Aprendiendo a conducir (Learning to drive, 2014), de Isabel Coixet

  11 Noviembre 2020

Cuando las diferencias raciales encuentran puntos de unión

aprendiendo-a-conducir-0Un encuentro casual en un taxi une el destino de dos de sus ocupantes. Un taxista hindú de mediana edad y la mujer también de mediana edad que viaja en los asientos de atrás, mientras discute exaltadamente con su marido, que acaba de comunicarle que la va a abandonar.

El conductor asiste impertérrito a esta intimidad conyugal. Pero a la mañana siguiente se presenta en la casa de la despechada mujer para devolverle un paquete que se dejó en el vehículo. Y hete aquí que el taxista es también profesor de autoescuela. Ella, que hasta entonces dependía de su esposo ara ir de un lugar a otro, se apunta a clases de conducción.

Wendy (Patricia Clarkson), una escritora de Manhattan que siempre ha dependido de su esposo para los desplazamientos, decide sacarse el carné de conducir mientras su matrimonio se disuelve como un azucarillo. Decide tomar clases de conducir y su profesor será Darwan (Ben Kingsley), un refugiado político hindú de la casta sij que también se gana la vida como profesor en una autoescuela.

Desde luego Isabel Coixet sabe darle su propio sello a películas incluso de encargo y realizadas en los EE.UU. Pero la Coixet tiene su singularidad, su calidad, su estilo y lleva a cabo una encantadora película con un gran guión de Sarah Kernochan, que ha sabido conjugar lo sencillo y lo hermoso, con una bonita fotografía de Manel Ruiz y un sugerente fondo musical oriental.

El reparto es excelente, sobre todo un nivel genial en sus dos protagonistas principales, Ben Kingsley y Patricia Clarkson, que hacen unos personajes entrañables y convincentes; y los secundarios son igualmente brillantes: Grace Gummer, Sarita Coudhury, Jake Weber o Samantha Bee.

He querido escribir unas breves líneas sobre esta cinta, para el monográfico sobre Cine y racismo, para significar una cinta que, teniendo los ingredientes para ello, resulta curiosamente un cine antirracista, una obra tierna y de mutuo respeto entre dos personajes muy distintos: una mujer inglesa y todo un señor sij, sabio y educado en su cultura y sus convicciones religiosas.

Al hilo de sus lecciones de conducir, él le habla de la agresividad al volante, también de cómo cuando se está al volante de un coche no hay nada más, esa es su vida en ese momento, la conducción lo es todo cuando se está al volante, no hay que pensar en esos instantes en su vida personal ni en nada que no sea la conducción.

Como decía, Isabel Coixet, a quienes le reconocemos su cine (La vida secreta de las palabras, 2005; Mapa de los sonidos de Tokio, 2009; o Ayer no termina nunca, 2013, entre otras), hace un cine que es de ella y que se diferencia de otros, pues le da su estilo sin imponer su marca a toda costa; o sea, sin ser ella misma, pero lo hace con elegancia y dejando el rastro de su fragancia.

Eso implica hacer equilibrismos y aunar arte, oficio y mucho buen gusto. Y es como para que nos congratulemos pues sin inventar nada extraordinario, resulta que hace un aquilatado trabajo de refinamiento emocional a base de miradas, sensibilidad, luz y calma, dentro de un marco de diferencias notables en lo racial.

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Estamos ante una comedia con toques de drama, pero comedia sin coartadas, sin justificaciones, sin falsas modestias. Una eléctrica Patricia Clarkson y un hierático Ben Kingsley se dan la réplica en un ejercicio desinhibido de oficio, diálogos con cintura y moraleja al fondo.

Ella es rica e infeliz; él, emigrante pobre y triste. Ella es occidental y culta, y él un superviviente venido de oriente y con mucha sabiduría. Lo que sigue es un simpático, efectivo e inteligente ajuste de cuentas y aspiraciones sociales. Podría decirse que es tan íntimamente Coixet, que se diría fuera de Coixet.

Es muy interesantes la contraposición entre la cultura norteamericana, tan dada a trivializar las relaciones afectivas o amorosas; y el anverso, la actitud respetuosa de un sij, o sea, todo un señor con sus tradiciones, su singular religión fundada por Gurú Nanak (1469-1539), monoteísta y con su tradicional turbante como seña de identidad.

Un hombre cortés en todo momento con Wendy, consejero de ella que pasa, por un mal momento, haciéndole ver la vida en su medida justa y cómo ella, al final de su relación alumna-profesor de conducción, pero también de cariño, le dice: «tú eres mi fe».

Y en el mismo sentido la relación de Darwan con su reciente esposa, a la que respeta, ama, cuida y hace concesiones. La filosofía que él le explica sobre su matrimonio convenido desde la India y que él entiende como un matrimonio que es bueno para él.

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O sea, aparece —como en otros títulos de Coixet— el asunto de la interculturalidad, pero como siempre en un tono de respeto e incluso de admiración en el mejor sentido para la cultura oriental. Dos culturas y también dos caracteres contrapuestos que, en el film, acaban por encontrar algo que los une.

Finalmente, pues las cosas hay que cerrarlas en un punto, cualquiera se da cuenta de la preferencia de Isabel Coixet por las mujeres. De nuevo los personajes femeninos hacen gala de un mayor protagonismo, sentido común e incluso inteligencia que sus homólogos masculinos que, salvo Darwan, no salen muy bien parados.

Las mujeres se constituyen —tanto la protagonista y amigas, como el sector femenino oriental de la esposa de Darwan y sus amigas— en un bloque más entero, creíble y conjuntado. El exmarido, el amante esporádico, etc., resultan patéticos, ligando el uno a jovencitas, el otro haciendo alardes sexuales…

Isabel Coixet utiliza los mecanismos argumentales de forma digna y relajada, nunca intenta hacer pasar su película por lo que no es. ¿Y qué es? En resumen, es una obra muy agradable de la que se sale con un buen sabor de boca y algo más de fe en la humanidad.

El film se fundamenta sobre un esquema narrativo: el choque cultural entre dos caracteres opuestos que acaban por encontrar algo que los une. Interesante.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

 

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