El insulto (L’insulte, 2017), de Ziad Doueiri

  26 Noviembre 2020

Rencor en las entrañas

el-insulto-0Leí en algún lugar que detrás del racismo siempre aparecen rescoldos de fanatismo religioso. En aquel momento semejante consideración me resultó un guiño a la provocación. Uno tiende a pensar que las religiones están comprometidas con el fomento de la convivencia entre los seres humanos. Sin embargo, en demasiadas ocasiones nos encontramos que aquéllas, alentando determinadas actitudes y emociones, acaban provocando enfrentamientos absolutamente irracionales. Especialmente cuando las creencias se las apropian grupos sociales articulados en torno a alguna suerte de signo identitario.

En la película El insulto, desde luego, el racismo no es su tema central, como tampoco es una superproducción ni está promovida por alguna de las major norteamericanas. Se trata de una pequeña producción francolibanesa en la que, a partir de un conflicto cotidiano, nos sumerge en el traumatizado mundo interior de los dos personajes protagonistas. Pero el conflicto que los bloquea es tanto un problema de cada uno de ellos como un lastre para la convivencia en colectividad. Al eludir las servidumbres de las grandes productoras, el director puede ocuparse de las formas menores de manifestarse el racismo en nuestras sociedades, aunque el relato cinematográfico adolece de algunas debilidades.

La película arranca con el plano general del líder de los cristianos libaneses arengando a sus simpatizantes, y se trata de un partido que parece gozar de la simpatía de los judíos. En la primera fila del meeting la cámara nos presenta a uno de los protagonistas y, en cierto modo, ya se nos anticipa quién es el malo de la historia.

El siguiente plano nos introduce en el interior de su casa, donde advertimos que será papá muy pronto. Circunstancia en la que su esposa le pide mudarse a la ciudad de la familia, petición que él rechaza sin contemplaciones porque el trabajo lo tienen donde viven ahora. Poco después se pone a regar las plantas en el balcón de casa, y a partir de ahí se desencadena el conflicto con el encargado de una cuadrilla de operarios dedicados a las obras municipales de mejora del barrio.

De modo que en pocos segundos el director nos ha facilitado abundantes detalles sobre el personaje clave de las peripecias que nos mostrará en pantalla. Pero se trata todavía de una información del presente en el que se desenvuelven los personajes, y que narrativamente funciona como activador de las experiencias del pasado de cada uno de ellos. Pasado que acabará dando sentido al presente, aunque para ello hayan de recurrir no al terapeuta sino al tribunal de justicia.

Y esta podría ser otra de las lecciones a sacar de la película: el director no apuesta por la tendencia conservadora y tan presente en nuestras sociedades según la cual detrás del conflicto siempre hay un trauma y, por tanto, la respuesta ha de ser psicoterapéutica. Al contrario, Ziad Doueiri nos propone una vía alternativa, pues recurre a estrategias tan sencillas como el diálogo, la memoria, la disculpa, una puesta en escena de clases populares y en último lugar la justicia.

El conflicto recreado en El insulto, se localiza en un barrio de Beirut entre un cristiano libanés y un refugiado palestino que además parece musulmán. El primero riega las plantas del balcón de su casa, tarea en el ámbito privado, pero con la mala suerte que le salpica con un poco de agua al segundo, encargado de arreglar los desperfectos urbanos.

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Así arranca el enfrentamiento entre los dos personajes, que evoluciona hasta desembocar en una confrontación que incluso llega a las manos. A todo esto, el celoso operario municipal pretende arreglar la pequeña rotura de la cañería de un balcón, cuando en un plano aéreo vemos la cantidad de edificios de Beirut que siguen reducidos a escombros por las bombas recientes, muchas de ellas lanzadas por facciones todavía sin identificar —en las primeras secuencias de El rehén-Beirut (2018), de B. Anderson, se dan unas pinceladas que ayudan a entender un poco mejor el porqué de las ruinas—.

Llegados a este punto cabe preguntarse: ¿hay un componente racista en la trama que nos muestra la película? Ya hemos dicho que explícitamente no es ese el tema central de este trabajo de Doueiri, sin embargo, está latente, a mi entender, en todo el metraje de la película. Aparecen recuerdos, palabras, miradas y gestos teñidos del veneno racista por cuanto en virtud de los prejuicios se desprecia y hasta desautoriza al otro.

En plena confrontación Toni, el cristiano libanés, le dice al refugiado: «¡Ojalá Ariel Sharón os hubiera liquidado a todos!». Más sibilino es el comentario del patrón de Yasser cuando dice: «La gente piensa que cuando le das trabajo a un palestino, luego trae a toda su familia». Es lo que se podría considerar como una forma de «racismo latente» que viene a ser más peligroso, por inadvertido, que el manifiesto ante el que no es difícil defenderse.

Estamos, por tanto, ante una película pequeña, al menos de producción, y quizá por esta razón ha recibido la desconsideración de algunos críticos por ser un cuento o «cine de verborrea». Sin embargo, sigo pensando que la película libanesa El insulto (L’insulte, 2017), el cuarto largometraje del director Ziad Doueiri, quien junto a Joelle Touma (pareja del director) escribieron el guión de lo que pretende ser una fábula a partir de los conflictos no resueltos —ni tampoco verbalizados— entre los dos o los muchos pueblos que habitan Beirut. En varios momentos de la película, se hace alusión a las diversas sensibilidades que convivieron tranquilamente en la ciudad y que ahora lo hacen de forma hostil.  

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El guión, a grandes rasgos, está bien construido, con personajes sólidos a quienes les suceden cosas que nos podrían pasar a cualquiera. Bueno, no todas. Se imaginan que el presidente del gobierno se interese en mediar ante una riña entre vecinos y acabe exclamando: «¡Aquí todos somos uno!».

Salvo algún detalle, sin duda, la historia transcurre de modo convincente y logra atrapar al espectador. Para lo cual se vale del recurso a los sucesos sorpresivos para darle ritmo a la narración, en la cual brilla la interpretación de los principales actores y actrices.

De hecho, en el festival de Venecia se estrenó la película y le concedieron además el premio a la interpretación secundaria masculina de Yasser, el refugiado palestino y «agresor» (Kamel El Basha). La puesta en escena es sencilla, pero muy coherente con el planteamiento de la historia que nos cuenta, al igual que la fotografía de Tommaso Fiorilli, sin grandes alardes estéticos consigue no distraernos en los momentos más intensos de la película.

Destaca especialmente el plano y contraplano final de la película en el que, antes de entrar en el taxi, Toni se vuelve y mira a Yasser que sale del juzgado. Es el instante que capta la conciliación y reconocimiento mutuo, subrayado mediante una leve sonrisa apenas dibujada en el primer plano del rostro de cada uno de los personajes.

En varias entrevistas el director ha insistido que con la película no pretende hablar de la guerra entre dos pueblos, sino del conflicto interior de los personajes ante un asunto casi banal. Asunto que en parte le sucedió a él en una de sus estancias esporádicas en Beirut y que luego complementó con la crónica aparecida en prensa sobre la resolución judicial de un caso semejante (paradójicamente la prensa que sigue el caso en la ficción no sale bien parada).

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Ahora bien, añade en una de las entrevistas: «al conocer muy bien los entresijos del poder judicial, principalmente por ser hijo de jueza y letrado, fue lo que me animó a localizar en ese entorno institucional la resolución de la pelea entre los dos vecinos».

El abogado de la acusación es el padre de la abogada que defiende a Yasser, detalle nada trivial, quien se supone pagado por el partido cristiano libanés porque es al que pertenece el mecánico Toni (interpretado por Adel Karam). Es precisamente este letrado quien indaga y expone ante los magistrados la matanza en el pequeño pueblo del que huye Toni con apenas 6 años, dramáticos sucesos de los que nadie quiere hablar. Sin embargo, la alusión a ellos en determinadas circunstancias puede provocar un «dolor inhumano», como dice la letrada de Yasser.

Son esas heridas que subyacen en el conflicto sometido a juicio por las dos personas afectadas, lo que les inhabilita para resolverlo por sí solos. Son aquellas experiencias vividas por acusación y acusado, encapsuladas en su interior, las que les han generado tanto odio y prejuicio que no son capaces de ver en el otro a un semejante. Más bien ven a alguien inaceptable por el color de su piel, por el acento con el que habla (Toni se lo dice así a los jueces) o por dónde viven (Yasser vive en un campo de refugiados palestinos).

La temática y enfoque de El insulto es casi una constante en el universo fílmico del director. Sin ir más lejos un planteamiento parecido podemos encontrarlo en su primera película West Beirut (1998) y en cierto modo también en El atentado (2012).

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En uno de los cortes de la entrevista al director, elegido por TVE cuando programaron esta película hace unas semanas, decía que siempre había estado muy impresionado por esa rivalidad entre los pueblos, «hasta el punto de insultarse y agredirse». Añade a continuación que le bastó irse de Líbano para vivir en otros países como Francia y más tarde en EE. UU., para darse cuenta del absurdo de aquellas disputas. El poner tierra de por medio, reconoce, le facilitó «ponerse en el lugar del otro y así desdramatizar los motivos del enfrentamiento y advertir que el pedir disculpas es lo más sencillo y sin que ninguna de las partes en litigio se sienta humillado».

En nuestras vidas, tanto individual como colectiva, hay episodios no bien resueltos que acaban interfiriendo el día a día con un racismo latente, pero igualmente agresivo. La apuesta del director para superar la situación es la memoria y la palabra, una postura tan poco beligerante que tal vez por ello la película no ha gozado de una gran difusión. La actualidad, como se puede comprobar a diario, está plagada de ejemplos contrarios.

Pese a todo, el reconocimiento internacional del director que había trabajado con otros grandes de la dirección (Tarantino entre otros), le llegará precisamente por El insulto. Película que como ya se ha dicho, recibió varios premios en distintos festivales, como el de Valladolid o Venecia, además de la nominación al Oscar a la mejor película en habla no inglesa.

El insulto, recomendable a todas luces, nos invita a reflexionar críticamente sobre nuestras propias historias antes, desde luego, antes de hurgar en el pasado de los demás. La memoria como individuos y como partícipes de una colectividad tiene que habilitar la palabra y la disculpa ante cualquier forma de prejuicio que dificulte la convivencia.

El insulto, por tanto, viene a ser un alegato contra el racismo y en favor del entendimiento entre las distintas sensibilidades, aunque no defienda a todas por igual.

Escribe Ángel San Martín 

 

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