Mandela: Del mito al hombre (Mandela: Long walk to freedom, 2013), de Justin Chadwick

  08 Octubre 2020

Un homenaje digno, pero demasiado amable

mandela-0Mandela: Del mito al hombre, traducción bastante libre del título original del film, Mandela: Long walk to freedom (Mandela: Largo viaje hacia la libertad), nos cuenta durante casi dos horas y media de largo y farragoso metraje la historia de uno de los líderes políticos más importantes e influyentes del siglo XX, Nelson Mandela, recientemente fallecido a la edad de noventa y cinco años.

A modo de homenaje póstumo, se nos ensalza la figura de un hombre que luchó por la libertad de su pueblo hasta la más absoluta de las extenuaciones. La narración es lineal y se nos presenta acorde con el tipo de biopic al uso que suele caracterizar a este tipo de producciones hollywoodienses dedicadas a grandes personajes de la historia actual (en 2014 se prepara un auténtico desembarco de películas homenaje entre los que destacan, aparte de la que nos ocupa, las biografías de mitos como Grace Kelly, Allen Ginsberg, Freddie Mercury, Elizabeth Taylor o la mismísima Janis Joplin).

Desde sus inicios como abogado y político donde comenzó a despuntar como líder de masas; pasando por su detención y posterior encarcelamiento, y llegando a sus últimos años de vida donde fue proclamado presidente de la República de Sudáfrica, se nos alecciona sobre la figura de un hombre importante para su tiempo.

El problema surge en la imposibilidad de ahondar en los puntos de exaltación emocional que sustentan el desarrollo de la trama. A un dato histórico le sucede otro, y así sucesivamente sin un ápice de reflexión ni de respiro argumental. Aquí no interesa que el público llegue a plantearse la idoneidad o el contexto a partir del que se van tomando las diversas decisiones que encumbrarán al protagonista como icono mítico, sino de ofrecer un apañado relato biográfico que cumpla las expectativas del espectador más acomodado.

Se trata de fijar en la memoria de todos que Madiba (título honorífico otorgado por los ancianos del clan de Mandela) era un buen hombre cargado de ideas positivas y mensaje pacifista. Cualquier punto oscuro que pudiera plantear algún interrogante sobre su condición mesiánica queda sepultado bajo las diversas capas de exaltación patriótica con las que se justifica cada uno de sus movimientos. En ese aspecto, la propuesta deriva hacia continuas reiteraciones en su discurso que entorpecen el correcto fluir de un relato demasiado pasivo y conmocionado.

En el haber de la función, hay que destacar la buena labor interpretativa de Idris Elba (Pacific Rim, Prometheus) en la piel del líder surafricano, quien aguanta todo el peso de la trama mediante una actuación medida y matizada, sin estridencias pero tan sólida como corpulenta, lo que no deja de ser una sorpresa harto agradable en un actor que, hasta ahora, nos tenía más bien acostumbrados a interpretar personajes repletos de musculatura pero faltos de sesera y sentimiento.

De no ser por su esforzada actuación (que podría ser recompensada con algún premio gordo en los próximos Oscar, aunque lo tendrá complicado ante actuaciones tan portentosas como la de Chiwetel Ejiofor en 12 años de esclavitud o la de Leonardo Di Caprio en El lobo de WallStreet) el film podría caer enseguida en el más absoluto de los olvidos, dada la abrumadora presencia de clichés que acaban por invitar al bostezo.

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A su lado, el resto del elenco queda bastante ensombrecido, sin oportunidad alguna para el lucimiento en escena, incluso en el caso de otro personaje que debería haber tenido, al menos, el mismo trato de favor en pantalla. Nos referimos a Winnie Madikizela (a quien da vida con oficio pero sin recompensa la actriz londinense Naomie Harris), esposa del héroe de la función que queda eclipsada y en un segundo plano de forma harto elocuente, y quien tan sólo cobra importancia o bien en los interminables y estridentes discursos políticos cuyo fin es arengar a la población o bien en las secuencias más sentimentaloides, por cierto bastante blanditas y edulcoradas.

Otros intérpretes que aportan su granito de arena al conjunto son Jamie Bartlett (Tierra de sangre, Safari sangriento); Fana Mokoena (Hotel Rwanda, Guerramundial Z); Tony Kgoroge (Invictus, Diamante de sangre) y Terry Pheto (Tsotsi, Adiós Bafana).

En cuanto al apartado técnico se refiere, indicar que la dirección del film corre a cargo del británico Justin Chadwick, quien se dio a conocer en el terreno televisivo con series como Spooks o Casa desolada, para debutar en la gran pantalla en 2008 con el fallido fresco histórico Las hermanas Bolena (film que juntó por primera vez en pantalla a dos guapas del celuloide como Natalie Portman y Scarlett Johansson). Después vendrían las inéditas entre nosotros The First Grader (donde ya trató por primera vez el tema del racismo enfocado en el ámbito educacional) y Stolen (una TV movie que trataba sobre el tráfico de órganos humanos).

Chadwick ejerce en el film que nos ocupa una función meramente artesanal, sin ínfulas autorales que puedan despistar al espectador del que es el verdadero leit motiv del proyecto. Así, la puesta en escena se muestra demasiado ramplona, con insertos continuos de algunos documentos históricos con los que se quiere incidir en la veracidad de lo que se nos está explicando.

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De la escritura del libreto del film se ha encargado el también inglés William Nicholson, acostumbrado últimamente a los trabajos de metraje alargado, pues no en vano el año pasado firmó el guión de la aclamada y multipremiada adaptación de Los miserables, aunque con anterioridad ya se había puesto manos a la obra con películas del calado de Gladiator, de Ridley Scott, Tierras de penumbra, de Richard Attenborough, o Elizabeth: la edad de oro, de Shekar Kapur.

En cuanto a la banda sonora se refiere, la composición ha corrido a cargo de Alex Heffes, quien ya había trabajado con melodías de corte africano en El último rey de Escocia, de Kevin McDonald.

En definitiva, nos hallamos ante otro triste ejemplo de película mediocre que no puede ser salvada por sus actuaciones magistrales, y es que Idris Elba no desmerece para nada a otros actores negros que ya se pusieron en la piel de Mandela, como Sidney Poitier en Mandela y De Klerk, o el más reciente Morgan Freeman en Invictus.

Su intención como biopic al uso es encomiable, pero queda lejos de otras joyas del género como pudieran ser Ed Wood o la añorada Lawrence de Arabia. Es complicado compilar toda una vida de la significación de la de Nelson Mandela en dos horas, y el film naufraga en su espíritu aglutinador.

Escribe Francisco Nieto

(Este artículo se publicó inicialmente en Encadenados en enero de 2014, con motivo del estreno del film.)

 

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