El pianista (The pianist, 2002), de Roman Polanski

  21 Diciembre 2020

Las amargas desventuras del judío Wladyslaw Szpilman

el-pianista-0El 14 de febrero de 1943 el gueto de Cracovia comenzaba a ser desmantelado por los nazis, siendo las ordenes alemanas la aniquilación de las familias judías «una por una». Vislumbrando un futuro infausto para todos los suyos, Ryszard Polanski cortó el alambre de espino en un área poco vigilada de la plaza Podgorze, le dio un abrazo a su hijo Roman, de tan sólo nueve años, y le dijo que echara a correr y se alejara todo lo que pudiera.

Desde entonces hasta el final de la guerra, Roman Polanski sobrevivió vagando por la campiña polaca con identidad falsa y ocultándose en granjas al amparo de conocidos y vecinos que lo socorrieron. Su familia no tuvo tanta suerte, su madre Bula falleció en Auschwitz y su padre fue deportado a Mauthausen, logrando finalmente sobrevivir.

Lo que vivió Polanski es sólo una pequeña muestra de lo que sufrieron millones de judíos europeos en el pasado siglo XX. Las tesis racistas que Adolf Hitler vertió en 1924 en su panfleto Mein Kampf influyeron decisivamente en los terribles sucesos que acontecieron posteriormente.

Para Hitler, los arios eran la raza superior de donde provienen los triunfos de la especie humana y todos los problemas que estos sufren procederían de las razas inferiores, como los eslavos, los gitanos y especialmente los judíos, responsables de tramar una conspiración judeo-masónico-comunista que habría que combatir.

Cuando llegan al poder, los nazis promulgaron diversas normativas que llevaron a la practicas estas teorías supremacistas. En 1935 las «Leyes de Nuremberg» privaron de la ciudadanía alemana a los judíos, les obligan a llevar un brazalete distintivo en sus brazos y consagraron la separación racial, prohibiendo los matrimonios con los judíos. Desprovistos de sus bienes, pronto comenzaron a agruparlos en guetos y finalmente a trasladarlos a campos de concentración. Una vez iniciada la guerra, en la conferencia de Wannsee de 1942 se aprobó la «solución final», esto es, la eliminación física de los judíos y de otros «indeseables» internados en los campos. Se estima que el número de víctimas judías alcanzaría los seis millones.

Estos hechos brutales, unidos a la devastación general acaecida durante la 2ª Guerra Mundial, causaron tal impacto emocional en la humanidad que tuvo y sigue teniendo un reflejo muy acusado en la expresión artística y cultural. Cientos de obras de la literatura, el cine, la televisión, el teatro y las artes plásticas han tratado directamente o de forma tangencial el holocausto del pueblo judío.

Sin pretender ser exhaustivo, podríamos destacar a modo de ejemplo obras literarias como El diario de Ana Frank, Si esto es un hombre de Primo Levi o El largo viaje de Jorge Semprún. El comic Maus de Art Spiegelman o la TV movieHolocausto (1978). Y en el terreno cinematográfico Noche y niebla (Alain Resnais, 1955), La lista deSchindler (Steven Spielberg, 1993) o La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), entre tantos otros que podríamos enumerar.

Precisamente en la década de los noventa Steven Spielberg habría ofrecido a Roman Polanski la posibilidad de dirigir La lista de Schindler, pensando que sería la persona ideal para encarar este proyecto dada la experiencia vital del director polaco. Sin embargo, Polanski rechazó la oferta «porque pensaba que rodar en lo que quedaba del gueto de Cracovia sería demasiado doloroso».

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Sólo unos años más tarde Polanski descubre las memorias del pianista Wladyslaw Szpilman, donde se narran las desventuras del músico que intenta sobrevivir a duras penas a la destrucción del gueto de Varsovia. Decide rodar la historia de su alter ego en localizaciones de Polonia y Alemania, con guión de Ronald Harwood, convirtiéndose el film en un gran éxito, tanto para su director como para su joven actor, Adrien Brody, que consigue una magnífica interpretación del pianista polaco.

La vida entrevista a través de los visillos

En dos horas y media Polanski consigue relatarnos de forma realista y minuciosa (ayudado por la fotografía en color de Pawel Edelman y un apabullante diseño de producción de Allan Starski) la progresiva degradación de la familia del músico Szpilman y por extensión de toda la población judía.

En el primer tramo del film vemos cómo las leyes nazis van despojando gradualmente de derechos a los judíos. Nuestros protagonistas se van enterando por edictos publicados en la prensa, que leen estupefactos alrededor de la mesa del comedor. Limitación del dinero que pueden poseer, las dimensiones de la estrella que deben llevar al brazo, locales y restaurantes a los que no pueden acceder y restricciones a la libre circulación. En este sentido, resulta impactante por su brutalidad la escena en la que un oficial nazi golpea al padre de Szpilman por no saludarlo y le obliga a abandonar la acera y a caminar por la calzada al lado de los vehículos.

A partir de aquí, se nos narra el confinamiento de los judíos en el gueto de Varsovia. Polanski reproduce fielmente, con sus luces y sombras, la condición humana. Los judíos desarrollan en el gueto los mismos arquetipos que en su vida anterior, con todas sus virtudes y sus miserias. Las mismas clases sociales, la importancia del dinero y del estatus para conseguir prebendas, la creación de una policía judía colaboracionista con el régimen nazi.

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Todo ello asociado a carencias de todo tipo, lo que acaba generando una anestesia generalizada hacia el dolor ajeno, con situaciones surrealistas, como ver a los habitantes del gueto deambular impasibles entre cadáveres que han muerto de hambre o enfermedad o mirando hacia otro lado ante los actos de vandalismo (pobres de solemnidad robando a zarpazos la comida a los más débiles). No hay buenos o malos, héroes o cobardes. Todo es pura supervivencia.

En la puesta en escena del traslado de las familias judías a los campos de concentración el director no evita las clásicas secuencias, cien veces vistas y no por ello menos impactantes, del «empaquetado» de seres humanos en los vagones de carga, con los boches enfurecidos y los perros ladrando. Sin embargo, se crean diferencias sustanciales respecto a otros films.

Polanski se toma su tiempo en la tensa espera en el andén, y es capaz de filmar una sencilla set piece que dota de integridad y dignifica a los personajes. El padre de Szpilman compra un caramelo a un niño pagando un precio desorbitado (qué importa ya el dinero) y con una navajita hace tantos trocitos como miembros de su familia, repartiéndolo solidariamente. Todos lo saborean gustosos y ese pequeño placer los humaniza de nuevo.

Wladyslaw Szpilman escapa milagrosamente del viaje a los campos de exterminio y horas más tarde vuelve apesadumbrado sobre sus pasos, a los mismos andenes que antes estaban a rebosar y que ahora aparecen vacíos. Sólo vemos una gran extensión repleta de maletas sin dueño. Cada maleta representa un alma, la esperanza y los sueños truncados, en definitiva, unas vidas que se han esfumado de un plumazo.

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A partir de aquí, seguimos al pianista en su periplo por diversos apartamentos, donde debe permanecer oculto, sin hacer ruido y evitando a los vecinos. Está a merced de sus protectores (amigos polacos enfrentados a la opresión nazi) que le llevan comida e informan de la situación. Este confinamiento deteriora su salud física y mental, generando una sensación de irrealidad que solo logra amortiguar la música y por extensión el arte (atrapado entre las cuatro paredes teclea imaginariamente un piano, reproduciendo en su mente la música que tanto le alivia).

Esta situación de encarcelamiento voluntario emparenta este segmento del film con otras películas de Polanski con protagonistas atrapados en espacios cerrados. Como señala Marek Haltof en su ensayo sobre el director: «Al igual que en El pianista, donde Szpilman y su familia pierden el control de su destino y se encuentran atrapados en el gueto (y más tarde, Szpilman, escondiéndose en varios apartamentos), algunas de las anteriores películas de Polanski, especialmente su Trilogía del Apartamento —Repulsión, La semilla del Diablo y El quimérico inquilino— lidian con la pérdida del espacio personal y su impacto en el protagonista. Estas películas sobre la soledad, el voyerismo y la claustrofobia exploran paisajes atormentados y nos presentan personajes afligidos incapaces de distinguir entre la realidad y la pesadilla, quedando a merced de los intrusos de sus vecinos» (1).

Y es que en realidad Szpilman se convierte en un voyeur de los retazos de vida que puede atisbar a través de la ventana, de todo aquello que trascurre a sus pies. Todo lo vislumbra parcialmente, esquinado, a través de los visillos que aparta sutilmente con los dedos, evitando mostrarse y ser descubierto.

Y aquí comentamos una de las ideas de puesta en escena más sobresalientes del film. Solo vemos y conocemos lo que puede ver el músico polaco desde su atalaya. El director nos muestra siempre el mismo plano general algo picado (el punto de vista del músico judío), a veces con cortinas o cristales interpuestos, donde vemos los quehaceres cotidianos, la puerta de un hospital a donde llegan los heridos de la guerra, las escaramuzas bélicas, las acciones de la resistencia y la respuesta de los alemanes. Este acercamiento a la realidad, con el plano fijo, sin cortes y con la acción desarrollándose unos pisos más abajo, confiere a la película un aire documental, de «verdad», como pocos otros films han conseguido hasta la fecha.

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Szpilman sigue su éxodo por una Varsovia completamente destruida, en un magnifico plano de grúa que muestra la ciudad arrasada y su enfermizo deambular entre las ruinas. Una imagen icónica que será el motivo principal del cartel del film.

En el último tramo, Polanski vuelve a dar otra vuelta de tuerca. Szpilman nuevamente oculto en una vivienda abandonada se encuentra con el enemigo. Topa de bruces con un oficial alemán (el capitán de la Wehrmacht Wilm Hosenfeld, una figura ciertamente controvertida, católico acérrimo) que, con los rusos a las puertas de Varsovia y harto de tanta muerte y destrucción, decide ayudar al músico, proporcionándole comida e informándole de los avances de la contienda.

El director polaco filma una de las escenas más celebradas del film. El capitán le pide que toque algo al piano. Szpilman interpreta de forma magistral la balada número 1 en sol menor de Frédéric Chopin y Hosenfeld queda petrificado (con una actuación muy medida de Thomas Kretscmann), con una honda emoción que adivinamos en los gestos de su cara. Con esta secuencia nos muestra a dos seres humanos abatidos por todo lo visto y lo sufrido, que son, aunque sea en parte, redimidos por la compasión y el arte.

El pianista fue un gran éxito de crítica y público, consiguiendo la Palma de Oro de Cannes y tres Oscar, incluyendo mejor director, mejor actor y mejor guion adaptado, y es una de las películas preferidas del director. Como ha declarado: «Me conmueve profundamente ser recompensado por El pianista. Es algo relacionado con sucesos muy cercanos a mi propia vida, sucesos que me llevaron a comprender que el arte puede transformar el dolor».

Escribe Miguel Ángel Císcar

Nota:

(1) Marek Haltof: La semilla del diablo, Roman Polanski y el género de terror. Trilogía del apartamento de Roman Polanski. En Solaris nº 2, Textos de cine. S.L. 2020.

 

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