El palacio ideal (3)

  28 Noviembre 2020

La obsesión de un soñador

el-palacio-ideal-0Con dos años de retraso llega a las carteleras españolas El palacio ideal (2018), película de Nils Tavernier que relata la increíble historia del cartero Cheval —L'incroyable histoire du facteur Cheval—, título original de la película en Francia, mucho más consecuente con el planteamiento argumental, más centrado en la personalidad de su protagonista que en la obra que lo inmortalizó.

Joseph Ferdinand Cheval (1834-1924) fue un cartero francés dotado de una especial sensibilidad creativa sin haber recibido nunca educación artística en su vida. Su inspiración procedía de su interior, de su imaginación, alimentada por las fotografías que veía en las revistas ilustradas de la época o en las imágenes de las tarjetas postales que repartía.

Pero su gran inspiradora, como la de los románticos, fue siempre la naturaleza: los árboles, las hojas, el viento, los pájaros, las flores..., como expresa en varios momentos de la película, y por supuesto, las piedras.

El tropiezo fortuito con una de ellas en 1879, de especial estética, se convirtió en germen de su obsesión y materia prima de su obra magna: un palacio imaginario de 12 metros de alto por 26 de largo que encandiló a los surrealistas.  

Sin planos, sin formación, sin conocer las técnicas constructivas, pero con una habilidad natural que sorprendía a todos, practicaba una arquitectura intuitiva en la que ensamblaba las piedras que recogía por el camino durante su ruta diaria, al principio en los bolsillos y después en carretillas, con cal, cemento, mortero y alambres. Durante 33 años, trabajando después de su jornada laboral e incluso por las noches, levantó, literalmente con sus propias manos, una construcción suntuosa, declarada monumento histórico en Francia en 1968 por, el entonces ministro de Cultura, André Malraux. 

El palacio ideal, como fue bautizado, cautivó a los intelectuales de la época ya durante su construcción. Atraía al pueblo a ricos viajeros, escritores, periodistas, artistas y fotógrafos impresionados por su original eclecticismo, punto de encuentro de estilos pasados y futuros.

En él conviven, en abigarradas composiciones que practican el horror vacui, elementos inspirados en la arquitectura hindú (en la película veamos al cartero hojeando una revista con imágenes de los templos de Angkor) y las pirámides mayas, junto a elementos de la iconografía cristiana y de mitologías diversas, personajes históricos junto a esculturas fantásticas de humanos, animales y adornos vegetales… además de cientos de inscripciones repartidas por toda la construcción («para alcanzar el objetivo hay que ser terco», «la obra de un campesino», «1879-1912: 10.000 días, 93.000 horas, 33 años de sacrificios. Si hay alguien más obstinado que yo, que se ponga a trabajar») que cuentan la historia de su creación.

el-palacio-ideal-4

Imposible de clasificar estilísticamente, el palacio ideal es el sueño hecho realidad de un romántico tardío, de un surrealista precoz; la rebelión de los sentimientos, de la imperfección y del subjetivismo de un artista intuitivo, una mente inquieta encerrada en un cuerpo inexpresivo solo liberada a través de la creatividad desbordante que aflora en su obra. Una invitación a descifrar el misterio, el significado oculto en su interior y en sus cientos de iconos, símbolos de búsqueda de la verdad universal.  

Admirado por Picasso (que le dedicó un cuaderno con 12 bocetos en 1937), Bretón, Max Ernst, Joseph Cadier (que aparece en la película), el palacio ideal es la obra aislada de un genio creador autodidacta, hijo de su tiempo, pero a la vez ajeno a él. 

La figura de Cheval ha sido muy reivindicada en su país y fuera de él, en series de televisión documentales como: Les bâtisseurs de l'imaginaire (Los constructores de la imaginación, 1976-1982), de Claude y Clovis Prévost, que en 1981 le dedicó dos episodios, de 27 minutos de duración, con el título Le facteur Cheval, o’u le songe devient la réalité (El cartero Cheval, donde los sueños se hacen realidad);  el capítulo nº 38 de la serie Chroniques de France (1969), titulado Le Palais idéal du facteur Cheval; 10 mil días, 93 mil horas y 33 años de esfuerzo (1965), de Michael Gill, con guión de John Berger; Le palais ideal (1958) de Ado Kyrou, etc. 

En los últimos años el cine ha reparado en la figura de algunos de estos creadores marginales y de estilo ingenuo (naif), ajenos a los circuitos artísticos oficiales recuperando su memoria para el gran público en películas como Séraphine (2009), sobre Séraphine Louis; Maudie (2016), sobre Maud Lewis; o Big Eyes (2014), sobre Margaret Kane… Ahora le llega el turno a Cheval.

el-palacio-ideal-5

La película

La acción comienza en 1873 en Hauterives, un pueblo pequeño del Departamento de Drôme (Francia). Joseph Cheval (Jacques Gamblin) hasta entonces casado y padre de un hijo, enviuda. Cartero de profesión, cada día recorre más de 30 kilómetros a pie para repartir la correspondencia por las aldeas de la zona.

El niño es enviado a vivir con unos tíos y Cheval se queda solo. Poco después se vuelve a casar con una joven viuda, Philomène (Laetitia Casta), con la que tiene una hija que será la niña de sus ojos. La casualidad quiso que un día de 1879, durante la ruta de reparto diaria, el tropiezo con una original piedra de este caminante soñador y solitario, que construía castillos en el aire, le decidiera a materializar uno de verdad, en el jardín de su casa, dedicado a su hija Alice.

La película recorre de forma cronológica los hitos más relevantes de la segunda mitad de la vida de Cheval, desde que enviuda por primera vez hasta su muerte, un total de cincuenta y un años de existencia dedicada a una obsesión convertida en obra de arte, que trascurren a ritmo pausado, con muchos silencios, dejando que sea la imagen quien hable.  

Los primeros treinta minutos de metraje, hasta que Cheval comienza su palacio, se dedican a familiarizar al espectador con la personalidad y forma de vida de este hombre singular y misterioso en todos los aspectos.

el-palacio-ideal-6

Joseph es un hombre sencillo, ingenuo y «buena persona», como dice su mujer. Tímido en exceso, taciturno y sin habilidades sociales. Tiene dificultad para expresar sus emociones y sus sentimientos. Rehúye el contacto humano, incluso el de su propia familia y muchos de sus vecinos le evitan porque le consideran hosco y un poco loco.

Jacques Gamblin construye un personaje hierático e inexpresivo como debía ser el propio Cheval. Un individuo extremadamente introvertido, lacónico y encerrado en sí mismo cuyo comportamiento trasluce, a través de la interpretación, rasgos autistas. 

El amor a su hija y la comprensión de su paciente esposa hacen evolucionar al personaje a lo largo de la película hacia una mayor expresividad, pero siempre dentro de la contención. Sólo en una ocasión excepcional le vemos dar rienda suelta a sus sentimientos. Un episodio puntual tras el cual en una hermosa escena filmada en planos cenitales Cheval, abatido, se entrega al agua dejándose arrastrar por su caudal serpenteante en simbólica comunión con la naturaleza. 

Le vemos trabajar impulsivamente al dictado de la naturaleza y del sueño interior de su fértil imaginación con primeros planos de sus manos que revelan oficio y manejo de las herramientas, propios de un actor perfectamente entrenado. Tavernier confiesa que Gamblin fue su primera opción siempre y que escribió el guión, junto a Laurent Bertoni, pensando en él.

el-palacio-ideal-3

La película poetiza la relación de Cheval con su palacio haciendo de él un símbolo del amor filial a su hija Alice, a la que convierte en eje y motor de su construcción, piedra aparte. Una licencia argumental, más propia de la ficción que quizás real, para justificar su tenacidad, su empeño descomunal en terminar la obra, como un acto de amor.

Al margen de los sentimientos afectivos y de la generosidad que inspiran al personaje, el artista en contacto con su obra se transforma y se reivindica como genio creador original, único. La película no oculta ese carácter ególatra del personaje, y muestra también al hombre orgulloso de su obra, que desea ser reconocido y admirado por ella. «Todo el mundo vendrá a verlo», dice en determinado momento y no se equivoca. Lo vemos durante la película y sabemos que así fue y sigue siendo en la actualidad.

Muchos datos biográficos y detalles de la obra que se conocen sobre Cheval se deben en parte a su puño y letra, porque él mismo, como refleja la película, se dedicó a describir en un diario todo el proceso constructivo de su palacio y de su tumba, su segunda y última obra, a la que dedicó otros siete años de su vida después de concluir el palacio en 1912. La última anotación que le vemos hacer en su cuaderno reza: «Fin de las obras 22 de septiembre de 1923».

El personaje de Philomène es una construcción del director porque se conoce poco de su biografía. La bella Laetitia Casta da la réplica a Gamblin, en una interpretación también muy contenida de esposa paciente e incondicional.

Rodada en los escenarios naturales de Drôme, incluido el palacio original, la estética de la película es consecuente con el espíritu realista francés de la segunda mitad del XIX, objetivo y sin artificio, donde la realidad se impone ante los ojos del artista que la plasma sin recomponerla.

el-palacio-ideal-2

Imita Tavernier, que presume de meticuloso, ese naturalismo compositivo espontáneo de los realistas, y en gran parte lo consigue: cuando vemos al cartero caminar a paso ligero por el campo, durante su ruta diaria, solitario y feliz, en perfecta armonía con la naturaleza, o a su mujer en camisón con la niña en la cadera recortadas sobre el horizonte… incorporados a un paisaje evocador de los fondos de Dupré; o cuando le vemos trabajar en su palacio, acarrear piedras carretilla en mano, amasar… como un personaje de Millet o Courbet...  

Otros elementos como la iluminación y el color contribuyen a enfatizar el contenido. La fotografía transpira un realismo lírico inspirado en la paleta de Henri Fantin-Latour y en «la suntuosa luz» de sus lienzos. Un suave cromatismo que evoluciona con el protagonista de los verdes, azules y malvas evocadores de su hermetismo inicial hacia una sensibilidad cálida de tonos rojizos y ocres a medida que su existencia se serena.

La coherencia realista mantenida hasta entonces se pierde en la artificiosa secuencia final, tan bella como insípida. Una explosión de luminosa calidez que intenta conectar realidad e imaginación con afectado sentimentalismo. El broche emocional final de entrada en una dimensión que funde a negro.

El palacio ideal no es una película original, es sencilla, austera y poco pretenciosa, sin más concesiones sentimentales que alguna excepción ya comentada. Transcurre a ritmo lento pero tenaz, como su protagonista, con algún derrape furtivo de cámara poco relevante, que tiene en esa cadenciosa inmutabilidad parte de su encanto.

Escribe Leo Guzmán  

 

el-palacio-ideal-1


Más artículos...