La edad de la inocencia (The Age of Innocence, 1993)

  30 Julio 2020

Amores no consentidos

la-edad-de-la-inocencia-30Al principio de la novela en la que se inspira la película que comentamos, su autora dice que la sociedad de la que habla vive en una especie de «mundo críptico, donde lo verdadero jamás se decía ni hacía, ni siquiera se pensaba, sino que simplemente se representaba por un conjunto de signos arbitrarios». El pensamiento expresado en estas pocas palabras, constituye el núcleo argumental tanto de la novela de Edith Wharton, La Edad de la inocencia (1920), como de la película dirigida por Martin Scorsese, The Age of Innocence (1993). En ambas obras se hace una disección sin concesiones de la alta sociedad de un momento y lugar determinados de finales del siglo XIX.

Ambas obras remiten inexorablemente a tres fechas que vinculan sus relatos con un tiempo y una coyuntura muy convulsos. La novela está ambientada en la vida festiva y amorosa de la aristocracia neoyorkina de la década de los 70 del siglo XIX. La obra se publica en el inicio de los años veinte del siglo XX, justo hace un siglo y, entonces, recién terminada una guerra catastrófica que daría paso a una crisis económica de primera magnitud.

Sin embargo, la versión cinematográfica de Scorsese ve la luz en los inicios de la última década del siglo XX. Justo el momento en el que empiezan a socavarse las prácticas y convicciones costosamente reconstruidas durante el siglo que terminaba, dando paso a lo que se dió en llamar postmodernidad.

Llamo la atención sobre estos tres referentes cronológicos por considerarlos muy significativos para entender tanto el relato de la novela como el de la película. Desde luego no pretendo que se tome a ninguno de los dos como tratados historiográficos del momento. Más bien hemos de concebir esas fechas y las circunstancias que las rodean como tiempos de cambio en los que lo viejo no sirve, pero lo nuevo no acaba de instaurarse. Así que, ante las dificultades del decir y hacer, lo mejor es desenvolverse con implícitos y símbologías arbitrarias como escribe Wharton.

El relato de la película gira en torno a tres personajes centrales, magistralmente interpretados por Michelle Pfeiffer (condesa Olenska), Daniel Day-Lewis (Newland) y Winona Ryder (May). Representan los vértices de un triángulo amoroso que, pese a los deseos de los personajes y sus dispares fundamentos morales, no va a poder prosperar. Lo cual genera tal tensión narrativa entre ellos y el coro de padres, abuelas y amistades que tiñen con mayor dramatismo el sufrimiento y las aspiraciones imposibles de los protagonistas. Tensión que, a su vez, consigue que la película cautive a los espectadores.

Ahora bien, para entender los sueños y fracasos de ellos tres, se ha de observar al conjunto de una aristocracia en reconversión. En muchos casos ya solo les quedaba el pasado y unos palacetes en los que celebrar fiestas para exteriorizar la degradación de sus códigos morales. Códigos en los que no encajan el divorcio, la infidelidad, la organización patriarcal de la familia, el idéntico grado de libertad para mujeres y hombres, la igualdad de acceso a los bienes culturales, entre otros. Y si no se pueden asumir, siempre queda la ambigüedad y la hipocresía, tal como nos muestra Scorsese en esta película.

Los placeres y frustraciones experimentados por los personajes protagonistas adquieren su sentido profundo cuando se observan al trasluz del resto de mujeres y hombres atados a sus tradiciones morales y patrimonios heredados. Todos se vigilan porque todos desconfían unos de otros. Circunstancia que se resalta de modo especial a través del tratamiento estético dado al relato, tanto en la novela como en la película.

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Por lo que se refiere a esta última, Scorsese y sus colaboradores hicieron un trabajo impresionante, de hecho, la película está plagada de elementos simbólicos con la intención, cabe suponer, de provocar la doble lectura que también se propone desde la novela. En vez de mostrar de forma explícita la hipocresía de la sociedad retratada y de la doble moral con la que actúa, muestra elementos visuales y sonoros para advertir al espectador que las cosas no son lo que aparentan.

Como ya se comentó más arriba, el guion parte de la novela homónima publicada en 1920 por Edith Wharton, y por la que al año siguiente recibe el premio Pulitzer. Tal fue su éxito de ventas en aquellos años, que en 1924 Wesley Ruggles dirige una primera versión cinematográfica, aunque sin demasiado éxito. En 1928 se hace una adaptación teatral y, ahora sí, tras el éxito, en 1934 la RKO produce una segunda versión cinematográfica. Muchos años después y dando un vuelco a las temáticas precedentes de mafiosos y gansters, Martin Scorsese asume la dirección de una nueva versión de La edad de la inocencia.

Pero antes de seguir, una pincelada biográfica por cuanto puede contribuir a situar esta obra en el conjunto de su amplia filmografía.

Martin Scorsese nació en Nueva York en 1942 en una familia de clase media muy vinculada a ambientes religiosos. Estudió cine en la Universidad de Nueva York y en ella ejerció como profesor de esta materia durante algunos años, tarea que ha retomado en diferentes momentos de su vida. Es una de las razones por las que casi nadie le discute el profundo conocimiento que tiene de la historia del cine, especialmente del estadounidense y del italiano, lo cual se deja ver en muchos de sus largometrajes y en no pocas opiniones sobre el particular. En su discurso de agradecimiento por el premio Princesa de Asturias en 2018, dijo que entre sus referentes estéticos estaban en lugar muy destacado Goya y Buñuel.

Además del conocimiento y experiencias en su ciudad natal, cuenta para la ocasión con la colaboración de un guionista de su confianza, Jay Cocks. Desde la óptica de otro género cinematográfico (drama romántico), se proponen seguir escarbando en los ambientes de la alta sociedad del Nueva York de finales del siglo XIX, que Scorsese ya había recogido en otros largometrajes.

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La película fue producida por la Columbia Pictures y estrenada con buena acogida de público y crítica en 1993. De su promoción quiero destar el eslogan tan provocador con el que se presenta al público la película: «En un mundo de hipocresía y traición, ellos se atrevieron a romper las normas». Eslogan sobre el que volveré un poco más adelante.

Hay un cierto consenso entre la mayoría de los críticos que los 133 minutos de metraje se sostienen con enorme solvencia, gracias al extraordinario trabajo de guión: hasta el mínimo detalle está colocado en el momento y lugar que le corresponde. De otro modo hubiera resultado imposible de seguir un folletín sobre amores prohibidos.

Como ya se ha dicho, el relato avanza colocando ante nuestra mirada una sucesión de citas y referencias a obras pictóricas, musicales, operísticas, teatrales e incluso literarias (aparecen los salones palaciegos con estanterías repletas de libros). Todo ello en medio de una ambientación y vestuarios que han merecido diversos reconocimientos en los festivales más prestigiosos. Son referencias y ambientes que no empalagan ni dificultan el seguimiento del drama de los personajes, sino que contribuyen a incrementar la crítica fina y acerada de un momento en el que queriendo reventar las viejas costuras morales era necesario, sin embargo, guardar las apariencias.

La enorme complejidad simbólica y estética de La edad de la inocencia, se muestra desde los primeros fotogramas. Así se pone de manifiesto con el espectacular arranque ofrecido por Scorsese: los títulos de crédito de la cabecera aparecen sobreimpresionados sobre unas imágenes espectaculares de flores, rosas posiblemente, abriéndose hasta perder sus pétalos. Tras las flores aparecen tules y bordados, confiriéndoles trascendencia a las imágenes y sentido de época.

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En cualquier caso, desde el punto de vista visual, constituye un arranque espectacular que continúa con la presencia de los protagonistas en la ópera y sigue con la entrada de varias parejas en un salón de baile para la fiesta organizada por una de las familias de aquella nobleza. El enlace visual de estas primeras escenas, en las que se presenta a los personajes, son las margaritas (en el escenario se interpreta el aria Margarita del Fausto), pero luego las rosas amarillas, ramos y centros de mesa. Las flores contribuyen así a dar continuidad y complicidad a la narración.

El drama interior de los personajes, de todos ellos y ellas, aparece envuelto en unos ropajes de época muy vistosos y cuidados. De hecho, el diseño de vestuario, realizado por Gabriella Pescucci, recibió el único Óscar de las cinco nominaciones obtenidas por la película. Un vestuario que realza en cada momento lo que pretende transmitir cada personaje, ya sea en los espectaculares interiores de la ópera o de los palacetes en los que se citan para celebraciones y fiestas.

Siempre acaban con bailes y danzas fotografiados magníficamente, de tal modo que las coreografías no aparecen como escenas para resaltar el espectáculo, sino que devienen eslabones manejados por el director para reforzar el discurso vertebral de la película, lo incuestionable es su enorme belleza plástica. Relato que, como ya hemos comentado, se complementa con numerosos fragmentos de música clásica que van desde Beethoven al Fausto de Gounod, pasando por diferentes piezas de Strauss. Elmer Bernstein fue el responsable de la banda sonora y aunque fue nominado a un Oscar por este trabajo, finalmente no se lo concedieron.

En gran medida la referida riqueza plástica que destila La edad de la inocencia, se debe a la fotografía. Esta faceta artística se realizó bajo la dirección de Michael Ballhaus, habitual en los esquipos de Scorsese, entre otros importantes directores. Son destacables algunos planos, pero sobre todo es minucioso el trabajo con los encuadres y ángulos de toma para contrapuntear los diálogos, a veces sin palabras, que mantienen los personajes. En distintos momentos de la película los personajes están diciendo algo con las palabras, pero sus miradas en los sucesivos planos ponen al espectador en otra historia.

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Estos dobles niveles de interpretación aparecen con mayor evidencia a través del juego muy frecuente de montaje a base de planos y contraplanos muy rápidos. Este recurso narrativo se maneja con brillantez en esas reuniones festivas en las que por detrás los personajes chismorrean unos de otros sobre casamientos e infidelidades. En el teatro de la ópera hay unas tomas cenitales, unos planos con cruces de miradas en los palcos o unas llamadas de la atención del espectador mediante el uso de los prismáticos que resultan de enorme belleza. La variaión de la temperatura de color de la fotografía de interiores y exteriores me parece un mérito narrativo especialmente reseñable. La dialéctica entre el fuera-dentro, el claro-oscuro y la osadía-resignación, queda recogida en la secuencia final mediante unos planos magníficos.  

No menos espectacular es el recurso que aparece en numerosas escenas, sobre todo en la presentación de los personajes: con distintos ángulos de toma, a veces contrapicados muy forzados, aparece detrás del personaje un cuadro. Las pinturas pertenecen a distintas épocas y pintores, desde Alma-Tadema, Khnopff hasta Monet (anacronismo, no obstante), fondos pictóricos con los que darle la réplica al personaje que nos está dando a conocer Scorsese en sus distintas vertientes. 

Mención especial se merece la utilización que se hace en La edad de la inocencia del recurso narrativo de la voz en off. Para muchos se recurre a él en exceso. Es obvio que de no haber sido así, el metraje de la película tendría que haber aumentado considerablmente. El off aparece en los momentos en que la sucesión de imágenes no ofrece informaciones y detalles sobre los personajes y sus peripecias vitales. Aporta de esta manera comentarios imprescindibles para que el espectador pueda seguir la historia que se le está contando.

Cuando en la segunda secuencia de la película, mientras se prepara el salón de baile, la voz en off nos decribe la catadura moral de los propietarios del palacete en el que se celebrra el baile. Las observaciones no dejan títere con cabeza. Por cierto, en la versión doblada al castellano el off lo pone magistralmente la actriz Nuria Espert.

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Desde luego que no estamos ante una obra redonda, hay detalles que como es normal podrían haberse resuelto de otro modo. En cualquier caso, The Age of Innocence pone en solfa los prejuicios y vicios de un determinado grupo social en una época en transición, y esta crítica acerada se hace desde el mismo eslogan de promoción. Se nos invita a cuestionar como espectadores: ¿Quiénes son los hipócritas y traidores? ¿Con el «ellos» se refiere a los hombres y mujeres que pueblan las calles y salones de época? ¿O más bien el director está diseccionando el patriarcado en el que se sustentan las relaciones sociales del momento? Podría ser también que con ese «ellos» se esté interpelando a hombres y mujeres de la época que son testigos impasibles de los cambios en estado de gestación pero que no acaban de comprender cabalmente.

Según se cuenta en las crónicas, durante la presentación de su última pelicula, El irlandés, una las preguntas que le hacían con mayor frecuencia era por qué no hay más personajes femeninos en sus películas. Especialmente molesto se sintió en una de las ruedas de prensa en Roma, le pareció que la pregunta tenía un trasfondo relacionado con el Me too poco oportuno. Razón por la cual decidió contestar en tono enérgico. Lo primero fue advertirle al periodista que esa misma pregunta se la hacían desde los años 70. En segundo lugar, comentó que la pregunta en sí no se funda en un argumento válido, pues lo que cuenta es el guion. Si en el guion no hay personajes femeninos, no tiene motivos para tratar ni bien ni mal a estos personajes. Y si el guión lo contempla, pues entonces aparecen personajes femeninos con luz propia y reconocimientos internacionales como en Taxi Driver, La edad de la inocencia o Casino.

La verdad que en la película que nos ocupa los personajes femeninos no salen muy bien parados. De May se dice que es tan «corta» que ni siquiera sabe que es libre o de Ellen que para semejarse a los neoyorkinos quiere dejar de ver en su casa a pintores, músicos y demás artistas. Es cierto que hay personajes masculinos que no salen mejor parados, como el anfitrión de una de las fiestas de quien el off nos dice que es especialista en vidas ajenas y relaciones incestuosas. Pero también es cierto que, al chico de la película, Newland Archer (repárese en el significado de su nombre), nos lo presentan siempre rodeado de libros y apasionado de la poesía. 

En un libro titulado El cine comienza con Goya, se afirma en un momento del mismo que «la sucesión de imágenes que narran una historia, documental o imaginaria, constituye una realidad espiritual de nuevo cuño que tambien es una reflexión/narración visual sobre la realidad material inmediata». Según defiende este autor, Goya antes que Manet, descubrió que la disposición de imágenes estáticas lograba crear narraciones, transmitir la sensación de las imágenes en movimiento. Pues bien, La edad de la inocencia, puede ser un ejemplo magnífico para ilustrar el comentario precedente. Y mucho mejor si lo comprobamos viendo la película de Martin Scorsese.

Escribe Ángel San Martín  

 

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