Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), de Robert Mulligan

  22 Diciembre 2020

La emoción del recuerdo

matar-a-un-ruisenor-0«Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad»

Martin Luther King

Un clásico en blanco y negro cargado de modernidad. Una película que continúa hablándonos directamente al corazón. Una creación imperecedera. Así vemos, con dos décadas a cuestas del siglo XXI, Matar a un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan.

Todo el filme se desarrolla como un canto a la libertad y a la tolerancia. El punto de vista, potenciado por una magistral voz en off, lo ostenta Scout, la niña que va creciendo a la vez que intenta comprender el mundo gracias a la luz bondadosa y justiciera de su padre, el abogado Atticus Finch, encarnado por Gregory Peck, que nos entrega un papel inolvidable.

Peck, en este largometraje, lleva el cine a una de sus zonas más altas, aquellos lugares donde habita la eternidad artística. Peck en Matar a un ruiseñor, al igual que Anna Magnani en Roma, ciudad abierta (1945), Burt Lancaster en El gatopardo (1963), Lola Gaos en Furtivos (1975) o Héctor Alterio en La historia oficial (1985), no sólo actúa, está transmitiendo los latidos de varias generaciones, pretéritas, presentes y venideras.

Dos niños huérfanos, Scout y Jim, que se abren camino en la vida, sin perder la alegría y el espíritu aventurero propio de la infancia. Su padre, con todo su fulgor ético, se constituye en el faro que los alumbra. En la primorosa secuencia del juicio, donde Atticus, se muestra seguro de defender a un hombre inocente, el individuo negro Tom Robinson, y las palabras del abogado resplandecen por su honestidad y afán de justicia, vemos en algunos planos a sus hijos, que desde la segunda planta de la audiencia —a la que han accedido a escondidas de su progenitor—, contemplando emocionados a Atticus, en una de las más humanas lecciones que aprenderán en su vida: la defensa de las causas justas, aunque muchos elementos estén en nuestra contra.

Y sí, estamos en 2020, y Matar a un ruiseñor es solo una película, pero debo expresar, quizá de manera ingenua, que este largometraje, como todas las grandes creaciones culturales, para mí expresa la vida, con todo su brillo y oscuridad. En nuestra época de tiempos sombríos, como dijera Brecht, han retornado los prejuicios y las actitudes racistas y homófobas de períodos pasados, que quizá nunca se fueron. Y muchas personas lanzan diatribas contra sus semejantes por el color de su piel, su lugar de nacimiento, su opción sexual.

¿Qué veo en Atticus? La esencia de la democracia, un sistema por el que nunca tenemos que dejar de luchar. Y el espíritu democrático se basa en el respeto, la integración, el progreso. Y Atticus no es ningún radical, ningún demagogo, simplemente es un hombre bueno que aporta su granito inmenso de arena para conseguir un mundo más amable, más armónico. El mundo que quiere dejar a sus hijos y a sus congéneres por herencia, un mundo donde la fraternidad y la concordia se impongan al odio y la violencia.

Atticus aguanta escupitinajos, ofensas, actitudes llenas de desprecio. Aguanta y aguanta. Su bondad tiene mucho de niño, de niño grande, y quizá debido a esto sea la propia Scout la que lo proteja en la secuencia en la que los campesinos, cegados por el racismo, pretenden asaltar la prisión donde está encerrado Robinson, otro de los momentos luminosos de película de Mulligan.

El problemático e iluminador universo infantil queda reflejado con emotividad y maestría en la película. La casa en el árbol, la rueda colgada de sus ramas, las incursiones nocturnas a espacios llenos de enigmas. Los difíciles primeros pasos en el colegio, el amigo que llega a esta pequeña ciudad de Alabama en las vacaciones de verano.

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Y Jim y Scout, los dos hermanos, que hablan cuando llega la noche desde sus camas. Que se resisten a dormirse, conversando. «¿Era hermosa, mamá? ¿Era buena? ¿Era simpática?», pregunta la niña a su hermano mayor. Cuánta ternura, cuánta humanidad.

Hay un claro paralelismo en las escenas infantiles entre Matar a un ruiseñor y El espíritu de la colmena (1973). En ambas películas se expresa el conocimiento temprano del mundo, con sus alegrías y sus tristezas, desde la niñez. Y en ambas, un personaje misterioso que les ofrece protección —aquí Boo Radley; en el filme de Erice, Frankenstein—, alguien en los márgenes de la sociedad que les ampara con la luz de los sentimientos, con la necesidad de sentirse querido.

En su primera aparición cinematográfica, Robert Duvall, como Boo, muestra todo su potencial actoral que en los años sucesivos desarrollará en hitos como El Padrino y El padrino II (1972 y 1974) o Apocalypse Now  (1979), de Coppola. Boo Radley es, en Matar a un ruiseñor, lo que Azarías —Paco Rabal— en Los santos inocentes, de Camus.

Basada en la prodigiosa novela de Harper Lee, la película de Mulligan supone una de las cimas fílmicas del cine estadounidense de comienzos de los 60, al nivel de El apartamento (1960), de Wilder, o ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), de Aldrich.

Magnífica desde el inicio, con la serie de encadenados de los objetos del pasado, los recuerdos de la infancia —las figuras de madera, el reloj de mano, los lápices, las antiguas monedas—, al fondo una música bellísima. Y se abre la cajita, como echa a andar la vida, como se inicia este largometraje que, seis décadas después, mantiene intacto su alcance poético, su humanismo ejemplar.

Escribe Javier Herreros Martínez

 

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