Shine a light (Shine a light, 2008)

  11 Septiembre 2020

Stones, 4 - Scorsese, 1

shine-a-light-0En 1976, The Band, el conjunto de músicos que empezaron acompañando a diferentes cantantes como Ronnie Hawkins y sobre todo Bob Dylan (a partir de 1965), y que paralelamente desarrollaron una carrera musical que les llevó a formar parte de la historia musical desde mediados de los 60 a los 70, se despidió con un emotivo concierto en el que fueron acompañados por varios de los artistas más grandes del momento (Eric Clapton, Neil Young, Van Morrison y, por supuesto, el propio Dylan).

Del concierto se rodó un largometraje, El último vals (The last waltz), filmado por Martin Scorsese, que incluía la filmación del evento y una serie de entrevistas con los protagonistas, en las que se hacía un recorrido por la trayectoria del grupo. El largometraje se convirtió en un melancólico homenaje a The Band, atestiguando la despedida de un grupo y en cierto modo la de una época también.

Para Scorsese, el hecho de rodar el concierto no fue un hecho puntual, pues posteriormente la filmografía del director de El aviador mostrará cómo la música ha sido siempre importante, bien por proyectos directamente vinculados con ella (No Direction Home: Bob Dylan o videos músicales como el Bad de Michael Jackson) o bien por la importancia que el uso de las canciones tienen en su cine, tanto las directamente vinculadas al musical (New York, New York) como también al resto de su filmografía (Uno de los nuestros, Casino).

Es por ello que la implicación de Scorsese en un proyecto de las características de Shine a light no extraña a nadie; es más, El último vals y Shine a light en el origen tienen algunos puntos de contacto: banda de rock and roll de la misma época, filmación de un concierto, inserción de fragmentos sobre el grupo o sus componentes que pretenden puntualizar o contextualizar determinados comentarios y canciones. Es decir, que sobre el papel podríamos encontrarnos con proyectos similares.

Pero las semejanzas terminan ahí. Es obvio que The Band no son los Rolling Stones y que la época y las intenciones son otras, y para bien o para mal, esto es lo que capta Shine a light. Y decimos para bien y para mal porque la visión de este filme produce dos sentimientos contradictorios que hay que diferenciar o distinguir. Por un lado, el apartado estrictamente musical, y por otro, la concepción general o la idea que pretende transmitir.

En el apartado musical, que en Shine a light es proporcionalmente la mayor parte del filme pues los insertos de entrevistas e imágenes de épocas pasados son de corta extensión, el filme es brillante. Los Rolling Stones están investidos de un privilegio especial que provoca que cuando suben a un escenario y empiezan a tocar parece que el tiempo no haya pasado.

Debajo de ese aspecto físico que muestra a cuatro músicos que han cumplido los sesenta años, con rostros ajados y en algunos casos esperpénticos (Keith Richards cada vez más cerca del personaje que da vida en Piratas del Caribe 3), aparece un grupo absolutamente genial, con un dominio de la escena y con un Mick Jagger que ha sido siempre capaz de elevarse más allá de sus excelentes cualidades vocales.

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En este sentido, el director de Taxi driver es un maestro y al mando de casi una veintena de cámaras es capaz de convertir cada canción en un puzzle de imágenes que se adaptan perfectamente a la canción; así Shine a light es un buen ejemplo de lo se puede hacer en la sala de montaje. Scorsese acelera el ritmo en las canciones rápidas y se deleita con la planificación en los tiempos medios y en las baladas, pero también sabe dónde situar las cámaras para jugar con la planificación, bien integrando a Mick Jagger como uno más del público, engrandeciéndolo con contrapicados o mostrándolo como un componente más del grupo.

Ahora bien, Shine a light no pretende ser sólo una muestra de lo que estos cuatro ingleses son capaces de hacer encima de un escenario, pues si sólo se trata de eso la historia musical de los Rolling Stones está más que documentada. Cada gira ha sido vista, grabada y comercializada como si fuera la última. Y por eso Scorsese sabe que no puede limitarse a filmar el concierto, debiendo de ir más allá de la “simple” toma del directo.

Y ahí es donde aparecen los problemas, pues en esta parte (que está compuesta por una pequeña introducción, las diversas inserciones de imágenes y entrevistas con los miembros del grupo, y un epílogo), refleja dos aspectos que empañan el resultado final: por un lado, tenemos la necesidad de remarcar la autoría de las imágenes por parte de Martin Scorsese; y por otro, la apariencia (falsa) de que se asiste a un espectáculo tan en directo que casi está improvisado.

Respecto a la primera afirmación, el prólogo y el epílogo quieren dejar claro la labor del director como máximo responsable del producto. Así, un Scorsese nervioso, filmado en blanco y negro, aspira a controlar todas las situaciones que se plantean (decorados, listado de canciones, situación de las cámaras, etc.). Tras el concierto, el propio Scorsese ordena a un cámara filmar la salida por los pasillos interiores del teatro hasta la calle, allí, la cámara se eleva por un recorrido virtual desde el hecho puntual (la filmación del concierto) hasta el cielo de Nueva York, de un modo muy parecido a lo que se hacía en la escena final de Gangs of New York. Es un guiño que parece decir, aquí estoy yo, dirigiendo.

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Pero esta afirmación de autoría no se corresponde con lo que muestran las imágenes, que se limitan a mostrar el lado más edulcorado de los Rolling Stones (productores ejecutivos del filme y verdaderos artífices del asunto); es decir, si lo que se pretendía es dar la imagen actual de los Rolling bastaba con filmar el concierto, pero si lo que se pretende es recordar la historia del grupo mediante esos insertos, estos debían reflejar de una manera más sincera la historia del grupo y no quedarse en la imagen estrictamente oficial: un grupo de chicos buenos, un poco malotes años atrás (cosas de jóvenes), pero que ahora se relacionan con personalidades como el matrimonio Clinton o invitan a su concierto a artistas como Christina Aguilera (ejemplo de estrella apta para todos los públicos).

Respecto a la segunda consideración, molesta la apariencia de que estamos asistiendo a un hecho que se va elaborando casi en directo con sus modificaciones o inseguridades propias de algo que “casi” no está preparado. Y esto sabemos que no es verdad, resulta cómico ver las imágenes de Scorsese diciendo que necesita el listado de las canciones para saber cómo planificarlas cuando el director de Toro salvaje tiene ¡18 cámaras! disponibles para filmar desde cualquier ángulo y en cualquier momento, lo que hace prácticamente imposible que se le pueda escapar algún detalle.

Los espectáculos de los Rollings están rigurosamente planificados y basta ver la salida de Jagger por el patio de butacas en el comienzo de Sympathy for the devil –estupendo, por otra parte– para apreciar cómo el nivel de improvisación es mínimo.  

Quedémonos entonces con un excelente concierto de los Rolling Stones, ante una pequeña audiencia (para lo que están acostumbrados a tocar), con un perfecto montaje de imágenes y sonido que envuelven un repertorio de canciones poco usual (oportunidad de descubrir temas que no suelen sonar en directo), pero que no aporta nada más a las filmaciones que ya tenemos de las giras de los Stones perfectamente documentadas en DVDs triples y cuádruples.

Escribe Luis Tormo


Artículo inicialmente publicado en Encadenados en noviembre de 2008, con motivo del estreno del film en España.

 

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