Infiltrados (The Departed, 2006)

  06 Julio 2020

En el filo de la navaja

infiltrados-0El cine de agentes infiltrados en organizaciones criminales o países enemigos ha sido un leitmotiv recurrente en tal cantidad de películas, que ha llegado a conformar un corpus fílmico con tantos elementos diferenciales que constituye ya un subgénero dentro del cine noir o policiaco.

Los policías o espías encubiertos se integran en un ambiente hostil, en ocasiones durante años, viéndose obligados a prácticas ilegales para no desentonar de sus «colegas» y a menudo malviviendo en el filo de la navaja. La posibilidad de ser descubiertos por una frase fuera de lugar o una actitud inapropiada emparenta estos films con los más intrincados thrillers de suspense.

Nuestros antihéroes viven en un desasosiego permanente, donde la ocultación y la traición son frecuente moneda de cambio; además no es raro que con el paso del tiempo acaben mimetizándose con sus compañeros de correrías, traspasando esa delgada línea que desborda sus límites morales y que acabará degradando su vida laboral y familiar.

Podemos recordar algunos ejemplos de films de esta temática, aunque no me resisto a comenzar por el que da nombre a nuestra revista, Encadenados (1946, Alfred Hitchcock) donde una abnegada Ingrid Bergman se infiltra en una célula de nazis fugados a Sudamérica capitaneada por Claude Rains; también entre nazis debe disimular y guardar las formas William Holden en Espía por mandato (1962, George Seaton).

Más recientes son los films donde policías o agentes del FBI se infiltran en bandas de delincuentes o mafiosos, como en ReservoirDogs (1992, Quentin Tarantino), Donnie Brasco (1997, Mike Newell) o Infiltrado (2016, Brad Furman); o en organizaciones de corte político, la mayor de las veces repletas de supremacistas blancos, como en El sendero de la traición (1988, Costa-Gavras), Imperium (2016, Daniel Ragussis) o Infiltrado en el KKKlan (2018, Spike Lee).

Ocasionalmente, se da una vuelta de tuerca a este tipo de argumentos, y el que permanece encubierto en un país extranjero o gang mafioso no es un activo en solitario sino todo un grupo, como es el caso de la serie The Americans (FX, 2013-2018), donde en el Washington de los años ochenta, una familia de espías rusos con dos hijos a cuestas se hacen pasar durante 75 episodios por una perfecta familia media americana, brindándonos un vibrante thriller y un ajustado análisis del final de la guerra fría; o la reciente e irregular La red avispa (2019, Olivier Assayas) en la que espías cubanos luchan contra las organizaciones anticastristas en la soleada Miami.

El cine oriental no es ajeno a esta tendencia, y en el año 2002 los directores Andrew Lau y Alan Mark realizan Infernal Affairs (Juego sucio, en su edición en DVD). En ella se nos relata como las triadas de Hong Kong adiestran desde joven a un delincuente para que ingrese en la policía y a su vez la policía infiltra a un agente en esta banda criminal. Ambos antagonistas conocen de la existencia del otro, pero ignoran su identidad, dando lugar a un juego del gato y el ratón, con rebuscados giros de guion que nos lleva con ritmo ágil a un final sorprendente.

Con la misma alambicada trama, el guionista William Monahan realiza un libreto ambientado en Boston que será el trabajo que Martin Scorsese ruede en 2006, con gran éxito de crítica y público.

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Conviviendo entre las ratas

Tras la desvaída El aviador (2004), biopic sobre Howard Hugues tan brillante como superficial, Scorsese decide jugar sobre seguro y para su siguiente proyecto rueda un policial enérgico y comercial, de imponente factura técnica y con un elenco que quita el hipo.

Logra reunir en la misma cinta a estrellas de la talla de Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Walhberg, Martin Sheen, Alec Baldwin, Ray Winstone y Vera Farmiga, hasta el punto que la mitad del presupuesto de la película se va en el pago de sueldos a los actores. Con estos mimbres filma un remake de la cinta Infernal Affairs que le proporciona, además de un gran éxito económico, cuatro Oscar de la academia: mejor película, mejor director, mejor guion adaptado para Monahan y otro para su montadora habitual, Thelma Schoonmaker.

La trama se ha trasladado de Hong Kong a la guerra que libra la policía estatal de Boston contra la mafia de raíces irlandesas, que lidera con sadismo Frank Costello (el siempre efectivo y efectista Jack Nicholson). Los 50 minutos extra respecto a la duración de la cinta oriental sirven al director italoamericano para rellenar lagunas argumentales del original, desarrollando la historia amorosa y logrando profundizar con mayor enjundia en los temores, anhelos y miserias de los dos infiltrados que se persiguen sin descanso y en la relación paterno-filial que ambos establecen con el capo mafioso.

Se conforma un triángulo muy interesante entre Frank Costello, Sullivan (Matt Damon) y Costigan (Leonardo DiCaprio), como apunta Quim Casas en un monográfico sobre Scorsese (1): «el personaje incorporado por Jack Nicholson resulta fundamental en el engranaje dramático del film: su protegido es Sullivan, a quien ha adiestrado para que aprenda a moverse entre los agentes de policía como si fuera uno de ellos, pero sus afectos y su nuevo sentido de la protección se dirigen hacia Costigan, al que enseña a ser un verdadero mafioso sin saber que es en realidad un policía tan bien entrenado en el arte de la suplantación como Sullivan».

Así pues, partiendo de un guion férreo y a pesar de cierto grado de inverosimilitud que compasivamente perdonamos (resulta poco creíble que se «programe» a un delincuente desde jovencito para que sea policía y se mantenga durante años en tan altos cargos), lo que pretende Scorsese es desarrollar un thriller donde el McGuffin reside en el disimulo y la posibilidad de ser descubierto por el contrincante, y para ello se apoya en interpretaciones muy matizadas y en el montaje.

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Schoonmaker realiza una labor de auténtica orfebrería y precisión. La alternancia de las diferentes secuencias es rápida, con transiciones funcionales, trabajando muy bien las distintas líneas argumentales que generalmente discurren en paralelo, con frecuentes cruces y requiebros, aunque sin llegar a confundir al espectador en ningún momento.

Como siempre, Scorsese nos brinda esos detalles de puesta en escena que demuestran su auténtica maestría. Pongamos un par de ejemplos.

Al inicio del film, el director filma el encuentro en la barra de un bar entre el jefe mafioso Costello y un adolescente Sullivan. El inquietante Nicholson inicia el «cortejo» de su presa, halagándolo, regalándole un comic de Wolverine y ofreciéndole un futuro lleno de posibilidades y dinero fácil. En todo momento la cara de Costello permanece oscurecida, es solo una sombra sin rostro. Con ello Scorsese se evita tener que caracterizar a Nicholson para que parezca más joven, pero, sobre todo, da a su presencia ese aire inquietante y amenazador, casi demoniaco, y todo ello con una eficiencia y economía de medios prodigiosa. Sólo con mantener una cara en penumbra.

Otra escena de persecución y seguimiento digna de ser estudiada en las aulas de cine es la que trascurre en el interior del cine porno, cuando se reúnen clandestinamente Costello y Sullivan para pasarse información. La pareja de criminales es espiada desde unas filas más atrás por Costigan. Este intenta vislumbrar el rostro de Sullivan, pero queda esquinado y sumido en la oscuridad y no logra reconocerlo. Se inicia una persecución a pie a la salida del cine, donde el montaje de las escenas y el sonido ambiente (la respiración jadeante, los pasos sobre el asfalto, el ruido del tráfico…) son trascendentes en la creación del suspense. Destacable es también la fotografía de tonos azulados de Michael Ballhaus, sobresaliente en las secuencias nocturnas y en saber captar la luz acerada de los despachos.

No obstante, sigue habiendo momentos que chirrían, como por ejemplo la larga parrafada final entre Nicholson y Damon, que encuentran un rinconcito privado donde explayarse a gusto en plena operación policial en el desguace de automóviles, con decenas de agentes de la ley pululando a su alrededor.

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También el tratamiento de la violencia es absurdamente exagerado, a veces tanto que, por acumulación resulta chocante; esto es llamativo en la secuencia del ascensor, casi al final del film, donde se van solapando las muertes de los sucesivos actores que aparecen en escena, y sin escatimar los abundantes chorros de sangre «que pintan las paredes» como se diría en la reciente El irlandés (2019).

Todos los personajes del film están bien dibujados, salvo quizá el de la psiquiatra interpretada por Vera Farmiga, que en mi opinión apenas aporta nada a la historia, incluso su presencia rompe el ritmo de la narración. Igual esto lo vieron claro los directores de la cinta hongkonesa y redujeron su papel, ya que el rol de la terapeuta en Infernalaffairs apenas es un breve esbozo si lo comparamos con el film de Scorsese.

En la película china el final es más desolador, quedando a salvo el topo infiltrado en la policía, sin ningún impedimento para que continúe su actividad delictiva, mientras que Scorsese acaba con él en la última escena. Sin embargo, el director americano añade un apunte que ensombrece este acto de justicia poética. Cuando el cuerpo de Sullivan yace muerto en su apartamento de lujo, el realizador inicia un lento travelling hacia la terraza y enfoca a una rata de tamaño considerable que se pasea por el pasamano de la barandilla.

Y es que a veces es muy difícil acabar con todas las ratas.

Escribe Miguel Ángel Císcar


Nota

(1)   Quim Casas: Scorsese-DiCaprio: Una década incierta. Dirigido por… nº 398. Marzo 2010.

 

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