La violenta madurez de David Cronenberg

  21 Diciembre 2011
Una historia de violencia y Promesas del Este 

promesasdeleste01El virus y la enfermedad, la fusión entre carne y materia inorgánica, las metamorfosis físicas reproducidas a su vez en forma de alteraciones psicológicas, los personajes aislados y alienados que buscan recuperar su identidad por medio de la transformación, la inestable línea que separa la realidad de la alucinación y la subjetividad de lo aparentemente objetivo... (1).

Estos son los temas más representativos de un director, considerado uno de los mayores exponentes del “cine de la nueva carne”, cuyo repertorio formal estuvo compuesto en sus inicios por los efectos especiales más impactantes y revulsivos (signo de su constante obsesión por la unión entre lo orgánico y la materia) y cuyos personajes, de psicologías complejas, interactúan en atmósferas malsanas y practican extraños comportamientos sexuales, enfermizos e iconoclastas.

Sus primeros trabajos lo llevaron a ser conocido como el “rey del horror venéreo” o el “barón de la sangre”. Desde el inicio de su carrera, sus películas han sido criticadas por su representación explícita del sexo, la sangre y la violencia. El director es conocido sobre todo por la imaginería visceral de sus obras: no tenemos más que recordar momentos tan impactantes como la explosión de la cabeza en Scanners (1981) o al personaje de Geena Davis dando a luz a un enorme gusano en La mosca (The Fly, 1986). El cineasta nunca ha rehuido lo horripilante. Todo lo contrario.

Aunque el mayor éxito comercial de la carrera de David Cronenberg todavía se debe a su filme de terror La mosca, ha sido su reciente mirada al cine de gangsters lo que lo ha situado de nuevo en la lista de los cineastas comerciales. Las notables recaudaciones de Una historia de violencia (A History of Violence, 2005) hicieron que los grandes hombres de Hollywood, quienes lo rehuían desde Spider (2002), volvieran a llamar a su puerta. El éxito de Promesas del Este (Eastern Promises, 2007), que ha recibido el Premio del Público en el Festival Internacional de Toronto (ciudad que le vio nacer y crecer y en la que todavía reside), parece fortalecer su posición.

¿Estará el director canadiense dispuesto a venderse a Hollywood? No creemos que vaya a ser así. Sabemos, por ejemplo, que durante un tiempo contempló la (sumamente lucrativa) dirección de la segunda parte de Instinto básico. Según el cineasta, el guión original era muy bueno, interesante, complejo, oscuro y perverso. Por eso nunca llegó a ver la luz y Cronenberg se desligó del proyecto. En estos momentos prefiere dedicarse a preparar una versión operística de La mosca que será próximamente estrenada en París.

Únicamente en estos últimos años, tras cuatro décadas de profesión, el cineasta canadiense ha logrado finalmente el reconocimiento de la crítica. Se ha dicho a menudo que el director dio un giro a su carrera con Una historia de violencia, donde logró el favor de la crítica y llegar a un público más amplio con una estructura genérica más convencional, y que ha continuado este estilo con Promesas del este. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Tanto ha cambiado el cine de Cronenberg? ¿Son sus dos últimas películas realmente tan diferentes al resto de su filmografía?

No creemos que esto sea así.

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Si bien Promesas del este parece confirmar un nuevo episodio en la carrera de Cronenberg, iniciado con Una historia de violencia, el propio cineasta sostiene que estas películas no son diferentes a sus previos trabajos: “Siempre me he ocupado de grupos transgresores, así que, en ese sentido, no es inusual para mí, ya que estoy interesado en personajes marginales fuera de la sociedad” (2). El director remarca que cada cultura que ha llegado a Londres ha creado una versión herméticamente cerrada de su propio país.

Efectivamente, tanto Una historia de violencia como Promesas del Este vuelven a plantear cuestiones relativas a la identidad, tema fundamental que aparece en muchos de sus filmes (desde Videodrome —1983— y La mosca hasta InseparablesDead Ringers, 1988— o M. Butterfly —1993—). Si bien ambas películas resultan mucho más accesibles al gran público que algunas de sus obras anteriores, como veremos, Cronenberg no ha cesado por un momento de adentrarse en los misterios del alma humana.

El cineasta considera su trabajo como una exploración filosófica sobre la naturaleza del ser humano y de la sociedad. Se confiesa un ateo y existencialista que “utiliza el medio cinematográfico como una forma de exploración de mí mismo y de mis sentimientos acerca de un montón de cosas. Intento entender qué es la condición humana. Intento comprender qué soy y después espero que la audiencia se implique en eso, que se interese y que también quiera hacerlo conmigo”.

Aunque este es un credo artístico bastante habitual, pocos cineastas han expresado su necesidad de autoexploración de un modo tan extremo. Muchas de sus películas son respuestas a circunstancias concretas en su vida o una metáfora de la lucha de un autor que se sitúa fuera del cine para el gran público. Las confrontaciones de Cronenberg con su ex esposa, que se había integrado en una secta religiosa, por la custodia de su hija fueron los elementos seminales de Cromosoma 3 (The Brood, 1979), mientras El almuerzo desnudo (The Naked Lunch, 1991) fusiona elementos biográficos tanto de Burroughs como de sí mismo. eXistenZ (1999), sobre una diseñadora de videojuegos amenazada, se inspira en la experiencia de Salman Rushdie tras publicar Los versos satánicos, pero también puede verse como una reacción a su última película, la muy censurada Crash (1996), que llegó a ser prohibida en países como Inglaterra.

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Cronenberg, junto con realizadores unidos a él en su reflexión sobre la otredad como Tim Burton o David Lynch, es uno de los escasos creadores con voz propia que sobreviven en la industria norteamericana. Estos tres autores parecen concebir el cine como un medio para investigar su propio mundo interior, con todas sus ambigüedades y contradicciones. La oportunidad de emplear el cine como psicoanálisis convierte sus películas en obras únicas que pueden ser más o menos perturbadoras, pero que siempre se distinguen claramente entre los productos de una industria cada vez más uniforme y carente de originalidad.

David Cronenberg nació en 1943 en el seno de una familia de origen judío lituano que vivía rodeada de libros y música. Su padre, quien más tarde se convertiría en periodista, era propietario de una librería y su madre era pianista. En este periodo dos hechos marcarán su vida y su obra: la sensación de aislamiento, de ser un outsider en la sociedad que le rodea, y la intromisión de la enfermedad. Su padre contrajo una extraña enfermedad degenerativa que lo condenó a una cama donde su cuerpo se fue deteriorando sin remedio hasta su muerte. Este aspecto es claramente identificable en su cine y en el hecho de que tantos de sus personajes sufran un proceso de autodestrucción, bien sea física, mental, o ambas.

Además de su interés por la música y los automóviles, sintió desde muy joven una afición especial por la literatura. Tras una época de fascinación por el género fantástico, descubrió a los que serán sus escritores favoritos: William S. Burroughs y Vladimir Nabokov. Su otra gran pasión es la ciencia, especialmente la biología y la entomología (parte de la zoología que trata de los insectos). Podemos ver una imagen del niño que fue, precoz, con gafas e interesado en la ciencia en Inseparables. En su cine estará protagonizado por múltiples científicos (los mad scientist de las películas de terror) que investigan sin ningún control institucional o moral.

Cronenberg se matriculó en ciencias en la Universidad de Toronto, pero al año siguiente, tras comprobar que pasaba más tiempo en el campus de arte, se decidió por los estudios de literatura inglesa, donde estableció contacto con un ambiente mucho más intelectual e inquieto. Allí descubrió el cine como un nuevo medio de expresión.

Su carrera, una de las más inclasificables, insólitas, coherentes, personales y arriesgadas del cine contemporáneo, le ha convertido en uno de los escasos directores que ha conseguido mantener unas constantes temáticas y formales sin renunciar por ello a una ininterrumpida evolución estilística.

Retomemos ahora sus dos últimas obras.

Una historia de violencia

unahistoriadeviolencia01En Una historia de violencia, Josh Olson adaptó libremente la novela gráfica de John Wagner y Vince Locke. Los elementos clásicos del guión, sobre una pareja con dos hijos que intentan llevar una vida honesta y las dificultades que encuentran para hacerlo, sedujeron de inmediato al cineasta.

La película está protagonizada por Tom Stall (Viggo Mortensen), quien lleva una vida feliz y tranquila con su familia en una pequeña localidad ficticia del centro de Estados Unidos. Su idílica existencia se ve destrozada cuando, para salvar a sus clientes, empleados y amigos, Tom mata con sorprendente destreza a los dos criminales que pretendían asaltar su cafetería. De repente, se encuentra convertido en reluctante héroe y centro de atención de los medios de comunicación. Su intento de recuperar la normalidad queda truncado por la aparición de un misterioso hombre (Ed Harris), quien se empeña en afirmar que Tom no es Tom, sino alguien muy diferente con quien tiene una cuenta pendiente.

La película comienza con una secuencia rodada con fría asepsia. Dos hombres se disponen a abandonar, sin ninguna prisa, el motel donde se han alojado. Uno de ellos ha olvidado algo y, al regresar al interior del establecimiento, descubrimos la matanza de la que es responsable y que todavía no ha terminado.

De esta escena de brutalidad inconmensurable pasamos a la bucólica localidad de Indiana donde Tom, su mujer abogada (Maria Bello), su hijo adolescente y su hija pequeña son la imagen perfecta de la feliz familia americana. Tom dice: “Soy el hijo de puta más afortunado que existe”, a lo que su mujer responde: “Eres el mejor hombre que conozco. La suerte no tiene nada que ver”.

Más adelante tendremos oportunidad de reflexionar sobre la ironía de este diálogo. Ahora, estamos seguros, esta escena a lo Capra donde Viggo Mortessen interpreta, como antes hiciera James Stewart, al tipo simpático que le cae bien a todo el mundo, no va a tardar en verse perturbada.

Esta película puede ser vista como un mero drama psicológico, entretenido y cargado de tensión, de ahí su éxito en las taquillas. Sin embargo, trascendiendo las convenciones genéricas, encontramos una serie de complejas cuestiones acerca de la naturaleza de la violencia, la identidad, el heroísmo, la redención, el perdón y una subversiva crítica al sueño americano.

En primer lugar, no debemos olvidar que el director es, en esencia, canadiense. Esto le permite cuestionar la sociedad estadounidense como sólo un extranjero puede hacerlo. Hace años Fritz Lang, Ernst Lubitsch y Billy Wilder produjeron un cuerpo de películas que discrepaban del idealismo liberal de Hollywood y supusieron un importante reto al conservadurismo moral de la industria y a las restricciones de la censura del código Hays.

Al igual que los cineastas europeos que llegaron a Hollywood huyendo del nazismo, Cronenberg está más capacitado para captar y criticar la auténtica realidad del país. Entre estas realidades se encuentra la omnipresencia de la violencia.

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El título tiene, según el propio cineasta, tres niveles: en primer lugar hace referencia a un sospechoso con un largo historial de violencia; en segundo lugar, al empleo histórico de la violencia como método de resolver disputas; y, finalmente, a la violencia innata de la evolución darwiniana, según la cual los organismos mejor adaptados reemplazan a los más débiles.

Para Cronenberg, seguidor de la teoría de Darwin acerca de la supervivencia de los más fuertes, la violencia forma parte inherente de la condición humana. Es como un virus que se encuentra latente en nuestro interior, aguardando las condiciones adecuadas para salir a la luz. Un virus que, una vez activado, genera una reacción en cadena imposible de frenar. La violencia se trata, pues, como una enfermedad infecciosa que afecta a todo lo que toca. El director nos muestra los brutales, devastadores y corrosivos efectos de la violencia en nuestras vidas.

En muchas de sus películas hemos visto que sus personajes manifiestan físicamente sus obsesiones, temores y perversiones. Aquí, los intensos conflictos emocionales de los protagonistas se traducen en una violencia que parece, además, justificada.

Como volveremos a ver en Promesas del Este, la violencia retratada por el cineasta es auténtica y brutal. No nos ahorra en absoluto imágenes muy duras donde se muestran en primer plano las consecuencias físicas de la violencia: una mandíbula destrozada por una bala, dedos amputados, una (o varias) gargantas cercenadas… la violencia se presenta tal y como es en la vida real, con toda su fealdad, crudeza y sordidez. Nada que ver con elaboradas, estilizadas secuencias de sofisticada coreografía que tenemos en otras películas.

Esta violencia conlleva, no lo olvidemos, profundas consecuencias psicológicas. Una vez se pone en marcha, las relaciones entre los miembros de la familia Stall nunca volverán a ser las mismas. Afecta irremediablemente a las relaciones de Tom con su esposa Edie, quien de repente no sabe con quién se ha casado y no puede evitar preguntarse: ¿Es posible llegar a conocer de verdad a otra persona?

Otras cuestiones como la confianza traicionada y el perdón empañan su relación. La interacción de Tom con sus hijos también se verá afectada. Esto es especialmente palpable en Jack (Ashton Holmes), su hijo adolescente. No olvidemos que la evolución de las especies se produce por selección natural de los individuos y se perpetúa por la herencia. Jack, como descubriremos, ha heredado lo que ni siquiera sospechaba que su padre poseía.

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Cronenberg, como en otras tantas de sus obras, muestra que es consciente del efecto estimulante que la violencia ejerce sobre los personajes y nosotros los espectadores. Hay algo innegablemente excitante en las acciones de Tom. Éstas incitan a su hijo a enfrentarse al matón del colegio y también inspirarán unas intensas sesiones de sexo duro con su mujer. Sin embargo, estas acciones tienen un regusto amargo. Hay algo en la violencia que mata el alma humana.

La dualidad psicológica ha estado siempre muy presente en las películas del director canadiense. Recordemos a Christopher Walken en La zona muerta (The dead zone, 1983), a Jeff Goldblum en La mosca, a Jeremy Irons en Inseparables, a John Lone en M. Butterfly, a Jennifer Jason Leigh y a Jude Law en eXistenZ, a Ralph Fiennes en Spider… En sus dos últimas películas es el turno de Viggo Mortensen, quien interpreta de modo impecable a un héroe sumamente ambiguo, un tipo bueno que hace cosas malas.

Tom, el brutal asesino, y Tom, el honrado padre de familia, son la misma persona. Ha pasado los últimos veinte años creando una nueva identidad, una nueva vida. Por desgracia para él y su familia, su inesperada y no solicitada elevación a la condición de héroe por el circo mediático hace añicos esta ilusión. Debe entonces enfrentarse a su pasado y regresar a Filadelfia, donde lo aguarda el misterioso personaje interpretado por William Hurt.

La dualidad de la naturaleza humana y de la sociedad, la fina línea que separa la realidad y la fantasía, el bien y el mal, da lugar a otra serie de inquietantes y complejas cuestiones: ¿Quién es el Tom real? ¿Cuál es la vida real? Y, sobre todo: ¿Es posible cambiar lo que eres?

Cronenberg no proporciona una respuesta fácil a todas estas incómodas preguntas. No es un director que nos deje con la sonrisa del final feliz. Prefiere que seamos los espectadores los que saquemos nuestras propias conclusiones y por eso nos presenta un final ambiguo, agridulce. Justo como la vida misma.

Promesas del Este

promesasdeleste02Consciente de que la inclusión del término “violencia” en el título había disuadido a muchos espectadores, Cronenberg decidió mantener el poco comprometedor título de Promesas del Este en su nueva película, a pesar de opinar que suena a nombre de colonia barata.

Aquí el director se propone llegar al corazón del alma rusa en una historia donde nadie es lo que parece.

Esta película ha sido el resultado de la colaboración del realizador canadiense con un guionista británico, productores y equipo procedentes de ambos países y de Estados Unidos, y un reparto igualmente internacional que encontró todo un reto hablar inglés con acento ruso.

El primer guión cinematográfico de Steve Knight que vio la luz, Negocios ocultos (Dirty Pretty Things, Stephen Frears, 2002) ya mostraba su interés por las historias de ese otro Londres, el Londres de los inmigrantes, desconocido para mucha gente. Aquí vuelve a contemplar cómo los sueños de algunos inmigrantes acaban convertidos en pesadillas.

El guión de lo que en principio iban a ser dos programas acerca del tráfico de seres humanos controlado por europeos del Este de una hora para televisión encontró su camino hasta BBC Films, donde pensaron que podría ser un buen producto cinematográfico.

El tráfico sexual es una auténtica industria en el Reino Unido que está sobre todo en manos de delincuentes procedentes de Europa del Este. El guionista dice haber suavizado la brutalidad de la realidad que encontró. La esclavitud existe en barrios absolutamente normales; no se ve, pero está ahí. La policía se enfrenta a grandes dificultades para penetrar en esos submundos que tienen su propia policía e intentan pasar desapercibidos fuera de su ambiente.

La película se inicia con dos hechos aparentemente aislados en vísperas de la Navidad: una garganta cercenada en una barbería y una niña de catorce años que se derrumba en una farmacia entre un charco de sangre. Anna (Naomi Watts), la comadrona que atiende a la adolescente embarazada, queda muy afectada por su muerte.

Empeñada en encontrar a la familia del bebé, sigue la única pista que tiene, una tarjeta encontrada en el diario de la joven, que la lleva a un lujoso restaurante ruso. El propietario es el encantador Semyon (Armin Mueller-Stahl), quien promete ayudarla. Anna también conoce al inestable hijo de Semyon, Kirill (Vincent Cassel) y al lacónico y misterioso chófer de la familia Nikolai (Viggo Mortensen), quien también le ofrece su consejo y ayuda, aunque por motivos muy diferentes a los de Semyon.

Anna ha vuelto a vivir con su madre viuda (Sinéad Cusack) tras una dolorosa ruptura sentimental y la pérdida de su bebé. Allí les visita su tío ruso, Stepan (interpretado por el director polaco Jerzy Skolimowski), desagradable, irascible y aficionado a la bebida. Stepan traduce parte del diario y le advierte a Anna que se mantenga alejada, pero ella no está dispuesta a hacerlo a pesar del peligro que supone continuar indagando en los secretos de la mafia rusa.

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La organización mafiosa que vemos en Promesas del Este, Vory V. Zakone, existe en la realidad y una de sus reglas es no trabajar jamás y no hacer dinero de un modo legítimo. Esta hermandad criminal y el código que la rige nació en los años treinta, cuando Stalin purgó el partido bolchevique de “enemigos del pueblo” y los mandó a los campos de trabajo en Siberia. Con la caída de la Unión Soviética, los Vory se hicieron más poderosos y se extendieron por otros países, sobre todo en Europa occidental y Estados Unidos. Al igual que hace 70 años, sus miembros son mayoritariamente reclutados en las cárceles. Allí los tatuajes son una carta de presentación que explican qué tipo de delincuente se es, los años de cárcel, la orientación sexual, etc. Sin tatuajes, como dicen en la película, no existes.

El guionista basó el personaje de Semyon en el dueño de un restaurante de Nueva York, mientras el personaje de Anna representa a una londinense normal que descubre casualmente un mundo desconocido. Estos dos mundos sólo se ponen accidentalmente en contacto a través de la adolescente esclavizada por Semyon, Tatiana, quien había llegado a Londres desde su pueblecito ruso con la promesa de convertirse en cantante.

Armin Mueller-Stahl, quien tuvo que hablar inglés con acento ruso, lo que no es nada fácil para un alemán, resulta perfecto en su papel de un padrino mafioso que puede ser inmensamente tierno y horriblemente duro a la vez. Su afabilidad oculta su monstruosa naturaleza, un hombre despiadado y brutal que se mueve entre seres como él mismo.

El actor francés Vincent Cassel interpreta al temperamental Kirill, alguien con demasiado poder, poca cabeza y mucha inseguridad, una mezcla peligrosa. En contraste con Nikolai, Kirill es apasionado y emocional. Es un borracho y un homosexual reprimido que puede ser muy violento y muy cariñoso. Cassel transmite a la perfección el caos interno del personaje, quien pasa de chulo a niño atemorizado por un padre autoritario en cuestión de segundos.

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Nikolai es un hombre de pocas palabras que deja que sus tatuajes hablan por él y nos cuenten la historia de su vida, su pasado como ladrón, su paso por la cárcel, su lealtad hacia Kirill, Semyon y los Vory V Zakone. Sin embargo, a pesar de que insiste en varias ocasiones en no ser más que el chófer, pronto sospechamos que tras su pulcra fachada se esconde mucho más que eso. Hombre de muchos secretos, extremadamente preciso, controlado y prudente, sabemos que es un delincuente, pero también podemos ver que tiene un lado tierno, que es fuerte y delicado a la vez.

Viggo Mortensen, siempre preocupado por los detalles y la verosimilitud, dedicó seis meses a preparar el papel. Se documentó acerca del tráfico sexual y de las bandas criminales, se trasladó a Rusia y se sumergió en su cultura. También aprendió a hablar ruso y aportó a la película su conocimiento sobre los tatuajes.

El actor leyó, entre otros, el libro de Alix Lambert acerca de los tatuajes de los miembros de bandas en Rusia, además de ver el documental que rodó sobre ese tema, The Mark of Cain (2000). También fue idea suya la escena en que su personaje le da a una prostituta un pequeño icono religioso junto con dinero y un consejo. Esto muestra que los años de comunismo ateo y la destrucción de iglesias no ha erradicado la religión. Nikolai, según Mortensen, mantiene su fe religiosa y cree que la prostituta también lo hace, por lo que este gesto está destinado a ayudarla a salir de la miseria en la que se encuentra.

En una película que trata sobre la identidad y el lenguaje, el lenguaje de los tatuajes es importante. Algunos de ellos muestran frases con significados ambivalentes y otros símbolos. Uno de los tatuajes que exhibe Nikolai significa “norte”, lo que significa no sólo “norte”, sino “supremacía blanca”, rusos del norte por oposición a los del sur.

Se trata de un sistema complejo donde algunos de los símbolos parecen ser una cosa pero significan otra. Algunos parecen ser religiosos pero no tienen nada que ver con la religión. También cambia su significado dependiendo de la parte del cuerpo donde se encuentren. Algunas frases proceden de poemas o canciones. A veces se les ha dado un giro. En la espalda de Nikolai hay un tatuaje que se puede traducir como “lo importante es permanecer humano”. Parece algo positivo, un modo de recordar cómo ser amable o tener compasión. Sin embargo, para los prisioneros significa ser un hombre, no respetar a nadie, mantener tu dignidad. Cuando Nikolai es aceptado en el seno de los Vory V. Zakone, recibe reclinado sensualmente los últimos signos de su nuevo estatus: las estrellas sobre su corazón y sobre sus rodillas que indican que nunca más tendrá que arrodillarse ante nadie.

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Los colaboradores habituales del cineasta llevaron a cabo una intensa labor de investigación y encontraron una comunidad rusa encantada con la atención y más que dispuesta a colaborar. Carol Spier, la diseñadora de producción, se encargó de plasmar los distintos mundos que coexisten en Londres, desde la vida de clase media de Anna y su trabajo en el hospital, a la casa en las afueras convertida en prostíbulo, hasta lujo del mundo de Semyon y Nikolai.

Como siempre, la paleta de colores es de suma importancia en las películas de Cronenberg. En el mundo de Anna casi no hay colores y todo es muy simple. El resplandor decadente de la familia mafiosa, al contrario, se distingue por sus ricos colores de tonos oscuros.

Hay pocas imágenes emblemáticas de Londres que nos permitan reconocer la ciudad, del mismo modo que tampoco vemos demasiados signos externos de la Navidad, fecha en la que se desarrolla la trama. Estamos acostumbrados a ver un Londres de clase media alta, el de Mayfair y Notting Hill. Aquí, se nos muestra otro Londres, el de los inmigrantes, que es mucho más real en su representación del cosmopolitismo y la multiculturalidad de la gigantesca ciudad.

Si bien es cierto que existe una adinerada comunidad rusa en Londres, la mayoría no vive en los barrios lujosos, sino en zonas menos caras de las afueras, desconocidas para los turistas y algunas francamente peligrosas (lo que llevó al equipo de producción a contar con veinte guardias de seguridad y cuatro policías en lugar de los habituales cuatro guardias de seguridad y un policía).

La diseñadora de vestuario habitual del director, su hermana Denise Cronenberg, estudió numerosas fotos, desde prostitutas a camareros. No tardó en darse cuenta de la predilección de los hombres rusos por los jerséis de cuello alto y las chaquetas de cuero negro. El negro es sinónimo de poder. Mientras Nikolai presenta un aspecto impoluto (e intimidante) vestido de Armani, con guantes y gafas oscuras, Anna no se preocupa por la ropa. Aparte de su uniforme en el hospital, suele llevar vaqueros y una chaqueta plastificada para ir en moto.

Otros colaboradores imprescindibles son el director de fotografía Peter Suschitzky y compositor Howard Shore, cuya labor resulta como siempre magnífica, además del montador Ronald Sanders y el maquillador Stephan Dupuis.

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El mundo de Anna y el mundo de Nikolai no podrían ser más diferentes. Anna ha dado la espalda a su herencia rusa. Conduce la moto de su padre, pero no habla el idioma y come comida rápida. Nada que ver con los festines que prepara Semyon. Anna utiliza el secador para secarse el pelo, mientras Nikolai lo utiliza para descongelar a un cadáver. Aunque Nikolai es esencial para la familia, sigue excluido de celebraciones como fiestas de cumpleaños. Los dos son outsiders. Anna, quien lleva una vida anodina centrada en el trabajo, también se siente tentada por el peligro. Nikolai le da miedo, pero también la atrae.

Para la escena en la que Semyon ofrece un banquete a su familia, la asesora Syvena Rowe, especialista en cocina rusa, se encargó de preparar la comida. El resultado es una escena muy opulenta, casi felliniana, algo inusual en las películas de Cronenberg. El director se demora mostrándonos la riqueza y voluptuosidad de la comida rusa en contraste con la sosa comida basura que consumen Anna y su familia. Los personajes rusos cocinan y se reúnen para comer. Semyon seduce a Anna con un guiso como el que solía cocinar su padre, convirtiéndose así de inmediato en una figura paterna en la que confiar.

Este contraste también se presenta en el modo de vida: los rusos van impecablemente vestidos con ropas caras, viven en casas bien decoradas y conducen coches lujosos, mientras Anna viste ropa vulgar, conduce una moto renqueante y vive en una casa gris y destartalada. En el agridulce epílogo vemos a Anna y a su madre haciéndose cargo del bebé de Tatiana, cocinando y hablándole en ruso. La casa aparece mucho más luminosa y acogedora. Anna, que luce un vestido veraniego y lleva el pelo recogido, sale al jardín con la pequeña para darle su comida mientras disfrutan del sol. Han recuperado su identidad perdida. Mientras tanto, Nikolai, dispuesto a sacrificarlo todo por su trabajo, parece haber llegado adónde quería, a la cima de la organización criminal que pretende desarticular.

De nuevo vemos a seres condenados a la violencia en un mundo desprovisto de glamour. La violencia es una enfermedad que deja marcas visibles en el cuerpo: cuanto más negra es el alma, mayor es el número de tatuajes que recubren el cuerpo. No podemos dejar de preguntarnos si el alma de Nikolai será suficientemente fuerte para resistir la implacable fuerza de sus tatuajes y lo que representan.

Las escenas violentas nos dejan sin aliento: son impactantes, realistas y generalmente breves, mostrando toda su descarnada brutalidad. Como decíamos a propósito de Una historia de violencia, están alejadas por completo de la violencia estilizada de las películas hollywoodienses, donde se nos muestra de modo impresionista, con un montaje tan rápido que no llegamos a ver lo que ocurre. El número de cadáveres es mayor pero el impacto emocional es mucho menor puesto que no hemos invertido en esos personajes.

Una escena emblemática es la de la pelea en el baño turco, donde Nikolai se enfrenta, totalmente desnudo y desarmado, a dos matones. No muchos actores hubieran aceptado hacer algo así, lo que no deja de mostrar el compromiso de Mortensen con la película y con su personaje. No cabe duda de que, con Cronenberg, el actor nos ha proporcionado las dos mejores interpretaciones de su carrera.

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Pesimista, Cronenberg expone de nuevo la monstruosidad de la que es capaz el ser humano. Quien crea que el director ha dejado atrás el género de terror, debería pensarlo dos veces. Los horrores del alma, más que los del cuerpo, son lo que ahora lo ocupan. Tanto Una historia de violencia como Promesas del Este suelen ser clasificadas como thrillers o dramas violentos. El mismo Cronenberg dice que Promesas del Este es “un thriller sobre el crimen organizado donde se mezclan dramas familiares que explotan en una subcultura dentro de una cultura mucho más fuerte”.

Sin embargo, como decíamos, ambas están tratando con el horror, el horror de lo que las personas somos capaces de hacernos las unas a las otras. Si bien el cineasta no está haciendo cine de terror de un modo convencional, se podría decir que sus dos últimos trabajos son películas de terror escondidas bajo la más refinada superficie de un elegante thriller.

Tanto Promesas del Este como Una historia de violencia pueden parecer más sencillas y menos desafiantes que otras de las obras del canadiense. Transcurren por cauces más convencionales y menos inusuales y la estructura lineal del guión, en contraste con las complejas narrativas de otros filmes del director, puede hacer pensar que nos encontramos frente a un trabajo más simple del que nos tiene acostumbrados.

Sin embargo, ya lo hemos visto, con Cronenberg siempre hay un montón de cosas bajo la superficie y esta simplicidad deja traslucir, para aquellos dispuestos a mirar, algo bastante más perturbador. Cuanto más reflexionamos sobre lo que hemos visto, más añadimos a un producto inteligente y complejo donde brillan momentos de humor oscuro e inesperada ternura.

Como ha declarado Viggo Mortensen: “Promesas del este es una continuación lógica de Una historia de violencia; ambas estudian el problema de la identidad, exploran la estructura de la familia tradicional, muestran a personas enfrentándose a situaciones peligrosas y a dilemas morales, y plantean la misma duda: ¿tiene la violencia alguna justificación?”.

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Estas dos películas, pese a lo que pueda parecer a primera vista, no rompen la continuidad estilística y temática del autor. El virus y la enfermedad, así como las indagaciones sobre la identidad han sido, como hemos señalado, algunos de los temas representativos del director. La violencia, en todas sus facetas, es otra constante en su filmografía. Los elementos más gore de su cine se han visto considerablemente atemperados, lo que resulta muy positivo en tanto en cuanto desviaban demasiado a menudo la atención de otros asuntos más importantes en sus películas. No obstante, sexo, la sangre y la violencia continúan estando muy presentes en su filmografía.

El cineasta ha declarado que no está interesado en las historias criminales por sí mismas, ni en los mecanismos de la mafia, sino en la criminalidad y en la gente que vive en un estado de transgresión perpetua. Continúa, como siempre, ocupándose de los personajes marginales fuera de la sociedad.

Nunca ha hecho, ni posiblemente hará, el cine escapista para todos los públicos que tanto abunda en la gran pantalla. Gracias al cielo que todavía existen autores como Cronenberg dispuestos a arriesgarse y a producir obras únicas que nos desafían y nos fuerzan a salir de los terrenos en los que nos sentimos cómodos y seguros.

Escribe Lucía Solaz Frasquet


NOTAS

(1)  Este texto fue originalmente publicado en Sangri-La:
http://shangrilatextosaparte.blogspot.com/2008/01/texturas-la-violenta-madurez-de-david.html

(2)  Citas en James Motram: “Mr. Monster”. The Independent on Sunday, 21 de octubre, 2007, pp. 32-35.

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