Crash (Crash, 1996)

  08 Enero 2012

David Cronenberg y la erótica del morbo 

crash01David Cronenberg (Toronto, 1943) hijo de un periodista y de una pianista, desde su infancia mostró tener inclinación  por seguir los pasos de sus  padres, escribiendo y publicando pequeñas historias y tocando la guitarra.

Más adelante, ya en la universidad, se graduó en literatura y ciencias naturales. Lo que posiblemente derivó en ese interés por la unión entre el cuerpo y la máquina, por las infecciones virales, o por lo que la ciencia puede modificar los cuerpos, fusionarse con ellos, una temática presente en algunas de sus cintas de terror, como sucede en  La mosca (1986) o en Vinieron de dentro de… (1975).

Es con esta última película con la que gana su actual estatus en el cine de terror, siendo uno de los directores más básicos del género. Fue coronado como “rey del horror venéreo”, pues en sus argumentos el sexo está siempre muy presente, incluso puede ser uno de los temas principales, como en Crash (1996, film basado en la novela de J. G. Ballard). Una película muy controvertida en su momento, que fue tachada de pornográfica al tratarse de unos personajes con un comportamiento parafílico, donde abundan los diálogos susurrados o incluso jadeados.

Catherine y James Ballard son un matrimonio que mantiene una relación abierta, comentando entre ellos las aventuras que tienen con sus amantes. Una noche todo cambia cuando James provoca un accidente de coche, matando al pasajero del otro vehículo y dejando malherida a la esposa del difunto, la doctora Helen Remington. Tras el accidente coincidirá con ella en el hospital donde se recuperan, conociendo allí a Vaughan, un amigo de Helen obsesionado con los accidentes automovilísticos y las cicatrices que dejan estos en los cuerpos de las víctimas, de los que obtiene un gran placer sexual.

Es en este mundo turbio donde sexo extremo y morboso se entremezclan, en el cual poco a poco Catherine y James van cayendo como en espiral. Una sensación reforzada por la música metálica y de notas reiterativas de Howard Shore, y por la temática cíclica en la que cada accidente, cada choque conlleva un acto sexual.

En el universo del celuloide los coches, las carreras y la velocidad siempre han ido de la mano del sexo, contiene connotaciones sexuales más o menos evidentes, dependiendo del caso. Pero en esta ocasión estos tres elementos desembocan en el sexo, y cada accidente, cada choque, provoca en los implicados, en ese grupo de personas, un nivel de excitación que no logran de ninguna otra manera.

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Los infectados

Vaughan lidera un grupo de seres marginales que viven como en un mundo aparte, fuera de las normas de la sociedad, inadaptados a causa de sus extremas necesidades sexuales y de ese universo paralelo en el que habitan donde la recreación de accidentes famosos, como el de James Dean, se convierte para ellos en una obra de arte.

Todos están unidos por un nexo común, las profundas cicatrices dejadas por los accidentes automovilísticos  que han sufrido. Unas heridas que van más allá de lo físico, pues también han marcado su ámbito psicológico, llevándolos a un extremo en el que únicamente esas marcas, los accidentes y los coches pueden producir en ellos excitación sexual hasta el punto de terminar con su propia vida, como Colin Seagrave o el propio Vaughan, que en una visión profética tenida por él mismo estrella su coche falleciendo en el acto.

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¿Profecía o sueño?

Las profecías normalmente son reveladas por un oráculo, o un personaje que funciona como tal, revelando el futuro. En otras ocasiones dan acceso a una verdad mucho más profunda, como la que subyace en los sueños. Ambos aspectos están aquí presentes.

Por un lado, el carácter de la película con la luz azul grisácea crea una atmósfera densa y fría, y la temática con sus continuos choques y actos sexuales crea una sensación envolvente como una caída irremediable en espiral hacia otro mundo, como Alicia en el país de las maravillas precipitándose por la madriguera. Recrea un tipo de mundo de ensueño por el que nos adentramos junto a los personajes, caemos con ellos sin llegar a despertar súbitamente.

Y por otro lado, la visión muestra la profunda verdad, nada onírica, de la profecía creada por Vaughan. Al tatuarse en su pecho el volante del coche nos prepara para lo que tiene previsto, suicidarse con su automóvil, fusionarse con él: hombre y máquina.

El suicidio es un tipo de muerte poética, es la única forma que encuentra para lograr ese nivel más álgido que lleva buscando frenéticamente durante todo el film. Aunque nunca más pueda volver a reproducirlo, a pesar de terminar con todo en este acto extremo, es la única solución que halla para satisfacer sus necesidades. Un final, al que posiblemente, se verán predestinados el resto de personajes.

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Cuerpo y metal

La fusión del cuerpo y del metal es un elemento reiterativo en la película, una unión que despierta algo más que interés en estos personajes marginales.

Como la excitación que le produce a James el cuerpo de Gabrielle, quien con todas esas prótesis tiene gran similitud con un androide, una mujer mitad humana mitad máquina.

O la que provoca el propio James en Vaughan cuando se conocen en el hospital con su pierna repleta de hierros.

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Voyeurismo

Otro tema recurrente en la cinta es el balcón de la casa, desde él el matrimonio Ballard observa el mundo, esas autopistas plagadas de coches, desde arriba, de lejos, con unos prismáticos, como el también convaleciente James Stewart en La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954). Es en este pequeño espacio en el que la pareja muestra su cara más amable y ajena al mundo marginal y dañino de Vaughan.

Sin embargo, hay otro tipo de voyeurismo, uno más sexual que sí podríamos considerar dentro de ese comportamiento parafílico tan habitual en estos personajes.

En él no hay lejanía ni prismáticos, sucede en los coches, y es la excitación resultante que obtienen al observar o ser observados en actos sexuales, como cuando James contempla desde el retrovisor la relación que mantienen su esposa y  Vaughan  en el asiento trasero, o a este último con una prostituta.

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Cambio de personalidad

En las películas de Cronenberg es muy común el desdoblamiento de la personalidad de los personajes, que se ven infectados en unos casos por un parásito, como en Vinieron de dentro de…; por un virus, como en Rabia (1977); o como en este caso, por la compañía de otra persona que adentra  a los demás personajes en otro mundo, uno que los “infecta”, unos seres que una vez contagiados hacen uso del sexo o de su sexualidad de forma violenta o desmedida como sucede en Crash.

Un exceso tan nocivo que lleva a la pareja a realizar una colisión entre ellos tan grave como para provocarse la muerte, aunque la intención sea crear cicatrices en el cuerpo de Catherine e infectarla, algo que no logran pese al aparatoso accidente, pero que seguirán intentando con tal de lograr esa máxima excitación que les produce, a pesar de que ello pueda dirigirles a la muerte como a Vaughan.

Un accidente futuro que James nos revela con sus últimas palabras susurradas a su mujer: “Quizás la próxima vez cariño. Quizás la próxima vez”.

Escribe María González

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