Sospecha (Suspicion, 1941), de Alfred Hitchcock

  16 Mayo 2021

Un clásico no tan brillante

sospecha-0Ver una película en blanco y negro de la década de 1940, y más si es del maestro Alfred Hitchcock, siempre supone un motivo de alegría. Y alegre me dispuse a redescubrir Sospecha (1941), cuyo primer visionado ya lo tenía muy lejano en el tiempo.

El largometraje se asienta en las interpretaciones de dos grandes del cine: Joan Fontaine y Cary Grant. Cualquier escena con estos gigantes del séptimo arte ya merece la pena. Fueron parte destacada de los años dorados del arte fílmico. Y a pesar de sus notables actuaciones en Sospecha, Grant no llega a la altura de Encadenados (1946) y Con la muerte en los talones (1959), ni Fontaine alcanza las cimas de Rebeca (1940), ejemplos todos de la filmografía hitchcockiana.

La película navega a medio camino entre la comedia romántica y el drama trágico, y si se resiente en su solidez es porque la amenaza de la muerte que se cierne sobre la protagonista, Lina (Fontaine), no posee la profundidad, el empaque necesario por el carácter bienintencionado, dulzón, de Johnnie (Grant), su pareja.

Hitchcock ya maneja con pericia multitud de herramientas fílmicas, que en los años sucesivos le consolidarán como un genio del séptimo arte: los encadenados, los fundidos en negro, los primeros planos, todo el mundo onírico, de pesadillas, de temores, que caracterizarán muchos de sus largometrajes.

El arranque de Sospecha, con la secuencia en el interior del vagón de tren entre Grant y Fontaine, resulta uno de los momentos más gloriosos del cine de Hitchcock y, por extensión, de la cultura del siglo XX. Con qué sutileza y elegancia presenta el maestro inglés a los dos protagonistas. Con qué habilidad, John se introduce en un vagón de primera clase, aunque su billete sea de tercera. Desde ahí, ya se intuye lo que vendrá después: su carácter desenfadado y vitalista, su pretensión de ascender en la pirámide social: así entrará a un baile de la alta sociedad o adquirirá una mansión enorme.

Su ambición y picaresca le llevarán a apostar en las carreras de caballos o a emprender un negocio inmobiliario. El dinero nunca es suyo, pero él hace como si fuese de su propiedad. Por su parte, desde la primera imagen, con las gafas, leyendo, en Lina vemos la inocencia, la bondad y la atracción que siente por John. Más adelante, con los dos jóvenes ya juntos, Hitchcock rueda de forma magistral un apasionado beso entre ambos, con la cámara girando alrededor de sus cuerpos.

En Sospecha, como habitualmente ocurre en las películas del maestro, el humor se articula como un rasgo destacado. «Solo pienso en ti, carita de mono, y en tu maravilloso occipital maxilar», le llega a decir Johnnie a Lina. Al igual que ocurre con el cine de Hawks y Ford, y en el teatro de Shakespeare o de Lope de Vega, Hitchcock, en varias de sus obras, incluye un personaje gracioso, con una bonhomía natural. Se trata en este caso de Deaky, interpretado esplendorosamente por Nigel Bruce. ¡Qué divertida la escena de los gestos y de los ruidos animales! No tan convincente, a pesar de ser muy hitchcockiana, es la conexión entre la trama principal y la literatura, representada por la escritora de novelas de misterio Isobel Sedbuck, que encarnó, en su último papel, una histórica actriz del teatro británico: Auriol Lee.

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Aunque la amenaza trágica no logra imponerse en el relato fílmico, Fontaine, en las miradas temerosas, en los matices sombríos de su semblante, logra transmitirnos el miedo que la está minando, el miedo de que su pareja acabe con ella. Nos encontramos ante una actriz impresionante, del nivel de Ingrid Bergman, Katherine Hepburn o Bette Davis.

Los giros dramáticos de Grant, por el contrario, cuando se enfada porque Lina se inmiscuye en su proyecto empresarial o porque su mujer prefiere dormir sola, no son tan convincentes. A principios de los 40, Grant todavía estaba muy vinculado a la comedia romántica, a la que había llevado a una de sus cumbres con La fiera de mi niña (1938), de Hawks. Todavía no había alcanzado la grandeza dramática de posteriores trabajos.

La maestría de Hitchcock se aprecia también en los espacios fílmicos. Así, el acantilado —al cineasta inglés le infundían pavor los lugares altos— se estructura como la frontera entre la vida y la muerte, la esperanza y el terror. Las aguas que estallan contra las rocas. El precipicio junto a la carretera.

El lugar donde previsiblemente se culminará toda la siniestra trama es, en cambio, el espacio donde se da una nueva oportunidad a la confianza de los dos amantes, donde desaparece la angustia y se abre la senda de la felicidad.

Escribe Javier Herreros Martínez  

  

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