23 paseos (4)

  02 Febrero 2021

El amor es la respuesta

23-pasos-0«Todo empezó en la sorpresa,
en un encuentro casual»

(Silvio Rodríguez)

Llena de brillantez y ternura aparece en los cines españoles 23 paseos, el último largometraje del director británico Paul Morrison. En una situación tan compleja como la que actualmente vivimos, acechados por la pandemia y el reciente temporal Filomena, resulta alentador poder ver en las salas una joya fílmica que nos devuelve a la esencia del arte cinematográfico: el arte de contar historias y que estas nos conmuevan.

El filme de Morrison posee la audacia de plantear una relación sentimental entre dos personas mayores, con un carácter y una biografía diferentes, pero que sienten la llama del amor con intensidad, y al amor se entregan.

A menudo, las películas de trama amorosa se centran en historias de jóvenes o de adultos. Por supuesto que hay excepciones de romances en la vejez como En el estanque dorado (1981), de Mark Rydell, Volver a empezar (1982), de Garci, o Saraband (2003), de Bergman. No obstante, son una minoría con respecto a las abundantes propuestas de romances juveniles o de treintañeros o cuarentañeros.

23 paseos aborda el idilio que surge entre un hombre, Dave, y una mujer, Fern, ambos de unos setenta años. El enamoramiento es clásico: primeros diálogos, primer té, primera partida a las damas, primera cena con vinito, primeros bailes… La modernidad de la película, y aquí reside uno de sus grandes aciertos, estriba en estructurar ese romance, con sus idas y venidas, con sus rupturas y reconciliaciones, a través de 23 paseos —subrayados con sobrios títulos en cada secuencia— por un parque londinense.

De la sorpresa inicial —magistral la escena de arranque— a la consolidación de la relación entre los dos amantes. Los perros de los dos son los que ponen en contacto a los dueños. La enorme perra, Lillie, de Dave, se llevará fenomenal con el pequeño Henry, el fox terrier de Fern. Y mientras los caninos juegan, estas dos personas veteranas irán hablando en un ambiente abierto, precioso, natural. Y según hablan, irán día a día aumentando su confianza hasta que abran las mágicas puertas del amor.

Morrison maneja con sabiduría el simbolismo de los animales y su vinculación con los propietarios de los mismos. Y así, la enfermedad de la perra de Dave coincidirá con la primera separación entre Fern y Dave, y la muerte de este animal coincidirá con la segunda ruptura.

El dúo protagónico, Alison Steadman (Fern) y Dave Johns (Dave) ofrece un recital interpretativo de gran altura, equiparable al que ofrecieron en las anteriores películas citadas Hepburn y Fonda, Paso y Ferrandis, o Ullmann y Josephson. Los protagonistas de 23 paseos llenan la pantalla, y desde un primer momento se aprecia su complicidad, su manejo de los diálogos más variados —ya sean picantes o nostálgicos, divertidos o dramáticos—, en los que se nota un excelso trabajo de guion del propio Morrison. Y por medio de sus rostros, de sus miradas cómplices, notamos el sentimiento amoroso que late en sus corazones.

La película profundiza en la necesidad que tenemos de amar y de ser amados, en cualquier edad de nuestra vida. Y muestra de forma diáfana que el deseo y el sexo son fundamentales en las personas a lo largo de toda su existencia. Como decía el cantante francés Michel Sardou, el amor brota desde los 7 a los 77 años. El filme plantea el amor como una afirmación de la vida frente a la soledad y los miedos.

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Otro aspecto relevante de la película se encuentra en los planos de transición, con frecuencia vinculados a imágenes de la naturaleza —flores esplendorosas, hojas caídas, paisajes gélidos—, clave en el filme, y con un inherente alcance simbólico. De esta forma, los planos de la primavera entroncan con el inicio de la relación entre Dave y Fern y su consolidación después de los desencuentros; los del verano, la progresión del romance; los otoñales hacen referencia a las crisis de la pareja; y los invernales a la muerte de Lillie, la perra de Dave, drama que volverá a acercar a estos dos seres veteranos.

Bajo una atmósfera de película ligera —y hay escenas muy divertidas todo hay que decirlo—, Morrison no plantea un romanticismo plácido, sin problemas. Fern y Dave son dos resistentes, resistentes al sufrimiento. La vida los ha golpeado a lo largo de décadas —han tenido que sufrir pérdidas familiares, enfermedades de sus seres queridos, incomprensiones—; sin embargo, deciden coger este tren, el tren del amor, ese azar que a veces nos sorprende en un paseo por el parque. Quieren amar, anhelan sentirse vivos, gozar de la vida.

La sencillez y emotiva puesta escena subraya aún más si cabe la lucha de los dos protagonistas —cada una a su modo, más explícito y torpe Dave; más sugerente y dubitativa Fern— para que el amor que les mueve triunfe. Y si triunfa el amor, la vida triunfa.

Sobresalen por su dinamismo las secuencias donde Fern intenta aprender español. Y en este sentido, cuando canta en el parque Bésame mucho se articula como uno de los puntos cimeros del largometraje. La música de Gary Yershon, una bellísima partitura de cuerda, impregna de emoción y lirismo la obra de Morrison.

No sabemos qué nos deparará este 2021, que se ha iniciado entre una nebulosa de incertidumbres, pero películas como 23 paseos nos traen de nuevo, con una luz inextinguible, la esperanza en la vida.

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Caramel Films

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