Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, 1939), de Victor Fleming

  01 Octubre 2020

Las taras ideológicas

lo-que-el-viento-se-llevo-0La extirpación del catálogo de HBO del filme que encumbró al personaje de Escarlata O’Hara como una de las más famosas heroínas de la historia del Arte es una muestra inequívoca de la metástasis cancerígena que está royendo el alma de Occidente, que está carcomiendo los pilares del pensamiento, de la razón, del hombre en cuanto tal.

Más que indignación, el expurgo provoca una tristeza infinita, una sensación de derrota descorazonadora e irremediable. Ahora sí que la conjura de los necios se ha apropiado no ya del mundo (que no existe), sino de su representación, de su simulacro, de su relato, de esa interpretación impostada que se expande como un chapapote de necedad y de estulticia que arrambla con cualquier atisbo de racionalidad, de argumentación científica, de datos o de hechos que se muestran estériles para combatir el sentimentalismo, el maniqueísmo más vergonzante, el criticismo pueril (el infantilismo revolucionario —perdón: artístico—, que decía aquél).

En cierto modo, un nuevo índex emancipador ha sustituido al inquisitorial, pero ambos tienen en común la voluntad de poder y de legitimación. La arremetida ideológica, fuera de contexto y sin sentido, contra la película fundadora del Modelo de Representación Institucional es una arista más de la batalla política que se está librando en los EEUU no ya contra el racismo (batalla cuyos orígenes se remontan a los años cincuenta y sesenta del siglo pasado), sino contra la presidencia de Donald Trump, al que más explícita que implícitamente se le tacha de racista.

El eco que dicho fragor político alcanza en Europa (no así en China o en Rusia) confirma la idiotización y el seguidismo oligofrénico estandarizados, amén de la soberbia pretensión de corregir la deriva política y éticamente desviada de la nación que primero aplicó (y sigue aplicando) las reglas de la Democracia (elecciones libres, separación de poderes…). No siempre conviene juzgar la política internacional desde las páginas del genovevo diario independiente de la mañana. En el 98, también la flota comandada por el Almirante Cervera iba a poner en su sitio al país de las barras y las estrellas…

Escarlata O’Hara es el arquetipo de mujer liberada, fuerte e independiente que el cine de Hollywood llevaba varios años cultivando a través de los papeles que interpretaba Katharine Hepburn. Una mujer que sólo comete un error (gravísimo y de orden emocional): enamorarse de un pusilánime caballero del Sur, epítome de un mundo que está a punto de desaparecer (de ahí el carácter elegíaco del filme) y entre cuyos surcos ella nunca podrá ser libre.

La Guerra y la derrota de la Confederación le permitirán abrazar el capitalismo nordista y ejercer su total libertad como mujer y como empresaria, a pesar del estéril fardo sentimental que arrastra y que la conducirá a la infelicidad. Así pues, una película con una protagonista femenina tan moderna es vituperada por los resabios racistas que se pergeñan en ese idealizado mundo sudista.

¿Es anacronía, ucronía o simple estupidez proyectar el presente sobre el pasado?

El término racismo adquiere connotaciones pseudocientíficas a finales del siglo XIX, como consecuencia de un desaforado y también pueril cientificismo de base darwinista que se proyectará sobre la sociedad, la religión, la política, etc. La frenología, el concepto de degeneración que desarrolló Nordeau y el posterior uso mixtificador por el nacionalsocialismo tejieron los mimbres modernos del concepto, una mezcla explosiva de biologicismo y esoterismo filosófico, una combinación que apelará a la emoción, al miedo, a lo irracional y que estará en la base del fascismo.

Pues si está bien claro que con Cine y racismo parecemos insertarnos en el contexto político norteamericano, el racismo como mecanismo de discriminación encontró otros chivos expiatorios anteriores a los afroamericanos, siendo el antisemitismo un modelo ejemplar sobre el que pulirse. El pueblo elegido también resultó ser el pueblo deicida, recayendo sobre él toda una serie de pogromos hasta arribar al último puerto: la solución final y la shoah.

lo-que-el-viento-se-llevo-6

Los enemigos externos, los diferentes, las dianas de los verdugos se van actualizando según geografías, épocas e intereses. Como víctimas por excelencia, negros y judíos, pero no olvidemos la martirología cristiana, piedra angular del santoral de la Iglesia. O los indios nativos de los EEUU; o los indígenas nativos de Hispanoamérica; o los eslavos también para los nazis tras su invasión a la URSS; o los chinos y demás orientales para los invasores japoneses; o los protestantes para los católicos o a la inversa, en las guerras de religiones que desangraron Europa en el siglo XVII; o los judíos para los palestinos; o los armenios o los kurdos para los turcos; o los españoles para determinados vascos o catalanes… En fin, el rosario racista y genocida puede ser amplio, y acompaña a la Humanidad desde sus orígenes.

Regresemos de nuevo a Tara, a ese paraíso que ha constituido la matriz del cine norteamericano. El Sur representa un organicismo armónico y medieval, una sociedad estamental en la que no existen las tensiones sociales, un remedo de universo caballeresco que sólo se puede materializar en la literatura o en el cine. Esa Edad de Oro, ese Edén perderá la guerra que dividirá indeleblemente a la Nación.

Sus cenizas serán una y otra vez avivadas, como idealización o como infierno (Faulkner). Griffith arrancará de allí. La sintaxis cinematográfica surge en el Sur. Y al director de El nacimiento de una nación se le homenajea desde dos posturas contrapuestas por sendos directores actuales.

Tarantino, irreverente, transgresor, opta por la parodia y la ironía en una secuencia desternillante de Django desencadenado (2012), esa especie de nuevo Prometeo esquileo liberado, aquella en la que el KKK se reúne para intentar cometer un linchamiento, siendo la mala confección de sus capirotes un obstáculo para tal cometido.

Frente a este sarcasmo, Spike Lee apuesta por el sermón pedagógico y una redentora denuncia en Infiltrado en el KKKlan (2018), tachando literalmente al director de Intolerancia de «fascista» en una escena que remeda el funcionamiento pedagógico de un cineclub.

lo-que-el-viento-se-llevo-5

El gran John Ford también llevará a cabo su peculiar homenaje a Escarlata y al Sur en Misión de audaces (1959). Ennoblece la dignidad ante la derrota de los soldados del Sur, incluidos esos cadetes dispuestos a inmolarse, y especialmente remeda a una rediviva señorita Escarlata en el personaje de Miss Hannah, una rica hacendada sudista que ve invadida su plantación por las tropas que capitanea John Wayne, uno de los incendiarios cuyas incursiones a las órdenes del general Sherman destruyeron la Atlanta de Escarlata O’Hara.

La criada negra de Miss Hannah (Lukey, interpretada por Althea Gibson, una Mammy más joven y delgada que la oscarizada del treinta y nueve) será herida mortalmente en una emboscada por sudistas y Ford le rinde, junto con sus rudos soldados, un merecido homenaje. Posteriormente, Ford otorgará a Woody Strode el protagonismo de El sargento negro (1960), en una época en que el movimiento por los derechos civiles ya había arrancado. El ejército como institución no segregará por el color de la piel. Todos caben en el ejército. Todos caben en la nación.

El cine reflejará los cambios sociales que convulsionan a los EEUU, al principio indirectamente. Luego, de frente. El western de John Sturges se declara profundamente antirracista. Hay dos secuencias iniciales paradigmáticas. En El último tren de Gun Hill (1959), la mujer de Kirk Douglas es violada y asesinada. Su mujer es (era) india. La consecución de la justicia, la reparación del delito, será el leitmotiv. La venganza, no. Lo mismo sucede en la secuencia inicial de Los siete magníficos (1960), cuando se le deniega un lugar en tierra sagrada a un féretro por contener un cadáver que no es blanco. O la ayuda casi desinteresada del grupo a los campesinos mexicanos, otro grupo étnico sobre el que el racismo y la marginación se cebó.

Cabe recordar que cinco años antes, en 1955, Sturges forjó el magnífico alegato antirracista Conspiración de silencio, en donde un inconmensurable Spencer Tracy evidenciaba el soterrado crimen cometido (y ocultado) por motivos racistas en medio de un agónico pueblo. La mutilación física del protagonista se erigía como un símbolo de esa sociedad demediada, incompleta, sin asumir la presencia del diferente.

lo-que-el-viento-se-llevo-7

En el género melodrámatico, resulta modélica la escenificación que del racismo institucional y de su asunción y asimilación personales realiza Douglas Sirk con Imitación a la vida (1959). La negación y rechazo del amor maternal por parte de una desnaturalizada y decolorada hija, que antepone su deseo de integración y éxito al reconocimiento (castrador y esclavizante) de sus propias raíces, provoca un clímax emocional que estalla en la catártica secuencia del entierro de la madre, modelo que imitará posteriormente Tornatore en Cinema Paradiso (1988).

Como modelo de actor de color surgido al calor de las reivindicaciones de los derechos civiles, hay que destacar la figura de Sidney Poittier, verdadero emblema y ariete por derrumbar el segregacionismo. Desde su papel en La esclava negra (1957), de Raoul Walsh (hijo adoptivo de un redimido esclavista interpretado por Clark Gable —¡Rhett Butler!—, que se enamora de una liberta de color descafeinada en la piel de Yvonne de Carlo), hasta su interpretación con Oscar en Los lirios del valle (1963) y, por supuesto, su consagración como eficiente detective, profesor egregio y moderno y joven triunfador en En el calor de la noche, Rebelión en las aulas  y Adivina quién viene a cenar esta noche, todas ellas del prolífico 1967.

Poitier fue el primero de una saga de actores de color que irrumpirían en la pantalla a partir de los años sesenta y setenta, al calor del blaxploitation (vd. el homenaje de Tarantino en Jackie Brown), desde Jim Brown hasta Morgan Freeman, Samuel L. Jackson, Wesley Snipes, Denzel Washington. Will Smith...

Y también al calor y al color de estos nuevos tiempos, Richard Fleischer perpetra un bizarro y anti Gone with the wind, una refutación que enmienda la visión mitificada del Sur, con Mandingo (1975), una explosiva mezcla de reivindicación política y de alto voltaje erótico. Erotismo que explota el mito de la potencia sexual y el furor uterino asociado a la primitiva raza negra, aparentemente más proclive al desenfreno sexual por no contar con las riendas culturales que sujeten sus instintos. Ajita Wilson o Laura Gemser canalizarán los sueños húmedos asociados a la piel de ébano a través de la saga de Emanuelle negra y otros dislates setenteros.

El impulso político antirracista se internacionalizará a partir de los años ochenta mediante la reivindicación de la figura política de Nelson Mandela y de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica.

lo-que-el-viento-se-llevo-2

No obstante, será un actor y director anclado en el antiliberalismo norteamericano quien más y mejor ensalzará el componente afroamericano no sólo de su nación. Clint Eastwood, en Bird (1988), realizará su tributo personal al jazz a través de la figura del saxofonista Charlie Parker, un ejemplo de la marginación a la que se vieron sometidas grandes figuras del género musical norteamericano por excelencia debido al marco legal de segregación y al racismo coetáneos.

O el retrato de la amistad surgida entre un nativo indígena y un blanco director de cine alcohólico y su funesta obsesión cinegética matar un paquidermo (John Huston durante el rodaje en África de su famosa película La reina de África), amistad a la que homenajea Eastwood en Cazador blanco, corazón negro (1990).

El Eastwood director le ofrecerá a su amigo de color Morgan Freeman unos estupendos papeles en Sin perdón (1992) y en Million Dollar Baby (2004), haciendo gala de su renuencia a cualquier encasillamiento como director conservador o reaccionario. En 2009, el mismo Morgan Freeman encarnará a Nelson Mandela en Invictus, sentido tributo del director norteamericano al político sudafricano. Igualmente, Eastwood dotará de humanidad a unos japoneses sitiados y prestos a la inmolación en Cartas desde Iwo Jima (2006), ampliando el foco del patriotismo, la valentía y la dignidad hasta el rostro y las cartas del propio enemigo.

El hito histórico de que un afroamericano alcanzase la presidencia de los EEUU con Barack Obama propició todo un subgénero de cine político-histórico, trufado de un afán expiatorio y redentor, en un intento de pedir perdón con efectos retroactivos por las sevicias y brutalidades cometidas por los blancos sobre sus hermanos afroamericanos.

El resultado fue un cine tan pedagógico y éticamente comprometido como insulso, insípido y muelle narrativamente, sin ningún tipo de tensión dialéctica, ahogado por un didactismo y una perspectiva tísica (de tesis) que convertía en exangües las películas que pretendían reflejar la sangre derramada. Sin ánimo de ser exhaustivos y como botón de muestra, Criadas y señoras (2011), El mayordomo (2013), Selma (2014), Figuras ocultas (2016), Detroit (2017)… hasta llegar a la oscarizada Moonlight (2017), hibridación y maridaje del racismo y de la homosexualidad, para insuflar más espíritu reivindicativo.

lo-que-el-viento-se-llevo-3

De todo lo anterior podemos deducir que el arte cinematográfico ha sido mayoritariamente antirracista, antiesclavista y que, como tal arte, ha ido reflejando en sus fotogramas los cambios sociales e ideológicos en los que se ha gestado. Apologías directas del racismo no las hay; indirectas, sí. Ahí están los filmes de Leni Riefenstahl, en concreto El triunfo de la voluntad (1935), una exaltación del ideario nacionalsocilaista en la que el fondo y la forma alcanzan una perfecta fusión. Riefenstahl expresa mediante imágenes cuál es el ideal del movimiento nazi, su horizonte de expectativas, su iconografía y su mitología. Lo literaturiza cinematográficamente. Al fin y al cabo, Joseph Goebbels ya fue el elegido para ocupar el cargo supremo en el Ministerio de Propaganda y Educación Pública. Más claro, blanco y en botella.

Así pues, el cine y la política (el racismo, la propaganda), el arte-propaganda y la política siempre han ido de la mano, siendo aquel una especie de correa de transmisión legitimadora de ésta. La base icónica del séptimo arte es la más adecuada para el adoctrinamiento.

Otra cosa es que estemos en una plena regresión medievalista y que la lucha contra la intolerancia haya generado una ideología igual o más intolerante que aquello que se combate, una especie de petitio principii en cuya denuncia anida un espíritu inquisidor.

Frente al simplismo e infantilismo actuales, frente al reduccionismo maniqueo de buenos frente a malos, frente al rechazo de lo complejo y al rechazo del análisis en profundidad, se erigen las banderas y las consignas.

Qué nivel tan profundo el de Samuel Fuller en Perro blanco (1982). La rabia racista que destilaba el susodicho animalito parece haberse inoculado como odio visceral e irracional en los amos humanos posteriores. Los mejores filmes contra el racismo (contra una denuncia cualquiera) siempre han sido aquellos en que la tesis reivindicativa se diluía entre los entresijos de una brillante historia, de una excelente narración (Matar a un ruiseñor, 1962).

El paraíso artificial de Tara, ese epítome de lo que debería haber sido el Sur, ha degenerado en una serie de taras ideológicas indigeribles.

Que aprovechen.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 

lo-que-el-viento-se-llevo-1