Living (4)

  27 Enero 2023

Excelente adaptación llevada con enorme sensibilidad

living-0He estado fuera cerca de dos meses y he llegado justo para poder ver esta cinta que deseaba mucho visionar pues para mí, su antecesora de Akira Kurosawa, Ikiru (Vivir, 1952), que a su vez fue una adaptación de la novela de León Tolstoi La muerte de Iván Ilich, es una de esas obras magnas que, como escribí en la crítica en esta misma revista, «va inextricablemente unida a cierto cambio de cosmovisión, a la opción de modificar el rumbo, a tomar por el camino que nos conecta con la vida».

Aquella versión se desarrollaba en Tokio a final de la II Guerra Mundial, en un país devastado. La que hoy comentamos se sitúa en el Londres igualmente de posguerra.

Contra la idea muy hollywoodiense de que la vida es un hecho absolutamente extraordinario y maravilloso a lo Capra (¡Qué bello es vivir!, 1946), Kurosawa se preguntó si lo que realmente es sorprendente y cautivador de la vida no es su intrascendencia, su poquedad, esa vocación indiscutible de olvido o, recurriendo al título de la conocida novela de Kundera, su fascinante «levedad».

El guion, escrito por el Nobel inglés de origen japonés Kazuo Ishiguro, no cambia en realidad muchas cosas comparado con el libreto de Kurosawa. Ishiguro parece llevado por un enorme respeto hacia el texto original, acorde con los cánones, reglas o disposiciones del genuino, siendo un guion que se adapta y acomoda al nuevo filme británico.

Si la película de Kurosawa discurría en el Japón contemporáneo, Ishiguro reubica la historia del funcionario municipal Williams en Inglaterra tras la segunda guerra. Se subraya así la formalidad de la situación (un tiempo de caballeros oscuros con paraguas y bombines) y lo extraño de una época en la que todo estaba por reconstruir tras las cenizas del desastre: convertir el tiempo que queda en tiempo pleno y perfecto. Un acierto ubicar la historia en los años 50 en Londres, sabiendo trasladar la feroz crítica a la burocracia del filme original, a una fauna con traje, rectitud y un formalismo poco simpático.

Esta cinta de Oliver Hermanus es bella y es intensa por cuanto homenajea con heterodoxa fidelidad la obra maestra de Kurosawa, a la vez que renueva los votos de esta. Imita, pero no copia, una película se relaciona con la otra, para proponer una visión de la misma vida sin resentimiento, sin falsos heroísmos, sin la apelación a lo milagroso. Porque Hermanus-Ishiguro nos afirman que la vida es la suma de olvidos, plena de intrascendencia, ligera como un vilano al viento y humildemente acompañada de sus efímeros logros.

El personaje principal, interpretado por Bill Nighy, se presenta mucho antes de que ponga un pie delante de la cámara. Comienza la película con el primer día laboral de Peter Wakeling (Sharp) en el departamento de Obras Públicas del London County Hall. Sube al tren con sus nuevos compañeros de trabajo, Middleton (Rawlins), Rusbridger (Burton) y Hart (Chris), quienes le cuentan todo lo que necesita saber sobre su nuevo jefe, el Sr. Williams. Esta escena vuelve a aparecer en el acto final de la película, en tonalidad agridulce.

Es la misma historia del triste y gris funcionario cuya existencia ha transcurrido bajo el yugo del sistema burocrático, al punto que cuando el médico le comunica que padece un cáncer terminal, desea y anhela por vez primera aprender a vivir, a sentir, a experimentar todo lo que antes repudiaba.

Una propuesta que nos conducirá junto al personaje, al fondo de la noche, de la mano de un desconocido que lo acompaña. También está la sombra de un amor perdido para siempre, con una joven compañera de trabajo. De este modo, próxima la vida a la muerte, el trayecto que resta a Williams «adquiere no tanto el valor de lo extraordinario como el sentido de lo único» (Martínez).

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Saca el dinero de su cuenta de ahorros y se dirige a un bonito lugar costero, prometiéndose hacer de sus días postreros un tiempo de goce y provecho sensorial. Pero se da cuenta que no sabe cómo hacerlo. Un misterioso desconocido de apellido Shuterland (Burke) lo lleva al güisqui y la nocturnidad, pero la juerga no le llena.

Luego se reencuentra y se siente atraído, platónicamente enamorado, por una joven compañera que curiosamente ha cambiado de trabajo, Margaret (Lou Wood), que posee la vitalidad que a él le falta. Con su ayuda, Williams buscará recuperar el tiempo perdido. Incluso hacer por los demás cuanto antes no hizo, pues su vida fue un mero dormitar, vida zombi, como le apunta Margaret. Hermanus filma con intención y acierto el recorrido del personaje desde la noche disipada a su reencuentro con la vida.

La vida es o está en los «otros», leía hace poco de un conocido teólogo, y esta cinta subraya esta componente. Puesta en valor la vida acotada del protagonista, el sentido de lo que queda en la misma sólo puede cobrar dimensión y alzar el vuelo, consiguiendo hacer felices a las madres y a sus hijos a quienes antes ninguneó, construyendo un pequeño parque infantil para esta comunidad. Un parque largamente dormido entre los papeles de la burocracia municipal.

En una escena después de su diagnóstico, nuestro protagonista se siente solo en la oscuridad de su salita de estar. Reflexiona sobre su vida y se ven fulgores de su pasado, escenas de películas en blanco y negro. Momentos aparentemente mundanos, un juego deportivo, una salida, fragmentos de una vida que ahora está a punto de marcharse.

El reparto es, ante todo, un Bill Nighy que maneja a la perfección los aspectos ásperos con los sensibles, que construye el personaje de Williams con notable magisterio; Nighy conoce la necesidad de cambio, en formas y en repertorio, que precisa el relato, para tomar velocidad emotiva y conmovedora, sin aparente esfuerzo. Acierta a conjugar lo dramático con expresiones de ternura y un humor a lo inglés, como es lógico, por lo que borda el papel, la perfecta encarnación del funcionario gris, frío y estirado, que alberga un fondo de bondad muy escondido.

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Acompañan con excelencia y maestría otros actores y actrices de reparto, como Aimee Lou Wood, como la alegre señorita Harris. Tom Burke es Sutherland, quien lo acompaña en la noche de fiesta. Alex Sharp, que intuye el dolor de su jefe, el dispuesto y entusiasta joven Sr. Wakeling, que tanto ayuda y entiende a Williams. Adrian Rawlins es el Sr. Middleton, el segundo en la oficina.

Y además Hubert Burton, Oliver Chris, Michael Cochrane, Aznan Varman, Zoe Boyle, Lia Williams, Jessica Flood, Patsy Ferrán, Barney Fishwick y Nichola McAuliffe. Muy bien todos.

Una cuidada puesta en escena, excelentes diseños de vestuario, delicada y bella música de Emilie Levienaise-Farrouch y una rica paleta de colores en la fotografía Jamie Ramsay.

Hermanus emplea una serie de acertadas opciones de dirección a lo largo del filme: utiliza mezcla de sombras desabridas con descargas suaves, una manera natural en la construcción de escenas íntimas, junto con escenas muy dialogadas.

Es una cinta basada en gran parte en la humanidad de sus personajes. Por ejemplo, cuando Williams se dirige a su cita con su médico, el tiempo se ralentiza y camina a cámara lenta mientras se aleja del trabajo. Cámara pausada que es la monotonía de su vida, al tiempo que alude a la rapidez con la que se mueve la existencia a medida que se acerca a su objetivo final. Un buen trazado visual utilizado sabiamente, con moderación.

El tercer acto explora póstumamente el legado del Sr. Williams, tanto a través de flashbacks, como de los empujones de sus antiguos colegas para reclamar el mérito de su logro: el parque infantil.

Película sombría que pide al público que mire a su interior y reflexione sobre el legado que algún día dejará atrás. Obra hermosa e inquietante, con un Nighy que ofrece una actuación conmovedora, mientras que reflexiona sobre su vida, que está llena de arrepentimientos, a la vez que de un compromiso con final feliz.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Imágenes Sony Pictures Classics

   


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