Los trenes del Holocausto

  27 Agosto 2021

Convoy #527620 a 15 metros de la muerte

shoah-0Soy un maquinista común, lo único que deseo es trabajar e irme a mi casa, pero hace un momento, mi rutina viajerilla se ha modificado drásticamente por la mujer que escribe ahora y hace de mí, un personaje parlante obligado a relatar la pesadilla que me persigue por presenciar la esencia del Holocausto; quiere venganza, porque a ella también la alcanzó.

Y aquí estoy, manso ante la pericia de sus dedos, me somete igual que Claude Lanzmann a sus informantes para lograr Shoah, un documental que nació después de cinco años de edición. Judíos y alemanes narran recuerdos que te hacen oler el humo de los hornos, mirar infantes huesudos, contar los cuerpos apilados sobre los que alguna vez estuvieron sentados para intentar descansar.

Si te armas con el valor de un ejército y dispones de diez horas para escuchar a los testigos, sabrás que no miento, que los vagones de mi tren se convirtieron en bunkers, en hoyos mortuorios, baúles de los recuerdos, máquinas del tiempo, ataúdes circulantes, púlpitos del terror, el inicio de la putrefacción y a su vez, en protagonistas, incluso en personajes antagónicos o estructuras en las que apoyarse para hacer un travelling.

Entre muchas otras, conocerás la historia de un peluquero salvado por su oficio, quien tuvo que tragarse la tristeza de ser él mismo quien cortara el cabello de su esposa e hija para después verlas entrar en la cámara de gas.

¿Cómo olvidar el instante de zambullirse en esa garganta negra que acallaba y fundía los gritos desgarrados de mis pasajeros con el silbido de la locomotora y entender que no habría retorno placentero para nadie?... incluyéndome.

¿Cómo olvidar a las mujeres adineradas produciéndose el peinado y el maquillaje mientras esperaban los vagones pensando que iban a un viaje placentero?

Cuento corto, mi ocupación se volvió el laburo del terror y estoy seguro que, si preguntan al resto de mis colegas, lo mismo dirán.

el-tren-de-la-vida-0Afortunadamente, cuando pareciera que no puede contarse la misma historia de otra manera, aparece Radu Mihaileanu, un director rumano que redime estas calamidades con su simpática obra El tren de la vida.

En un par de horas, el autor relata la visión utópica de lo que hubiera sucedido si alguien hubiera advertido a los judíos que el exterminio iba a su encuentro. En este caso, como el nombre lo indica, el tren es la salvación, es entrar en un mundo de color, es la posibilidad de cambiar el rumbo de la locura humana.

A oídos del «lunático» de una pequeña comunidad que vive en medio del bosque, llega el aviso de la persecución alemana, noticia que lo hace ir como pollo sin cabeza ante la presencia del rabino. Se entera que los vagones son el inicio de su desaparición, por lo que después de una larga sesión, es el mismísimo locuaz quien atina a la maravillosa idea de huir dentro de ellos fingiendo estar presos.

Eligen a algunos habitantes que hablan alemán, con un acento extraño, pero alemán a final de cuentas, para fingir durante su travesía ser perros de sangre (soldados alemanes), encargados de transportar a esta pequeña fracción de raza inferior hacia el matadero.  

Las aventuras de este grupo se van sucediendo con picardía hasta que logran escapar. Podría decir que envidio al maquinista del tren de la vida, pero no es así, todo lo anterior fue simplemente una alucinación en la mente del chiflado.  

Para ser sincero, en este momento estoy muy borracho, los perros de sangre me retacan —del vodka de la inhibición— y es que no hay otra manera de sobrevivir a estos trayectos, no hay más remedio que ensordecer a mi mente cómplice y a mi conciencia abrigada con el velo de la omisión.    

Mujer, abandona la escritura e intenta olvidar.

Escribe Andrea Castrejón  

  

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