El proceso Paradine (The Paradine case, Alfred Hitchcock, 1947)

  15 Marzo 2021

Historia de una obsesión

el-proceso-paradine-0El proceso Paradine fue la última colaboración entre el productor David O. Selznick y Alfred Hitchcock, tras haber rodado juntos Rebeca (1940) y Recuerda (1945).

Desde el mismo momento de su publicación, en 1933, Selznick quedó fascinado por las posibilidades de la novela de Robert Hitchens en la que se basa el film. En ella se relatan las tribulaciones del abogado Anthony Keane (Gregory Peck) que se enamora perdidamente de su cliente, la enigmática Anna Paradine (Alida Valli) acusada del asesinato de su esposo invidente.

Amor enfermizo, adulterio y drama judicial estaban servidos y parecía un buen trampolín para conseguir el éxito en taquilla. La esposa de Hitchcock, Alma Reville, realiza con la colaboración del novelista una adaptación con la que poner en marcha la producción.

No obstante, era tal el empeño de Selznick en esta empresa que decidió implicarse personalmente en el guion, como relata apesadumbrado el director a Truffaut: «Después, Selznick quiso adaptar él mismo el guion. Era su costumbre en aquellos tiempos. Escribía escenas que enviaba al plató cada dos días. Era un método imposible» (1).

Además de las inevitables servidumbres a su productor, Hitchcock tenía puesta la cabeza en otros intereses que le ocupaban gran parte de su tiempo, como era la creación de una nueva productora, la Transatlantic Pictures, con la que pretendía rodar films a caballo entre Hollywood y Gran Bretaña.

Esta dispersión del esfuerzo unido al férreo control de Selznick se nota en el resultado final del film, que resulta correcto y con una cuidada puesta en escena, pero que sin embargo transpira una atmosfera un tanto acartonada, con ese típico ambiente «inglés» decimonónico que le da un aire anticuado. Pienso que, a pesar de tener aspectos interesantes, El proceso Paradine no ha resistido bien el paso del tiempo, al contrario que la mayoría de films del director británico.

Aunque en líneas generales no es uno de los films más apreciados de la etapa americana de Hitchcock, algunos críticos lo consideran un trabajo muy válido, como apunta Enrique Alberich en su estudio sobre el director: «Para muchos, El proceso Paradine es una película «de juicios» sin más, otra de aquellas cintas menores con las que el maestro británico se limita a ejercer su sabiduría cinematográfica sin mayor esfuerzo ni empeño para lograr un producto tan bien acabado como escasamente inspirado. Para mí, y aparte de ser un film que roza la obra maestra, The Paradine case es, ante todo, la pintura de una degradación por amor» (2).

Agonía de amor

Agonía de amor es como se conoce en Méjico a The Paradine case. Este título capta a la perfección la obsesión amorosa en la que se sume el abogado defensor Keane ante la femmefatale a la que encarna Alida Valli. Este es sin duda el aspecto más interesante del film, al punto que lo emparenta con otros films de Hitchcock donde la presencia femenina o su mera evocación es capaz de generar una atracción fatal, como sería el caso de Rebeca (1940) o Vértigo (1958).

Desde el primer instante en que Gregory Peck coincide con Alida Valli, en el locutorio de la cárcel, queda completamente fascinado por la mujer. Se produce un «flechazo», por cierto, muy certeramente interpretado por el actor, que por otro lado nunca fue un dechado de expresividad. El de Peck es un enamoramiento romántico, platónico, sin atisbo de acercamiento físico, pero que se instala fuertemente en su ánimo haciéndole perder por completo la voluntad.

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Anna Paradine, conocida en su juventud como Maddalena, no le oculta al letrado su turbulento pasado en Italia, lleno de privaciones y con múltiples relaciones amorosas, que sin embargo Keane, totalmente embelesado, comprende y disculpa sin reparos; lo mismo ocurre cuando Peck defiende vehementemente a su cliente frente a su colega (el magnífico Charles Coburn), conversación que es captada por la mujer del abogado, que adivina al instante el enamoramiento de su marido.

Hitchcock describe a nuestra protagonista sin medias tintas, sin ocultar su misoginia y clasismo: «Esta cliente no es sólo una asesina, sino también una ninfómana, y la degradación llega a su punto culminante cuando el abogado debe confrontar delante del tribunal a la heroína con uno de sus amantes, que es un criado» (1).

La perturbación que genera Anna Paradine se debe en gran parte a la composición precisa que logran Hitchcock y Alida Valli del personaje. Se nos presenta elegante y flemática (algo contradictorio si nos atenemos a sus oscuros orígenes) y a la vez con un aire exótico, muy «europeo». En ocasiones parece una esfinge, con vestidos oscuros y la cara iluminada resaltando la tersura de su piel. Los primeros planos, perfectamente fotografiados por Lee Garmes, logran un impacto subyugante.

Una secuencia que ilustra a la perfección el arrobamiento de Gregory Peck es la visita del abogado a la casa de campo del matrimonio Paradine, que todavía ocupa el criado (Louis Jourdan, del que pronto sabremos que ha sido amante de su señora). La vivienda es un remedo gótico en miniatura de la mansión Manderley de Rebeca. Con la excusa de la investigación, Peck explora la habitación de Maddalena: la cama desecha, su ropa íntima al alcance de la mano, los enseres de tocador, y lo que es más inquietante, el retrato de la mujer en el cabecero de la cama como testigo mudo de la intrusión.

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La reacción de la mujer de Anthony Keane (la correcta y fría Ann Todd) es demasiado convencional, mostrándose comprensiva y abnegada ante la aventura de su marido. Le asegura que a pesar de todo siempre estará a su lado. Esta actitud, que raya la santidad, empaña los aspectos más atrevidos y fetichistas que Hitchcock logró extraer del amourfou de Peck hacia su cliente. Quizá sea una maquiavélica y sutil vuelta de tuerca del genial director que nos hace preferir a la desalmada Anna Paradine frente a la mojigata Gay Keane. Una carga de profundidad contra el matrimonio convencional.

Los aspectos técnicos fueron muy elaborados en esta película. Los exteriores británicos, así como las escenas carcelarias, están muy bien integrados con las tomas en estudio. Para las escenas del juicio, Hitchcock dispuso de cuatro cámaras que rodaban a la vez para conseguir un mayor dinamismo en el montaje.

Durante el juicio se rueda una escena prodigiosa que bien podría formar parte de nuestra sección de El resplandor y que merece por sí misma el visionado del film.

En ella vemos en primer término a Alida Valli que mira a cámara; en ese momento mandan llamar a declarar a su amante Louis Jourdan que entra al fondo, a la izquierda del plano, desplazándose por la sala, a espaldas de Valli, recorriendo un semicírculo hasta que llega al estrado.

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Para ejecutarlo, Hitchcock rueda primero la panorámica de doscientos grados del criado sin la señora Paradine y posteriormente sobreimpresiona el primer plano de Valli rodado en la pantalla de transparencias. Técnicamente es una filigrana, pero lo trascendental de la escena es cómo logra conectar en el mismo plano a dos personajes unidos por una pasión amorosa. Así, cuando entra Jourdan a la sala, Valli lo detecta al instante, presintiéndolo, como si oliera a su amado, y sin girar la cabeza, con ayuda de un taburete giratorio, los ojos de la mujer siguen su recorrido por la sala. Apabullante.

Por último, no quiero dejar de resaltar el magnífico papel de Charles Laughton, que interpreta al rijoso juez Horfield. Las escenas donde Laughton menosprecia a su mujer o acosa sin miramientos a la esposa de Anthony Keane incomodan y sorprenden a partes iguales (incluido el inserto del plano detalle del hombro desnudo de Ann Todd que despierta la libido del juez).

Algunos diálogos de Laughton durante la comida con los letrados no tienen desperdicio, y para muestra un botón: «Por favor. No me gusta que me interrumpan cuando estoy insultando».

Genio y figura.

Escribe Miguel Ángel Císcar


Notas

(1) El cine según Hitchcock. Francois Truffaut. Alianza Editorial. 1974.

(2) Alfred Hitchcock. El poder de la imagen. Enrique Alberich. Colección Dirigido por, 1987.

  

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