Gran Torino (Gran Torino, 2008), de Clint Eastwood

  06 Octubre 2020

Eastwood no ha sido nunca de medias tintas

gran-torino-0Mucho se ha especulado sobre este último filme de Eastwood, cuyo pulso cinematográfico no parece temblar con la edad, ni delante ni detrás de las cámaras. Porque si hay algo de cierto en esta magnífica Gran Torino es que el sargento de hierro no ha dudado en enfrentarse a todos los fantasmas que pudieran acecharle, tanto de los entusiastas como de sus críticos.

Mucho se ha especulado, decía, porque los rumores sobre su retirada como actor (que no como realizador) venían acentuándose hasta la confirmación que por boca del propio interesado nos ha sido dada a conocer en los últimos días.

Así pues, cabía intuir que tales especulaciones giraban en torno a lo que de testamento vital pudiera tener esta película: sobre si Eastwood podría hacer un guiño a su dilatada trayectoria y encarnar de nuevo al inspector Harry Callahan (rumores que por cierto el mismo Eastwood se había encargado de difundir jocosamente) o si nos daría su particular visión sobre los males que aquejan a la sociedad occidental, y más particularmente la estadounidense, tal y como ha venido haciendo desde los más diversos enfoques en los últimos años.

La respuesta es que sí, efectivamente, pero que no, no del todo.

Es cierto que Callahan está presente, pero sólo en espíritu. El bueno de Clint parece saber que no están los tiempos para Smith's & Wesson del 45 de cañón largo, y se permite el lujo de ser política y éticamente correcto (ambas cosas no siempre van juntas).

Así, cuando en cierta secuencia todos creemos que alarga la mano hacia el interior de su chaqueta con objeto de sacar un arma capaz de tumbar un elefante, nos quedamos gratamente sorprendidos cuando lo único que emerge es su dedo, desafiante, pero inofensivo... aunque siempre resulta una amenaza lo suficientemente evidente como para tomársela en serio proviniendo de quien proviene.

Con respecto a la segunda parte de la ecuación, la respuesta no es tan sencilla.

Uno no deja de tener la sensación de que, efectivamente, Eastwood está ajustando cuentas con el pasado y realizando un testamento vital que tiene incluso un particular reflejo en pantalla en la secuencia final (quédense con ello, no parece una simple metáfora). Ni una sola de las cuestiones que han venido conformando su cinematografía ha sido eludida, y podría decirse que aquí se ha dejado bien clara su postura, que para algunos quizá no estuvo nunca lo suficientemente explicada.

Clint is good

¿Es Clint Eastwood un belicista o un antibelicista? ¿Conservador, patriota, justiciero iracundo o racista? ¿Acaso deplora la violencia, el poder político de baja estofa e incluso la venganza justificada? 

Para los nunca demasiado sutiles, quizá el personaje de Kowalsky pueda aparecer como un viudo cascarrabias con demasiados prejuicios y poca paciencia... pero para los ya bastante avisados, el viejo Walt no es más que un caballero de otro tiempo con sus propias convicciones, demasiado arraigadas como para no resultar algo molestas, aunque no por ello perfectamente revisables a la luz de los acontecimientos.

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Un anciano conservador no es necesariamente un viejo idiota, y Kowalsky no puede dejar pasar todo aquello que pueda enseñar a jóvenes como Thao (un oriental desorientado, valga la redundancia, al que tutelará de forma poco ortodoxa, aunque siempre efectiva), pero tampoco deja de ser receptivo a lo que esos mismos jóvenes le muestran: que, junto a la generosidad, perviven a través de las generaciones la estupidez y la violencia gratuita.

El personaje de Eastwood se nos presenta entonces como alguien que conoce los resortes de la agresividad desmedida y que sabe perfectamente cuando ésta debe atajarse y cuando cabe inhibirla dando una respuesta inteligente.

Walt Kowalsky, como Clint Eastwood, lleva una carga demasiado pesada de años de heroicidades mal entendidas, pagadas con medallas al valor o adhesiones poco agradables de incondicionales que esperan que uno siempre responda de la misma manera... a la violencia con más violencia. Es por ello que no puede eludir el dilema de comportarse como siempre se supone que ha hecho, o de dar un último ejemplo de cómo debieran hacerse las cosas para que el mundo no se quedase ciego aplicando el ojo por ojo.

La solución, es evidente, no puede desvelarse aquí sin faltar al compromiso de toda crítica de no anticipar las conclusiones de la película, pero puede decirse que no hay equidistancia ni imparcialidad: Eastwood no ha sido nunca de medias tintas, y no será éste el caso en que no quede claro quiénes son los chicos malos y quiénes los buenos de la peli, toda vez que no se evita mostrar el lado oscuro de cada uno de los protagonistas, principalmente el de un Kowalsky, que, en esto sí, huye de la corrección política respecto a los melindres del lenguaje.

Impagables las secuencias junto al barbero italiano o al jefe de obra irlandés en las que el viejo Walt enseña cómo debe hablar un verdadero hombre a Thao, así como la dialéctica gastronómico-racista que mantiene con la joven Sue, hermana de aquél.

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Tales secuencias, que pondrán los pelos de punta a más de uno de esos biempensantes que abundan por las Américas, constituyen uno de los puntos fuertes de un filme con un humor más inteligente de lo que podría imaginarse si sólo atendiéramos a los exabruptos... pero es que aquí no sobra un solo insulto, no hay una agresividad verbal forzada para aparentar violencia... es más, a menudo ésta aparece con las buenas palabras que los jóvenes de las bandas dirigen a sus futuros acólitos.

Mención aparte merecen las relaciones con su familia, un grupo de ignorantes desapegados y egoístas de clase media/alta americana, pero sobre todo, las conversaciones con el párroco, insistente e inexperto guía espiritual que persigue a Kowalsky para que se confiese y que acaba por convertirse en discípulo del viejo. Es aquí, precisamente, donde se muestra cómo Eastwood no está dispuesto a dar explicaciones a quienes se las exigen; si acaso, ya se ocupará de darlas a quienes las necesitan.

Con todo, al buen entendedor pocas palabras bastan... un simple gruñido de Eastwood puede decir más que las largas parrafadas de un crítico rendido ante su grandeza.

Háganse un favor y quédense hasta los créditos finales: podrán escuchar una estupenda canción, acompañada de deliciosas vistas... interpretada por el director del filme. Quizá un último guiño a una carrera en la que no cantaba desde La leyenda de la ciudad sin nombre (1969), y un pequeño homenaje a la voz rota de Lee Marvin.

Escribe Ángel Vallejo  


Artículo publicado en Encadenados en marzo de 2009, con motivo del estreno del film en España.

 

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