Adivina quién viene esta noche (Guess who is coming to dinner, 1967), de Stanley Kramer

  21 Septiembre 2020

Racismo y clasismo: dos actitudes

adivina-quien-viene-0Esta película de Stanley Kramer obtuvo dos Oscar en 1967. Uno la maravillosa Katharine Hepburn y otro al mejor guion original, del excelente William Rose. Con una dirección muy elegante y acertadamente teatral, pues la historia lo pide a gritos, la trama se desarrolla con un ritmo óptimo. Tiene además unos decorados que, aunque simples, son bellísimos, y gran puesta en escena en general.

La película es de planteamiento sencillo pero profundo a la vez. La hija de un matrimonio acomodado liberal norteamericano (Katherine Houghton), aparece de repente en su casa tras un largo viaje, para presentar a los padres (Katharine Hepburn y Spencer Tracy) a su flamante nuevo novio, un médico negro que ha conocido en sus vacaciones (Sidney Poitier).

Esta circunstancia remueve los sentimientos de los padres que quedan literalmente anonadados, a pesar de su liberalismo y su enfoque abierto en temas de todo tipo, incluidos los raciales, y sintiendo que nunca habían pensado que semejante situación les fuera a ocurrir a ellos.

Igual pasa con los padres de él, un matrimonio modesto de color, que cuando aparecen en la parte final de la película para conocer a su futura nuera, quedan perplejos de la elección de su hijo por una novia blanca. El mismo tema racial lo plantea abiertamente incluso la criada de color que cuida la casa. El único conforme y complacido es un monseñor católico que tiene un papel esperanzador y alegre en la historia.

Pero hay otro elemento a tener en cuenta: la clase social y cultural del novio. Hay que tener en cuenta que, aunque el pretendiente es negro, tiene no obstante una buena posición económica y es médico, un joven educado y de clase social alta. Entonces, estamos ante esta otra realidad. Pues no es lo mismo que hubiera sido un rapero o un conductor de autobús amén de negro, que el señor en toda regla y de alto nivel que encarna el elegante y aparente Poitier.

Hay una escena en la que Tracy recibe una llamada telefónica que desvela las competencias, títulos y honores del novio de su hija, y la propia madre cae rendida ante la evidencia del novio de pro que se ha echado ella. Es en este punto a partir del cual la Hepburn se convierte en una incondicional del joven.

Tracy tarda unos minutillos más, pero acaba echando las cuentas y los números le salen. Él quizá habría querido un rubio de la jet society de San Francisco, pero se da cuenta que el destino no se puede prever y, dado lo dado, más vale pájaro en mano, un buen pájaro por cierto, que ciento volando.

Este fue el último trabajo en el que pudieron compartir escena los eternos enamorados en la vida real Katharine Hepburn y Spencer Tracy, que están archimagníficos. La interpretación de ambos pone los pelos de punta. Por ejemplo, el discurso final de Tracy en defensa del amor más allá de la raza es genial, porque él lo hace genial, no por el discurso en sí que resulta, en abstracto, un tanto gazmoño.

Katharine Hepburn no tiene calificativos: el primer encuentro con el novio negro de la hija es de caerse, con esa actitud y expresión de azoramiento, de asombro, de «no creer lo que sus ojos ven». Por supuesto, Sydney Poitier borda igualmente un papel que le viene que ni pintiparado: un trabajo perfecto.

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Katharine Houghton y el resto actores y actrices de reparto excepcionalmente dirigidos por Kramer, dibujan, en suma, una comedia profunda en sus planteamientos de vida (con especial énfasis en el tema del racismo), en el sentido del humor, en el dinamismo que imprime a la trama y en el virtuoso manejo de unas escenas corales de múltiples actores a la vez en clave teatral. El espectador puede llegar a sentir que él también está invitado esa noche a la cena de los señores Hepburn-Tracy.

La recomiendo a cualquier persona sensible, pues, aunque la película tiene sus años, está vigente. Su temática sobre los prejuicios raciales se extrapola a otras actitudes prejuiciosas de tipo clasista, sexista, viejista, homófoba...

Y pensemos que, en estos finales del 2020, con Trump en la Presidencia de los EE.UU. y cuando el racismo parecía cosa del pasado, se están sucediendo acontecimientos de extrema violencia motivados por ese racismo ancestral que tiñe la sociedad yanqui.

Pero, como digo, en este film, además del factor raza, está también la variable estatus económico y social. Si Poitier hubiera sido mecánico o labriego, nadie le habría librado de que los padres de ella le hubieran mostrado la puerta de salida.

Escribe Enrique Fernández Lópiz 

 

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