Scanners, su solo pensamiento podía matar (Scanners, 1980)

  14 Enero 2012

Caín y Abel finalmente juntos y revueltos 

scanners01Epopeya decididamente maliciosa en su planteamiento que acaba malográndose por un inacabado guión que reduce la originalidad y desfachatez de su planteamiento inicial a un duelo fratricida en el que la mejor parte se la llevan los técnicos de efectos especiales y maquillaje, merced a dos memorables tours de force en los que asistimos a la inolvidable explosión de una cabeza (la imagen cronenbergiana por excelencia para los fans del gore) y a una larga exhibición de fuegos de artificio, venas que se hinchan y chorreo de sangre en un duelo final que conserva toda su virulencia pese a los treinta años transcurridos desde su creación (y que con el tiempo ha llegado a competir con los sesos desparramados como icono del cine malsano de Cronenberg).

El brillante prólogo apunta una posibilidad inquietante: ¿hasta qué punto el ser humano sería civilizado si fuera capaz de saber con certeza absoluta qué piensan de él los que están a su lado?

Cameron, un mendigo en un centro comercial, es capaz de escuchar en su interior las voces de quienes están a su alrededor: ante las críticas poco elegantes de mentes burguesas poco dadas a aceptar que en su mundo de rebajas permanentes se introduzca un individuo de aspecto más bien cochambroso, el mendigo actúa contraatacando con su propia mente y obligando a la moza a comerse sus propias palabras… lo que casi le cuesta una sobredosis de mala leche.

Sin duda, un punto de partida inquietante, atractivo, pero que pronto malogra un guión demasiado dado a la casualidad y la apuesta por el ejercicio físico (sea en forma de persecuciones o de duelos sanguinolentos) y poco centrado en la justificación de las sugerentes ideas que van apareciendo a lo largo del metraje, que en muchas ocasiones quedan sólo apuntadas para ser rápidamente resueltas mediante las consabidas escenas de acción a cada cual más truculenta.

Cameron, internado en un laboratorio donde la suciedad del lugar y la clandestinidad de su trabajo avalan definitivamente el carácter de cobaya de nuestro protagonista, pronto será reclutado por Con-Sec, una multinacional que trabaja en la lucha contra el mal, un enemigo materializado en otro laboratorio de sonoro nombre (Biocarbon Amalgamated) y en una lucha permanente por el dominio del Ephemerol, un producto revolucionario que logra acallar las voces que oyen en su interior nuestro protagonista y otros doscientos scanners conocidos y debidamente documentados (¿alguien sabría explicarnos cómo se hace un recuento de este tipo?), aunque hay algunos más, poco dados a los censos y al pacifismo, que prefieren formar su propia comuna para, cómo no, dominar el mundo.

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El líder de este grupo algo mafioso y muy dado a la exhibición pública es Darryl Revok, el malo por excelencia del cine de Cronenberg, al menos en el mundo “real” de sus primeros films, otra cosa sería descender a la mente de los protagonistas de epopeyas no menos maliciosas más cercanas en su filmografía, como eXistenZ o Spider.

Revok es un tipo de pocas palabras, pero con una mente extremadamente exigente: si alguien le toca las narices hace saltar sus sesos por los aires, literalmente, como pueden comprobar los asistentes a una exhibición de Con-Sec —y, de paso, el propio espectador— cuando un científico descubre que entrar en la mente de un scanner no es un paseo agradable si éste decide hacer explotar tu propia cabeza como un tomate lanzado contra una pared en la tomatina de Buñol.

Planteada la existencia de dos grupos con sus respectivos líderes, la película se pierde en una persecución continua, o mejor, en una búsqueda continua entre Cameron y Revok, en la que éste aparece sugestivamente mostrado en algún momento de la trama como un scanner con un tercer ojo en el centro de la frente (una imagen que logra sortear lo ridículo de su traslación literal gracias a la puesta en escena de Cronenberg, algo que no supo conseguir tres décadas después Joel Schumacher cuando mostró a un nazi con un tercer ojo en mitad de la frente en la cochambrosa La masacre de Town Creek).

En su tramo central la película se convierte en un injustificado carrusel de persecuciones, matanzas y enfrentamientos en los que nadie nos explica jamás cómo es posible que siempre que alguien se reúne con Cameron inmediatamente aparezca el oportuno grupo de enemigos (los chicos de Revok) para acabar con ellos.

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En ese difícilmente justificable paseo por el amor y la muerte nos encontramos, sin embargo, una escena brillante, una gran idea que ya apunta a que Cronenberg no es sólo un cineasta de sexo y sangre —por más que esas fueran sus señas de identidad en sus anteriores éxitos de taquilla: Vinieron de dentro de… y Rabia—, sino que apostaba por otras temáticas más profundas, como la fusión de cuerpo y mente para crear lo que se daría en llamar la Nueva Carne —Crash o Videodrome avalan esta línea autoral—, o el alucinante viaje al interior de la mente como vehículo ideal para encontrar al auténtico ser humano que todos llevamos dentro —propuesta certificada en títulos como La zona muerta, Inseparables o Spider—.

La escena en cuestión transcurre en una abandonada granja, donde Benjamin ilustra a la perfección la imagen del artista torturado por las imágenes y voces que viven en su cabeza y que traslada a una obra artística formada por gigantescas cabezas que se exponen y que, en este taller en plena naturaleza, sirven a Cameron y Benjamin para sentarse a discutir en su interior sobre el presente y el oscuro futuro de los scanners buenos frente al poder del mal que representan Revok y sus seguidores. La metáfora del creador con un mundo propio no puede ser más evidente.

Lamentablemente, tras esta reflexión más filosófica de lo que sugiere su apresurada descripción, aparece de forma inesperada —y, como siempre, inexplicable— un grupo de matones de Revok que acaba a tiro limpio no sólo con la vida de Benjamin, sino también con gran parte de su obra, abatida por disparos indiscriminados contra todo el idílico decorado en plena campiña canadiense… hasta que Cameron decide que es hora de que los asaltantes —que no deben ser scanners, sino simples matones de barrio— prueben su propia medicina y desparramen las balas unos contra otros por orden mental de nuestro ambiguo héroe.

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La débil trama, escrita de forma apresurada por el propio Cronenberg para poder aprovechar una subvención del gobierno canadiense —y vaya si la aprovechó: la publicidad que logró la película sin duda fue muy superior al dinero gubernamental invertido—, deja en su acabado de queso gruyere algunos apuntes que hoy mantienen su interés, incluso lo han aumentado al conocer la trayectoria posterior del director de Una historia de violencia.

De estos apuntes nos quedamos tres elementos de probado calado al revisarlos hoy en día.

En primer lugar, con una frase pronunciada por Jennifer O’Neill, quien todavía conservaba parte de su encanto en la taquilla tras el boom de Verano del 42: “Nada podrá detener a Revok. Nosotros somos el sueño y él la pesadilla”. Quizá demasiado evidente, pero es una buena síntesis de lo que Cronenberg intenta contarnos… aunque la frase no sólo hay que tomarla en su sentido literal, también su subtexto: nos dice que realmente ambos, el sueño y la pesadilla, conviven en nosotros mismos, lo que no deja de ser un buen aviso sobre lo que nos espera al final del film.

En segundo lugar, ese verde quirófano que invade no sólo el laboratorio de Biocarbon Amalgamated (cómo Cameron entra allí, se hace pasar por un trabajador, accede al ordenador central con todos los archivos y descubre todo lo necesario para que la trama avance hacia un final apresurado son temas sobre los que no vamos a insistir: forman parte de ese guión-gruyere lleno de “agujeros”), sino también las estancias donde se reúnen otros scanners, da una idea del interés de Cronenberg por los espacios clínicos, por el estudio casi científico de sus protagonistas.

El uso del color, un apunte visual que se corresponde con un tratamiento sonoro igualmente clínico: áspero, lleno de sonidos, con poca música y, cuando ésta aparece, no es para calmar los ánimos sino para exaltarlos aún más con sonoridades poco melodiosas. Howard Shore certificaba así que era el acompañamiento sonoro imprescindible para el universo Cronenberg, aunque los aficionados a las bandas sonoras hayan tenido que esperar a la trilogía de El señor de los anillos para descubrir que, además, sabe componer melodías y epopeyas fantásticas dignas sucesoras de Erich Wolfgang Korngold o John Williams.

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Y en tercer lugar, nos quedamos con esa escena final que devuelve al film la eficacia y la mala uva de su prólogo en el centro comercial. La escena en cuestión es el duelo entre Revok y Cameron, no un duelo cualquiera sino un auténtico enfrentamiento fratricida, dado que a estas alturas el guión ya nos ha exigido aceptar que ambos son hermanos, de ahí sus enormes y similares poderes —sí, yo tampoco me lo creía la primera vez que lo vi: ¿cómo se puede escribir un guión tan torpe?—.

Vista hoy, la larga secuencia del enfrentamiento es un auténtico desafío para el buen gusto y las mentes puritanas —esas que acababan moribundas en el centro comercial durante el prólogo—: nada de sutiles sugerencias, sino venas que se hinchan, carne que arde, cuerpos que revientan poco a poco… en fin, duelo a muerte sin tapujos.

Un plato no apto para todos los paladares que sirvió sobre todo para dar el pistoletazo de salida a su equipo de efectos de maquillaje, entre los que se encontraba un desconocido Chris Walas que al año siguiente saltaría a la fama con los animatronics de Gremlins de Joe Dante, para dar el doble salto mortal definitivo asumiendo los efectos de maquillaje de La mosca de Cronenberg e incluso la dirección de esa olvidada secuela titulada La mosca 2.

Pero si el duelo es brillante técnicamente, es mejor aún el final: de la lucha entre Revok y Cameron surge un nuevo ser, con el cuerpo de Revok y la mente de Cameron, una propuesta definitivamente malsana y un apunte de que la Nueva Carne llamaba a la puerta y la mente de Cronenberg.

Pese a su guión, Scanners sigue siendo un producto brillante técnicamente, que incomoda en muchos momentos, que sugiere temas e ideas inquietantes, y, sobre todo, que apunta muchos de los elementos que conformarán en el futuro el universo personal de Cronenberg.

Un título que merece la pena revisar sin complejos ni convicciones apriorísticas.

Escribe Mr. Kaplan

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