La doctrina del shock (2)

  05 Junio 2011

¡A las plazas!

la-doctrina-del-shock-0¿Quién es el culpable de la crisis económica que nos está desmoronando? Muchos tardaron más de lo razonable en verla llegar. Algunos incluso miraron hacia otro lado cuando ya estaba royéndoles los tobillos. Pero de repente parece que todos se afanan en identificar al culpable, en un intento que parece más autoexculpatorio que nacido de una sincera curiosidad histórica o científica. De algún modo hay que tranquilizar las conciencias y, de paso, inmunizarse ante las exigencias de responsabilidades que los damnificados pudieran plantear.

Tanto la literatura como el cine comienzan a acumular una copiosa producción sobre este ahínco inculpatorio. En las librerías puede constatarse cómo se consolida una sección estable dedicada a tal tarea, y en las salas cinematográficas se suceden estrenos sobre una temática en la que hasta hace muy poco nadie hubiera invertido un céntimo. Pero hay demanda, y cuando hay demanda hay negocio, y los tiempos no están como para ir dejando pasar oportunidades.

La doctrina del shock aúna los dos canales señalados. Partiendo del ensayo de éxito de la canadiense Naomi Klein, Winterbottom y Mat Whitecross, codirector también en Camino a Guantánamo, filman un documental en el que se pretende ilustrar su idea central, a saber: el origen del mal está en la desregulación de la economía, perpetrada con nocturnidad al amparo de distintos shocks, acontecimientos impactantes que, provocados o no, mantienen ocupada la atención de sus víctimas, ocasión más que propicia para esquilmarlos. Y todo ello siguiendo el planteamiento teórico esbozado por el auténtico demonio de esta historia: Milton Friedman y sus Chicago Boys. Ahí está la causa, el punto desde el que se irradia el mal, la mutación inicial que infectó el organismo y que amenaza con destruirlo si no se le aplica con celeridad el antídoto adecuado.

¿Simple? ¿Esquemático? Puede ser. Pero sencillo, asequible, directo, tranquilizador. ¿Riguroso? No tanto. A pesar de los esfuerzos por mostrar las conexiones y los avales de la tesis defendida, lo que Winterbottom nos presenta no consigue desprenderse del aroma de manipulación un tanto ofensiva para el espectador acostumbrado a la complejidad de lo real, para quien no es proclive al asentimiento acrítico, para quien desconfía de la excesiva claridad, de las verdades incuestionables.

Usando un tono didáctico hasta la exasperación, lo cual no excluye las modulaciones grandilocuentes en las que con excesiva frecuencia se cae, y resguardado en efectivas imágenes periodísticas pertenecientes ya al imaginario colectivo, lo cual facilita la identificación con ellas y, por extensión, con las tesis que pretenden respaldar, la película traza una cronología selectiva hilvanada por fragmentos de diversas conferencias de Naomi Klein, en las que desgrana y defiende su visión del problema. Aparte del regusto a gauche divine o revolucionaria de Central Park que esta señora desprende, la propia narración no puede ocultar sus costuras, sus fallas.

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Algunos de los hechos expuestos son incuestionables. La imposición de las ideas de Friedman en el Chile de Pinochet tomado como laboratorio de pruebas, o la asociación entre la guerra de Irak y los intereses petrolíferos, están fuera de toda duda razonable. Sin embargo, en su intento de ir más allá de la explicación de unos hechos concretos y construir una teoría, con la necesaria universalidad a la que cualquier teoría aspira, se ve obligada a forzar situaciones que por sí mismas apenas se sostienen, creando la impresión de que sus tesis poseen un carácter ad hoc que las desautoriza. Así, sus referencias a la caída del bloque soviético son más que pobres, el análisis de la socialdemocracia no existe, mientras que la utilización de las catástrofes naturales (tsunamis, huracanes...) tienen un encaje discutible. Criticar la gestión es una cosa, pero pasar de ahí a una conspiración universal requiere algo más de rigor.

Este gusto por la conspiración no es nada original. En los tiempos que corren está adquiriendo una dimensión que nunca antes había tenido. La causa hay que buscarla en el potente altavoz que representa Internet unido al regocijo que provocan “ideas” del tipo “a mí no me engañan”. Saberse poseedor de una verdad, por estrafalaria que sea, que muy pocos comparten, y que además contradice la verdad oficial, posee una erótica irresistible. Y si eso se conjuga con un canal de difusión tan efectivo como Internet, no debe extrañarnos la proliferación y variedad de doctrinas conspiratorias. Hoy en día cualquiera con un poco de talento puede transformar una ocurrencia en una sospecha ampliamente compartida. Ejemplos de ello abundan, y no es cuestión de seguir dándoles pábulo.

En esta línea se inscribe La doctrina del shock. No importa la endeblez de los argumentos que en demasiadas ocasiones exhibe (u omite), sino lo atractivas que resulten sus afirmaciones para quienes están ávidos de explicaciones de esta índole. Frente a argumentaciones, eslóganes, consignas. Apogeo de la generación Twitter, donde el argumentarlo está de sobra (no cabe en 140 caracteres) y se suple por la concisión (la simpleza) de la opinión infinitamente repetida.

En íntima conexión con este modo de proceder la película hace suya otra estrategia que está más oculta pero que es mucho más peligrosa. Consiste en transformar al beneficiario de una inmoralidad en su autor. El trato que da a los atentados del 11-S recoge muy bien este modo de razonar. Aunque no se dice explícitamente, sí que se sugiere que las ventajas para el dominio de la población a través del terror que se derivaron de aquella agresión, demuestran la implicación de las autoridades americanas en su planificación. Se produjo un shock del que se beneficiaron los de siempre, ergo ellos son los que lo provocaron. La referencia al avión que se estrelló en el Pentágono un día después de las declaraciones de Rumsfeld que aludían a la destrucción de la burocracia encarnada en él no puede ser más elocuente. Ni más maniquea.

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La doctrina del shock es, en definitiva, un panfleto, pero con ello no estamos diciendo nada en su contra. El cine, desde El acorazado Potemkin o desde las epopeyas de Griffith, pasando por las apologías hitlerianas de Leni Riefenstahl, nos ha reglado maravillosos panfletos. Lo que ocurre es que la maravilla aquí no aparece por ningún sitio.

La estilización, la fuerza emotiva o la tensión dramática que debieran salvar el discurso, dignificarlo, están por completo ausentes. Se trata antes bien de un tedioso, reiterativo y banal alegato que, a pesar de su reducido metraje, parece no acabar nunca. Casi una homilía. Para eso mejor las películas de Michael Moore, que al menos tienen cierta gracia.

Y por si faltara algo, al final Obama se hizo carne y habitó entre nosotros. El nuevo Roosvelt que acudirá con sus conocidas recetas a salvarnos, que será capaz de imponerse, con el apoyo de todos los disponibles, a las indestructibles fuerzas que dominan el mundo.

Desafortunadamente para Naomi Klein, Winterbottom y sus incondicionales la historia avanza a gran velocidad, y hasta a Obama se le ha empezado a ver la patita.

Si es que no se puede confiar en nadie.

Escribe Marcial Moreno

 Título  La doctrina del shock
 Título original  The shock doctrine
 Director  Michael Winterbottom y Mat Whitecross
 País y año  Reino Unido, 2009
 Duración  80 minutos
 Guión  Naomi Klein; basado en su libro
 Fotografía  Ronald Plante y Rich Ball
 Montaje  Paul Monaghan
 Distribución  Isaan Entertainment y Karma Films
 Intérpretes  Documental
 Fecha estreno  03/06/2011
 Página web  http://www.karmafilms.es/ficha_cine.php?ID=120