También la lluvia (1)

  13 Febrero 2011

Brevísima relación de la destrucción de una película

También la lluvia, de Icíar BollaínLa mayor virtud que exhibe la última película de Icíar Bollaín se convierte, también, en su peor e insoslayable vicio, de tal modo que arrastra todo el proyecto cinematográfico por un campo sembrado de minas emanadas del propio guión. Y es la sinceridad malentendida el arma de doble filo que hiere mortalmente a la criatura de la directora de Flores de otro mundo.

Su particular visión ideológica, su perspectiva de acometer un proyecto de denuncia, con la artillería cinematográfica a su alcance; su apuesta directa y sin tapujos por un cine comprometido, de izquierdas, todos estos presupuestos quedan explícitamente materializados tanto en su película como en toda la campaña promocional de la misma. Obviamente, está en su derecho tanto como ciudadana como directora de cine.

Pero esta prístina y elocuente declaración de intenciones deviene en mera retórica, en superficial declaración que la intención plasmada no sólo no corrobora, sino que más bien pone en solfa la precaria representación resultante. Un guión lastrado por ese afán crítico antepone lo ideológico, la tesis que pretende defender, al coherente desarrollo narrativo que la propia historia exigía, desde dentro, para alcanzar la cima perseguida.

Así pues, lo mejor del filme reside en la primera media hora de presentación, en donde la contención y una cierta distancia con respecto a los elementos presentados fluyen de manera natural, sin abjurar de su rotunda carga ideológica, permitiendo desenvolverse a los personajes al mismo tiempo que se bosqueja, desde dentro, los cimientos narrativos.

En este planteamiento inicial el discurso ideológico se somete a la construcción dramática de los personajes, convive con ellos, se adhiere a sus gestos, rostros, ademanes y palabras.

Partiendo todos los personajes de una visión transformadora e inconforme con la realidad, en una especie de abanico representativo de todas las posibles posturas dentro del seno de la izquierda (el director combativo e idealista —Sebastián/Gael García Bernal—; el productor  traidor a la causa y reconvertido en empresario —Costa/Luis Tosar—; el actor tan lúcido como desencantado, alcohólico y huraño magistralmente interpretado por Karra Elejalde, en el rol de Antón/Colón; los neo-izquierdistas posmodernos, especie de oenegés andantes interpretados por Raúl Arévalo y Carlos Santos, que corporizan y mimetizan las posturas de sus personajes: Fray Bartolomé de las Casas y Fray Antonio Montesinos), la dialéctica que se establece entre sus aparentemente diversas posturas nutre de vitalidad sus conversaciones, más cuando a éstas se enfrentan los personajes interpretados por los indígenas quechuas, con los cuales se establece un contraste no sólo físico, sino ideológico, aunque no antagónico, pues seguimos dentro de la cosmovisión de izquierdas.

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En particular, se erige como contrapunto el personaje de Daniel, un líder vecinal inmerso en la batalla por el agua que se está disputando en la zona de Cochabamba, Bolivia, en el año 2000. Su postura reivindicativa durante el casting abierto en el que se empeña el director Sebastián llama la atención de éste, que lo requiere, por su fuerza y su garra, como intérprete para su película. Y efectivamente el actor que encarna a Daniel transmite esa imagen, en concreto su caracterización como indio precolombino nos remite indefectiblemente al personaje de Magua, el indio malo de El último mohicano de Michael Mann. Otra cosa es cuando abre la boca o tiene que actuar. Aquí el hallazgo se cae por su propio peso. El efecto de naturalidad que persigue transmitir Bollaín resulta falso: no se puede confundir la interpretación de la naturalidad con la naturalidad inexpresiva, material que este actor, y todo el resto del elenco indígena boliviano, manifiestan en sus pobres actuaciones. Estamos ante una película, no ante una oenegé cinematográfica. Pero, nuevamente, lo ideológico se sobrepone a la coherencia y a la lógica artística, por muy lógica de izquierdas, naturalista y sincera que se quiera, pero siempre como adjetivo, supeditado al núcleo narrativo.

También en este apartado el guión expone, inconscientemente, los obstáculos que autogenera. Todo el discurso lacasiano que los actores verbalizan acaba convirtiéndose en mero guiño retórico, por el anacronismo ideológico que supura. Arrostrar hechos acaecidos en el año 1511 desde una perspectiva actual es un sinsentido histórico, por mucho que sea un recurso para evidenciar  la actualidad y modernidad de las tesis de Fray Bartolomé de las Casas.

Esa simplificación, sin embargo, es coherente con la simplificación absoluta de toda la película, que no sabe elevarse más allá de un discurso plagado de tópicos, en el que se sigue otorgando el papel de buen salvaje, cinco siglos después, a los indígenas. En este sentido, y aunque se encuentre en los antípodas ideológicos, es mucho más realista y crítica la visión ofrecida por Mel Gibson (horreur!), amén de mucho mejor cinematográficamente, en Apocalypto.

Cuando el nudo dramático empieza a desarrollarse, la película inicia su imparable declive. Se equivoca nuevamente el guionista al destacar la figura del productor Costa como antagonista del buen salvaje Daniel. Y se equivoca porque, tal como ya sucedía en Celda 211, el personaje interpretado por Tosar es un cordero con piel de lobo. El cínico y aprovechado productor se convierte en el más concienciado de toda la trouppe, gracias a un equívoco que lo pone en evidencia como canalla delante del nuevo héroe Daniel, que no alcanza ni como personaje ni como actor la entidad para hacerse cargo de la película. Otro gallo cantaría si el orillado Karra Elejalde hubiese tomado las riendas del asunto.

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Lo mejor del filme son las secuencias que el protagoniza, las intervenciones que realiza tanto en su doble rol de actor desencantado del mundo como en el personaje histórico de Colón. Su presencia deglute todo lo que se le ponga por en medio, con una simple mirada, con un mínimo movimiento de ceja, con los mejores diálogos que la película ofrece. De Tosar no deja ni los huesos. El propio personaje, el guión, parece reclamarle más protagonismo, pues así lo muestra en una secuencia en la que le pide al productor que le dejen ajustar el personaje de Colón, para darle mayor versatilidad, profundidad humana, menos maniqueísmo. Incomprensiblemente, esta lucidez del guión es desoída por el propio guionista o, tal vez, por la directora.

Para rematar el despropósito y despeñarse con todas las de la ley, la conclusión ya alcanza un desafuero y un desaliño más propio de una precipitación incontrolada que de un desenlace dramático, que es lo que persigue a través de una catarsis solidaria con el pobre indígena Daniel, en una especie de abrazo fraternal, remedo plasmado en imágenes de la alianza de civilizaciones.

Aquí ya la excusa para buscar la lágrima fácil es ramplona: al cordero Tosar se le solicita su ayuda para salvar a Belén, la hija del indígena Daniel, que se ha escapado del control materno para participar en las manifestaciones. Tosar se niega… durante tres segundos, los que tarda en coger su coche para ir en busca de Belén. Su móvil es doble: ya está concienciado a su pesar, pero además hay una identificación entre la joven a la que debe rescatar y un hijo de catorce años del que no se ha preocupado a lo largo de su vida, por motivos de trabajo, de entrega a su profesión, claro. Tosar se mimetiza en una nueva Clarice Starling, salvadora de los corderitos, aunque en este caso el corderito sea el propio Tosar, que lo desconocía.

La trama en paralelo que recorre la película, el desembarco de Cristóbal Colón en su cuarto viaje en Santo Domingo y sus ya desbocados anhelos de oro mediante la explotación de los indígenas, peca de los mismos defectos que la trama situada en el presente. Pero da rienda suelta a un maniqueísmo auto-flagelante para con los españoles; a una especie de culpa congénita por la barbarie cometida, origen de la leyenda negra, que el pobre De las Casas no puede impedir, aunque sí denunciar en sus escritos.

 lo mejor del filme reside en la primera media hora de presentación, en donde la contención y una cierta distancia con respecto a los elementos presentados fluyen de manera natural

No consigue el objetivo dramático que persigue la directora con esta estructura paralela y dual, pues tan falso es su origen como su proyección a la actualidad con el conflicto de la guerra del agua. No estamos ante la efectividad del procedimiento tal como en La mujer del teniente francés, ni mucho menos, desafortunadamente.

Quedan como jalones inconexos una serie de apreciaciones, de frases lapidarias emitidas por los actores haciendo de actores en las que quieren evidenciar cierto izquierdismo de salón, pero que luego la propia historia ni las admite como ironía ni las incardina con un relato que demuestre lo que se dice. Más bien, lo refuta. En cualquier caso, si el propósito era denunciar la vanidad y la autosatisfacción del mundillo del cine, tal denuncia reproduce lo denunciado.

En fin, no se entiende haber ido a rodar la película a Bolivia, pues si se perseguía un efecto de realidad, la “realidad” boliviana no dota a la película de mayor dosis de sinceridad, de verdad, esto es, de verosimilitud narrativa. Ni las escenas de la selva, ni las de la ciudad de Cochabamba, más allá de un plano general, añaden consistencia. Más bien pecan de pobreza de recursos, que a lo mejor es lo que se pretende, quién sabe.

En cuanto a encontrar indígenas “auténticos” para interpretar los papeles de los indios, tampoco era necesario irse muy lejos. Varios cientos de miles pueblan las calles de la metrópolis otrora dominadora y explotadora. ¿O también ágora? Habrá que releer la Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

Entrevista a Paul Laverty, guionista de También la lluvia

Entrevista a Luis Tosar, protagonista de También la lluvia

Escribe Juan Ramón Gabriel

 Título  También la lluvia
 Título original  También la lluvia
 Director  Icíar Bollaín
 País y año  Francia, España, México, 2010
 Duración  103 minutos
 Guión  Paul Laverty
 Fotografía  Alex Catalán
 Distribución  Alta Films
 Intérpretes  Gael García Bernal, Luis Tosar, Karra Elejalde, Raúl Arévalo
 Fecha estreno  05/01/2011
 Página web  http://www.tambienlalluvia.com/