Crimen perfecto (Dial M for Murder, 1954)

  08 Febrero 2021

Un crimen casi perfecto

crimen-perfecto-0000Crimen perfecto (1954) es una de mis películas favoritas, de mi también favorito director Alfred Hitchcock. Lo es por su minimalismo, por sus actores y, dentro de ellos, singularmente, por otra predilecta de mis gustos, Grace Kelly. También el film es principal pues, jugando con los elementos imprescindibles, construye una intriga poderosa que encierra el ingenio de un guion aritmético.

Pero veamos, la película está basada en una exitosa obra de teatro del escritor Frederick Knott que, tal como él mismo afirmó, «Odiaba escribir». Paralelamente, Hitchcock, por esos entonces también llegó a decir que se le estaban acabando las pilas. Son tomados estos datos de los escritos de las conversaciones de Hitchcock con Francois Truffaut.

De esta película, oficialmente la número 45, Hitchcock incluso llegó a decir que podía servir de ejemplo de él mismo «viajando, jugando a lo seguro»; y acabó diciéndole a Truffaut: «No hay mucho que podamos decir sobre esa, ¿verdad?», por lo que Truffaut cerró sus comentarios de este film en tres páginas. Pero nada más lejos de la realidad.

Volví a ver esta película por enésima vez no hace mucho. Y de nuevo tengo que subrayar que Hitchcock ha sido uno de los más GRANDES del cine de todos los tiempos. Hoy, cuando al parecer tantos medios técnicos y recursos parece que hacen falta para rodar una película, resulta que el maestro Hitchcock realiza la que ahora comento dentro de un pequeño apartamento y con tres o cuatro actores. Y encima, hace que no te levantes de la butaca aunque la hayas visto ya una docena de veces.

Si la dirección es magistral, no lo es menos el guion del dramaturgo Knott, que escribió una trama sencilla para abordar asuntos complejos, que incluyen planear un crimen, pero también los celos, la ambición, la infidelidad, etc. Un guión milimétrico e inverosímil y técnicamente perfecto.

La música de Dimitri Tiomkin acompaña a la perfección con una partitura que enlaza pasajes románticos y melódicos (Margot y Mark), de creación de suspense y dramáticos, de excelente factura y gran colorido.

La fotografía de Robert Burks es realmente buena, y utilizó la cámara de «visión natural» de M. L. Gunzberg, que sería el preludio del 3D, a la vez que ofrece planos elevados emocionantes, planos de detalle que sostienen y alimentan la incertidumbre, claroscuros que parecen sacados de la obra de Rembrandt y un montaje fluido, suave, casi imperceptible. O sea, como escribe Barnes: «uno de los trabajos de cámara más extraños y complicados de la carrera de Hitchcock».

De hecho, lo más fastidioso es valorar la película rodada para 3D, sin verla en 3D. Es muy difícil, y hay que decirlo, valorar composiciones para las tres dimensiones (las tijeras, el rostro de la Kelly, la lámpara en medio siempre, retratar desde abajo los personajes para dar sensación de profundidad inexplicable) y sin el visionado 3D: complicado. Pero dicho queda y sigamos.

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El reparto es de lujo en todos los sentidos. Brilla sobre todo una Grace Kelly hermosísima, expresiva, delicada, en fin, un lujo, no en vano Hitchcock bebía los vientos por ella. Y está igualmente inspirado Ray Milland, su marido en el film, que sabe expresar con absoluto acierto todo su cinismo, con encanto de serpiente, epítome elegante del mal de la clase alta.

Hay una escena, la última vez que Wendice cree que verá a su esposa viva, cuando sale del apartamento se vuelve hacia ella, le da una palmada en la mejilla y le dice «Adiós, querida». Palmada que es despectiva, un «adiós» espantosamente definitivo. La Kelly, que actuaba por vez primera para Hitchcock, aunque no tiene mucho que hacer como el personaje de Margot en la película, da no obstante una reacción inquietante, llena de dolor y confusión, con un toque de reconocimiento y cimbronazo llamativo.

Robert Cummings, estupendo y medido en el papel de novio-amante de Grace. Anthony Dawson, muy bien como asesino comprado. Y acompañan con igual maestría Leo Britt, Patrick Allen o George Leigh. Como siempre, Hitchcock supo elegir y dirigir a la perfección al cuadro actoral.

La historia se desarrolla en Londres durante tres días, con un epílogo situado meses más tarde. Tenemos liderando la historia a un apuesto y pragmático jugador de tenis retirado, Tony Wendice (Ray Milland), que tiene in mente acabar con la vida de su bellísima y rica esposa, Margot Mary (Grace Kelly) porque sospecha, no sin razones, que le es infiel; además está en un primerísimo plano igualmente el temor de Tony a perder la herencia de su esposa si ésta le pide el divorcio.

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Efectivamente, Margot, cansada de la vida desordenada y egocéntrica de Tony y de sus ausencias frecuentes, se enamora de Mark Halliday (Robert Cummings), escritor norteamericano de guiones policíacos para la televisión. El frío y calculador Tony consigue contactar con un antiguo compañero de la Universidad, Charles Swann (Anthony Dawson), ex convicto, individuo débil, que carece de escrúpulos y es capaz de todo por dinero.

Así, le convence para que cuando él se ausente una noche, con unas llaves que le dejará, se interne en la vivienda donde estará su esposa, y cuando ella vaya a atender el teléfono, justo a una hora en la que él la telefoneará, el antiguo camarada la asesine.

Esta película es desde mi parecer una obra maestra, una obra mayor de Hitchcock, un verdadero fenómeno del cine, con un calculado y medido guión. En una obra así, aparentemente sencilla, de plató sencillo y con apenas personajes, la historia debe ser bien contada para que no resulte tediosa. Pues bien, esta cinta es una auténtica lección de lo que deber ser la conducción precisa del tempo narrativo y el manejo por tanto del suspense, de la intriga y de la perplejidad que no amainan hasta prácticamente el final.

Al modo de La ventana indiscreta, estrenada en ese mismo año de 1954, Hitchcock y su enorme talento consiguen que, rodada dentro de un pequeño apartamento el noventa por ciento del metraje y con apenas cuatro personajes, llueva, truene y caigan rayos y centellas de incertidumbre y emoción. Para ello Hitchcock nos cuenta la historia apoyándose visual y simbólicamente en pequeños detalles, gestos y objetos aparentemente sin importancia, en los cuales descansa el suspense y la turbación que provocan los acontecimientos.

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Crimen perfecto es en gran medida ir viendo cómo la trama avanza a través de esos detalles aparentemente secundarios. Y esto hace que la construcción visual de la película sea de primer orden: unas cortinas, unas tijeras, una puerta, unas llaves, todo hilado artesanalmente: ¡qué difícil es hacer eso! ¡Un mérito de Hitchcock y su realización en la ponderación del detalle!

En definitiva, esta película es arquetípica de Hitchcock con su obsesión por el crimen insondable, tras una inteligencia superior capaz de alimentar la confusión y el desconcierto en torno a los hechos, ocultando la identidad del asesino e impidiendo probar la responsabilidad de nadie.

Es un crimen perfecto porque está tan perspicazmente planeado y tan fríamente consumado que no deja pistas y resulta muy difícil descubrir al culpable… aunque no imposible.

Un film que tiene de todo: es crimen, es misterio, es amor, es suspense, es intriga y es thriller. No sé si se puede ofrecer más.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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