Maps to the Stars (Maps to the Stars 2014)

  27 Febrero 2015

El crepúsculo de las estrellas

maps-to-the-stars-1David Cronenberg es uno de esos pocos directores que saben plasmar el lado más oscuro de los universos y situaciones que observa a través de su cámara. Si bien empezó su carrera con el cine terror puro, después fue evolucionando hacia realidades más cercanas, incluso muchas de ellas cotidianas podríamos decir, aunque también siempre siniestras.

Por citar unas cuantas temáticas de su cine, tenemos la malsana relación triangular escrutada en Inseparables (1988), la sexualidad relacionada con la máquina y el accidente en Crash (1996), la perversión del mundo interno del videojuego en eXistenZ (1997) o, ya en su última etapa de estilización de formas, los oscuros recovecos de la mente en Un método peligroso (2011) y el mundo del poder visto desde una limusina en Cosmopolis (2012).

Ahora tenemos la continuación lógica del universo plasmado en la última mencionada en Maps to the Stars, término con el que se describe la ruta de las casas de los famosos en Los Ángeles, sigue dentro de la última fase de su director. Atendemos a la vida de un grupo de actores y de aspirantes a formar parte de ese firmamento de estrellas. Havana Segrand (espléndida como siempre Julianne Moore), diva de antaño, ejerce de Norma Desmond a la desesperada y con un particular toque tiránico, es el pilar por antonomasia de la función mientras que dos hermanos de corta edad buscan cada uno la fama a su manera: uno es un prodigio con ínfulas a lo Justin Bieber, mientras que ella (una acertada Mia Wasikowska) se labra los pasos en Hollywood como puede. Ambos se verán asolados por la fuerza del star-system y sus mecánicas internas.

Todos ellos tienen sus propios fantasmas, sus propias condenas vitales: Havana vive obsesionada con el recuerdo de su madre, quien le habla en sus apariciones para destruirla desde la tumba. Benjie, el precoz niño prodigio, vive acechado por el recuerdo de una niña a la que conoció mientras estaba en proceso de desintoxicación...  Y es que los fantasmas son parte de ese mapa de estrellas por el que Cronenberg quiere que circulemos.

Más que un sueño, pesadilla

Cronenberg se demuestra aquí mejor narrador que en otras ocasiones por atreverse con varias cintas en una: comedia negrísima, retrato cultural ácido y corrosivo, drama familiar de tomo y lomo y secuencias que se enclavan en el fantástico. Esta mescolanza forma un todo extraño. Surrealista casi, pero parece obedecer a una estructura narrativa perfecta aunque la historia resulte demasiado agresiva, altamente nociva e incómoda.

Son dos horas de belleza fría y estática en las que Cronenberg parece distanciarse de sus protagonistas a la vez que se apiada de ellos. Ejerce de testimonio inmóvil de sus trágicos destinos, como si de un espectador más se tratara. Para filmar este alejamiento voluntario, la cámara se deja conquistar por unas geometrías sugerentes, resaltando al personaje dentro de su marco de acción. Pero también hay espacio suficiente para la palabra. Como actores y guionistas que son los personajes, la palabra es la que lleva la acción, y puesto que la palabra puede usarse como arma mortífera también lleva a la desolación y al trauma.

Consciente Cronenberg de su propuesta planteada como cine dentro del cine, los propios personajes conforman una historia de folletín que convoca la incredulidad, pero, dadas las coordenadas geográficas, estamos en la fábrica de los sueños y en Hollywood todo puede pasar. Desde ver la aparición de fantasmas a aceptar las predicciones de muerte. Desde luego, el realizador esta vez ha construido una pieza compleja, quizás más compleja que sus últimas cintas por tener más capas de realidad y de estudio.

Todo es abrasivo y escabroso cuando la historia se desvela a sí misma y es que Maps to the Stars es una de las fotografías meditativas más terribles sobre el Hollywood actual, pasada por el filtro de la sátira escabrosa, del cuento sobrenatural o del nihilismo existencialista.

Digamos que la cinta, como el cine, resulta un juego de máscaras nunca aburrido y elegantemente interpretado que puede molestar y acalorar pero que contiene grandes ideas. La más terrible de todas ellas es siempre que la realidad puede superar a la ficción.

Escribe Ferran Ramírez


 

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