Con la muerte en los talones (North by northwest, 1959)

  12 Enero 2021

Diez lecciones de cine

con-la-muerte-en-los-talones-0«¿Qué te pasó con tus dos primeros matrimonios? Mis esposas se divorciaron de mí… Se quejaban de que mi vida era monótona».

(Eva Marie Saint y Cary Grant)

Con la muerte en los talones es, probablemente, el manual de cine perfecto para un cineasta. También una clase magistral para el crítico que busca ejemplos con los que ilustrar grandes momentos de puro cine. Y, por supuesto, una joya para el espectador, que disfruta de su humor e ingenio mientras se deja llevar por su preciso mecanismo de relojería.

Hay pelis de Hitchcock mejores y más perfectas, pero esta es un compendio de su etapa americana. Y un curso acelerado de casi todas las situaciones que se pueden dar en el uso del diálogo, el tiempo, el montaje, el papel de la música (o la ausencia de ella) y, por supuesto, la creación de personajes.

Todo está aquí, en una película memorable.

Y decimos memorable en su sentido literal: que se queda en la memoria, no se olvida.

Por ello, en vez de hablar de todo el film, sencillamente vamos a recordar un decálogo de esas lecciones de cine que nos regala aquí Hitchcock —de forma ligera, sin darle importancia— a todos aquellos que nos gusta dejarnos llevar por el cine-cine.

1. Diálogos y monólogos

Si te gustan los diálogos ingeniosos, te recomendamos que revises cualquier clásico del cine negro. El sueño eterno, de Howard Hawks, es perfecta para disfrutar con las réplicas y contrarréplicas de Lauren Bacall, Humphrey Bogart y cualquiera que se ponga a tiro.

Si prefieres algo más ligero, este film de Hitchcock también es un catálogo de respuestas ingeniosas, sentido del humor y diálogos de esos que sólo se pueden escuchar en el cine clásico.

Pero si quieres ese ingenio reducido a la esencia, toma nota.

A Hitch le basta una sola palabra para crear una historia.

Como esa enfermera (o quizá enferma) rubia que está durmiendo en el hospital y Cary Grant entra por su ventana. Alarmada, grita «¡Deténgase!». Un momento después, se pone las gafas y al verlo, repite: «De-tén-ga-se». Ya no hay miedo, sino deseo. Nunca un «¡Deténgase!» fue una invitación más clara a cualquier cosa menos a detenerse.

Y todo narrado sólo con la modulación de la voz y una única palabra.

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2. Cómo usar la música

Hitch nos avisa al inicio del film, en los créditos, que el autobús es importante… tanto que él mismo se queda fuera, le dan con la puerta en las narices. Su tradicional aparición, aquí, apunta a una escena clave.

Es una de las persecuciones más famosas de la historia del cine: un avión persigue a Cary Grant en un desierto, sin lugar para esconderse, ¿cómo escapar?

La escena comienza con un plano general lejano: vemos un minúsculo autobús, Thornhill desciende, se queda solo, espera, llega un individuo, cree que el otro es Kaplan, pero es un campesino, como lo demuestra por el diálogo: «Es extraño, aquel avión está fumigando cosechas donde no las hay».

Se marcha. Thornhill solo. Nadie le acompaña. Ni siquiera la música de Bernard Herrmann. El avión, armado con insecticida, lógicamente, se dedica a fumigar a Thornhill. Un magistral ejemplo de construcción del suspense.

Y todo en siete minutos y sin una nota musical. Fue exigencia de Hitch a Herrmann y el músico tuvo que claudicar. Funcionó de maravilla.

Tanto que al año siguiente repitió la petición, pero esta vez el músico se negó a quitar toda la música y se salió con la suya. Compuso una pieza sólo para violines y funcionó de maravilla: el asesinato de la ducha de Psicosis. En esta ocasión, tuvo que claudicar el director.

Dos ejemplos perfectos de cuándo usar o no la música y, por supuesto, una música única.

Y un último detalle: esta famosa escena de la persecución del avión en Con la muerte en los talones sí lleva música. Pero ésta no aparece hasta que el avión se estrella contra un camión cargado de combustible, cuando llegan más personas y él puede escaparse. Mientras estaba solo, desamparado, no le acompaña ni una nota musical. Cuando llegan otros, aparece también la música. Uso más lógico de la banda sonora, imposible.

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3. Una pistola falsa

Roger Thornhill (alias Mr. Kaplan) está celoso. Sus celos han puesto sobre aviso a los espías auténticos. Y lo que es peor, apuntan sin pretenderlo a la secretaria del espía (que es en realidad el inexistente Mr. Kaplan). Claro, ¿verdad?

Solución para despejar dudas: la secretaria Eve Kendall (alias Mr. Kaplan) debe matar al celoso vendedor de humo (publicista en su vida cotidiana, no lo olviden).

Y para que no haya dudas, mejor matarlo en público, donde todos puedan ser testigos. Así que, frente a las narices de los presidentes de los Estados Unidos, en una atracción turística del monte Rushmore, ella «mata» el celoso perseguidor.

Sólo un nazi podría reconocer el truco que usaban los nazis para salvar a sus espías: disparar contra ellos… con balas de fogueo, eso sí.

Sabemos que el equipo de Vandamm no anda muy lejos de los nazis… pero disparar a tu jefe es la forma más convincente de demostrarle, sin palabras, que, efectivamente, la muerte del presunto Kaplan fue una comedia y las balas son de fogueo.

Ese disparo, además, es toda una declaración de su secretario… en el que intuimos también los celos como motivo para apretar el gatillo.

Una pistola de fogueo nunca dio más de sí: aclara las dudas de Vandamm sobre su secretaria; disipa las dudas de su secretario celoso que dispara a su jefe, en todos los sentidos; y el fogueo desemboca en un puñetazo que deja todo aclarado.

¿Y el suspense que se genera cuando Thornhill queda en la mansión con la criada apuntándole con una pistola? Oímos disparos… pero él sale corriendo vivo en el último momento.

Y entonces recordamos: la famosa pistola con balas de fogueo… su última y genial aparición.

Ejemplo perfecto de cómo sacarle partido a un elemento en la trama.

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4. Formas de sugerir el sexo

Sí, hay doble lenguaje en muchos momentos.

No sólo entre Cary Grant y Eva Marie Saint, también en algún otro encuentro casual (ver la enfermera en el punto 1).

Pero en Hollywood el sexo es tabú, así que toca tirar de imaginación para sugerirlo.

Una primera: la inolvidable escena de amor en el tren, unidos, girando en el compartimento, sin soltarse, enganchados con un diálogo lleno de dobles sentidos…

Y otra final: el clímax final, en las narices de los presidentes, ella a punto de caer, él intentando salvarla, animándole a que le coja la mano… En algún lugar, ha caído la estatua, se ha roto, el microfilm anda por ahí tirado, el MacGuffin a la porra y entonces… una transición magistral.

Con otro giro en la entonación de la frase, pasamos de las narices de los presidentes al tren y su noche de bodas… «Vamos, haz un esfuerzo… Vamos, señora Thornhill», le dice él mientras la sube a la estrecha cama superior del vagón… y el tren que penetra a toda velocidad en el túnel.

Va a ser una noche de bodas muy movida. No cabe duda.

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5. Kaplan, el inolvidable George Kaplan

Un mentiroso, vendedor de humo, publicitario de profesión, capaz de engañar a cualquiera, incluso a la hora de coger un taxi, que roba a otro cliente: «Ahora se sentirá mejor por haber actuado como un buen samaritano», añade sin darle importancia.

Con una conversación con su secretaria, Thornhill queda descrito en los primeros minutos. Es cualquier cosa, pero desde luego no es inocente. Es un tipo de armas tomar.

Pero la casualidad y una inoportuna llamada de teléfono lo convierte en un tipo tomado por las armas.

Pendenciero como es, quién va a creerle esta vez. Ni los espías, ni la policía, ni la madre que lo parió. Literalmente.

Todos piensan que miente. Su nueva fantasía es excesiva incluso para un vendedor de humo como Thornhill.

Pero todo es verdad. Lo han confundido con un espía. Sabemos que él es un simple vendedor. La CIA (o el FBI o quien sea) también lo sabe…

Y finalmente descubrimos quién es Kaplan.

Kaplan es ella, la rubia, naturalmente. La mujer fría y pasional de Hitch, la amenaza, el amor, la duda. Todo.

Nunca existió mejor disfraz para esconderse del enemigo… ese enemigo con el que la verdadera espía duerme cada noche.

Y todo porque Thornhill levantó la mano a destiempo para poder hacer una llamada a su secretaria, o a su madre. Demasiadas mujeres incluso para Cary Grant.

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6. La policía al rescate

Definir a un personaje secundario es difícil. Pero a un extra es mucho más complejo.

Hitch lo consigue varias veces con los policías que aparecen en Con la muerte en los talones.

Policías que acuden a hacer su trabajo y, sin quererlo, salvan al bueno de la función.

Como cuando detienen a Cary Grant conduciendo borracho, intentando escapar de la trampa que le han tendido con el coche. De ahí a la llamada telefónica a su madre. Con ese antológico diálogo hablando de la botella de whisky que le han obligado a beber: «No, no me dejaron rebajarlo, mamá. (…) El sargento Emil, mamá. Sí, yo tampoco me lo creía. (…) Era mi madre». No se pierdan la cara del sargento Emil durante la escena. Impagable.

O la aparición de la policía cuando escapa de la sala de subastas: la policía, siempre ella, acude al rescate. Esta vez tras un escándalo en la subasta para poder escapar. Ya en el coche, detenido, saca su carnet de identidad para demostrar que él es Thornhill, el famoso asesino que están buscando… pero ni así la policía le cree y lo dejan suelto en el aeropuerto.

Sin que Thornhill salga de su asombro, porque ellos son los buenos… los malos son espías. Lástima, nadie le cree.

Excepto, quizá… bueno, hay una persona que sí sabe cómo es él en realidad…

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7. La madre que lo parió

No la hemos visto, ni siquiera la hemos oído, pero a través de una conversación telefónica desde la comisaría ya la conocemos perfectamente. Thornhill tiene derecho a una llamada y, en vez de a su abogado, llama a su madre.

Nosotros sólo escuchamos a este lado del hilo telefónico: el hijo borracho, la madre posesiva típica de Hitch, el policía que no sale de su asombro… y el espectador igualmente entusiasmado con el espectáculo.

Nunca una descripción de un personaje ha sido tan explícita sin haberlo visto ni haberlo oído hablar. Magistral uso del teléfono.

Aunque luego la vemos y es aún mejor: sus gestos en el juicio de su hijo; su predisposición a allanar la habitación del presunto Kaplan en el hotel… previo soborno económico de su hijo.

¿Se imaginan a la madre del protagonista dirigiéndose a los potenciales asesinos de su hijo en un ascensor? «Ustedes no querrán asesinar de verdad a mi hijo, ¿verdad?». Risas, naturalmente.

Mal lugar para escapar de una amenaza… y, sin embargo, la madre es la única que consigue sacarlo con vida.

Lo que da de sí una madre en manos de Hitch.

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8. Una subasta

En un film que es un catálogo de grandes escenas es difícil quedarse con una, pero si hubiera que elegir, quizá la de la subasta sea la más recordada.

Una toma única, desde la mano en el cuello (Vandamm marcando su territorio, su rubia) la cámara recorre toda la sala hasta llegar a Thornhill (el novio celoso de lo que creía «su territorio»). Un plano sirve para presentar el escenario, los protagonistas y el conflicto.

Luego, un duelo verbal. Naturalmente, la amenaza se cierne sobre Thornhill: individuos armados en las salidas. ¿Cómo escapar?

Y aquí, el publicista, hábil vendedor de humo, la arma. Con un sentido del humor prodigioso, boicotea la subasta. Aprovecha para lanzar algún dardo sobre el comercio del arte. Y, finalmente, se pelea con los organizadores.

Debe venir la policía. A detenerle. En definitiva, a salvarle.

Magnífico ejemplo de cómo dar la vuelta a una situación para convertir lo inverosímil en la solución más lógica. Menos mal que es publicitario… o no habría tenido una idea tan genial.

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9. ¿El falso culpable?

No hay falsos culpables en el film. No son esos los personajes del cine de Hitch, por más que algunos hayan insistido en ello.

Quizá nadie es culpable de lo que se le acusa… pero todos tienen motivos para no levantar la mano con que tirar la piedra.

Thornhill, el vendedor, el timador, el embaucador, que roba taxis y todavía pretende que la persona se sienta bien. Un publicista, claro. Como Hitch.

Y no es el único. Todos mienten.

Eva Kendall, ella, enamorada, pero doble agente ante todo, miente para salvar su vida como espía.

El Gobierno (la CIA, el FBI y cualquier otra), que se niega a decir la verdad del falso asesino porque conviene a sus planes. «Adiós, señor Thornhill, donde quiera que se encuentre», sentencia la secretaria tras confirmar sus jefes que no le ayudarán.

Incluso el mozo de tren: denuncia que le han atracado y le han robado la ropa, pero cuando se marcha la policía cuenta el dinero del soborno. Imposible narrar más con menos planos.

No, no son falsos culpables los protagonistas del cine de Hitch. Si acaso, falsos inocentes.

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10. Y, naturalmente, el MacGuffin

¿Recuerdan el microfilm? ¿Y qué llevaba? ¿A quién le importa?

Eso es el MacGuffin. Sirve para lanzar la trama. Y luego se olvida.

Lo importante son los personajes.

Y estos son memorables. Todos. La madre, el policía, el espía, su secretario, la rubia que no es lo que parece…

Pero permitidme que me quede especialmente con uno: Roger Thornhill, alias Kaplan, George Kaplan.

Junto a Hal-9000 (el ordenador de 2001: una odisea del espacio), uno de los grandes personajes de la historia del cine. Un compañero de viajes ideal.

Escribe Mr. Kaplan

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PD: no te pierdas este tráiler

Si ya has visto Con la muerte en los talones, no te pierdas el tráiler original americano que te ofrecemos a continuación. Y si no has visto el film, este avance te dará una buena idea de lo que te pierdes.

Lo protagoniza Hitchcock, como vendedor de una agencia de viajes, sí, como Cary Grant en el film. Nos presenta algunas escenas. Y algunos escenarios. Con elegancia y humor.

Un ejemplo perfecto de lo que debería ser un tráiler… nada que ver con los rutinarios montajes que vemos hoy en día.

Una auténtica joya.