Los pájaros (The birds, 1963)

  27 Abril 2021

Gritos de angustia

los-pajaros-0«Mientras yo me quedaba atrás, temblando aterrorizado,
y sentí el grito inmenso, infinito de la naturaleza»

(Edvard Munch)

Volví a ver hace unas semanas Los pájaros (1963), una de las grandes películas de Alfred Hitchcock. La descubrí hace dos décadas, en mi adolescencia, y me deslumbró. Por aquel entonces, al igual que me ocurría con la literatura, apenas tenía experiencia como receptor cultural: pocas lecturas, pocos largometrajes vistos. Pero quizá eso otorgaba una genuina belleza, una genuina emoción al descubrimiento de una obra. Una película o una novela me gustaban o no. Simplemente. No había herramientas de análisis que, a menudo, enriquecen los comentarios artísticos en detrimento del brillo original, de la magia intrínseca de unas imágenes o unas palabras.

Tras el reencuentro, después de casi veinte años, con Los pájaros, escribí unas breves notas: «Inmensa película, llena de terror y misterio. Realizaré un nuevo visionado antes de escribir el artículo para Encadenados. Magistral cómo regula el maestro la tensión en el filme. ¡Cuánta genialidad en la distribución estratégica de los ataques! Como todas las obras maestras posee una polisemia abierta: ¿por qué los pájaros arremeten contra los humanos? ¿Falta de libertad? ¿La destrucción de los espacios naturales? ¿Simbología de los conflictos bélicos del siglo XX? ¿Reflexión sobre el egoísmo de las personas? ¿Reivindicación de la importancia de los pájaros en el planeta? En esas incógnitas quizá resida buena parte de la fascinación del filme. Rod Taylor configura un personaje potente, aunque se ve algo oscurecido por la altísima interpretación de Tippi Hedren, en un papel para el recuerdo. La película se basa en un relato de la escritora inglesa Daphne Du Maurier, a la que Hitchcock ya adaptó en otra de sus creaciones cumbre: Rebeca (1940), que también vi en mi adolescencia con mi hermano Jorge».

Busqué frases de Hitchcock y hallé una iluminadora: «Hay algo más importante que la lógica: la imaginación». En un segundo visionado reciente de Los pájaros, he comprobado el alcance imaginativo del genial cineasta. Ya es maravilloso el encuentro casual en la pajarería entre Melanie (Hedren) y Mitch (Taylor). Antes, cruzando el paso de peatones, ya habíamos apreciado su elegancia, su hermosura. En el cielo, una bandada oscura, a modo de augurio inquietante. 

La secuencia en el interior de la tienda se mueve entre el humor por la farsa de la mujer, que se hace pasar por la vendedora de los pájaros, las miradas cómplices entre Mitch y Melanie —el flechazo—, y la dimensión simbólica, clave en la obra, que discurrirá paralela a la historia sentimental de los dos jóvenes: el pájaro que se escapa de la jaula, que vuela libre unos segundos y que luego, atrapado por el sombrero de Mitch, vuelve a quedar entre rejas.

En unos pocos minutos, Hitchcock ha presentado magistralmente a los dos protagonistas y ha dejado abiertas las puertas del misterio en torno a los pájaros. La llegada de Melanie a la bahía de Bodega Bay, lugar de residencia de Mitch con su hermana y su madre, viene a ser una nueva plasmación de la maestría del director. La secuencia de la lancha, de la sorprendente aparición de Melanie —con un precioso vestido verde, en conexión con el color de los agapornis de regalo para Cathy, la hermana pequeña del galán— en el refugio de Mitch, supone una sublime combinación de travellings y primeros planos, que enfatizan el nerviosismo y la alegría de los personajes por volver a encontrarse.

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Y todo parece el inicio de un idílico fin de semana de amor, cuando ocurre lo inesperado, el presagio funesto, que marcará el devenir posterior de la película: al ir a dejar el bote en el embarcadero, una gaviota le pica en la cabeza a Melanie: la sangre brota en sus rubios cabellos, la sangre desciende por su bello rostro. ¿Por qué la ha atacado?

Siendo el primer ataque —el más débil y breve—, será el aviso de todas las ofensivas de los pájaros que vendrán después. Un nuevo presagio trágico será la gaviota muerta junto a la puerta de la casa de Annie. Y posteriormente, de manera sabia, alternando la trama amorosa de Mitch y Melanie, y el intento de esta por ser aceptada por la enigmática madre del joven, Lydia, se sucederán una serie de ataques que ganarán en intensidad y violencia según se desarrolle el filme: el ataque en la fiesta infantil por el cumpleaños de Cathy; después, la avalancha de gorriones que salen de la chimenea de la vivienda de la familia de Mitch; el ataque de los grajos a los niños a la salida de la escuela; el ataque de las gaviotas  a los adultos junto al restaurante y la gasolinera; el ataque al hogar familiar, ya de noche; y un último ataque a Melanie, en la planta superior del domicilio, que salva la vida por la aparición crucial de Mitch, que logra rescatarla.

Entre medias de los ataques mostrados por el maestro, dos víctimas significativas por la ira de los pájaros: la del granjero —qué sobrecogedor zoom al vacío negro de sus cavidades oculares—, y la de la maestra Annie, en las escaleras de su casa, que decide sacrificar su vida para salvar la de Cathy.

El miedo, el terror, el suspense, no solo lo logra Hitchcock con los ataques en sí: a veces lo consigue con ese cigarro que sostiene la mano temblorosa de Melanie, sentada junto al colegio, y a cuya espalda —procedimiento muy hitchcockiano: que los espectadores sepan más que los personajes— se van posando en las barras paralelas, progresivamente, más y más grajos: la amenaza que se cierne; el antecedente del espanto, el horror. 

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De un indudable dramatismo son asimismo los planos con Lydia, Mitch, Cathy y Melanie dentro de la casa. Con qué inteligencia emplea el maestro la profundidad de campo: los cuatro juntos pero cada uno, por separado, luchando contra sus miedos.

Me parece destacable la sutil crítica, sugerente, no dogmática, a la incapacidad de las autoridades policiales y políticas para enfrentarse a unos acontecimientos y circunstancias tan difíciles. Parece que los ataques de los pájaros careciesen de credibilidad, fuesen irrelevantes. Y esto se demuestra en la escasa presencia de los mismos en las noticias radiofónicas: se tratan de una forma rapidísima, como de pasada. El miedo paraliza, y son vanas las llamadas, efectuadas por Mitch, a los vecinos de Bodega Bay para un trabajo unitario, coordinado, que logre hacer frente a las agresiones de las aves. Ante la desgracia, los habitantes, deciden lo fácil, lo que excluye, lo que está cargado de prejuicios: echar la culpa a la visitante del pueblo, la nueva, la diferente: Melanie.

Además de la grandeza interpretativa de Hedren, del convincente Taylor, Los pájaros no sería ese monumento del cine que es sin las gloriosas actuaciones de Suzanne Pleshette, como maestra y antigua amante de Mitch, y Jessica Tandy, como introvertida madre, atormentada por la pérdida de su marido y miedosa de que su hijo se marche del hogar.

Después de ver este filme de Hitchcock por vez primera a finales de los 90, conserva su fulgor, su irreductible misterio, manteniendo en el aire un sinfín de preguntas. El arte no se explica, se siente. Niños que corren despavoridos en una carrera de pánico, niños atacados, niños indefensos, niños que se caen, niños que gritan.

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Y el enlace de las imágenes cinematográficas con la imagen del cuadro de Munch, El grito (1893), pintado a finales del siglo XIX, y que, como ocurre con algunos relatos de Kafka, bien pudiera sintetizar y anticipar el dolor, la angustia existencial de los individuos del siglo XX y de nuestros días.

El poeta Félix Grande aseguró que las personas escriben libros porque tienen miedo. Se crean poemas y novelas, se hacen películas, se pintan cuadros, se compone música. ¿Es la cultura una expresión del miedo o un intento de combatirlo y ver la luz, la alegría de la existencia? Melanie apoya la cabeza en el hombro de Lydia, ambas ya seguras: han conectado, se han comprendido. Al fondo, en el horizonte, entre las nubes del amanecer, el sol, más temprano que tarde, iluminará las tierras y los mares.

«donde tiembla enmarañada
la oscura raíz del grito»

(Federico García Lorca)

Escribe Javier Herreros Martínez

  

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