiterativo y aburrido. Se ha construido —como los mismos realizadores reconocen— en torno a una colección de material fragmentario al que no supieron cómo darle unidad: una serie de entrevistas, amenizadas por dramatizaciones y animaciones, que va pasando de una a otra parcela y cuyo  único hilo conductor es una supuesta crítica constructiva al sistema educativo. Dura dos horas y media y por su propia estructura se hace verdaderamente pesado; es posible que por eso el número de reproducciones de YouTube pueda reducirse a la mitad o menos: incluso un servidor ha tenido que verla en cuatro veces.

Como se ha dicho, hay una idea-fuerza que recorre todo el filme, y que se esboza a las primeras de cambio: se nos ha prohibido la educación y a cambio se nos ha suministrado adoctrinamiento. La educación, tal y como está planteada, consiste en un sometimiento de la libertad, la individualidad y la creatividad de los niños en beneficio de la obediencia.

La escuela estatal (esto es: pública, universal y gratuita), es un residuo de la época prusiana, en el que los gobernantes pretendían contar con un ejército de ciudadanos que pensaran uniformemente y de modo simple y sencillo, o mejor aún, que no pensaran. De esa planificación original parten las metodologías de enseñanza y aprendizaje basadas en la memorización, la repetición, el autoritarismo y la asimilación acrítica, que —se supone— constituyen la base de la escuela hoy día. Ese tipo de educación llevó al nazismo, y en el presente ha compuesto ciudadanos desalmados, competitivos y consumistas, que antes fueron niños de almas cándidas y puras.

En contraposición, se sugiere la aplicación de una serie de enseñanzas alternativas  al malhadado positivismo pedagógico, que tiene por correlato una educación libre, basada en el amor, en la interioridad de cada niño y en sus necesidades y potencialidades creativas, sean estas lo limitadas o grandiosas que sean; así, a ningún niño debe obligársele a aprender, y mucho menos, a aprender cosas inútiles, como el latín o los logaritmos. En virtud de esta libertad, el niño elige qué estudiar, qué no estudiar, cuándo salir del cole, cómo calificarse, etc.

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El planteamiento cinematográfico es muy limitado: entre cada una de las entrevistas (a veces groseramente editadas) se intercalan, bien algunas animaciones (de la cuales no podemos quejarnos en cuanto a calidad, al menos esto sí está logrado), bien alguna dramatización que pretende dar carta de legitimidad a lo que se propone en las entrevistas.

La dramatización está protagonizada por un profesor de filosofía (que habla, horror de los horrores, de la onceava tesis sobre Feuerbach) interpretado por Gastón Pauls (Nueve reinas o Iluminados por el fuego). Al parecer, Pauls es el único actor profesional de la película y eso se nota. La dramatización es dantesca, tendenciosa, lacrimógena y probablemente constituye uno de los peores argumentos de un filme ya de por sí sin muchos argumentos.

A esa dramatización principal se añaden otras intolerables caricaturas del profesorado, que destilan no se sabe muy bien si resentimiento, odio o simplemente una estrategia comercial muy bien definida. En resumen, como película merecería muy poca nota, pero no podemos dejar de llamar la atención sobre un detalle: que no ha sido hecha por profesionales. Si intentamos disculpar ese pequeño hándicap, podemos intentar centrarnos en su contenido, para evaluar correctamente sus aportaciones.

Hay que decir que los artífices del filme estarían en contra de este extremo de poner nota a un trabajo, pero siguiendo el libro de estilo de ENCADENADOS, no podemos obviar la calificación.

Los contenidos son, en ocasiones, peores que el aspecto formal del filme, pero hemos de hacer notar que algunas propuestas tienen fundamento y que alguno de los entrevistados dice cosas con sentido. Entre las primeras, podríamos incluir la crítica a la escuela como reflejo de una sociedad en la que el ejercicio continuado de racionalidad instrumental consigue crear ciudadanos que sólo se preocupan de los fines sin atender a los medios; alumnos (y profesores) obsesionados por la calificación y no por la educación; y personas, en resumen, que no disfrutan de una etapa, la educativa, que debiera ser maravillosa.

Asumiendo esa crítica como constructiva y positiva, cabe decir que esa es una vieja reivindicación de casi todo el profesorado consciente y del alumnado no alienado, y que por tanto no constituye una novedad ni un diagnóstico revolucionario. Algunos, fundamentalmente en el campo de las humanidades, ya se ocupan en la medida de lo posible de corregir ese defecto.

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Respecto al segundo asunto, es cierto que hay algunos profesionales, como Carlos González (que curiosamente es pediatra y no educador), Carlos Calvo Muñoz, o incluso William Rodríguez que hacen aportaciones muy estimables. Lo curioso es que de tan fragmentadas sus opiniones aparecen irreconocibles; esto responde, sencillamente, a la intención de los realizadores de manipular sus ideas. Basta con dirigirse a la entrevista completa que aparece en la página web de la película, para darse cuenta de que algunas de las afirmaciones de González no casan con el ideario del filme:

"(...) Y en la escuela de los niños mayores, al menos en España, parece que han distribuido muchos los contenidos académicos, es decir, se ha puesto, se ha puesto de moda no enseñarles a los niños conocimientos, que no tengan que aprender las cosas de memoria, se ha dado, se ha dado un poco de la teoría de que, claro el mundo cambia tan rápido, que lo que aprendes ahora luego no te va a servir, y estamos viendo, pues que los jóvenes llegan a la universidad con niveles muy bajos de materias muy básicas".

O bien:

"Si queremos que los niños sean creativos tenemos por un lado que permitirles dejar que tengan actividades en las que puedan actuar de forma espontánea, pero por otro lado también es importante que tenemos que darles una base sobre la cual crear, y probablemente es uno de los fallos de algunas tendencias educativas modernas, educativas me refiero a escolares, es decir se olvidan los contenidos académicos, se olvida el aprendizaje de hechos, de datos y se intenta solamente que el niño sea creativo, que invente. La cultura humana se basa en las aportaciones de los miles de generaciones que nos han precedido (...)".

Buscando el impresionante currículum de Carlos Calvo, probablemente el profesional más cualificado del filme, nos encontramos con que sus ideas tampoco reflejan el espíritu de la película:

"Muchas veces me he preguntado: ¿qué fue lo que hubo en mi educación que yo considero que la hizo, al menos en ciertos momentos, buena o muy buena? ¿Qué hicieron mis educadores —mis padres, maestros, hermanos mayores y compañeros de clase— para que esa educación fuese buena? Si tuviera yo que resumir en una frase mi respuesta, diría que mis educadores me aportaron calidad cuando lograron transmitirme estándares que me invitaban a superarme. Progresivamente, de muchas maneras, en diversas áreas de mi desarrollo humano —en los conocimientos, en las habilidades, en la formación de mis valores—, mis educadores me transmitieron estándares y, además, me incitaron a compararme con esos estándares, a comprender que había algo más arriba, que yo podía dar más, o sea, me ayudaron a formarme un hábito razonable de autoexigencia".

Y sigue:

"Creo, por tanto, que buscar una educación de calidad no es inventar cosas extravagantes (como llenar las aulas de equipos electrónicos o multiplicar teleconferencias con Premios Nóbel), sino saber regresar a lo esencial. Un ejemplo: un cuaderno de composición de Español, corregido con lápiz rojo, en el que el profesor explica el por qué de cada corrección, está transmitiendo “estándares de superación” y llevando al estudiante a comprender que hay mejores maneras de utilizar el lenguaje, que él puede escribir mejor; y lo motiva para exigirse más".

Con lo que concluimos que, a pesar de sus "ediciones" o sus manipulaciones, al espectador curioso la película le da la posibilidad de indagar los aportes de profesionales de la educación que tienen mucho que decir y que quizá de otro modo no fueran conocidos, aunque mucho nos tememos que la mayor parte de esos espectadores no realicen un esfuerzo de ese calibre.

En estos dos sentidos, y únicamente en ellos, puede darse a La educación prohibida la nota que figura más arriba. En cualquier otro aspecto, otórguese  un cero patatero.

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Desmontando La educación prohibida

La actitud, entre despreciativa y salvífica de uno de los especialistas entrevistados, deja a la vista algunas de las miserias de este documental: "yo creo que no hay que obligar, la libertad no se puede obligar, pero sí se pueden abrir espacios para ella, de tal manera que sean legítimos. Si la mitad de la nación quiere una escuela estatal, bien, que la tenga... pero si la otra mitad quiere treinta pedagogías distintas, que se haga".

El titular de estas palabras, Rafael González Heck, es el mismo que minutos antes ha comparado la escuela pública con el nazismo. Al lector atento no se le escapará que la palabra libertad se vuelve muy sucia en algunas bocas: suelen ser aquéllas que preconizan el libertarismo: la libertad de poder elegir entre tener una educación de pago y no tenerla; de trabajar por un sueldo mísero o morir de hambre.

Así pues, contrariamente al discurso beatífico que impregna todo el documental —algunos de cuyos mensajes no pueden bajo ningún concepto ser rechazados por un ser medianamente racional— por debajo se va afianzando un currículo distinto, oculto, como suele decirse en pedagogía, y que toma forma en la aseveración de que hay que eliminar la escolarización obligatoria, que no puede forzarse al niño a aprender, y que, en resumen, la cultura debe adaptarse al niño, y no el niño a la cultura.

Sin embargo, este nuevo paradigma, en apariencia muy progre y de izquierdas, se nos muestra como absolutamente nihilista, rancio, conservador y caótico en cuanto reparamos en que cualquier especialista que se precie no podría formarse sólo en base a ese tipo de aprendizaje. Es decir, un médico, un lingüista, un ingeniero, un historiador o un sismólogo (por poner de ejemplo a alguien en cuya formación sean necesarios los logaritmos) necesita recurrir al aprendizaje tradicional en que un maestro con una autoridad intelectual reconocida transmita unos conocimientos fijos, inequívocos, empíricamente comprobables y sujetos a una crítica racional que pueda mejorarlos, pero siempre desde un operacionalismo claro.

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Si instauramos una educación del tipo sugerido en el documental, muy probablemente no podríamos sostener algunos de los hitos teóricos alcanzados. Uno puede argumentar que precisamente, se trata de poder cambiar una sociedad que se muestra enferma; sin embargo, en nuestra réplica diremos: de lo que se trata es de tener unas herramientas intelectuales lo suficientemente afiladas como para poder diseccionar y extirpar los efectos indeseables de una planificación social equivocada o enferma, y para eso no solo no puede erradicarse la escolarización, sino que hace falta potenciarla.

Que la escuela universal y gratuita de hoy día no suministre —por lo general por la vía de un fomento de las humanidades, en franca decadencia— esas herramientas, se debe precisamente al hecho de que los responsables políticos actuales quieren eliminarla, de manera que todo el mundo acabe pagando por una educación hecha a medida. Todo aquél que no pueda hacerlo, estará condenado a la beneficencia, es decir, a la "escuela pública, universal y gratuita de carácter doctrinario". Curiosamente, los objetivos del aparato político neoliberal dominante y los del documental, coinciden.

Quizá todo esto no sea más que una coincidencia funesta, o quizá se deba a un inadecuado (o por qué no decirlo, inexistente) planteamiento teórico serio de los realizadores. En ese sentido, si los autores del documental y subsidiariamente los responsables de cada una de las pedagogías alternativas que aparecen en el mismo (todo hay que decirlo, algunas más serias que otras), fueran coherentes, hubieran planteado el cambio de paradigma en otros términos: de lo que se trataría es de cambiar el modelo de sociedad, no de escuela; o al menos, de intentar modificar ambas, de modo que la una fuese adecuada a la otra.

Cualquiera con un mínimo de sentido común sabe que escuela y sociedad son dos entidades retroalimentadas, y que una sociedad extremadamente competitiva puede dar lugar a una escuela igualmente desalmada. En la medida de lo posible, la segunda debería preparar a los jóvenes de manera que, por un lado, a su salida de la escuela no acentuasen el carácter materialista y egoísta de las sociedades de consumo y, por el otro, no resultasen seres inadaptados y por tanto carentes de influencia en una sociedad que los necesita. Desde ese punto de vista, no hay elemento más vertebrador y revolucionario que la escolarización universal y gratuita, puesto que pone a disposición de la sociedad a todos y cada uno de sus individuos, y no sólo a aquellos que puedan pagarse una educación, que suelen ser los triunfadores del modelo dominante, elementos que por su propia naturaleza, tenderían a perpetuar su estatus.

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El modelo que sugiere el documental sólo es válido para una sociedad en principio inexistente: una sociedad de pequeños grupos o comunidades, con individuos educados en valores de solidaridad, amor, libertad —y, por qué no decirlo, individualismo— y cuyos principios educativos serían creatividad, emotividad e interés.

Nadie está sugiriendo que una sociedad así no fuera deseable, y es innegable que, como cada modelo, ésta tendría sus ventajas: menor contaminación, guerras menos cruentas y menor pobreza; pero lo que no acaba de mostrarse es que ese tipo de sociedad sería incompatible con grandes avances tecnológicos, científicos e incluso sociales: de los primeros podemos hablar, desde luego, de la energía; respecto de los segundos, de la medicina, y por último de la ética y el derecho basados en principios universales, y no en particularismos sociales o religiosos. Uno puede elegir en qué tipo de sociedad quiere vivir, pero debe ser consciente de a qué renuncia.

¿Por qué no habría avances de ese tipo? Porque una escuela basada en la libre disposición del niño a aprender o no aprender lo que le venga en gana se apoya, efectivamente en la individualidad, y esa individualidad es fundamento tanto más del egoísmo cuanto menos de la cooperación. Y aquí hay un error fundamental, porque la cooperación no consiste en una charla informal sobre las aportaciones libres de cada uno: la cooperación en el trabajo no significa fiesta y diversión, significa a veces exigir, para avanzar, a cada uno lo mejor de sí mismo, porque eso redundará en el beneficio común y me obligará también a mí a ser tan excelente como los demás, no para superarlos, sino para no menospreciar su esfuerzo.

Por esto, la película yerra completamente el objetivo de trocar la competitividad por la cooperación, porque fomenta un individualismo atroz preocupado sólo de su propio interés y motivación. El objetivo de una escuela y educación sanas consiste en formar ciudadanos, en tanto que seres individuales capaces de vivir en sociedad... para mejorarla.

Contrariamente a lo que pretende, el documental reforzaría, al crear una educación fragmentada, una serie de grupos de individuos sometidos al albur de las decisiones de las élites educadas en la maestría clásica, esa que lleva a la superespecialización y que formaría individuos capaces de controlar la economía, la política, la tecnología y los medios de comunicación de masas.

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Pero... ¿Y si todo no fuera tan bonito? La falacia del muñeco de paja

Uno puede tener dudas razonables sobre si el documental es ingenuo y bienintencionado o es un panfleto maléfico. No renuncio a la idea de que algunos de los profesionales que aparecen en él pertenezcan a la primera categoría, pero según el modo en que se presenta a los docentes de la escuela pública, no puedo sino afirmar que los realizadores se rigen por algunos de los principios más aterradores de la propaganda de Goebbels:

"Solo la credibilidad debe determinar si los materiales de la propaganda han de ser ciertos o falsos. La propaganda debe facilitar el desplazamiento de la agresión, especificando los objetivos para el odio".

Algunos de los elementos más efectivos de la propaganda para alterar la credibilidad de sus mensajes y las de sus oponentes —y así conseguir adherir a la causa a ciudadanía— son las falacias: argumentos que parecen ciertos y no lo son, o que bien operan sobre la emotividad y no sobre la racionalidad. En este documental se emplean varias de ellas, como la falacia Ad hominem (se ataca a la persona, y no al argumento) o la del muñeco de paja (se construye una imagen idealizada en lo negativo de la postura que se quiere atacar, y se golpea a ésta, no a la real)

Así pues, dos de los objetivos favoritos de este documental son: por un lado, los docentes de la pública (monstruos gritones, sádicos, inflexibles, marciales) y, por el otro, la escuela tradicional —pública, para más señas— en general. Esta última aparece identificada como una cárcel que ata a sus alumnos a las sillas, los hace memorizar conceptos, coarta su libertad de expresión y acaba por hacerlos seres desgraciados al borde del suicidio. Juro que no exagero.

Estas burdas manipulaciones tienen un objetivo claro; sigamos con Goebbels:

"Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas".

Como antes se sugirió, este documental ha calado en amplios ámbitos sociales, por lo general, en sujetos educados en las últimas etapas del franquismo y principios de la democracia, digamos, hasta mediados los años ochenta en España, y en la mayor parte de las poblaciones sudamericanas que todavía no han sufrido el cambio de un paradigma positivista rancio a un constructivismo ingenuo (como pudiera ser la LOGSE española, cuyos resultados están a la vista). Es decir, en personas que no saben lo que es la educación, y que además han sufrido una educación mal planteada, con independencia de que hayan logrado sobrevivir intelectualmente a ella.

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Este sustrato es muy permeable a la propaganda, y hace suyas las ideas de un film retrógrado y peligroso que además es, como se dice en la entradilla, tremendamente inoportuno. En un momento en el que los educadores no sólo se están planteando la necesidad de reformar de una vez por todas —gracias a un consenso suficiente— el paradigma educativo en España, sino que además están sufriendo una ola de descrédito hacia su trabajo, no parece lo más oportuno situarlos en el punto de mira con afirmaciones de un odio tan radical.

Del mismo modo, en un momento en que la educación Pública, Universal y Gratuita está sufriendo el mayor ataque desde su fundación, para bajar su calidad y por tanto desacreditarla a ojos de unos padres que preferirán llevar a sus hijos a una escuela privada, esta película se muestra como uno de los arietes más efectivos para crear una corriente de opinión en favor de la destrucción de ese modelo escolar.

Algunos de los entusiastas de esta película no parecen reparar en que la contradicción entre el derecho a la educación y la obligatoriedad de la escolarización es sólo aparente: se trata de obligar a estudiar para poder tener la libertad de elegir. La escuela pública de calidad es el único medio para que aquellos que muchas veces sufren por poder llevarse algo de alimento a la boca sean capaces luego de igualarse socialmente y superar moralmente a aquéllos que desperdician la comida.

Pero la contradicción fundamental que hace insostenible el mensaje de esta película es la siguiente: si es cierto como se proclama, que la verdad del currículo se nos oculta y que la escuela pública universal y gratuita (estatal, la llaman, como para tejer una sombra ominosa sobre su procedencia) se ha erigido en dominadora y subyugadora de las escuelas alternativas, y que la libertad para que éstas se expresen es la respuesta al pensamiento único, entonces... ¿por qué no se le da también la libertad de expresarse a uno sólo de los representantes de la pública? ¿Dónde está el diálogo platónico, dónde la capacidad para escuchar? La escuela "tradicional" se ha convertido aquí en la gran ausente. No está representada, no se ha caracterizado realmente, sino como muñeco de paja, y no tiene cabida en la propaganda de la Arcadia feliz.

Para hacer oír, desde la humildad, la voz de la escuela Pública, Universal y Gratuita, he escrito este artículo. Ojalá no caiga en saco roto.

Escribe Ángel Vallejo

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