Spider (Spider, 2002)

  01 Enero 2012
El asesino dentro de mí 

spider02Cuando acabas de ver Spider (David Cronenberg, 2002) te queda un regusto inquietante, de extrañeza, como si no hubieras asistido a la típica película de Cronenberg, y no puedes dejar de pensar: ¿por qué demonios ha hecho esta película?

Pero a poco que reflexiones te das cuenta que lo que has visto es puro Cronenberg, como un destilado, una esencia que se te mete en el cerebro. Aquí no hay cabezas que estallan, ni tripas abiertas, ni transformaciones purulentas, tan sólo una visión descarnada y sin florituras de la locura. Precisamente este despojamiento de lo ornamental, su concisión narrativa, la “realidad” vista a través de la mente enferma, lo acerca por extraño que parezca al cine fantástico, entendido este como el cine de nuestros sueños y pesadillas.

Spider la realiza David Cronenberg después de eXistenZ (1999), a partir de un guión de Patrick McGrath que se basa en su propia novela. El padre de McGrath era el jefe médico de la prisión de Broadmoor, un hospital mental para criminales, y el escritor pasó parte de su infancia en el mismo recinto donde convivían esquizofrénicos y asesinos, y sabía de lo que hablaba cuando describe las vicisitudes de Dennis Cleg (Ralph Fiennes) un esquizofrénico que tras dejar el psiquiátrico es enviado a una residencia en régimen abierto para enfermos mentales.

Dennis Cleg (Spider) rememora su infancia, las relaciones con su admirada madre (Miranda Richardson) y su violento padre (Gabriel Byrne), y finalmente la pérdida-sustitución de la madre por una prostituta del barrio. La narración mezcla de forma habilidosa el tiempo actual, con el deambular por la ciudad del protagonista, sus relaciones con otros compañeros de residencia y con la severa encargada (Lynn Redgrave), con el recuerdo trágico del tiempo pasado, de una infancia y unos sentimientos que van a desencadenar la tragedia.

Estamos por tanto ante una historia de una gran simpleza, con escasas líneas argumentales, y es por esto que la baza que juega Cronenberg es realizar una autentica labor de artesanía, un análisis minucioso de cada uno de los elementos que conforman el film, desde la composición de los personajes (su vestuario, sus gestos más inadvertidos, sus diálogos concisos), hasta los decorados, la fotografía y la música.

Cronenberg no pretende contarnos una historia brillante sino introducirnos en el territorio de las sensaciones, de las pesadillas, de los sentimientos traicionados, del desamparo. A diferencia de acercamientos recientes y más adocenados a la esquizofrenia, como Una mente maravillosa —Ron Howard, 2001—, donde una trama excesivamente alambicada y los acontecimientos externos cobran gran importancia, en Spider el elemento clave será únicamente los acontecimientos internos, fantásticos, vistos a través de la óptica deformada del protagonista.

Los títulos de crédito son reveladores: con los compases clásicos de la música de Howard Shore se nos van mostrando simples manchas de humedad y desconchones de las paredes, pero nosotros observamos a modo de test de Rorschach, cómo aparecen ante nuestros ojos amenazadoras caras de perro, insectos y, en definitiva, los monstruos que habitan en nuestros más oscuros sueños. Ya se apunta la dicotomía entre la realidad y la interpretación de nuestra mente.

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La primera escena resulta modélica al presentar en un plano secuencia el tránsito entre lo real (entendido como la cordura o la normalidad) y la irrupción de la locura. De un moderno tren que llega a la estación se van bajando todos los pasajeros, con sus conversaciones intrascendentes, sus prisas, van pasando rápidamente ante nuestros ojos, hasta que baja el último pasajero, nuestro protagonista, de lentos andares, sucio, de vestimenta descuidada, y el andén queda entonces totalmente vacío, solo con su presencia. De forma sutil nos ha instalado en lo extraño, en la demencia.

Desde este momento la narración está contada “desde la mente” de Spider. Las calles que recorre están asombrosamente vacías, se muestra su incomprensible murmurar, su lento deambular recogiendo los más variados objetos de la calle. Sus pensamientos cobran vida en la pantalla, y se nos muestra lo que él ve en su mente.

Lo vemos aparecer en sus recuerdos como testigo mudo, el pasado y el presente unidos en la misma escena, el Spider niño y el Spider adulto coexisten a la vez, duplicados, incluso en ocasiones repitiendo las mismas frases, y el Spider adulto reinterpreta la realidad, sus vivencias, y sigue con la imaginación a sus padres por los desolados barrios, los pubs, las chabolas de los arrabales.

Enamorado de su madre, Spider no puede comprender cómo esta soporta las atenciones sexuales y el trato vejatorio de su padre, y añadiendo otra lazada más a la espesa tela de araña que teje en su dormitorio,  acaba  equiparando a su madre con una puta, la misma persona con dos caras distintas, contrapuestas. La bondad y la maldad. El amor puro y la brutalidad sexual. La exquisitez y la chabacanería.

Nunca el tratamiento de la prostitución había sido tan descarnado y tan alejado de los clichés de Hollywood. Desaparece el mito de la puta de buen corazón, todo es miseria, el sexo es rápido e incómodo, y en los detalles aparecen destellos del Cronenberg más salvaje, como cuando la prostituta para limpiarse la mano lanza el semen al agua del canal (en realidad tal como filma la escena lo lanza a nuestra cara).

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La violencia aparece en el film de forma constante, pero siempre sugerida. La sutileza y de nuevo el gusto por el detallismo impregna la película de un aire amenazador. Así, la tensión que se respira en las reuniones familiares alrededor de la mesa, el chirrido involuntario que produce el cuchillo sobre el plato, las burlas intimidatorias de las prostitutas, o el trato carcelario de la dueña de la residencia son ejemplos de la creación de un ambiente agresivo y malsano.

También la violencia directa es seca e incluso poco gore para los estándares habituales, y la muerte de la madre de un palazo en la cabeza es resuelta en un fuera de campo, y sólo la vemos salir tambaleando con la cabeza ensangrentada.

Los objetos cobran especial relevancia para transmitir desasosiego, como un simple destornillador o un martillo, la espita del gas y, de forma destacada,  la presencia de un cristal en manos de Spider, la manera como lo esconde en su manga y lo acaricia y cómo lo pasa muy lentamente por la muñeca, anticipándonos la carne rasgada y la sangre a borbotones, y aunque esto no llegue a ocurrir realmente nos crea el mismo malestar que si lo hubiéramos visto.

Hemos de destacar la labor de los intérpretes, fundamentalmente del actor británico Ralph Fiennes, que realiza una magnífica interpretación de un enfermo esquizofrénico; y aunque pienso que muchos de los elementos de su interpretación estarían ya definidos en el guión de McGrath o en la puesta en escena de Cronenberg, parece evidente que el margen de libertad con que contó el actor fue alto. Así, las posturas, la manera de murmurar, las miradas torvas, la forma de coger el cigarrillo, indican un grado de composición muy complejo, evitando caer en todo momento en la sobreactuación y haciéndonos creíble el personaje.

Resulta igualmente interesante la interpretación en el doble papel de Miranda Richardson, quizá más plana en su papel de prostituta pero muy llena de matices y doble sentido cuando interpreta a la angelical madre. Gabriel Byrne está impecable en la composición del repulsivo padre, transmitiendo la agresividad sobre todo en base a su mera presencia y a la fuerza de sus miradas, sugiriendo la idea de un fiero animal encerrado entre las paredes de un matrimonio convencional y falto de pasión.

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La magnífica fotografía en tonos ocres y grisáceos de Peter Suschitzky, unida a la excelente dirección artística de Arv Grewal, crean una atmosfera de pesadilla: las calles húmedas y vacías, los inmuebles con las ventanas tapiadas, la residencia lóbrega de paredes desconchadas, la recurrente fábrica de gas, como un icono hipnótico que recuerda las fotografías industriales de David Lynch.

A esto se une la ambientación de la Gran Bretaña de los 50, reflejando toda la miseria de esos años de posguerra, quedando los pubs como el único lugar para olvidar la realidad, con el recurso al alcohol y al sexo fácil; viendo las escenas del pub no puedes dejar de pensar en algunos títulos de free cinema británico que también supieron resaltar la miseria moral y económica de aquellos años, como Un lugar en la cumbre —Jack Clayton, 1959—  o Sábado noche, domingo mañana —Karel Reisz, 1960—.

Aunque resultó un fracaso económico (esto no era algo difícil de presagiar), estamos ante una película de madurez de David Cronenberg, difícil y poco gratificante, y a pesar de todo coherente en la carrera de este apasionante director.

Es un film que podríamos encuadrar en ese grupo de películas extrañas, desconcertantes, como El coleccionista —William Wyler, 1965—, El seductor —Don Siegel, 1970— o Una historia verdadera —David Lynch. 1999—, trabajos que se consideraron raros dentro de la trayectoria de sus creadores, pero en los que probablemente estos pusieron todo su corazón y con seguridad sus más oscuros deseos.

Escribe Miguel Angel Císcar   

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