El sueño de la maestra (2002)

  24 Octubre 2010

Berlanga (una falla) y la Censura

El sueño de la maestra, de Luis García BerlangaDicen que cuando, en 1952, ¡Bienvenido, Mister Marshall! presentó sus tremendos respetos al mundo, la Censura fue más benevolente con ella de lo que cabía esperar. Parece extraño, si pensamos que probablemente todavía no se haya igualado su mensaje, aquél que no se puede precisar en “crítica”, “sátira” o “comedia”, sino en ese compendio de piedad y saña tan simbiótico que hace de Berlanga su B intachable y que, en 1952, reinventó el cine español, que desde entonces es el que es. Ni más ni menos que el que la comparsa de figurantes castellanos “travestidos” ―dice Kepa Sojo― de andaluces nos legó en legítima herencia al ritmo de Americanos, os recibimos con alegría.

¿Inexplicable el fenómeno de que tal película, tan entera en ese contexto tan borrascoso, viera la luz? Cuentan que tal vez, como ocurría en ocasiones ―más contadas en España, donde la censura nunca se anduvo con demasiados remilgos―, la inteligencia del cine superó la inteligencia política, y que el bombazo podría haber pasado desapercibido en la simpatía de una comedia musical que además complacía exigencias ministeriales promocionando estrellas nacionales como Lolita Sevilla ―la Carmen Vargas que, no, no es un personaje del guión, sino una jovencísima coplera que la producción pretendía cañonear, valga la ironía, hacia América―. 

Sea como fuere, la película llegó a Cannes y de ahí, de la enorme ovación internacional recibida, ya no pudo haber marcha atrás. Oportunamente, el régimen no podía menospreciar un hijo ya tan querido en el exterior, por oveja negra que fuera, y quizás éste argumento nos valga más que la romántica creencia de que, por una vez, la Historia hizo la vista gorda para ver pasar, Ebro arriba y cruzando los Pirineos, una obra maestra.

Lo cierto es que Berlanga ―quitando el triste pulso con el que la Iglesia ganó la autoría de Los jueves, milagro― nunca tuvo verdaderos encontronazos con la Censura. El estilo de su fórmula le hizo irreductible, tanto que los censores temían sus guiones hasta el punto de censurarlos por entero, pero jamás supieron donde y cómo ejecutar los golpes de tijera en las películas que sí vieron la luz. Dicen que, por esta regla de tres, Berlanga habría podido hacer muchas más películas de las que hizo (esos guiones tachados jamás serían realizados), pero, las que hizo, permanecieron intactas. Mostrándonos, como en ¡Bienvenido, Mister Marshall!, lo no mostrable. Un pueblo tan simpático como desgraciado, gobernado por un alcalde chaparro y sordo, pero con la misma capacidad para el discurso megalómano que los grandes jefes de Estado con poderes absolutos. La impiedad de todo lo que quedaba lejos de Villar del Campo ―perdón, del Río― por esa España destruida por la que, después del oro y el moro, Mr. Marshall, literalmente, pasó de largo.

Bienvenido, Mister MarshallTodo esto ―ya no histórico, también lo cinematográfico― sucedió. Y la catarsis de Berlanga llegó incluso a la literalidad de las banderas. Consiguió que imágenes como la de un banderín americano de papel ahogándose en una cuneta acuosa junto a un puñado de confeti sucio crispara algún nervio. No era ni de lejos la imagen más poderosa, pero quizás sí la más gráfica, y por eso temporalmente censurada gracias a la irritación de algún que otro americano presente en el fallo de Cannes que había sido anteriormente investigado por comunismo y, según palabras del propio Berlanga, “acojonado, se puso más papista que el Papa”. Pero no todo quedaba en una imagen expiatoria y la historia del Mr. Marshall berlanguiano y de los censores españoles no quedó del todo resuelta.

La mayor espina de esta relación vuelve en una obra que nace de una anécdota. Quizás por orgullo, el tijeretazo gordo con el que el aparato cultural franquista le tuvo verdaderas ganas al célebre film incurrió, quizás por despecho, allí donde menos se le esperaba. En los sueños. La víspera de la llegada de los americanos, los personajes principales, que por otro lado no son más que representantes de los poderes fácticos que encabezan la pequeña oligarquía del pueblo, sueñan América. Don Cosme, el cura (Luís Pérez de León), tiene pesadillas con el Comité de Actividades Antiamericanas y con el Ku Klux Klan; el Hidalgo Don Luis (Alberto Romea) es merendado por una tribu de salvajes al consumar su conquista de las Indias a bordo de la carabela Purita. Don Pablo, el alcalde (Pepe Isbert), se convierte en el sheriff de todo western, adueñándose del café del pueblo, eventualmente convertido en saloon de can-can, donde por fin puede gozar de una actuación privada de Carmen Vargas cantándole “Aunque esté en Arizona, por flamenco cantaré”.

Sólo un personaje no sueña: la señorita Eloísa (Elvira Quintillá), maestra del pueblo. Originalmente, la joven maestra imaginaba la gozosa seducción de un fornido equipo de jugadores de fútbol americano. Y, suponemos que por cortar por algún sitio, la Censura abandonó su astucia en un tradicionalismo más bien bobalicón y dedujo su dosis de antiespañolismo en la supuesta pornografía de tal escena.

Hoy, cincuenta años después de la gesta y de ésta anécdota en particular, podemos confirmar sospechas y, principalmente, la de que a Berlanga, tal despecho, no gustó nada en absoluto. En 2002 el cineasta estrenaba la que es, a día de hoy, su última obra. El cortometraje El sueño de la maestra, literalmente, Una falla de Luis G. Berlanga inspirada en Bienvenido, Mr. Marshall.

Me atrevería a decir que el desprecio de la Censura más bien hirió al autor de entonces, que siempre tuvo un romance confesado por la figura de esa maestrilla soltera que sufre de soledad y sueña con ser amada. Rescatada en otros filmes, como Calabuch (1956), esta criatura femenina ―quizás único reflejo de mujer real que Berlanga quiso mantener más o menos intacto de fetichismos y ataques del subconsciente entre el séquito de ninfas y gorgonas que pueblan su filmografía― queda como una de las más queridas del director. El sueño de la maestra, 2002, viene a exorcizar un discreto “por ahí no paso” que Berlanga ―que sí tuvo que pasar en su momento― podría haber estado murmurando durante cincuenta años para sus adentros menos reverentes.

El cortometraje es un valiente plano secuencia de doce minutos sin corte alguno

El cortometraje es un valiente plano secuencia de doce minutos sin corte alguno, donde estalla toda la artillería que no podría haber estallado en ese inocente sueño original de vigorosos deportistas seduciendo a Elvira Quintillá.

Un prólogo recuperado de archivos del NO-DO nos muestra un discurso doblado en el que Franco dice aquello de: “Como Caudillo vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar”. Merecida justicia a la otra megalomanía de pega de Pepe Isbert. Tal explicación es un sentido fake, entre fetichista y catárquico, donde se explica que “los Americanos han venido y se han quedado”, dejando por fin el paquete de ayuda prometida. La nueva maestra alecciona a sus alumnos sobre los Estados Unidos (en íntegra fidelidad al film original), como cuna de las películas, de los donuts…. y de la pena de muerte. El corto se convierte en una clase magistral sobre los métodos de ejecución humana.

Y sobre esto Berlanga, como bien avisa al principio, monta una “falla” cuyo ninot central es una sádica y corpulenta Luisa Martín ―nada que ver con la dulce maestra de Elvira Quintillá―, que más bien podría estar inspirada en Pilar Primo de Rivera, y que ilustra sus explicaciones ejecutando a sus prepúberes alumnos por lapidación, garrote vil, silla eléctrica, etc. Desde que abre el primer fotograma, uno de los chavales cuelga de una horca, con la cabeza encapuchada. “No somos nadie, Florentino…”, y así, reo tras reo, va componiéndose el grupo escultórico listo para la cremá.

Berlanga no tiene apuro en jugar con las propias armas del tiempo. Tal vez diciendo que si el sueño de la maestra de Villar del Río fue una fábula de juventud, también lo fueron los americanos que esperábamos medio siglo atrás. La puesta en escena no escatima en detalles gustosos a todo berlanguiano. Medio siglo no pasa sólo por la osamenta y las articulaciones ―y ahí está, para demostrarlo, la proeza algo hitchcockiana del plano secuencia―, sino que, más bien, y ante todo, pasan por la mente, por la obediencia, por el decoro; pasan, sobre todo, por la paciencia y por la necesidad de acatar decisiones ajenas y dar cuentas de nada a nadie.

Berlanga desata todos sus íncubos actuales para añorar la libertad onírica de su querida maestra de entonces

Berlanga desata todos sus íncubos actuales para añorar la libertad onírica de su querida maestra de entonces, y así, vemos un gran mapa de Estados Unidos donde la península de Florida tiene una erección. La elegía sigue con una salchicha que es guillotinada por haber tentado a una niña en cuaresma, con una alumna magrebí que es lapidada por sus compañeros de aula mientras la maestra enhebra un discurso sobre la ignorancia femenina de los años 50 respecto al placer femenino ―concretamente respecto al clítoris, a Berlanga le gusta la concreción anatómica―. Y termina con la poesía de una silla eléctrica decorada con un ábaco infantil, y con un alguacil (nada menos que Santiago Segura) que llega con el invento americano por antonomasia: la nevera eléctrica, llena de esa coca-cola que, superando con creces los efectos de la sosa zarzaparrilla que anunciaba Carmencita Sevilla, enloquece carnalmente a la maestra con su chispa de la vida. Ésta, creyendo haber concebido, pide la purificación con la pena más redentora: la hoguera que quemó entonces a científicos, humanistas y falsos herejes, y que consume ahora la falla berlanguiana: Plantá en la Plaza del Caudillo en 1952, y cremá en 2002, rezan los títulos de crédito.

El Berlanga que vuelve no es el de ¡Bienvenido, Mister Marshall! El sueño de la maestra es a su película original lo que París-Tombuctú (1999) fue a Calabuch (1956). El hombre que la sostiene es el mismo de entonces, pero la mirada es la de hoy, y el magma de la nostalgia también está hecho de medio siglo de acatamientos, irreverencias, éxitos y fracasos. Fetichismos de autor, que van del decorado trompe l’oeil más felliniano a la más ácida revancha, componen un exorcismo entre delirante y sádico-sexual, pero tan a la manera de ése Berlanga que ante todo gozó del cine, con o sin sombras o censuras, que sólo puede arrancarnos un asentimiento cómplice. Es Berlanga, y a tales alturas eso, esa impureza dactilar sobre la lente del objetivo de una moderna steady-cam, es lo único que importa, lo que realmente queremos celebrar con una hoguera de vanidades. Si hay un desafío, bienvenido sea, y a quien sea que vaya dirigido ―si es que existe tal deudor y tal rencor― ya se le estará crispando el mohín por nosotros. Así que sonriamos distendidamente.

Santiago Segura tiene una intervención especial en esta falla de BerlangaEl episodio lo cierra la agraviada y querida Elvira Quintillá (Barcelona, 1928), cuyo personaje fue, sin duda, el peor parado de la decisión de la censura de entonces, prácticamente desapareciendo del elenco principal. Recuperando las imágenes originales, y dando fe de la existencia de ese sueño nunca mostrado, la señorita Eloísa se acaricia los brazos en la cama, quizás todavía recordando los generosos músculos de sus jugadores de rugby y, como descubierta por el intrusismo de ese narrador omnisciente que todo lo veía en la voz de Fernando Rey, se arrebuja bajo las sábanas, desapareciendo de la mirada del voyeur. Una imagen que se nos antoja inocente y dulce, y un bonito contraplano de correspondencia a la mirada de Berlanga, que ya sabemos a quién dedica su última obra: a su sonrojado amor de juventud artística. 

En los títulos finales, una larga lista de nombres cubre el espacio de agradecimientos como si se tratara del cortometraje de un estudiante de cine, porque igual que Berlanga jamás fue un autor al uso, tampoco este corto es una pieza que deje de sorprender. Ahí aparecen todos: el Gran Wyoming, Manuel Alexandre, Concha Velasco… los amigos a los que todos los sufridos principiantes recordamos en las ocasiones en las que, gracias a su ayuda o a su comprensión, nos atrevimos a quemar la falla que se llevó por delante la opinión de tal profesor, o que desmoronó el fallo de tal convocatoria de subvenciones que tampoco nos iba a elevar a artistas, pero que vaya si nos pateó los hígados.

Entre esas líneas de gratitud está el Berlanga que quema la suya con mascletá, con la voz de Luisa Martín y de los niños protagonistas cantando a coro La pena de muerte como Miliki cantaba Mi barba tiene tres pelos. Sólo cabe, de nuevo, sonreír, porque Berlanga ha vuelto a aparecer, y la ocasión confirma una vez más que ¡Bienvenido Mister Marshall! es más potente cada día que pasa por encima de ella, tanto más hoy que entonces; y, que si de algo renegó alguna vez el gran valenciano, fue de la ignorancia no de las gentes de esa España, sino de quienes tomaban desafortunadas decisiones por ellos.

La Censura jamás pudo con Berlanga, y hoy podemos celebrarlo a la vez que cerciorarnos de ello. Probablemente, todavía hoy, cada vez que la gerencia política de turno programa la emisión de ¡Bienvenido, Mister Marshall! en una cadena pública, sin saber cómo ni por qué, a alguien algo se le hiela en alguna parte del cuerpo. Con o sin el sueño de la maestra que no sueña. Ésa es la certeza de la victoria de un autor contra dos pulsos: el de la Censura, y el del tiempo. Sonriamos, de modo definitivo, porque Berlanga sí lo sigue haciendo. Sí sigue soñando.

Ojalá que haya próxima ocasión de compartirlo con el público. Y si no, seguiremos dejándonos actualizar por tan tremendo legado. No se preocupe usted. Y que por muchos años, maestro.

Para ver el corto: http://www.webislam.com/?idv=1636

Escribe Marga Carnicé 

La Censura jamás pudo con Berlanga, y hoy podemos celebrarlo a la vez que cerciorarnos de ello