Grace Kelly y Hitchcock

  03 Marzo 2021

El doble rostro de un sueño

grace-kelly-0Los exégetas y analistas de la filmografía de Alfred Hitchcock se caracterizan tanto por el abrumador volumen de su obra como por la disparidad de sus opiniones, limitándose, en la mayoría de los casos, a tachar al cineasta británico —única y exclusivamente— como un maestro del suspense. Tal consideración, pese a carecer de maldad alguna, desprende cierto tufillo peyorativo hacia la omnipotente figura del británico, encasillándolo en un género —o subgénero, lo mismo da—, y reduciendo su inmensa aportación cinematográfica. No obstante, sea cual sea el adjetivo, nos hallamos frente al mejor y mayor creador de formas que ha conocido la Historia del Cine, como bien lo definió en su día el siempre acertado Godard.

La fascinación que despierta la obra de Hitchcock en tantos autores puede deberse a su aparente facilidad temática, hecho completamente erróneo a poco que se indague en sus filmes, desde los elementos más básicos hasta los más complejos.

Dicho esto, si algo puede definir el cine de Hitchcock es su total disposición a la narración. Todos sus elementos, desde la dirección del elenco hasta los vestuarios, quedan ligados a la misma, creando un magnetismo difícil de resistir. Quizás sea esta la razón por la cual, el director inglés, fue en vida una suerte de rey Midas, convirtiendo su propio nombre en etiqueta inconfundible de su estilo y dejando a su paso centenares de mitómanos que glorificaban —y todavía lo hacen— los personajes hitchcockianos y las historias en las que estos se desarrollaban.

Dentro de este primer grupo, es decir, dentro de los personajes más célebres de la filmografía del inglés, podemos encontrar, por un lado, a sus famosos actores masculinos encabezados por las figuras de James Stewart y Cary Grant, seguidos de cerca por otros tantos como Anthony Perkins, Laurence Oliver, Gregory Peck o Henry Fonda.

Sin embargo, si algo es reconocible en la filmografía de Hitchcock, tanto para los observadores más técnicos como para los meros espectadores en busca de entretenimiento, es el tan manido asunto de sus rubias, variopinto grupo compuesto por actrices de la talla de Kim Novak, Eva Marie Saint o Tippi Hedren.

Dentro de este conjunto de refinadas y absorbentes actrices de ensueño podemos encontrar a una que, en palabras del propio Hitchcock recogidas por Donald Spoto [1], fue la más cooperativa en toda su carrera: Grace Kelly.

La actriz estadounidense, posteriormente princesa, dejó prendado al director desde su primer trabajo juntos, Crimen perfecto (1954), prolongando así esta relación de rubia fetiche durante dos magníficos filmes más: La ventana indiscreta (1954) y Atrapa a un ladrón (1955).

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En la primera, Grace Kelly demostró no solo su valía como actriz, sino también en lo que a asesoramiento de imagen y vestuario se refiere, apoyando y perfilando la decisión de Hitchcock de ligar este elemento a la narración del filme mediante una progresión cromática de las tonalidades de los vestidos que había de llevar el personaje de la actriz, los cuales iban adquiriendo tonos más oscuros conforme la trama se tornaba más sombría.

Sus aportaciones, tanto delante como detrás de las cámaras, le sirvieron para ganarse el favor del cineasta, quien no dudó en contar con ella en sus dos siguientes obras, donde tuvo el honor de ser involucrada activamente en el proceso creativo del filme, concretamente en el diseño de vestuario, llevado a cabo por aquel entonces por la prolífica y siempre espléndida Edith Head, quien a lo largo de su vida se alzó con ocho estatuillas de la Academia y participó en el diseño de vestuario de más de un millar de filmes.

Regresando a la figura de Grace, a lo largo de estas tres obras, los personajes encarnados por la actriz varían, como es obvio. No obstante, si algo puede extraerse de la actriz originaria de Filadelfia es su dualidad, tanto en vida como en obra. Y es que Grace Kelly, como bien indicaba Serge Koster, representaba la tensa, pero a su vez armónica, alianza hitchcockiana virgen-puta [2], ejerciendo de única administradora del poderío sexual indirecto, como bien le confesó el propio Hitchcock a su colega de profesión y entrevistador François Truffaut [3].

Por otra parte, en la vida alejada de los platós cinematográficos y de las excesivas ceremonias, Grace Kelly enamoró con su gracia —jamás un nombre hizo tanta justicia— a espectadores y monarcas, llegando a ser así coronada como princesa de Mónaco al contraer matrimonio con el príncipe Raniero III. De esta forma, si ahondamos en su biografía, podremos hallar dos personas diferentes, separadas únicamente por una corona de joyas, pues su excelsa personalidad ya dejaba un halo inconfundible de grandeza imperial allá por donde la actriz pasaba, antes de ser formalmente de sangre azul.

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Dejando los juegos y las tramas aristocráticas a un lado, los tres personajes encarnados por la actriz en las historias de Hitchcock fluctúan desde una infiel esposa en Crimen perfecto (1954), hasta una seductora aristócrata en Atrapa a un ladrón (1955), pasando por la memorable y carismática novia —y ansiada posible futura esposa— del bueno de Jeff (James Stewart) en La ventana indiscreta (1954).

No obstante, pese a la variedad temática de los filmes, en todos ellos el común denominador de la actriz es su dualidad. En el primero, esta dualidad es representada en el contexto del filme: la doble vida o doble amorío que mantiene su personaje. Sin embargo, es quizás en las dos obras posteriores donde esta doble cara de la joven adquiere un matiz más interesante.

En La ventana indiscreta (1954), Grace Kelly, en palabras de Donald Spoto, «satisface muchas fantasías, ofreciendo al mismo tiempo amor y lealtad, belleza e inteligencia» [4], siendo estos elementos demasiado para las ansias dominantes de Jeff y provocando el incómodo vacile e inicial rechazo del que Lisa (Grace Kelly) es víctima, todo ello bajo la premisa de su supuesta incapacidad para vivir un mundo duro y cruel, no hecho para refinadas damas como ella.

Esta suposición se subvertirá a lo largo del filme, no por la lealtad, la astucia y la valentía de la muchacha, sino por su perfecto desempeño como extensión del propio Jeff, ya que este se encuentra impedido en su silla de ruedas.

Sin embargo, el personaje de Lisa bien merece una vuelta de tuerca más y para ello hay que fijarse en su presentación, en términos de imagen, y en la subtrama que envuelve a ambos personajes. Esto es, el ansiado matrimonio que ella desea y él rechaza.

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Como bien se exponía con anterioridad, los personajes de Grace Kelly introducen una cierta dualidad a sus esencias y Lisa no es para menos. Su presentación, un primer plano directamente surgido de entre las sombras en fondo oscuro mientras se acerca al indefenso y todavía dormido Jeff, sugiere la idea de una depredadora a punto de cazar su presa. Esta despierta, refiriéndome a Jeff, y huye, en el sentido metafórico de la expresión, rehusando sus encantos y dañándola tras infravalorarla severamente. Es ahí cuando la estrategia de Lisa cambia y, en lugar de jugar el clásico juego de la seducción, como ya haría en la mítica escena de los fuegos artificiales de Atrapa a un ladrón (1955), decide urdir un complejo y entrañado plan para capturar a su presa.

Dicha estrategia pasa por demostrar a Jeff su valía en una situación de alto riesgo, como al colarse en el apartamento del supuesto asesino en busca de la alianza o el momento previo en el que deja la nota de chantaje, acto que le vale la admiración inicial de Jeff.

Finalmente, una vez acabado el filme, con Jeff con las dos piernas escayoladas y tras haberle mostrado su orgullo, somos testigos de un plano revelador. Tras una serie de planos fluctuantes entre las diferentes subtramas que hemos ido presenciando a lo largo del filme, llegamos a un plano de Jeff durmiendo apaciblemente. La cámara desciende por su cuerpo hasta dar con sus piernas, ahora impedidas tras la caída. Acto seguido, una ligera panorámica reforzada con el tema musical nos lleva y relaciona la causa, Lisa, quien, tras asegurar su presa, felizmente la custodia, escondiendo bajo una revista de aventuras y safaris la esencia que, sin lugar a duda, volverá a resurgir ahora que se ha hecho como única ganadora del juego.

En Atrapa a un ladrón (1955), por otra parte, pese a carecer de tanto trasfondo debido a su aparente ligereza inicial, el personaje interpretado por Grace Kelly, en esta ocasión llamada Frances Stevens, también merece un comentario, si acaso a vuelapluma.

En este filme, la dualidad de Grace Kelly se materializará, sobre todo, en dos sentidos: en el apetito sexual y en su temeridad. El primero acontece con la presentación del personaje y sus primeras líneas de diálogo con el protagonista, John Robie (Cary Grant). Frances Stevens es presentada mediante planos clásicos y de perfil, recalcando no solo su hermetismo, sino también cierto convencionalismo clásico y manteniendo un fino equilibrio entre una elegancia frágil y una suerte de aislamiento frío y distante [4].

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Dichas cualidades serán rotas, subvertidas, instantes después, momentos en los que, tras ser acompañada por John Robie a su habitación, fuera de todo convencionalismo protocolario, Frances Stevens se abalanza sobre John Robie, besándolo. Esta ruptura, como bien ha sido mencionado anteriormente, sugiere esa dualidad ya expresada por Serge Koster [2].

El segundo elemento, quizás mucho más obvio que el primero, es su temeridad, representado tanto en su manejo de los automóviles por las fatídicas curvas que le costarían la vida tres décadas después como en el juego de seducción con John Robie en la poco sutil, pero efectiva, escena de los fuegos artificiales.

En una brevedad vertiginosa, Grace Kelly hipnotizó a millones de espectadores y decenas de cineastas y artistas. Su fuerza, su carisma y su magnetismo fue tal que, incluso hoy en día, más de 60 años después de su última película, abundan las referencias y homenajes a la misma, como es el caso de January Jones interpretando a Betty Draper en la mayúscula Mad Men (2007-2015).

A su vez, todavía jóvenes aspirantes a directores buscan desesperados su Grace Kelly particular, esa que regrese ante la amenaza, pero sobre todo que sonría. Que sonría al son de uno de esos gráciles movimientos que esconden un doble, triple, quién sabe si cuádruple sentido bajo la más pura y abrumadora perfección.

Los designios del destino hicieron que, tristemente, se apartase de las pantallas prematuramente. Quizás, de forma caprichosa, también fue ese mismo sino el que condujo a la muchacha de Filadelfia a la interpretación, involucrándola de lleno en el arte que la habría de mantener siempre viva y soñadora en la mente colectiva, al menos por unas décadas más.

Escribe Iván Escobar Fernández  

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Notas

[1] Spoto, D., 2012. Alfred Hitchcock: La cara oculta del genio, Tercera edición, Biografías: Serie Oro. T&B Editores, Madrid.

[2] Koster, S., 2015. Las fascinantes rubias de Alfred Hitchcock, Primera edición, Periférica, Cáceres.

[3] Truffaut, F., 2017. El cine según Hitchcock, Octava edición, Cine. Alianza Editorial, Madrid.

[4] Spoto, D., 2019. El arte de Alfred Hitchcock, Primera edición, Biblioteca del Mago del Suspense. Cult Books, Madrid.

Más información sobre Grace Kelly y Hitchcock:
Atrapa a un ladrón (1955), de Alfred Hitchcock
Las fascinantes rubias de Hitchcock (de Serge Koster)

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