Arde Mississippi (Mississippi burning, 1988), de Alan Parker

  15 Diciembre 2020

La trinchera y el puente

misssissippi-burning-0Tratando el tema que se revisa en este Rashomon, resulta paradójico que al recientemente fallecido Alan Parker se le haya reprochado a veces un cierto deje racista en sus inicios cinematográficos. Algunos de sus críticos van más allá de la —en este sentido— poco discutible El expreso de medianoche, y extienden este reproche al conjunto de su cinematografía.

En mi opinión, tal aserto es exagerado, pero no puede dudarse de que la película que lo lanzó al estrellato no solo representaba a los carceleros turcos como salvajes despiadados, sino que incluso no se dignó a caracterizar amablemente a ningún personaje de esta nacionalidad.

Uno podría pensar que las exigencias del guion de Oliver Stone así lo quisieron, pero lo cierto es que ni siquiera los actores de la película eran turcos: los que los representaban estaban interpretados en realidad por griegos o armenios, como si la propia naturaleza otomana manchase. Algo demasiado evidente como para no ser tomado en consideración por los más vigilantes paladines de la igualdad.

El hecho es que, en 2010, los propios Parker, Stone y Hayes —la persona real en cuyas vicisitudes se inspiró el relato—, viajaron a Turquía para disculparse y asistir a una proyección de la película en una cárcel que a todas luces nada tenía que ver con el infierno representado en el filme.   

Pero si algo de racismo hubo, quizá fuera necesario analizarlo en otra ocasión, porque lo cierto es que con la película que nos ocupa, Arde Mississippi, Parker se ganó la redención... aunque no se sabe si por el hecho de empatizar con los negros del sur de los Estados Unidos o por caracterizar a su vez a los norteamericanos como salvajes despiadados.

Si fuera lo segundo, quizá no cupiese descartar rasgos de una poco disimulada superioridad moral británica del director y asentir en cierta medida con sus críticos, pero lo cierto es que en la película ambientada en el condado de Neshoba, al menos aparecen norteamericanos dignos.

Lo son todos y cada uno de los personajes que sufren, como las familias negras acostumbradas al vergonzoso apartheid que durante décadas sobrevivió a la Constitución americana que tan orgullosa proclamaba la igualdad de todos los seres humanos; lo es la doliente esposa de uno de los capitostes del Ku Klux Klan, interpretada por una serenísima Frances MacDormand, y lo son, cada uno a su manera, los dos agentes de la Ley interpretados respectivamente por Willem Dafoe —el legalista cachorro de Hoover, que no renuncia a los escrupulosos procedimientos de Washington hasta que se da cuenta de que el terreno no es lo único pantanoso en la zona del Mississippi— y por Gene Hackman, el viejo zorro sureño acostumbrado a tratar, por su propia condición, con todo tipo de alimañas autóctonas.

La historia

La base de lo que cuenta Arde Mississippi es histórica: tres activistas por los derechos civiles, James Earl Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner, inscritos en el movimiento «verano por la libertad» se adentran en el sur profundo de los EEUU para propagar el mensaje de la igualdad que ya estaba triunfando en el noreste.

La aplicación práctica de este movimiento consiste en la educación de las personas afroamericanas de los condados del sur y su más problemático registro para votar en las elecciones locales y presidenciales. Como pueden imaginarse, tal iniciativa no despertaba el entusiasmo de una población que aún se regía por las viejas leyes segregacionistas de Jim Crow, y que veía peligrar una mayoría tradicionalmente conservadora en estos aspectos.

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Las consecuencias para estos atrevidos muchachos —entre los que, osadía de las osadías, se contaba un negro instruido— fueron, por orden de aparición, las palizas e incendio de los locales donde daban sus charlas por parte de los amistosos integrantes del Klan, el acoso policial, la detención ilegal y, posteriormente, la caza nocturna en las carreteras de Mississippi y la muerte.

Pero todo eso es apenas intuido en los primeros minutos del filme. El grueso del mismo se centra en la investigación que lleva a cabo el FBI para encontrar a los tres desaparecidos, y las reacciones que tal investigación provoca en una población anclada —como sugiere uno de los más ocurrentes chistes de Anderson (Gene Hackman)— un siglo en el pasado.

Los primeros «peros» a la película pueden hallarse aquí: ¿de verdad pretende Parker que nos creamos que el FBI se comportó tan dignamente en la defensa de los activistas por los derechos civiles, cuando este movimiento era en realidad una de las bestias negras de Hoover que incluso le llevó a diseñar el Cointelpro, el programa de contrainteligencia llamado a desbaratar las organizaciones disidentes de los EEUU entre las que se encontraban los movimientos anti Vietnam y a favor de los derechos civiles?

Nadie puede negar que el despliegue de los federales fuera colosal, y que Hoover en realidad actuase obligado por Lyndon B. Johnson, quien pretendía erigirse en sucesor moral de Kennedy. Lo que resulta más dudoso es que gente como el agente Ward (Willem Dafoe) tuviera una altura moral como la que se muestra en el filme, siempre tan devoto del heroísmo de los activistas, siempre tan pegado a los pulcros «métodos del FBI».

La película, sin embargo, es valiente a la hora de mostrar cómo la Ley del silencio imperaba en el viejo sur, y cómo el viejo dicho de «no remover la mierda» era el método más efectivo para no romper la «paz social» por aquellos lares. Naturalmente, nos referimos a la paz de los cementerios, de las cruces ardientes y las toscas horcas en árboles a medianoche.

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Podría considerarse que Arde Mississippi es una especie de reverso de la moneda que supuso Matar a un ruiseñor, la novela de Harper Lee llevada al cine por Robert Mulligan. En ambas, la ley del silencio impera de un modo activo.

No se trata del miedo que alguien justo pueda tener a las consecuencias —aunque este elemento aparece en la figura de la señora Pell (Frances McDormand) o los personajes afroamericanos que viven bajo la amenaza de las visitas nocturnas del Klan—, sino del ominoso mutismo que guardan los ciudadanos blancos que justifican las acciones de los encapuchados y que sienten como propias, justas y equilibradas las leyes segregacionistas que impiden una mezcla de razas que «acabaría por destruirlas a ambas».

Sin embargo, mientras que la Ley del silencio activo de Matar a un ruiseñor se orienta a la consecución de la condena para un inocente, en Arde Mississippi lo que busca es absolver a los culpables.

En efecto, y aunque no se ha dejado de señalar que la película omite que la mayor parte de los acusados por asesinato fueron exculpados en la vida real —ocho de quince, aunque en Arde Mississippi solo menciona al sheriff—, no lo es menos que lo vergonzoso del proceso se deja patente en el caso de tres de los acusados por incendiar una casa, que tras ser condenados a cinco años de prisión, fueron puestos inmediatamente en libertad condicional por el mismo juez que había dictado esa sentencia, bajo el pretexto de que se habían visto inclinados a la comisión de semejante acto por la presión ambiental que los liberales de Washington habían creado en el tranquilo pueblo del condado de Neshoba.

Hay que decir, en honor a la verdad, que el sheriff Edgar Ray Killen (Ray Stuckey en la película de Parker) fue juzgado y condenado en 2007 a sesenta años de prisión después de que se reabriese el caso merced a... ¡un documental realizado por tres alumnas de secundaria! Este trabajo aportó nuevas pruebas que fueron tomadas en consideración cuarenta años después, quizá porque los tiempos ya estaban maduros para procesar a cualquiera, sin que realmente importase su color de piel.

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Choque de trenes

Uno de los elementos más interesantes de la película es el duelo interpretativo de Willem Dafoe y Gene Hackman. Parece poético que dos actores —uno en el cénit y otro en los inicios de su carrera— representen tan claramente dos estilos policiales distintos en el planteamiento dramático del filme.

Alan Ward (Dafoe) es un joven oficial del FBI que, a pesar de llevar trece años en el cuerpo, aún parece muy apegado al manual del buen agente: pulcritud, interrogatorios distantes y fríos, atado al procedimiento, y una excesiva confianza en que la ley se abrirá paso frente a todas las dificultades porque, incluso en un pueblo de demonios, esta debe ser como una potentísima luz que guie por buen camino las relaciones sociales y a su vez ciegue a quien se atreva a desafiarla.

Rupert Anderson es un viejo sheriff reconvertido en agente del Bureau que ya está de vuelta de todo y conoce demasiado bien los entresijos de las leyes consuetudinarias de los demonios del sur. Estos no se van a dejar cegar por la luz que irradian los prístinos mármoles del capitolio, y Anderson sabe que el miedo, la autocensura y una prudencia secular pueden más que todos los pulcros agentes de Virginia.

La tradición cinematográfica quiere que el viejo enseñe al soberbio e inexperto joven, pero aquí Parker ha hallado la manera de renovar el relato, de manera que el uno se adaptará al otro, con cierto aprendizaje mutuo, aunque sin evitar mostrarnos alguna chispa incendiaria entre ambos.

Ward aprenderá de Anderson que al fuego se le combate con el fuego, y que el mismo miedo que atenaza a los afroamericanos puede cambiar de acera si se le sabe empujar en la dirección correcta.  

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Anderson diluirá su cinismo y acabará por implicarse moral y emocionalmente en un asunto sobre el que en un principio guardaba un evidente escepticismo: tan duros son los hechos, tan lamentable la depravación humana, que el viejo zorro no puede justificar ya el odio mediante el recurso a la miseria, esa que envenenó a su padre haciéndole creer que, si no se podía ser más que un negro, no se podía ser nada.

El odio y el desprecio que se va filtrando a través de su cínica coraza es un lixiviado tan puro que no puede provenir de las meras circunstancias económicas. Son un odio y desprecio cultivados durante generaciones —el director se encarga de mostrar cómo los niños pequeños lo aprenden de sus padres—, justificados ideológicamente, a veces disfrazados de caridad o de condescendencia —la mezcla de razas acaba por degenerar a ambas, y eso es malo para los negros también— y ya no responden a causas ajenas a sí mismos.

Cuando Anderson acabe por reparar en ello no se volverá más noble —no renunciará a sus expeditivos métodos, no seguirá la cegadora luz de la Ley— pero sí se implicará personalmente: pondrá estos medios al servicio de Ward, que se verá obligado a aceptarlos, asumiendo que la espiral de violencia es imparable sin el recurso a la astucia del zorro, aquella que enseña los dientes cuando y en la medida que sea necesario.

De la comunión de ambos estilos surgen los mejores momentos del filme: esas pequeñas trampas que hacen que los del Klan se acusen los unos a los otros, esa maravillosa y poética escena en la que un afroamericano encapuchado hace —literalmente— sudar tinta al alcalde, que la pondrá negro sobre blanco en forma de chivatazo, desencadenando un clímax apoteósico y un tanto apresurado que sin embargo Parker sabe luego aplacar con ese final realista: la señora Pell sola, odiada o incomprendida por casi todos y sin más refugio que un hogar destrozado —en todos los sentidos—, al que no renunciará a pesar de haber renunciado a todo lo demás; un predicador que habla sobre cómo los chicos blancos asesinados no serán enterrados en los mismos cementerios que los negros y sobre cómo ya no le queda más amor por predicar, sino solo una rabia que quiere que los demás compartan —y que quizá fuera el motor de futuras revoluciones—; las familias afroamericanas cantando en medio del campo, sin una iglesia a la que acudir para sus rezos, que también restarán solas cuando la mano de la justicia del noreste se aparte... y el henchido orgullo de quien cree haber cumplido con su misión, a pesar de dejar tras de sí una sociedad desgarrada  y turbada.

Ward se retira feliz, tuteando a Rupert Anderson, mientras el plano se abre y muestra un cementerio de tumbas diseminadas, para después centrarse en una, destrozada, que señala que 1964 nunca será olvidado.

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La prensa

Uno de los aspectos más llamativos de Arde Mississippi es su capacidad para generar polémica desde la ambigüedad de los hechos y sus veladas sugerencias: ¿Qué supuso la investigación del FBI, al fin y al cabo? ¿Algo más que agitar un avispero y producir decenas de damnificados, muertos incluidos? A causa de esto... ¿estaba sugiriendo el predicador de la última escena del filme que los negros debían levantarse en armas, preludiando el movimiento de los Panteras negras o el Black Liberation Army? La reacción del FBI a estos movimientos, sustanciada en el Cointelpro, ¿no fue acaso una nueva caza de brujas? ¿Hubiera sido mejor no intervenir, manteniendo la paz de los cementerios y las cruces ardientes?

Todas estas cuestiones sobrevuelan el filme más o menos explícitamente, pero es mérito de Parker el no moralizar sobre ello. Sin embargo, el británico no elude la crítica al papel de la prensa y la sociedad del espectáculo ¿Cuánta responsabilidad tuvo esta en el hecho de que los crímenes se investigasen? ¿Se hubiera hecho si dos de los asesinados no hubieran sido blancos?

Estas preguntas no son retóricas en la medida en que, durante la búsqueda de los activistas, aparecieron los cadáveres de siete personas negras que habían estado largo tiempo sepultadas y a las que nadie prestó atención mediática. De hecho, la ocultación no fue la única de las manipulaciones mediáticas de aquellos tiempos, porque la exageración formó parte del modus operandi de la prensa. 

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Por ejemplo, se dijo que el número de inscritos para votar entre la joven población negra, gracias a los esfuerzos de los voluntarios de los «veranos de libertad», ascendía a 30.000 personas. Estas cifras hubieran producido un vuelco electoral catastrófico para los defensores de las viejas leyes de Jim Crow, y al parecer, esta interesada tergiversación solo buscaba encender una chispa de indignación que promoviera, por un lado, una indignación suficiente que moviera a la reacción política a los lugareños y, por el otro, un espectáculo digno para los aburridos telespectadores norteños ansiosos por contemplar luchas románticas.

Y es que a lo largo de la película se muestra cómo la televisión, fundamentalmente, retrataba a los pobladores del sur cono rednecks iletrados, racistas e indigentes sociales que vivían en el siglo XIX y que merecían ser ilustrados.

Pareciera que Parker pudiese esbozar con esto un atisbo de autocrítica con respecto a la superioridad moral de los «civilizados», esos que, como él mismo, pretendían dar lecciones desde las opulentas ciudades del norte. La sociedad del espectáculo necesitaba de bufones, por muy crueles que fuesen, para regodearse en su propio narcisismo.

Nada mejor que el exotismo afrancesado de Jackson o Nueva Orleans, con cerca de un 70% de población negra deseando ser salvada de ese 25% de blancos que perdieron la Guerra de Secesión, para sentirse como los nuevos embajadores de los Derechos Humanos, paladines de la Ilustración y el progreso. Gentes que llegaban, veían y vencían para después marcharse a salvar otra parte del mundo, donde aún quedase algo de espectáculo edificante que dar.

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¿Moraleja?

Ya hemos señalado que quizá no la tenga, o que Parker haya sido lo suficientemente sutil como para no plasmarla explícitamente. Lo cierto es que ese plano final, centrado en la lápida de 1964, parece sugerir que ese año fue uno de los puntales de inicio de todo lo que estaba por venir.

Aunque la lucha por los Derechos civiles se había iniciado tiempo antes, fue en 1964 cuando se promulgó la Ley que llevaba ese nombre. Impulsada en un principio por John Fitzgerald Kennedy, esta no vio la luz hasta un año después de su muerte, y fueron los hechos de Mississippi los que empujaron a Lyndon B. Johnson a aprobarla.

Martin Luther King recibió el premio Nobel en diciembre de ese mismo año. Malcolm «X» sería asesinado tres meses más tarde y King, apóstol de la no violencia, cuatro años después, apenas dos meses antes que mataran al senador Robert Kennedy, otro de los más famosos luchadores por los derechos civiles que impulsara su hermano.

Todo el mundo estuvo de acuerdo en que, con respecto a los asuntos raciales, los sucesos de Neshoba fueron los más violentos desde la Guerra de Secesión, y el cambio sustancial que se produjo desde entonces, tardaría décadas en diluirse.

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No puedo dejar, al señalar estos hechos, de recordar un fragmento del Deutsches Requiem de Jorge Luis Borges:

«Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas».

Y es que el Klan, al igual que los nazis, prácticamente ha desaparecido hoy día, pero la concordia no ha llegado ni parece cercana: el odio se cierne ahora sobre las dos poblaciones y ambas se mueven en una dialéctica destructiva que mueve a millones de personas. La situación anterior, tan injusta como insoportable, no ha sido reconducida por los constructores de puentes, sino por los cavadores de trincheras.

El Mississippi nunca será vadeado de esta manera. El fuego avivado no permitirá ver la esperanza en la otra orilla. La fuerza de la corriente amenaza con arrastrarnos a todos al fondo cenagoso...

Pero ¿quiénes somos nosotros para dar lecciones desde nuestra atalaya moral, tan lejana y ajena al dolor de la tierra quemada?  

Escribe Ángel Vallejo 

 

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