El matrimonio, esa jaula

  23 Mayo 2021

La ventana indiscreta y Los pájaros: cazando parejas

matrimonio-0Vivimos tiempos de igualdad. De igualdad total. De ahí que se persiga hasta la extenuación cualquier indicio de desigualdad, de dominio, de acoso… sobre todo si es el macho el que acosa. Lo que sucede en la mayoría de los casos.

Pero como lo nuestro es hablar de cine, planteamos un dilema.

En el monográfico de la revista Encadenados dedicado a la etapa americana de su cine, nos preguntamos: ¿era Hitchcock un acosador?

Depende si hablamos de su vida privada o de su cine. En los platós, al parecer, sí. En sus películas, desde luego, no.

¿Y era un defensor de la libertad?

Seguramente, su fama puede hacer pensar lo contrario: viejo verde, acosador, ladino… y ni se sabe cuántos adjetivos más. Insistimos, en sus rodajes.

Pero… ¿os habéis parado a repensar su cine?

Si lo hacemos, probablemente vamos a sorprendernos. Nada es lo que parece… y menos si nos dejamos llevar por su «fama» en vez de atender a su cine.

¿Se pueden ver sus películas con los mismos ojos que cuando se rodaron hace 40, 50 o 70 años?

Sin duda, para valorar el cine, y cualquier arte en general, hay que tener en cuenta el momento en que se hizo. Aunque algunas películas hayan envejecido en la actualidad, su valor histórico puede estar fuera de toda duda. Y si ignoramos el momento de su realización, para aplicar el pensamiento «políticamente correcto» actual, corremos el peligro de manipular la Historia.

Veamos con calma este último planteamiento.

¿Es lícito reescribir la Historia con el punto de vista actual? ¿Tumbar las estatuas de Colón por ser un invasor? ¿Ignorar la existencia de los Reyes Católicos como unificadores de España? ¿Quemar los negativos de Chaplin o de Carl T. Dreyer por su trato a las actrices con las que trabajaron? ¿Destruir las películas de Leni Riefenstahl porque eran una apología de la ideología nazi?

Si hablamos en esos términos es que, sencillamente, no sabemos cómo enfrentarnos a la Historia. El problema no está en esas películas, sino en nosotros y nuestras orejeras, que no nos permiten ver más allá de nuestras narices.

Pero, en el caso de Hitch, atentos: ni siquiera ese planteamiento es válido.

Porque, visto en 2021… ¡su cine es aún más moderno que cuando se realizó!

¿Temeridad de este cronista o texto escrito bajo los efectos de Baco?

Podrían ser ambos, pero, antes de pronunciarnos, repasemos una idea que recorre su cine: la pareja.

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La pareja de Hitch

Es un chiste fácil. Todos lo sabemos: en el cine, los caballeros las prefieren rubias… pero se casan con las morenas. Howard Hawks y Marilyn Monroe nos lo dejaron muy claro.

Y en la vida real, el alma gemela de Hitch era una morena. Alma Reville. Aunque eso no evitó que las rubias poblaran sus sueños y su cine.

Rubias. Pero no tontas, maltratadas o débiles.

Ellas, permítasenos la expresión, «llevaban los pantalones» en su cine: tomaban las decisiones, elegían a su pareja, dominaban en todo momento la situación.

Y si la pareja no funcionaba, tanto uno como otra podían plantearse abiertamente deshacerse del «paquete». Sin más. Una igualdad absoluta entre hombres y mujeres.

Veamos algunos ejemplos.

Nunca fue fácil amar a alguien en el cine de Hitch: que se lo pregunten al falso señor Kaplan (Cary Grant), enamorado sin saberlo del auténtico Kaplan (Eva Marie Saint) en Con la muerte en los talones. Un film donde ella intenta matarlo varias veces y, como no lo consigue, finalmente… ¡se casa con él!

O que se lo pregunten a la hija del espía condenado (Ingrid Bergman), en Encadenados, obligada a acostarse con el espía Alex Sebastian, el malo de la función, pero enamorada del bueno (¿qué tendrá Cary Grant que las enamora a todas?). Claro, que él no tiene ningún problema en enviarla a una muerte casi segura en manos del traficante de uranio y amigo de los nazis. Algo especialmente bien recibido por su improbable suegra, mamá Sebastian.

¿Y qué decir de Rebeca? La señora Danver, convertida en una «suegra» siempre pendiente de preservar la memoria de su «nuera» original, la primera señora Winter… por más que aquella no fuera una gran dama, al menos cuando conoces el final del film. Y la nueva señora Winter condenada a vivir bajo la losa de la «primera dama».

¿Cómo va a competir alguien con el amor a una muerta, como plantea Rebeca? Aunque Hitch también halló la respuesta: revivir a la muerta. Amor más allá de la vida y de la muerte. O necrofilia. Según se mire. Vértigo ofrece ambas opciones. James Stewart propone y el espectador le sigue.

Lo malo de Cary Grant es que es tan simpático que te puede servir el cianuro con leche y tú lo aceptas con alegría. Es tan guapo y atento. Sospecha demuestra que los matrimonios, en el cine de Hitch, no son muy felices, incluso aunque no intervenga la suegra.

Porque suegras (o madres del posible novio) las hay de cuidado: desde la citada en Encadenados hasta la malencarada en Los pájaros, pasando por la omnipresente en Psicosis y finalizando con la huidiza en Marnie. Todas tienen la última palabra en cuanto a la pareja de su tierno retoño se refiere. Y no es una palabra agradable.

Pero para que el matrimonio pueda acabar con leche endulzada con cianuro, champán remozado con uranio o, sencillamente, una copiosa fumigación desde una avioneta, en pleno desierto, primero tiene que haber matrimonio.

Es decir, que la pareja sea oficial. Que ambos dejen de jugar al ratón y al gato (como apunta Atrapa a un ladrón: protagonizada, cómo no, por un tal Cary Grant) y tenga éxito la caza de la media naranja.

De todos los films de Hitchcock, nos quedamos con dos que nos hablan de la posibilidad de casarse o no. De ese matrimonio que, como todos sabemos, es otra jaula que nos ofrece la vida.

Y eso queda oblicuamente reflejado en dos obras maestras: La ventana indiscreta y Los pájaros.

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Asomarse a las etapas del matrimonio

¿Qué cuenta La ventana indiscreta?

En principio, la historia de un fotógrafo atrapado por una pierna escayolada, que debe sobrevivir al aburrimiento veraniego cotilleando a los vecinos del edificio de enfrente. Hasta que descubre un asesinato y el interesado, más que nada por no dejar la faena a medias, acude a pedir explicaciones al mirón… mientras lo lanza por su ventana indiscreta.

Ya tenemos la trama principal, la evidente. Pero, ¿y entre líneas?

Entre líneas tenemos a una joven adinerada que quiere que su novio siente la cabeza, deje de arriesgar la vida recorriendo mundos inhóspitos y se quede con ella para asistir a pacíficos cócteles de alta sociedad e interminables desfiles de moda.

Desde la primera conversación con su enfermera, el paralítico (James Stewart) confiesa sus dudas sobre su encantadora novia (Grace Kelly). Sí, él ya sabe que ella es una princesa (y lo será, literalmente), pero renunciar a todo lo demás…

A partir de esa duda, la película es un muestrario de las distintas etapas de la pareja, antes y después del matrimonio: la joven bailarina con el novio en la guerra, los recién casados que prueban el encanto del sexo y las discusiones, el matrimonio que ya sólo discute (y él acaba cortando por lo sano con ella), la solterona Corazón Solitario, el artista que sólo tiene ojos para su obra, la artista que no sabe crear sola ni en compañía…

Un repaso a su propia vida, la del fotógrafo mirón. Una vida de aventuras tras la cámara que se interrumpe inicialmente por un accidente deportivo (ese coche que aterriza sobre su pierna). Pero una vida que al final del film quedará definitivamente sepultada: las dos piernas escayoladas demuestran que la princesa ha tomado definitivamente el mando de su vida.

Y le esperan muchos cócteles y pocos safaris africanos.

Hitch, ladino él, nos distrae con un asesino allá enfrente. Mientras, a este lado de la pantalla, nos habla de la muerte de un ser libre, sin ataduras, entregado a su profesión y su pasión… hasta que la princesa Grace Kelly decide que es hora de casarse.

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La dorada jaula del matrimonio

¿Y qué cuenta Los pájaros?

En principio, la invasión de unas aves en el pequeño pueblo de Bodega Bay. Gaviotas, cuervos y otros encantadores pajaritos y pajarracos que atacan sin más motivo que las molestias que les puedan causar los seres humanos. Un auténtico misterio que se puede interpretar como cada uno quiera.

Pero, entre líneas, la película muestra a Melanie Daniels (Tippi Hedren), la joven hija de un magnate del periodismo, a la que le gustan las bromas y la buena vida. Una joven dispuesta a divertirse con su último ligue, Mitch (Rod Taylor), y por eso le persigue hasta su pueblo, armada con un par de «pájaros del amor» (love birds) en una jaula.

(Entre paréntesis: en el doblaje español los llaman periquitos, aunque cuando se les ve en pantalla comprobamos que son agapornis. Quizá en la época los dobladores ignoraban en España la existencia de esos otros pájaros del amor.)

Los ataques, que coinciden con la llegada de Melanie al pueblo, con cada vez mayores, aunque es ella la primera y la última que los recibe: primero al aire libre, en la barca; finalmente, en la casa de Mitch. Entre medias hemos podido comprobar cómo los pacíficos ciudadanos la acusan abiertamente: ella es la culpable de los ataques que está recibiendo el pueblo.

Literalmente. No encaja en Bodega Bay. Por eso las críticas, por una vez, no son cuchilladas por la espalda, sino directas a la cara. Como los pájaros. Y no se limitan a palabras, sino que se transforman en una amenaza real: pájaros que atacan. La otra cara de los pájaros del amor. Quizá son pájaros del odio. O, más probablemente, los pájaros que exigen atenerse a las normas. A la normalidad. Un reflejo de lo que exige esa sociedad cerrada: más matrimonios y menos juergas sin compromiso.

La imagen final no puede ser más significativa: Melanie es conducida al coche, rodeada de aves que observan, pero no atacan. A un lado, Mitch; al otro, la suegra. Ambos prestos a mantenerla en orden, marcándole el camino. Habrá boda. Se acabaron las bromas, los escandalosos baños en fuentes públicas y otras muestras de «libertad».

A partir de ahora, Melanie dormirá en una jaula dorada. Como tiene que ser.

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¿De qué acusar al cine de Hitch?

Dos películas que hablan de dos seres libres finalmente obligados a pasar por la vicaría.

Nada que objetar, Hitch demuestra que los espíritus libres acaban enjaulados.

Y ni asomo de machismo u otras presuntas «desviaciones». Igual para todos: en una es él, un fotógrafo, el enjaulado; en la otra es ella, la hija de un periodista, la que acaba encerrada.

Pero no penséis que una vez casados todo está resuelto. Ya lo anunciaba Sospecha: igual tu pareja decide envenenarte… eso si la suegra no entra en acción antes.

Incluso puede llegar la duda antes de vivir un tiempo en pareja. Un ejemplo, ¿qué tal Marnie? ¿Alguien recuerda la noche de bodas? ¿Idílica? Más bien una violación. Pero si el que te viola es tu marido, y más en los años 60, eso no cuenta.

MeToo perseguiría hoy a Hitchcock porque él perseguía a sus actrices.

Pero si nos quitamos las orejeras, quizá deberíamos levantarle un monumento: la obra de Hitch es la más apabullante campaña a favor de la igualdad de la pareja que se ha visto en la Historia del cine.

No hay un macho que domina y una hembra sometida. Ambos son iguales. Para bien o para mal. Iguales... hasta que la muerte los separe.

Eso sí, para aceptarlo debemos quitarnos de encima los complejos y aprender a mirar.

Espíritus libres finalmente enjaulados. Menuda lección de cine.

Y algunos siguen pensando que Hitch era sólo el «mago del suspense».

Escribe Mr. Kaplan

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