District 9 (District 9, 2009), de Neill Blomkamp

  29 Octubre 2020

Encuentros en la tercera clase

district-9-0Peter Jackson: la sola mención de su nombre bastaría para dotar de pedigrí a una película y hacer de ella un taquillazo imponente. Tiene suficiente poder como para adelantar un estreno y evitar su coincidencia en el primer fin de semana de cartelera con otro monstruo del celuloide llamado Quentin Tarantino.

Pero a pesar de lo que pueda parecer, Peter Jackson NO ha dirigido esta película. Es un productor que ha puesto treinta millones de dólares y de momento lleva recaudados más de cien sólo en EEUU. Pero es también el artífice de dar dimensión global a un filme más que notable que posiblemente hubiera pasado desapercibido de no llevar su marchamo.

No nos equivoquemos: District 9 no está dirigida por Jackson, pero eso no es en absoluto un hándicap; es más, podría decirse que libera al filme de algunas estrecheces. Jackson es ya una superestrella, y como tal se debe a cierto estilo, a cierto público, lo que en ocasiones quiere decir a ciertos clichés.

Lo que Jackson ha hecho es implicarse en un proyecto que quizá hubiera podido dirigir en otro tiempo, aquél tan lejano en el que rodaba películas de extraterrestres antropófagos con un inevitable estilo amateur o revolucionaba el gore derramando miles de litros de sangre, pero que ahora ya no se corresponde con su imagen de chico de oro que sabe contar historias desde el corazón, y a veces con cierto punto de empalago.

En lugar de ello patrocinó a su nuevo pupilo, Neill Blomkamp, una especie de alter ego treintañero con quien pensaba rodar la adaptación del videojuego Halo y a quien estuvo asesorando tanto en el guión como en la dirección, y le dio libertad de movimientos. El resultado es una película agónica, estresante, magnífica, sólo a ratos excesiva y que atesora ese delicado equilibrio entre la profundidad argumental y el espectáculo sin concesiones.

Sí, se ha dicho de ella que su primera parte, una especie de falso documental sobre el desalojo forzoso de una colonia extraterrestre, resulta mucho más interesante que la segunda, una carrera de fugitivos en pos del preciado líquido que otorga el poder absoluto sobre una tecnología armamentística muy superior, y puede ser cierto. Pero no falta en el primer acto el elemento fantacientífico que satisfará a los amantes del género, ni en el segundo los guiños críticos que hacen trascender el mero juego de fuegos de artificio.

El conjunto, si bien no proporcionado o adecuadamente distribuido, sí resulta globalmente equilibrado y uno sale con la sensación del cine de haber contemplado algo importante, aunque a veces resulte confuso y enmarañado entre una plétora de explosiones y desmembramientos que puede asustar al más pintado.

Y es que aquello que dota de importancia a esta película se oculta en los pequeños detalles: la irónica locación de la trama en Johannesburgo nos remite al pasado de la segregación racial en una actualización del apartheid para extraterrestres. Ahora, los propios humanos, sin importar su credo, etnia o convicción política, están unidos contra el visitante: desde el inmigrante nigeriano, la más baja clase entre las clases, hasta el pulcro afrikaner encarnado por el protagonista del filme, Wikus Van Derme. Un elemento que con uniforme de burócrata y exquisitos modales lo mismo desaloja una chabola que provoca un aborto múltiple quemando un nido de alien sin despeinarse.

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Este individuo, cuya caracterización primaria parece intentar conseguir la simpatía del espectador por medio de su simpleza, será la víctima propiciatoria de un enredo conspiratorio cuyos detalles no deben ser desvelados en la crítica. Baste decir que su personaje constituye un adecuado bosquejo de lo que se ha venido a llamar la banalización del mal, en la medida en que sus actuaciones, muchas veces guiadas por un egoísmo autoconservador, e incluso cobarde, sacan a la luz la verdadera naturaleza del ser humano: un ser mezquino, rastrero, que ha de verse transformado en aquello que más odia para llegar a percibir el dolor que él mismo causa. Es notorio el hecho de que ni aún en tal tesitura sea capaz de aprender la lección de que no debe hacerse a otros lo que no queremos para nosotros mismos.

Puesto que tal conclusión, no necesariamente definitiva ni única, se alcanza en la parte final de la película, no podemos decir que ésta se halle desprovista de contenido. Es en ella donde se oponen la inteligencia y la nobleza de los aliens (que curiosamente desconocen el sentido de la propiedad, del mismo modo que ignoran el engaño) a la bajeza humana; también donde la acción se desmadra hasta tal punto que uno no puede dejar de notar cierta mala conciencia cuando se ve disfrutando con semejante masacre... pero ¡qué demonios! ¡Si es que parece que lo único que se haya buscado es liberar la tensión acumulada, como en un videojuego! No me duelen prendas a la hora de reconocer que lo consigue.

Porque lo que es indudable es que la primera hora de proyección, en un magnífico crescendo desde la introducción histórica hecha por los noticieros hasta la debacle y persecución de los fugitivos, constituye no sólo una lección de cine en estado puro, sino un desafío a nuestro sistema nervioso y a nuestras emociones más básicas.

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No es extraño que a algunos les resulte insoportable, repugnante incluso, dada la crudeza de sus planteamientos y de sus imágenes; pero puedo garantizarles que lo único que hallarán en ellas, convenientemente metaforizado, no es otra cosa que la realidad de hoy día en muchas partes del mundo.

El espectador consciente, el que escruta con desolación la actualidad política y social, no reconocerá allí nada ajeno a lo cotidiano. Queda por ver qué escandaliza realmente a los otros: si su propia ceguera o el hecho de que alguien se atreva a mostrarla con tal desvergüenza.

Quizá sea eso lo único que cabe objetarle al filme: el pretendido desenfado con el que se ha querido llevar a cabo puede llevar incluso a minusvalorar su propuesta. El impacto visual no perdura tanto en la memoria como la trabajada imagen consciente o la reflexión sosegada. No obstante, en un tiempo en el que a pesar de todo siguen existiendo clases aún entre los más desfavorecidos y cada vez se hace más patente el abismo entre ellas, quizá Neill Blomkamp no ha querido detenerse en detalles de orfebre.

La imagen final se nos antoja entonces más humorística que poética. Lo cual no le resta un ápice de valor ni de fuerza. 

Escribe Ángel Vallejo

(Este artículo se publicó inicialmente en septiembre de 2009 en Encadenados, con motivo del estreno del film.)

  

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