EL ÚLTIMO SHOW (de Robert Altman)

  13 Agosto 2009
The last show
Título original: A Prairie Home Companion
País, año: Estados Unidos, 2006
Dirección: Robert Altman
Producción: David Levy, Tony Judge, Joshua Astrachan, Wren Arthur, Robert Altman
Guión: Garrison Keillor
Fotografía: Edward Lachman
Montaje: Jacob Craycroft
Intérpretes: Tommy Lee Jones, Woody Harrelson, Robin Williams, John C. Reilly, Meryl Streep, Kevin Kline, Virginia Madsen, Lily Tomlin, Garrison Keillor, Sue Scott, Tim Russell, Tom Keith
Duración: 105 minutos
Distribuidora:  Manga Films
Página web: 

Homenaje a la radio
Escribe Marcial Moreno

Que no es, sin más, un sentido tributo a un programa de éxito (la emisión comenzó en julio del 74 y sigue aún hoy en antena) lo muestran los cambios que introducen Altman y KeillorEl último show, obra que cierra la filmografía de Robert Altman, es un homenaje al programa radiofónico The Prairie Home Companion, y con él a lo que representó la radio en una época y en un lugar. Ha contado de forma destacada para su realización con la figura de Garrison Keillor, el alma mater de la emisión radiofónica, que fue de quien surgió la idea de hacer la película, además de ser el autor del guión y su propio intérprete en la cinta.

Que no es, sin más, un sentido tributo a un programa de éxito (la emisión comenzó en julio del 74 y sigue aún hoy en antena) lo muestran los cambios que introducen Altman y Keillor. En primer lugar reducen su alcance: pasa de ser un magazín de variedades escuchado en todo el país, incluso en el extranjero, a un pequeño programa de una emisora local del medio oeste, con un carácter casi familiar. Por otra parte, le introducen fecha de caducidad: la película cuenta su última emisión.

Todo ello tiñe de nostalgia el filme. El sentimiento del final, de lo acabado, de lo que se encuentra fuera de su tiempo, es el hilo conductor que lo vertebra. Pero al mismo tiempo esa mirada no es en absoluto ácida, sino enamorada, tanto de los personajes como de la época y de lo que la radio significó en ella.

El sentimiento del final, de lo acabado, de lo que se encuentra fuera de su tiempo, es el hilo conductor que lo vertebra

En este sentido el comienzo es magistral: un poste de radio en mitad del campo sirve como imagen de fondo a los títulos de crédito, al tiempo que vamos oyendo los distintos programas que se suceden a lo largo del día (precios del ganado, recetas de cocina, amenazas religiosas, información deportiva...), hasta que finalmente cae la noche... y comienza el espectáculo.

Se trata pues de contar la vida, la cotidiana, la de todos los días, y hacerlo a partir de una emisión radiofónica. O, dicho de otro modo, de mostrar cómo la radio puede contener el pulso vital de toda una comunidad. Sin hacer de ello el tema central de su película, Clint Eastwood también mostró de manera magistral, con tan sólo dos pinceladas, el papel de la radio como expresión de la vida. Lo hizo en Los puentes de Madison, curiosamente protagonizada por una Meryl Streep muy próxima a la que aquí nos encontramos.

El testimonio cinematográfico de Robert AltmanTras ese arranque, y tras ceder la voz narradora a Guy Noir, un detective venido a menos de inequívocas resonancias chandlerianas, ocupado ahora de la seguridad del programa, nos adentramos en el teatro donde asistiremos a la última emisión. Las cartas están sobre la mesa: la noche lluviosa evoca el final, pero al mismo tiempo la voz en off nos ha advertido de lo anacrónico de este tipo de programas. Lo que se necesita ahora son los aparcamientos, lugares donde proteger los coches que han sustituido a los caballos a los que aún se oye cabalgar dentro del teatro.

Pero no esperemos amargura ni rencor. Al contrario. Si algo caracteriza a este último programa es la alegría de lo bien hecho, la satisfacción del deber cumplido. Como dice Guy Noir al principio, estamos en el Medio Oeste, donde se cree que si se ignoran las malas noticias, éstas no existen. O, como dice el personaje de Meryl Streep en un momento de la película, hay que dar gracias por todo lo que ha pasado y nos ha llevado hasta aquí. En esa gozosa afirmación se resuelve todo el relato. Incluso la muerte física de Chuck y la estética suicida de Lola se viven con el distanciamiento que otorga la alegría fundamental subyacente.

La primera parte de la película es asombrosa. La cámara se pasea por los camerinos y el escenario como ofreciendo un trozo de vidaLa primera parte de la película es asombrosa. La cámara se pasea por los camerinos y el escenario como ofreciendo un trozo de vida. Los diálogos se solapan y las historias se cruzan, y todo ello va construyendo un ambiente seductor y mágico. Como película crepuscular que es, todo está preñado de pasado: los artistas repasan sus recuerdos, las canciones provienen de otras épocas, de las fiestas familiares, de parientes que disfrutaban oyéndolas. Y los camerinos aparecen atiborrados de melancolía, expresada en los innumerables objetos que tejen la historia de cada uno de los personajes.

Estos personajes transmiten una verdad esencial. Algunos han dado el salto de la realidad a la ficción, como el propio Garrison Keillor y algunos secundarios, que intervienen en la película con el mismo papel que desempeñan en el show originario. Otros son plenamente ficticios o adaptaciones con reminiscencias reales, pero unos y otros componen un todo compacto y armónico que funciona con una elegancia admirable.

De entre todos es obligado destacar a Garrison Keillor y a Meryl Streep. El primero posee el oficio de innumerables emisiones radiofónicas que ha sabido transmitir sin pérdida alguna a la película. La mezcla de profesionalidad y frialdad emocional que su personaje contiene origina escenas tan espléndidas como la de la publicidad de cinta adhesiva o aquella en la que Meryl Streep le confiesa que lo suyo duró poco porque sabía que no lloraría cuando terminara, declaración que él acoge con un rictus de incomprensión memorable.

Meryl Streep, está en una madurez inconmensurable

En cuanto a Meryl Streep, está en una madurez inconmensurable. No sólo se nota lo mucho que disfruta en su trabajo (todos en esta película parece que lo hacen), sino que ha llegado a ese punto que parecía reservado a los grandes del cine de antaño, en el que un actor interpreta cualquier personaje sin dejar de ser él mismo. Se transfigura en lo que sea pero dando la impresión de que es el propio actor, actriz en este caso, quien se ha visto arrojado a vivir las situaciones en las que se encuentra. La relación con su hija posee la calidez y la distancia de una madre de verdad; su atisbo de recuerdo amoroso es una mezcla de mujer herida y de cicatrices cauterizadas que resulta ejemplar. Y a los recuerdos de su madre sólo les falta sacar una foto de la cartera para que resulten más reales. Qué poco queda de aquella actriz ñoña de sus comienzos. Qué bien ha madurado esta mujer.

Es una pena que la película se ponga excesivamente simbólica, como es una pena que recurra a personajes como el del ángel, que lo único interesante que aporta son unas cuantas frases de Guy Noir. Por lo demás, la hija ex-suicida devenida broker tiene un regusto excesivo a tesis pedagógica, y malogra un tanto el goce anterior. Mientas se dedica a recrear un determinado ambiente la película es sensacional, pero cuando intenta ir más allá, cuando sustituye la descripción por un pseudoanálisis de lo narrado, su capacidad de fascinación queda seriamente dañada.

Fue la última película de Robert Altman. Murió en noviembre de 2006, pocos meses después de concluirla. Podríamos elaborar metáforas facilotas a partir de este hecho, pero desmerecerían y llevarían a confusión sobre el sentido de la obra. No es una película sobre la muerte, sino sobre la vida, aunque esa vida ya no exista.

Es una pena que la película se ponga excesivamente simbólica, como es una pena que recurra a personajes como el del ángel, que lo único interesante que aporta son unas cuantas frases de Guy Noir