La vaquilla (1985)

  31 Octubre 2010

Sollozos de España

La vaquillaRefiere Jonathan Glover en su monumental y magnífica obra Humanidad e inhumanidad, una historia moral del siglo XX, numerosos casos de laxitud o incluso abandono de todo ardor guerrero por parte de soldados atrincherados en la batalla de Paschendale, durante la primera guerra mundial. Se dice que los oficiales que visitaban el frente asistían atónitos al espectáculo de sus soldados “intercambiando cigarrillos, aguardiente y chocolate con el enemigo”. El pasmo debió ser colosal cuando se enteraron de que combatientes escoceses hicieron un balón de fútbol, y tras marcar las porterías con sombreros de uno y otro bando, acabaron por jugar un partido que como todo el mundo puede imaginar y haciendo honor a la tradición, acabaron ganando los alemanes. Con todo, la anécdota de la jornada fue el descubrimiento cultural por parte de los teutones de que los escoceses no utilizaban calzoncillos debajo de las tradicionales faldas con las que, también, acudían al frente.

El grado de confraternización fue tal en los largos interludios entre las batallas de la guerra de trincheras, que incluso los “enemigos de ayer” llegaron a celebrar comidas y cenas navideñas los unos en las fortificaciones de los otros, con el grado de relajo que puede suponerse en una tropa de muchachotes casi adolescentes.

La conclusión de Glover viene a ser esperanzadora: la brutalidad de la guerra y la consecuente deshumanización del hombre no puede ser tan efectiva como la natural sociabilidad que lo caracteriza; al cabo del tiempo, del abandono de la propaganda y la incitación a la muerte, de la euforia bestial y la sed de sangre, del cansancio en una palabra, surge la respuesta humana de la empatía y acaba por verse que los enemigos del frente no son sino desconocidos con nuestros mismos temores. Una mínima racionalización, o incluso un total abandono de la misma, nos lleva a concluir que nada debe enfrentarnos por encima de todo aquello que nos une. En ese preciso instante surge el absurdo de la guerra, cuya constatación es el mayor temor al que se enfrentan los estados mayores. La socialización negativa, funesta, ha fracasado; no puede mantenerse una enemistad artificiosa sólo con consignas lejanas que resuenan en la retaguardia y que adolecen de irrealidad en el frente.

Berlanga supo decirlo muy bien, y si tuviéramos la posibilidad de disfrutar de su lucidez en una nueva película, a buen seguro sabría hacérnoslo ver otra vez

La vaquilla, decimonovena realización de Luís García Berlanga, parte de un supuesto sólo en apariencia semejante: el intercambio de cigarrillos y papel en un frente aragonés estancado, más fruto de la molicie que de la falta de enemistad manifiesta, responde sólo a la imperiosa necesidad de matar el rato fumando.

Berlanga, que ha conocido bien la guerra en al menos dos escenarios (el de la confrontación civil al que refiere su película y el del frente ruso de la división azul, junto a su compañero y amigo Luis Ciges) sabe perfectamente que el odio que alimenta el conflicto entre nacionales y republicanos no responde a una animadversión puntual alimentada por los jefes de cada uno de los dos bandos en conflicto… Más bien ha sido el atavismo de esa animadversión lo que ha propiciado el estallido de una guerra que no puede considerarse la única en la historia de España que reúne características similares.

Así pues, lo que Berlanga quiere mostrar es cómo ese intercambio de cigarrillos y papel no responde sino a la necesaria colaboración social de dos facciones que no se soportan, pero que están condenadas a entenderse, dado que comparten un territorio.

Así pues, lo que Berlanga quiere mostrar es cómo ese intercambio de cigarrillos y papel no responde sino a la necesaria colaboración social de dos facciones que no se soportan

Las dos Españas

Berlanga supo decirlo muy bien, y si tuviéramos la posibilidad de disfrutar de su lucidez en una nueva película, a buen seguro sabría hacérnoslo ver otra vez. Dado que en 1985, año en que se estrena la película, hace casi diez años que la dictadura ha pasado a mejor vida, Berlanga no tiene por qué ejercer un papel crítico con la misma. Es más, diríamos que se permite decir todo aquello que la prioridad de la lucha antifranquista retrasó a lo largo de los años de autoritario generalato.

En esta película es inevitable apreciar sus simpatías y sus afinidades, pero tratándose como hemos dicho de una obra de madurez (si tal cosa es posible en el siempre juvenil y gamberro Berlanga) es notorio que no está dispuesto a tomar partido inequívocamente por uno de los dos bandos: lo que Berlanga puede permitirse ahora es decir que ambos han mostrado sobradamente su incapacidad política o su tozudez manifiesta a la hora de confraternizar con el oponente y poner fin a conflictos seculares. Y tal postura se manifestará sobre todo en la conclusión de la película, una sola imagen poética muy alejada del humor negro del filme, pero no por ello exenta de la oscuridad de algunas pinturas negras de Goya. La importancia de tal símbolo requiere un tratamiento específico que debe llegar con las conclusiones.

Nos centraremos por el momento en el tratamiento humorístico de los enfrentamientos entre las dos Españas, genialmente plasmado por Azcona y Berlanga a lo largo de casi dos horas de despropósitos acumulados en el haber de las tradiciones patrias.

Quizá lo primero sobre lo que debiéramos llamar la atención, como simple prefacio anecdótico de cómo ver una película de Berlanga, es esa serie de coletillas “marca de la casa” que podemos encontrar en casi todas sus realizaciones.

Según el mismo Berlanga, “austrohúngaro” es su cliché fetichista, una palabra tan en desuso que muchas veces le resultaba difícil incluirla en el guió

La primera aparece a los pocos minutos, cuando se nos anuncia que durante el baile que amenizará la fiesta se interpretará el pasodoble Suspiros austrohúngaros. Es un guiño muy recurrente, casi banal, pero presente en todos sus filmes, que hace referencia unas veces al famoso imperio, otras a su glorioso ejército y por lo que vemos ahora, a su capacidad inspiradora de composiciones musicales. Según el mismo Berlanga, “austrohúngaro” es su cliché fetichista, una palabra tan en desuso que muchas veces le resultaba difícil incluirla en el guión, pero que no obstante le producía un perverso placer cada vez que conseguía colarla ¿De dónde parte esa obsesión fetichista?

Nada menos que de la que debió ser la segunda colaboración con Juan Antonio Bardem, película que coescribiría con éste y con Miguel Mihura y que sin embargo acabó dirigiendo a solas, puesto que Bardem tuvo ciertas desavenencias con los productores.

Bienvenido Mister Marshall (1953) fue concebida como una película de tintes folclóricos (Lolita Sevilla debía cantar por contrato tres canciones) en la que Berlanga debía mostrar su capacidad para introducir la crítica social sin malograr el contrato firmado o despertar la furia mutiladora de la censura. En aquella España rural y atrasada que sirvió de escenario para su película, le sorprendió el mapamundi de una escuela donde aparecía aún el famosísimo imperio, finiquitado más de treinta años antes. Berlanga decidió incluirlo en un discreto segundo plano como crítica sutil a la miseria imperante en aquellos tiempos, en los que las escuelas apenas podían permitirse sustituir un vetusto mapa.

Así que vista esa sutilidad, lo segundo que cabe reseñar es que sus películas requieren de una especial atención en cuanto a la composición escénica: no debe dejarse de atender a los segundos planos, a los pequeños detalles, a los personajes que deambulan por la pantalla. El espectador atento descubrirá, en el momento de salir de la plaza de toros después del falso ataque republicano, cómo el mismísimo Francisco Franco aparece en escena provocando el estupor de alguno de los personajes principales.    

Pero dejando aparte los detalles menores, aparentemente triviales en el desarrollo de las películas, aunque tan presentes en casi toda su filmografía, lo que La vaquilla propone es un estudio del enfrentamiento civil principalmente desde sus causas (¿por qué hay dos Españas?), y un tanto menos desde sus consecuencias (¿por qué perdió la república?), y de cómo aquellas pueden rastrearse a lo largo de casi toda la historia, quizá incluso hasta nuestros días. El proyecto puede parecer ambicioso y docto, pero es tratado desde la conocida y genial óptica neoesperpéntica del realizador valenciano, lo que lo aleja de toda pretenciosidad ensayística y lo hace más digerible.

En este sentido, si bien es cierto que el recurrente anticlericalismo y su insistente crítica a la infantiloide y esperpéntica nobleza local siguen siendo el filón más suculento del que se nutren los chistes de La vaquilla, no lo es menos que el cúmulo de situaciones absurdas se da sobre todo en el bando republicano, pésimamente comandado y falto de disciplina, tal y como se encarga de recordar constantemente el brigada Castro (Alfredo Landa) y grotescamente representado por un torero cobarde, un cura renegado, un peluquero obsesivo, un cornudo cegado de celos y un hipocondríaco impenitente. Éste último, el brigada Castro, es responsable de alumbrar la maravillosa idea que da contenido a toda la película.

En un elaborado plano secuencia inicial, en el que un recorrido por las trincheras republicanas deja a las claras la penuria de la tropa y las carencias de la intendencia, la propaganda nacional hace saber por megafonía que organizará una fiesta en el pueblo con baile y corrida de toros. El anuncio enfurece al brigada Castro, que teme por la moral de sus tropas y elabora un plan para secuestrar al toro y cocinarlo con patatas. Para ello, habrá de infiltrarse en el bando nacional guiado por un mozo del pueblo pasado a las filas republicanas. El plan entusiasma al teniente (José Sacristán) y decide tomar los mandos de la operación él mismo, con lo que resuelve reclutar, a falta de matarife, a un torero que se encargue de llevar a cabo la parte más delicada de la operación: el sacrificio del toro.

Casi todo el resto de la película, excepto un corto epílogo, discurre ya por zona nacional con los infiltrados como protagonistas, y este paseo de incógnitos sirve a Berlanga para mostrar todo el imaginario tradicional de la derecha española: el nacional catolicismo encarnado en el capellán castrense y en la parroquia local; la colaboración estrecha entre la rancia nobleza y el bando nacional, y por último, la supremacía militar del bando franquista, apoyada precisamente en la comunión con semejantes colaboradores y con una capacidad organizativa y disciplinar muy superior a amateurismo republicano.

En un elaborado plano secuencia inicial, en el que un recorrido por las trincheras republicanas deja a las claras la penuria de la tropa y las carencias de la intendencia

Los centinelas de occidente

De la primera parte de ese imaginario, con respecto a la iglesia católica, los personajes se dibujan desde diversas perspectivas, pero casi todos ellos desde un punto de vista poco amable. Excepto “el cura”, soldado republicano que parece ser un sacristán renegado, todos los demás religiosos aparecen como arribistas y aprovechados de la coyuntura que genera la guerra civil en el bando nacional: la Sagrada Cruzada no fue para ellos sino la excusa para recuperar un buen cupo de poder temporal que ejerciera su total ascendencia sobre el poder espiritual al que se suponía se debían los religiosos.

Sin embargo, en La vaquilla ni tan siquiera se presupone a los curas tan altas expectativas: apenas los mueve el afán de recaudar el cepillo y las dádivas que la nobleza pueda otorgarles en forma de vil metal. Es significativa la escena en que tras la procesión y la misa, el capellán pretende dar una parte de la propina al sacristán rojo y el párroco de la villa le arrebata el billete de las manos, dejándole la calderilla. El único magisterio espiritual que ejercen es el de asaltar el prostíbulo, seguido del intento de prohibir el baile agarrado en la fiesta de nuestra Señora. Como colofón, para dejar clara la adscripción del Altísimo, Valeriano Andrés (el cura del pueblo) se permite bendecir a la aviación nacional mientras sobrevuela la villa.

Con respecto al tratamiento de los grandes de España, la cosa no parece variar mucho: Berlanga viene a mostrar con la socarronería que lo caracteriza, las relaciones de interés que sostenían durante el conflicto aquellos nobles venidos a menos y temerosos de ser despojados de privilegios durante la República, con los nuevos libertadores y guardianes de las esencias patrias. En este sentido, puede apreciarse en La vaquilla una especie de anticipo histórico (que no cinematográfico) de lo que vendría a ser luego su trilogía nacional (La escopeta nacional, 1977; Patrimonio nacional, 1981; y Nacional III, 1982), en la que se denuncian con decreciente grado de ingenio los tejemanejes políticos y económicos de la nobleza de finales de la dictadura.

Con la salvedad de que La vaquilla es una realización posterior a la mencionada trilogía y algunos de aquellos hallazgos son directamente emulados en ésta, puesto que ¿Quién puede llegar a dudar siquiera de la homogeneidad de los marqueses que interpretan Luís Escobar y Adolfo Marsillach respectivamente? Además de una avaricia casi genética, ambos comparten la “desgracia” de haber visto enajenado momentáneamente casi todo su patrimonio en zona republicana (curiosamente, esa es una de las excusas que Luis Escobar presenta en aquella magnífica escena de Patrimonio nacional en la que se presentan en su casa los inspectores de hacienda para cobrar impuestos atrasados), hecho este que mueve al marqués interpretado por Marsillach a solicitar el amparo de las fuerzas nacionales, aún a costa de tener que sufragar con gallinas y corderos la fiesta del pueblo en honor a la Virgen.

Quedará demostrado pues, que los nobles no responden a un criterio ideológico, sino crematístico: lo único que busca el marqués de La vaquilla es recuperar sus tierras y sus privilegios, del mismo modo que su homólogo de Leguineche se autoexilió (a Madrid) en protesta por un derrumbe monárquico que ponía en peligro sus prebendas.

En este contexto de sátira descarnada, Berlanga recurre a un elemento metafórico común para retratar la carga que suponía la nobleza improductiva, parasitaria y egoísta de la España eterna: ambos se conducen bien en silla de ruedas, bien en volandas por los sufridos criados (o en el caso de La vaquilla, por los infiltrados republicanos) debido a la gota, un mal eminentemente noble debido al exceso de ácido úrico que produce la ingesta de carne y marisco, alimento exclusivo de las clases pudientes como es de imaginar.

Como para mostrar la pesadez de semejante lastre en la espalda común de los españoles, Berlanga no deja de hacer ver que su carga se reparte igualmente entre los rojos y los azules: serán los republicanos quienes se ocupen de cargar con él mientras se hacen pasar por fascistas, pero también quienes lo abandonen en medio del campo nacional cuando constaten que su secuestro es más sacrificado que benéfico. Con su pan se lo coman los nacionales, viene a decirnos tal actitud.

Por último, la manifiesta supremacía militar del bando nacional frente al republicano esconde quizá más de una crítica a éste último. Es cierto que los derechistas son catalogados de machistas, misóginos, rancios y tradicionalistas, pero la caracterización general de la tropa y los mandos no es menos amable de la que se dispendia a los desarrapados republicanos. Podría incluso decirse que el tono general es de neutralidad: los personajes de Agustín González y Juanjo Puigcorbé no resultan especialmente mortificados, y aparecen incluso dotados de una inteligencia y perspicacia de la que los republicanos no gozan.

Quizá la intención de Berlanga y Azcona fuera más la de cargar las tintas sobre la muy reiterada indisciplina republicana, sobre la poca devoción que los defensores de la legalidad institucional pusieron en el empeño de restaurar una república desacreditada, pero sobre todo en mostrar cómo la cortedad de miras y la pequeñez de las ambiciones dieron al traste con las esperanzas de ganar una guerra que ni siquiera habían tenido la capacidad de prever.

El desbarajuste republicano de La vaquilla no es sino una traslación al frente de lo que fue un Gobierno dividido, desorientado y faccionado

El desbarajuste republicano de La vaquilla no es sino una traslación al frente de lo que fue un Gobierno dividido, desorientado y faccionado que no supo ponerse de acuerdo y en el que cada cual tiraba para su lado. Si con algo contaba la derecha de entonces era con una cierta unidad, que quizá no fuese esa unidad de destino en lo universal que proclamaba Franco, pero que se bastaba para aglutinar los recursos y las ideas suficientes como para saber qué no querían. El drama republicano, tal y como se pone de manifiesto en la película, fue no tener lo suficientemente claro qué se quería.

Así, Mariano (Guillermo Montesinos) sólo buscaba recuperar a su novia y visitar sus tierras; Castro (Alfredo Landa) subir la moral a las tropas y aguarles la fiesta a los nacionales. El teniente Broseta no es más que un peluquero con ínfulas de héroe militar que busca en el frente el reconocimiento y el mérito que no puede darle su oficio; y Limeño, el supuesto torero, sólo quiere un agasajo y una fama incompatibles con su cobardía, lo cual no es sino una manera de decir que sólo vive de aparentar, como los antiguos pícaros y buscones.

Con semejante panorama, bien aliñado con la reiterada falta de disciplina castrense y lo inadecuado de la formación militar de los republicanos (gloriosa la escena en la que tratan de descifrar el mapa), es más que evidente que no se podía ganar una guerra.

Esa falta de unidad de la izquierda es algo de lo que puede todavía encontrase rastro hoy día, y a buen seguro que debiéramos computar en el haber de La vaquilla el mostrar esa falta de unidad como uno de sus diagnósticos de la actualidad desde la mirada al pasado.

Es cierto, como dijimos antes que las simpatías de Berlanga son manifiestas, pero no lo es menos que sus críticas son generalizadas: para todos hay, porque todos fueron responsables.

Con esto llegamos a término y he aquí al final, donde corresponde, el tratamiento de la metáfora fundamental de la película.

Es cierto, como dijimos antes que las simpatías de Berlanga son manifiestas, pero no lo es menos que sus críticas son generalizadas: para todos hay, porque todos fueron responsables

La fiesta (o el festín) nacional

Toda la plétora de  críticas antes mencionada, tan brillante, tan socarrona y certera, no puede considerarse completa sin la referencia a una pasión conjunta: el toreo.

Las dos Españas comparten esa afición, por lo demás bastante sangrienta, del arte de dominio del hombre sobre la bestia en el que se convierte la lidia. No importa su origen o su extracción social y política: a todos les interesa el dominio, el triunfo sobre la naturaleza salvaje, la exaltación del combate, la gloria del vencedor que al final se queda con los despojos del vencido.

Si somos capaces de trasladar esa metáfora al campo de batalla, obtendremos el sentido profundo de la película, siempre oculto bajo la capa irónica y bufa del estilo berlanguiano, pero gloriosamente preciso.  

Pues bien, aquella afición por la lidia que los dos bandos comparten no es sino la traslación a lo cinematográfico del verdadero afán de dominio sobre la naturaleza, en este caso sobre el territorio en el que ambos conviven y que pretenden acaparar: España, o la piel de toro. La vaquilla, en una palabra, no es sino el símbolo de España vertido en la retórica del toreo. El triunfo sobre la misma no acaba, como muestra la escena final, con la posesión del trofeo, sino con su muerte y corrupción en tierra de nadie, mientras los enemigos de siempre transformados en buitres se reparten sus despojos.

No hay confraternización posible, como en el caso de Paschendale. Aquí los combatientes alimentan odios seculares, pero también cotidianos, como la envidia, el afán de protagonismo, el poder y el dinero. No hay redención para los españoles porque lo que la guerra civil supuso no fue un enfrentamiento fortuito y artificioso pergeñado desde los estados mayores, sino la culminación de un ciclo de desencuentros ancestrales en los que hacía mucho tiempo que cada español había tomado partido.

El desbarajuste republicano de La vaquilla no es sino una traslación al frente de lo que fue un Gobierno dividido, desorientado y faccionado

La guerra civil fue también la excusa para ajustar cuentas con el enemigo, con un enemigo tan cercano como el propio vecino. Tampoco hubo vencedores, porque incluso los que ganaron la guerra sólo obtuvieron los despojos de los vencidos, un pobre botín que fue casi como echar un vistazo a un espejo. Se convirtieron en los herederos de una miserable tierra asolada por la muerte, la pobreza y el hambre. No tuvieron más que una España rota, a costa de vencer a una España roja.

Viendo lo reiterado de los enfrentamientos entre los contendientes eternos, que puede rastrearse hasta la actualidad, aunque gracias al cielo de un modo menos cruento, cabe preguntarse si mientras existan facciones que pretendan acaparar el tarro de las “esencias de la patria”, no habrá paz entre los españoles. Lamentablemente, esa separación está demasiado arraigada en la tradición como para extirparla con buenos propósitos.

Berlanga supo decirlo muy bien, y si tuviéramos la posibilidad de disfrutar de su lucidez en una nueva película, a buen seguro sabría hacérnoslo ver otra vez arrancándonos más de una sonrisa, poniéndonos de nuevo frente al venerable espejo del callejón del gato.

Llegados a este punto, dispuestos a rematar la faena con la suerte suprema sólo nos queda decir: ¡Olé, maestro!

Escribe Ángel Vallejo

Berlanga supo decirlo muy bien, y si tuviéramos la posibilidad de disfrutar de su lucidez en una nueva película, a buen seguro sabría hacérnoslo ver otra vez