Hitchcock y sus mecanismos del suspense

  14 Mayo 2021

Una mirada a su mundo

hitch-0Alfred Joseph Hitchcock, demanda un espectador impecable y atento a la información que va soltando en cada gesto, cada analogía, cada plano, cada acción y su emplazamiento.

Es un autor sin decoro, cínico e irónico, amante de atarnos al asesino haciéndonos cómplices de su fechoría, de su huida; es el amigo intrigoso que te da santo y seña de cómo se detonaron los hechos para después dejar caer sobre tus hombros todo el peso de la responsabilidad para descifrar el desenlace y quedarte, durante toda la narrativa, varado en el mar de la ansiedad y con ganas de gritar a cada instante sobre la pantalla: ¡cuidado, atrás! ¡Nooo, él es inocente! ¡Miserable impostor! ¡sal a la luz y muestra el rostro!

Este innovador del cine, funde la cámara a nuestra mirada, nos toma de la quijada y hace de nuestro rostro un títere enfocado en las pistas, un espía tras la ventana, un danzante con los personajes, un parpadeo incesante al cometer el asesinato.

Cada acción fluye con naturalidad porque —el ojo que todo lo ve— es paciente, se mueve con soltura para mostrar toda la información visual necesaria para construir el devenir de los personajes, descubrir su carisma, analizar sus intenciones y envolvernos así, en su universo, en su realidad; una realidad que va creciendo cual bola de nieve y mutando constantemente a través del magisterio de los diálogos, por los cabos sueltos, por un festín de dimes y diretes que nos aprisionan en una telaraña argumental que declara abiertamente que nada es lo que parece, que el dinero corrompe a cualquiera y que también la gente buena es criminal.

El lenguaje cinematográfico que construye mediante falsas subjetivas, primeros planos que funcionan como adjetivos, con la superposición de imágenes, es capaz de filtrarnos en la piel la maldad, los lamentos, los temores, las angustias de aquellos que llevan en sus manos la culpa de la sangre.

El montaje es utilizado con fineza, digamos que Alfred recurre a él cuando quiere alterar el vaivén natural de la cotidianidad, pero, en el mejor de los casos, son los personajes quienes desarrollan el movimiento interno del plano.

Utiliza el fuera de campo como herramienta para sublimar el delito. Como un elegante as bajo la manga que funciona como la sección distorsionada en las revistas amarillistas que no permite mirar con nitidez la parte del cuerpo mutilada. Lo convierte en un limbo enigmático donde viven los personajes invisibles.

Es remarcable la presencia de objetos y el poder que se les otorga, pueden salvarle el pellejo al inocente o delatar al malhechor: un guante, un encendedor, una corbata con su respectivo alfiler y pisacorbata personalizados, una soga, unos pendientes. Una lista interminable de ellos que se convierten en la sutil cereza del pastel y atisban con tranquilidad el veredicto de la autoridad.

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Por su parte, la música, siempre original de compositores de origen alemán, inglés, estadounidense, ruso, entre otros, en algunas ocasiones es como un corazón, bombea tan acelerado como el frenesí de la emoción lo amerite, y ya sea acompañado de un grito desgarrador o una carcajada siniestra, dentro o fuera de la diégesis, hacen retumbar por completo la escena; en algunas otras se empata con el movimiento de la cámara y del personaje para convertirse en signos gramaticales. Si es que sus notas se asoman al amanecer, al atardecer, en una escena de amor, es como una pincelada fina que sólo aromatiza el oído; lamentablemente ese dulzor dura poco, porque, como buen elemento psicológico, se cuela en momentos de tensión para estremecernos al compás de su in crescendo.

Así, este director, productor y guionista británico posee la facultad de llevarnos a sobrevolar una ciudad entera y después condensarnos en el espejuelo de un lente monofocal y mirar en su reflejo el estrangulamiento de una chica. Tiene el derecho de urdir con su humor negro, la fractura sañosa post mortem de un dedo al deleitoso momento de partir en dos, un palito de pan. Goza la desvergüenza de disfrazar de sacerdote al asesino y además enredarlo en un amorío.

Y conserva la picardía infantil de Martin Handford en cada una de sus obras, al preguntarnos: ¿dónde está Hitchcock?

Escribe Andrea Castrejón

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