Esperando al tren

  09 Octubre 2021

El tren como llave de acceso a un mundo

esperando-hombre-tranquilo-000Brigadoon es un poblado perdido en las tierras altas de Escocia. Por un encanto al que se le sometió hace doscientos años, solo vuelve a la vida un día cada siglo. En los mapas su ubicación queda marcada por un espacio vacío, como aquellos que las potencias coloniales se encargaban de ir rellenando en África y Asia a medida que avanzaban en su conquista. En la película homónima (Brigadoon, 1954) dos cazadores extraviados se encuentran de pronto con la aldea el día de su aparición, acuden a ella buscando alimento y acaban marchándose al final de la jornada, cuando sus habitantes regresan al sueño centenario.

No llegan en tren, porque el tiempo de Brigadoon es anterior a la aparición del ferrocarril, pero perfectamente podría ser así en otro momento histórico. Así ha sido de hecho. Un territorio mítico, desconectado para bien o para mal del entorno, en el que el tren representa su puerta de entrada y la vía de escape; un tren que transmite rapidez, lejanía, y casi diríamos que cierto carácter irreversible.

Donde decíamos Brigadoon digamos Innisfree. A esa región irlandesa, en la que se preguntan sus habitantes por qué alguien querrá ir, llega, en el tren que circula con sus tres horas habituales de retraso, Sean Thornton. Podríamos decir que vuelve, porque allí están sus orígenes, pero lo importante no es lo que encuentra, ni el recuerdo de lo que allí vivió, sino lo que deja atrás. El tren es así una cesura, una grieta, casi un abismo, o al menos con esa intención lo toma el protagonista.

Es también la conexión entre dos mundos, y así lo indica el plano en el que el carruaje en el que Thornton es trasladado al poblado se cruza con la locomotora que lo ha traído hasta allí, y que sigue su camino. Sus direcciones divergentes no marcan sólo un destino, sino la cualidad de los lugares a los que se dirigen: la tranquilidad, la tradición, el ritmo pausado de Innisfree frente al a velocidad, la civilización, la violencia incluso, del mundo que Thornton quiere dejar definitivamente atrás. Es también la modernidad de los Estados unidos que aún no ha llegado a las praderas irlandesas. Es, en cierto modo, la nostalgia de John Ford, quien hizo de El hombre tranquilo (The quiet man, 1952) su película quizá más sentida.

Pero del paraíso también se huye, o se pretende, casi siempre en momentos de obnubilación. Los cazadores abandonaban Brigadoon al final del día, aunque la fuerza del amor permitía corregir esa decisión. Y Mary Kate, cegada por las asfixiantes costumbres en las que ha crecido, no puede soportar la humillación y decide irse, recurriendo para ello, claro está, al tren que la alejará de allí. El progreso como vía de escape, no siempre liberadora, del paisaje idílico que Innisfree representa. Que finalmente se quede, que no haya ningún tren que salga del pueblo, es la constatación del triunfo de los valores tradicionales frente al futuro amenazante.

No siempre el tren delimita un territorio mítico, aunque una y otra vez diseña un espacio cerrado en el que acontecen los hechos que las películas nos presentan, escenario identificado a través de sus límites.

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En Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock, 1955) nos encontramos con la cara oscura de los casos anteriores, la sombra, que no deja de ser una representación ajustada del resplandor que cegaba a los habitantes de aquellas míticas aldeas.

También aquí un pequeño pueblo, pero casi abandonado, polvoriento, agresivo, en el que los recién llegados son mirados con recelo, no en vano nadie se apea nunca en su estación por el mero hecho de que el tren, allí, nunca para. El tren por tanto como medio de acceso a lo que permanece aislado, única cuchilla capaz de romper tal aislamiento.

Pero un día se detiene y, de él desciende el señor Mcreedy, y la hostilidad se desata. Los motivos para  este comportamiento están velados, pero a la vez resultan diáfanos: Existe un atroz secreto que tiene que continuar oculto, y el recién llegado es una amenaza para que así siga siendo. De esta manera el tren es una vía de acceso al conocimiento, por cuanto es la puerta que conduce a la derrota del oscurantismo. La Razón (aliada con el progreso) que liberará a los pueblos, la vieja aspiración de los ilustrados.

Cuando todo se resuelva el tren será también el telón que ponga fin a la obra. Las vías ahora no nos alejan de un lugar idílico, sino al contrario: son una válvula de escape. El progreso es, aquí, liberador.

El paréntesis que el tren abre y cierra conduce en ocasiones a una enseñanza vital y a una maduración o toma de decisiones que reconduce la existencia de los protagonistas. Sin la crudeza del villorrio de Conspiración de silencio, la opresión sobre sus habitantes está también presente en el pueblo en el que se desarrolla Picnic (1956).

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Hasta allí llega, en tren, por supuesto, Hal Carter (William Holden) para olvidar su pasado y construirse un futuro más sólido que el que su juventud aventuraba. Intenta valerse para ello de su amistad con Alan Benson, antiguo compañero de universidad e hijo del magnate local. Pero aquello no es precisamente Innisfree. En realidad, de una manera u otra, todos están atrapados. El pueblo actúa como una gigantesca cárcel de la que, quien puede, intenta huir, como Millie, esperando su beca para abandonarlo.

La esperanza por tanto se torna frustración, y la manera de superarla es volver sobre sus pasos. Trata de hacerlo en un primer momento, pero su atracción por Maggie (Kim Novak) hace que el tren que espera le pase desapercibido. El amor, al estilo Brigadoon, le retiene en el pueblo, sólo que aquí no hay nada de idílico, y acabará saliendo igual que llegó, en otro tren. Tras él, en autobús, siguiendo los raíles por los que viaja Carter, Maggie lo persigue para realizar su amor, algo que no es posible hacer en el marco en el que se conocieron. El tren sirve también de pórtico y clausura, en este caso de una experiencia vital que los transforma.

El tren y la civilización

El ámbito en el que mejor se ha desarrollado el protagonismo del transporte ferroviario es el del lejano oeste norteamericano. La razón fundamental es que el tren nace con él, y con él evoluciona. El avance del tren en su afán de conectar la costa este con la oeste es el avance de la civilización, la derrota de un mundo y el surgimiento de otro, con sus luces y sus sombras.

Ante la violencia que rige las relaciones del salvaje oeste, donde se impone siempre la ley del más fuerte, el tren suele ser la herramienta que permite un mundo en el que impere la justicia. La esperanza que los débiles tienen de no ser aplastados continuamente por quienes se sirven de ellos no puede radicar en el orden de cosas que sustenta la opresión, sino que ha de venir de fuera, de un lugar en el que las normas no las dicta el opresor, de un lugar en el que la barbarie le cede su dominio a la civilización.

Y nada mejor que el tren para representar ese nuevo modo de vivir en sociedad: Es el producto del desarrollo tecnológico que los nuevos tiempos siempre traen consigo, y a ese desarrollo va asociada también una evolución moral, con el añadido de la lejanía que marca la distancia con el mundo que ha venido a derrotar. Si las persecuciones son a caballo, nos seguimos moviendo en la lógica del malvado, que es quien más hombres y mejores caballos posee, pero cuando aparece el tren aquél se siente derrotado.

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Esperar al tren por lo tanto es esperar a la justicia. Dos películas son emblemáticas en este planteamiento, El último tren de Gun Hill (Last train from Gun Hill, 1959) y El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma), con su remake de 2007. En ambos casos un justiciero ha de enfrentarse a quienes se oponen a que cumpla su misión, el padre del detenido y medio dueño del pueblo, o la banda de forajidos cuyo jefe ha sido detenido.

Y en ambos casos, sea el sheriff que sufrió el asesinato de su esposa, o sea el anónimo granjero que necesita dinero pero que acaba transcendiendo el interés económico, les harán frente, en una tensa espera hasta que llegue el tren que permita trasladar a los detenidos y con ello hacer justicia.

Dos aspectos hay que mencionar aquí. El primero es que la lógica ha cambiado. No se trata de buscar venganza. Matt Morgan no la busca a pesar de la pérdida de su mujer. Su única intención es llevar a los culpables ante el tribunal que ha de juzgarlos. El tren es el símbolo de esa nueva racionalidad, y si finalmente los detenidos son asesinados, lo serán a manos de sus propios secuaces, víctimas de la lógica en la que viven.

Por otra parte asistimos a la figura del hombre solitario que ha de enfrentarse a la muchedumbre, y que con empeño acaba triunfando sobre ella. La verdad, el orden, resplandecen por encima de la fuerza bruta, y para hacerlo posible se está forjando también aquí la idea del héroe americano hecho a sí mismo que vence a la multitud.

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Pero hay veces en las que el tren no es la salvación, sino el que porta la amenaza. En Sólo ante el peligro (High noon, 1952) es eso lo que ocurre. El sheriff se casa y va a dejar su oficio a cambio de regentar una tienda, pero cuando llega a la estación con su mujer ha de deshacer el camino andado, porque el asesino que mandó a la cárcel vuelve, y el nuevo sheriff no llega hasta el día siguiente. Ante esa situación la llamada del deber le obliga a quedarse.

Casi en tiempo real, y constantemente punteada por planos de relojes que nos van indicando el tiempo que resta para la llegada del tren, la película nos cuenta la tensa espera hasta el momento en el que se produce el enfrentamiento entre la ley y el asesino. Y mientras tanto va mostrando el abandono que el sheriff experimenta por parte de sus vecinos. El sentido de la justicia solo lo posee él (no detiene a los secuaces que le esperan porque la ley no lo permite), mientras que el resto de sus conciudadanos oscilan entre el miedo cómplice y reconfortante y la aceptación de que la prosperidad económica que se vaticina con la llegada del malhechor es preferible a cualquier otra consideración. Los intereses materiales son los que prevalecen.

En algo se parece este filme a los anteriores que hemos comentado. De nuevo el hombre solitario ha de enfrentarse, ataviado únicamente por sus principios, a quienes no persiguen más que su propio beneficio. Pero, por contra el tren no es ahora su salvación, sino su condena. Con el tren llega el mal, el que viene a alterar una comunidad que vivía tranquila hasta ese momento. La civilización no es por lo tanto la que curará la barbarie, sino la que la propiciará. Lo que se pierde no es la violencia, sino todo lo contrario, una vida ordenada en la que los asesinos eran enviados a la cárcel y el honor era la divisa. Ese mundo ahora está en cuestión.

El tren que trae al malo es el mismo que se llevará a Helen Ramírez (Katy Jurado). El orden restablecido es precario y ella ya no se siente partícipe de ese lugar, máxime cuando su antiguo amor, casado ya, también lo abandona.

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La degradación del significado del tren corre pareja a la del propio western. Los viejos hombres de honor que poblaban las historias de John Ford acabarán desapareciendo, y todo se tornará deshonesto y sucio. El género nos ha mostrado ese cambio, y uno de sus mejores exponentes lo encontramos en Hasta que llegó su hora (C’era una volta il west, 1968). La perversión del western y la perversión definitiva del tren.

En esta película, el tren no es un elemento accesorio a la trama, sino que constituye el centro mismo de la acción. Ya la primera escena nos lo indica, con la tensa y dilatada espera en la estación que se resuelve con el asesinato de los emisarios de Frank, y a partir de ahí despliega la estructura entera de la obra.

Después descubriremos que Frank (Henry Fonda, por lo general hombre íntegro en los westerns en los que participó, ahora transformado en malvado) trabaja al servicio de los turbios intereses de la compañía del ferrocarril, representada en ese caso por un lisiado, lo que añade sordidez a la composición. El tren avanza de una manera alocada hacia el oeste, pero en esa carrera no lo acompaña la civilización o el orden, sino que se suma al caos imperante.

Es cierto que la nueva señora McBain (Claudia Cardinale) desciende de él procedente de Nueva Orleans, con reminiscencias a Francia, a Europa, la cuna de la cultura y el glamour, pero a fin de cuentas no se trata más que de una prostituta en busca de un futuro al que agarrarse.

Existe un personaje, Cheyenne (Jason Robards) que representa un poco el mundo anterior —aunque contaminado—, a la llegada del tren. Pero la prueba de que el tren no introduce el orden en el desconcierto la encontramos en el papel que juega cuando Cheyenne es detenido y conducido a la cárcel (a la de Yuma, en clara referencia a la ya citada El tren de las 3:10): La fortaleza que representaba el tren para los detenidos ya no es tal, y el convoy en el que viaja el prisionero es asaltado y este liberado sin más complicaciones. Finalmente, su muerte simbolizará la muerte del viejo oeste.

Cierto es que el avance del ferrocarril es el avance de la civilización, pero esta se encuentra desprovista de los sólidos valores en los que antaño se asentaba, o en los que se confiaba. Sus raíces se revelan ahora tan podridas como el caos que va sembrando a su paso.

El mito del tren ha muerto, aunque siempre podrá ser renovado por la mirada limpia de quien lo descubre por primera vez, como esos niños que acuden una y otra vez a verlo pasar, en este caso el de alta velocidad que circula por Tokio, con destino a lugares soñados e ilusiones todavía no marchitas. Nos lo contó Hirokazu Kore-Eda en Milagro (Kiseki, 2011).

Sí, el tren siempre es la promesa de un milagro.

Escribe Marcial Moreno  

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